Diálogo

Un encuentro en el Bardo: El mariscal López conversa con el general Díaz (1900)

Hoy tengo algo especial para los lectores: un diálogo imaginativo y completamente ficticio entre las almas del Mariscal López y del General José Díaz, publicado en "La Democracia" (Asunción) el 3 de diciembre de 1900, como una pieza titulada "Diálogo de los Muertos".
El Mariscal Francisco Solano López y el General José Eduvigis Díaz. Archivo

Era un tiempo de transformación y los editores de La Democracia [1] -Fernando Carreras, Daniel Codas, José Rodríguez Alcalá, y otros- estaban evidentemente abiertos a tipos de composición innovadores, como lo demuestra este curioso diálogo. 

Mi primera inclinación fue suponer que el autor de este artículo debió haber sido José de la Cruz Ayala, quien fue un activo comentarista político y cultural en la década de 1880 y reconocido como el maestro paraguayo de la literatura clásica y la filosofía. Alón (como se le conocía) había escrito anteriormente para La Democracia una breve serie de escritos de ataque que tituló "Cartas del infierno". Pero Ayala había fallecido a los veintiocho años durante su exilio en la ciudad de Paraná en 1892. Por lo tanto, no podía ser el Luciano que firmaba el "Diálogo de los Muertos", que apareció ocho años después. Su obra podría haber servido de inspiración, por supuesto. Y existen otras posibilidades. El autor dirige el texto a Cecilio Báez, decano de la Facultad de Derecho y quien eventualmente asumiría el cargo de presidente provisional. No es improbable pensar que el propio Báez escribiera el "Diálogo" como una forma satírica de jugar con la historia y la literatura. Simplemente, desconocemos si fue él o alguien más el autor.

Así, pues, debo admitir que conozco poco sobre la composición del "Diálogo", lo que sin duda frustra a mis lectores tanto como a mí. También tendré que pedirles que disculpen las diversas debilidades e imperfecciones expresivas que aparecen en mi análisis. Sin embargo, tengo una excusa. El "Diálogo" está mal impreso. La tinta ha corrompido la tipografía y oscurecido algunas palabras, lo que me lleva a adivinar su significado en algunos casos y a admitir en otros que no puedo descifrar el texto. Afortunadamente, estos casos son limitados [2].

Lo que puedo decir con certeza es que las conversaciones póstumas constituyen un tropo atractivo en la literatura universal. Dante revela mucho de esto en la Divina Comedia. También lo vemos en las primeras fases de la literatura irlandesa y en sus manifestaciones más modernas, citadas por Yeats. Recientemente, también hemos asistido a la publicación, en 2017, de la novela de George Saunders, Lincoln in the Bardo [3]. Esta obra, de carácter eminentemente experimental, ganó el Premio Booker. Gira en torno al dolor de Abraham Lincoln por la pérdida de su hijo pequeño, Willie, y las visitas del presidente a su cripta. Allí se encuentra con varios habitantes fantasmales atrapados en una etapa de transición, el bardo, incapaces de pasar al cielo, al infierno o a la reencarnación.

Diario "La Democracia" (Asunción), edición del 3 de diciembre de 1900. Archivo

En el budismo tibetano, el bardo es una especie de zona de espera que habitan las almas antes de poder reencarnar. Para su novela, Saunders se apropió del término y le dio un giro judeocristiano, sin llegar a reconocerlo del todo como sinónimo del purgatorio. Este último es un estado temporal de purificación para quienes mueren en la gracia de Dios, preparándolos para el Paraíso. El bardo, en cambio, es un estado intermedio entre la muerte y el renacimiento, que abarca diversas etapas de conciencia y realización kármica.

Luciano, el autor del "Diálogo de los Muertos", seguramente desconocía el concepto de "bardo", pero me parece que la ambientación del encuentro del Mariscal con el general Díaz se asemeja más al bardo que al purgatorio. Este último es un estado de purificación para quienes mueren con pecados veniales o no han expiado completamente sus culpas. Obviamente, esto no tiene nada que ver con la reencarnación, como en la apropiación que hace Saunders del término tibetano [4].

Los teólogos católicos describen el purgatorio como un estado de intenso sufrimiento espiritual, aunque no eterno como el infierno. El dolor proviene principalmente de la separación del alma de Dios y de la conciencia de la propia indignidad para entrar directamente al cielo. Si bien no es un dolor físico como el que experimentan los humanos en la tierra, el sufrimiento se describe como profundo y mucho más intenso que cualquier dolor terrenal. Ni López ni Díaz parecen sentir dolor en el "Diálogo", pero ambos parecen reflexivos y llenos de desprecio por su vida pasada en la Tierra.

Díaz, al parecer, ya ha alcanzado el cielo, mientras que el Mariscal (y Benigno, entre muchos otros) aún no lo ha logrado. Esta diferencia de estatus, opuesta a la que tenían en vida, impregna su conversación, que aborda principalmente sus acciones durante la Guerra Guasú. El Mariscal confiesa cierta responsabilidad por varios errores estratégicos en el conflicto, especialmente en Uruguayana. Lamenta no haber confiado en el canciller José Berges y señala que presionó demasiado a sus soldados. Y, sin embargo, nunca admite que su comportamiento podría justificadamente acarrearle la condenación eterna.

Actuando como confesor del Mariscal, Díaz elogia a su antiguo comandante, pero lo culpa de desatar un inmenso mal sobre el país. De igual manera, Díaz sugiere que cualquier arrepentimiento que López alberga es falso, y que solo busca ayudarlo a encontrar una salida del purgatorio. Dicho esto, el general parece dispuesto a perdonar la desconsideración y el mal comportamiento del otro hombre. Afirma que otros lo habían hecho igual de mal y que eso no les granjeó la mala fama de traidores. Finalmente, y quizás lo más importante, Díaz cree claramente que el Paraguay de 1900 está dominado por necios, algo de lo que López no es culpable.

Parece incierto si la conversación entre los dos espectros refleja una maldición para el pueblo paraguayo, una predicción de males por venir o una especie de sueño febril, incómodo pero inevitable. El bardo de Saunders ofrece alguna posibilidad de consuelo en el más allá. Sigue sin estar claro si tal opción existe para López y sus compatriotas. Y el "Diálogo" deja sin respuesta una pregunta clave: ¿Dónde está Lucifer en todo esto?  Seguramente, los paraguayos no merecen todo este castigo.

Dejo el resto a mis lectores. Que decidan si esta curiosa obra merece más reflexión.


Diálogo de los Muertos

Al doctor Cecilio Báez

General Díaz: ¡Mariscal! ¡Mi querido mariscal!  Cuánto tiempo sin vernos.  ¿Qué tal la vida en el Purgatorio?  Veo que aquí se puede pasar soportablemente. Creí que el Purgatorio era cosa distinta.  Es claro que en el Cielo de dónde vengo, se anda mejor.  Aquello es inefable.  Pero ¡qué diantre! Ni en la Gloria la felicidad es completa. Tiempo hace que me dio algo así como una comezón de ver a Ud. Sabía que mi mariscal estaba preso en el Purgatorio. Me di maña y gineté en un bridón alado, acabo de llegar. Y aquí me tiene. Pero ¿qué le pasa?  Ud. está triste. 

Mariscal López: Ni alegre, ni triste. Aquí se pasa así: ni triste, ni alegre—el Purgatorio y basta. Aquí nadie goza, pero tampoco nadie se desespera.  Nos sostiene la esperanza de ir también a la Gloria a nuestro turno. El esperar este, algunas veces se me hace aburridor.  Si no yerro la cuenta, 30 años hace que caí en Cerro Corá, en el torrente solitario. Qué bien lo recuerdo! Mi hijo Pancho, hermoso de alma y de cuerpo, cayó a mi lado blasfemando. Era la blasfemia del héroe y voló al cielo derecho. Las mujeres lloraban. Los pocos, pero leales soldados de la patria, allá fueron también.  Ud., general, los aguardaba. La bomba que a usted le quitó la vida cuando Ud. pasaba con [...], le abrió las puertas de la gloria en el cielo y en la tierra.

General Díaz: En el cielo, sí —en la tierra, en mi patria... hasta cierto punto. A Ud. lo maldijeron y a mí me olvidaron. Mi tumba estuvo abandonada durante 32 años.  Pero no hago cuestión. Desde esta otra vida vemos las cosas de manera distinta que desde la tierra. Aquí todos nos hacemos filósofos. Esto no quita la satisfacción de haber cumplido con nuestro deber. Cinco años duró la guerra. Crisis sublime!   
En Curupayty estuvimos bien. Firmes, muchachos, yo gritaba a mis soldados y firmes se ponían aquellos buenos muchachos.  De los primeros en caer fue aquel excelente Zayas. Le siguió [...], el polaco. Todavía me parece ver la terrible escena. El enemigo estuvo corajudo. Con furia se nos vino encina.  Parecía loco. Dale que dale con que había de tomar la fortaleza. A la distancia de 34 años, me parece que toma otra vez forma sensible aquel tumulto. El coronel Rivas era un rayo. Era el Aquiles de los aliados, un bravo digno de nosotros. ¿Sabe Ud., mariscal, que me daban ganas de abrazarle? ¡Era tan valiente! El empeño heroico fue inútil. Curupayty escupía metrallas, vomitaba la muerte. Éramos 5.000 leones agazapados detrás de las trincheras. A cada asalto, la manotada de los leones derribaba regimientos enteros. ¡Qué manotada! Me enardezco hablando de estas cosas. Las balas silbaban, pun, pun, por todos lados. Los capitanes Gutiérrez y Caballero querían tragar bombas con espoleta. Yo creí que me había convertido en metralla o en relámpago.

Mariscal López: En Paso Pucú yo recibía telegramas tras telegramas. Estos y las palabras de Thompson me aseguraban la victoria.

General Díaz: Pero Ud. no vio lo mejor.  Ud. repicaba, pero no estaba en la fiesta.  El pin, pun, de las balas era lindo. Yo volaba de un extremo a otro de la trinchera, caballero en un alazán ¡qué alazán brioso! El bruto participaba de la gloria del combate. Una bomba cayó a mi lado [...] El bruto dio en oler la mecha ardiente. Le gustaba la pólvora al animal.  También yo quise que la oliera. La culebra de fuego pasó [...].  ¡Ni un pedazo de fierro hirió ni a mí ni a mi alazán que brincó loco de contento!

Mariscal López: Napoleón hizo lo propio con menos suerte para su caballo.

General Díaz: Me lo contó. Y ahora que me acuerdo: Napoleón y un tuerto llamado Aníbal son mis compañeros. ¡Qué hombres, Mariscal, ¡qué hombres!  Somos uña y carne. Ellos saben más que yo, pero en punto a su [...] y cierta habilidad para ganar batallas por allá andamos. Aníbal habla griego, Napoleón francés y yo les meto guaraní corrido. Pero nos entendemos perfectamente. Cuando hablo de Curupayty el tuerto me mira con su solo ojo que creo vale por cuatro. ¡Qué tuerto! Entre los tres podríamos arreglar muchas cosas que van al revés.

Mariscal López: No se olvide de la batalla.

General Díaz: Prosigo. Sonaban las cuatro cuando el enemigo, destrozado, encontró a bien refugiarse en su cueva de Curuzú. La diana de la victoria resonaba en nuestras trincheras. En lo más alto de la fortaleza ondeaba la enseña amada. Lo que entonces sentí fue lo más hermoso que sentí jamás. Era la gloria. No sé cómo no estalló de alegría mi corazón. A propósito. Hace poco que el coronel Hermosa vino de la tierra. Le siguió el capitán Pedro Gill. El capitán Ortiz les precedió. La artillería al mando de ellos hizo milagros. Pero dejemos esto.  ¿Y Benigno, su hermano?

Mariscal López: Está conmigo en el Purgatorio. Fui injusto con él y él conmigo. Mi peor desgracia es que no me comprendieron mis hermanos. Están conmigo algunos de mis parientes. Dos o tres fueron al Infierno.

General Díaz: Ud., mariscal, está bien aquí.

Mariscal López: ¿Cómo es eso?

General Díaz: Más claro. Ud. tiene su merecido. Se lo dice quien bien le quiere. Su patriotismo era de buena ley. Pero aquí al pan ha de llamarse pan: Ud. es responsable del desastre. Ud. provocó la tormenta. Su imprudencia temeraria merecía un Purgatorio más o menos soportable con esperanza de ir al Cielo. Después de todo, también su plan de campaña no tenía pies ni cabeza y valía un correctivo. Aparte, lo que vi en los últimos tiempos se hizo pesado; no quiso apreciar en lo que valía nuestro derroche de valor y patriotismo. Se acaloró, Ud., mariscal, con nuestras derrotas y se puso demasiado enojado. Ya Ud. no estuvo en sus cabales. Fue Ud. cruel, mariscal, sin necesidad. Y al infierno fuera Ud. a no ser que la desgracia le hiciera perder el juicio. Ud. puso las cosas a barullo. Sea como sea, Ud. entrará también en la gloria. Ud. presentía algo de esto. Una vez nos dijo que el Paraguay, al cabo de un siglo, vería en Ud. la encarnación del patriotismo. Robles, aunque un tanto resentido con Ud., y yo trabajamos por su rápida purificación. Paciencia, por ahora.

Mariscal López: La tengo. Mi plan de campaña fue una locura. Lo reconozco. La aventura a Uruguayana fue un desatino. Cierto también que perdí el juicio y cometí disparates. Desconfié de mis mejores amigos sin motivo. Hasta de Berges desconfié. La muerte de aquel gallardo Mongelós me mortificó. Pero ¡qué diablos! Me dio rabia del giro que tomó el asunto. Mi voluntad de hierro se quebrantó. Mi orgullo era formidable y mi orgullo herido me perdió. Los aliados se empeñaron en darme un revolcón y eso me irritó. A mi modo, según los tiempos, me identifiqué con la patria a la que no quise ver como es ahora. Mis noticias son escasas, pero parece que aquello va peor que en nuestro tiempo. Mil veces peor.  Veo a mi patria como al través de un esfumino y qué de cosas veo que pasan por allá. ¡Qué de cosas, general! Siento rabia y vergüenza.

General Díaz: No rabie Ud. El rabiar le perdió y el rabiar en causa de que Ud. siga preso en esta trampa, en este purgatorio que yo encuentro más curioso que malo. Lo que ocurre ahora en el Paraguay no es cosa buena, ciertamente. A los actos de picardía allá los llaman patriotismo. Civismo dicen a la adulación vil.  Los que a las órdenes de Ud. servimos, también le adulábamos. ¡Cómo no!

Mariscal López: Eso contribuyó a perderme. Pero total: Uds. no lo hacían por sacar dinero del Tesoro. Eran unos honrados, por decirlo así. En mi tiempo los dineros del Estado eran cosa sagrada. Yo tenía mis cocas, pero al ladrón le pagaba cuatro tiros.

General Díaz: Al fin y el cabo, mariscal, Ud. no era un necio. Ni Ud. vino con el enemigo. Ud. sabe que nadie es héroe contra su patria. Ud. pudo equivocarse, pudo ser cruel, pudo ser insoportable para muchas medianías, pudo creerse militar aun serlo. Pero a lo menos, Ud. era más instruido que nosotros; se formó con maestros sabios, no se formó en las [...] de juego.  Ud. tuvo un programa, acertado o errado, pero, al cabo, había programa. Mariscal: Ud. nunca fue traidor. Dirán de Ud. lo que quieran. Jamás dirán que Ud. pisoteó nuestra bandera.  ¡Le da vergüenza lo que pasa en el Paraguay! No rabie Ud. Son dignos de compasión. Lo que hacen ahora vale tanto como escupir sobre mi tumba.

Mariscal López: Mañana seguiremos. Ud. me da un alegrón.  A mi tiranía ha sucedido en el Paraguay el insolente reinado de los tontos [5].

 

Notas

[1] Fundada por Ignacio Ibarra en 1881, La Democracia fue el periódico de mayor duración y circulación en el Paraguay en las últimas décadas del siglo XIX. Su fundador nació en Asunción en 1854 y estudió sus primeras letras con el controvertido padre Fidel Maíz. Trabajaba como joven operador telégrafo durante la Guerra Guasú y fue secretario del Mariscal López. Su periódico gozaba de apoyo tanto de los gremialistas como de la elite empresarial, la comunidad extranjera y, sobre todo, de los intelectuales de aquel momento.

[2] En este aspecto, me gustaría agradecer a Juan Manuel Casal por sus consejos sobre una mejor manera de traducir el castellano.

[3] George Saunders, Lincoln in the Bardo (New York: Random House, 2017).

[4] Existe otro estado que ni Saunders ni el autor del "Diálogo" abordan; me refiero al limbo, un lugar para bebés no bautizados que murieron sin cometer pecados personales, pero a quienes se les negó el acceso al cielo debido al pecado original. El limbo ya no forma parte de la doctrina católica, mientras que el purgatorio sí.

[5] En un número posterior de La Democracia, el del 4 de diciembre de 1900, Luciano envía una carta al director del periódico en la que le insinúa que el "Diálogo de los Muertos" podría tomar la forma de una columna periodística regular, pero esto evidentemente no ocurrió.

 

* Thomas Whigham es profesor emérito de la Universidad de Georgia.