Ciencias sociales

El fantasma del gramscismo recorre Paraguay

Sobre "Mauricio Schvartzman. Un gramsciano en tierras guaraníes", de Alma Monges, libro recientemente publicado por Editorial Arandurã. La obra analiza los mecanismos mediante los cuales una tradición intelectual es traducida y recreada en un contexto nacional específico.
Mauricio Schvartzman y la portada del libro de Alma Monges dedicado a su pensamiento. Cortesía

Un fantasma vuelve a recorrer el debate público. No se trata del comunismo, como escribían Marx y Engels, sino del gramscismo. Paradójicamente, en los últimos años sectores de extrema derecha y del neoconservadurismo también han comenzado a invocar a Gramsci, encontrando en algunas de sus categorías un repertorio estratégico para sus propias disputas políticas. Bajo la consigna de la llamada "batalla cultural", el pensamiento gramsciano reaparece profundamente resignificado, es decir, ya no se presenta como una teoría crítica de la hegemonía, sino como un lenguaje destinado a justificar la pugna por el sentido común desde posiciones ideológicas muy distintas de aquellas que le dieron origen. Este renovado interés, sin embargo, convive con una paradoja difícil de ignorar. Mientras las categorías gramscianas circulan con creciente intensidad en el debate público, poco se sabe sobre la historia de su recepción en Paraguay y sobre quienes dedicaron buena parte de su trabajo intelectual a estudiarlas, discutirlas y apropiarlas críticamente. En otras palabras, el gramscismo parece haber regresado al vocabulario político, pero no necesariamente a la memoria intelectual del país.

Quizá por ello la publicación de Mauricio Schvartzman. Un gramsciano en tierras guaraníes, de Alma Monges, resulte especialmente oportuna. Fruto de su investigación de maestría defendida en la Universidad Estadual de Campinas (UNICAMP), el libro reconstruye la trayectoria intelectual de Mauricio Schvartzman y, a través de ella, recupera un episodio poco explorado del pensamiento social paraguayo. Como observa la autora, la investigación se organiza en torno a una interrogante de mayor alcance, centrada en "el proceso por el cual la teoría encuentra territorialidad", entendido como la manera de "trasladar una determinada lengua teórica a un contexto histórico y nacional distinto de aquel en el que se origina". Desde esta perspectiva, Schvartzman deja de ser únicamente el objeto de estudio para convertirse en la figura desde la cual es posible comprender cómo el marxismo logra arraigarse en una realidad nacional específica sin reproducir mecánicamente categorías elaboradas en otro tiempo y lugar. Por ello, Monges afirma que su investigación articula "tres dimensiones: una teoría (marxismo), un territorio (Paraguay) y una figura de mediación que opera como traductor (Schvartzman)".

Para desarrollar esta hipótesis, la autora establece un sólido diálogo con Edward Said, Horacio Tarcus, José Aricó, Michael Löwy, Bernardo Ricupero, Luis Tapia y, por supuesto, Antonio Gramsci. A partir de este entramado teórico desarrolla la noción de nacionalización del marxismo en diálogo con los conceptos gramscianos de traducción y traductibilidad, mostrando que ninguna teoría posee una validez abstracta al margen de las condiciones históricas en las que es reinterpretada. Toda teoría adquiere vitalidad cuando es capaz de confrontarse con situaciones históricas concretas y transformarse en ese mismo movimiento. A mi juicio, el principal aporte del libro reside precisamente en reconstruir ese proceso. Más que narrar la recepción del marxismo en Paraguay, el libro analiza los mecanismos mediante los cuales una tradición intelectual es traducida y recreada en un contexto nacional específico. De este modo, trasciende el estudio de un autor para convertirse en una reflexión sobre una de las cuestiones centrales de la historia intelectual latinoamericana, esto es, las condiciones históricas de circulación, traducción y apropiación de las ideas.

Este enfoque metodológico organiza el conjunto de la obra. En lugar de seguir un recorrido estrictamente cronológico, Monges reconstruye el pensamiento de Schvartzman a partir de tres grandes ejes: la formación del Estado y la sociedad civil, la estructura de clases y la cuestión indígena, y las tensiones entre autoritarismo y democracia. Estos ejes no constituyen una simple clasificación temática, sino la forma en que el libro construye una lectura de la sociedad paraguaya desde el marxismo. En palabras de la autora, la historia de las ideas políticas remite siempre a pensamientos situados, inscritos "en tiempos y espacios determinados, atravesados por relaciones y conflictos", lo que impide concebirlos como formulaciones abstractas o neutrales y exige atender a la relación entre vida, obra y lenguaje político, así como a las motivaciones e intenciones de los actores. Uno de los aspectos más logrados del libro consiste, precisamente, en mostrar que la producción teórica de Schvartzman no puede separarse de los problemas históricos que buscó comprender ni de los lenguajes políticos desde los cuales intervino en ellos. Su lectura del marxismo no fue la aplicación de un esquema previo, sino la elaboración de una reflexión arraigada en la formación social paraguaya. 

Los dos primeros capítulos establecen las condiciones históricas y conceptuales que hicieron posible la apropiación del marxismo por parte de Mauricio Schvartzman y constituyen el verdadero fundamento de toda la investigación. Antes que reconstruir una biografía intelectual o un itinerario de influencias, Monges se pregunta cómo una tradición teórica adquiere territorialidad al trasladarse a un contexto histórico distinto de aquel en el que se originó. Con este enfoque, la trayectoria de Schvartzman deja de ser un simple recorrido biográfico para convertirse en el espacio donde el marxismo —y, particularmente, el pensamiento de Gramsci— comienza a adquirir un perfil específicamente paraguayo. La temprana salida de Schvartzman del Paraguay durante la consolidación del stronismo, primero hacia Montevideo y luego hacia Buenos Aires, lo introduce en uno de los momentos de mayor efervescencia del pensamiento crítico latinoamericano. Más que identificar el momento exacto en que "descubre" a Gramsci, Monges reconstruye el campo intelectual que hizo posible esa lectura, destacando el papel de revistas como Pasado y Presente y el intenso proceso de renovación del marxismo latinoamericano. El retorno definitivo al Paraguay en 1971 y, poco después, la experiencia del Proyecto Marandú, muestran que esa apropiación no fue únicamente intelectual. La persecución política, el encarcelamiento y el posterior "exilio interno" constituyen las condiciones desde las cuales Schvartzman elaborará su interpretación de la sociedad paraguaya. Autoritarismo, compromiso político y producción intelectual aparecen así estrechamente articulados.

Sobre estas bases biográficas e históricas, Monges desarrolla el núcleo metodológico de su investigación. En diálogo con Edward Said, Michael Löwy, Horacio Tarcus, Bernardo Ricupero y Luis Tapia, sostiene que las teorías nunca circulan de manera intacta, sino que se transforman al ingresar en nuevos contextos nacionales. La noción de nacionalización del marxismo ocupa aquí un lugar decisivo, pues permite comprender cómo el marxismo conserva su vocación universal precisamente al reinterpretarse desde situaciones concretas. El fundamento filosófico de esta propuesta se encuentra en la teoría gramsciana de la traducción. Recuperando los Cuadernos de la cárcel y dialogando con Derek Boothman, Fabio Frosini y Martín Cortés, Monges entiende la traducción no como un simple traslado de conceptos, sino como un proceso de producción conceptual. Traducir una teoría significa reformularla para hacerla inteligible en una formación histórico-social distinta. Desde esta óptica, la pregunta decisiva deja de ser cuánto se aproxima Schvartzman al Gramsci "auténtico" y pasa a ser qué interrogantes logra pensar a partir de esa apropiación. 

Este desplazamiento adquiere especial relevancia en el caso paraguayo. Frente a la idea de que durante el stronismo no existió un campo intelectual propio, Monges pone de relieve que la reflexión crítica se desarrolló en espacios alternativos al Estado y que fue precisamente en ese entramado donde Schvartzman elaboró una lectura original de Gramsci. Categorías como sociedad política, sociedad civil, hegemonía e intelectual orgánico dejan entonces de funcionar como referencias doctrinarias para convertirse en instrumentos de análisis de la formación social paraguaya. La originalidad de Schvartzman no reside, por tanto, en la fidelidad filológica al pensador sardo, sino en la capacidad de convertir ese instrumental conceptual en una herramienta para pensar las especificidades históricas del Paraguay. Sobre ese marco conceptual, Monges examina cómo esas categorías permiten elaborar una interpretación original de la historia paraguaya.

Portada de Contribuciones al estudio de la sociedad paraguaya, de Mauricio Schvartzman.

El punto de partida es Contribuciones al estudio de la sociedad paraguaya, obra en la que la categoría de formación social permite evitar tanto la aplicación mecánica de modelos universales como la idea de un Paraguay completamente excepcional. La persistencia del autoritarismo deja entonces de entenderse como un rasgo cultural o político aislado para aparecer como el resultado de un largo proceso en el que el Estado terminó ocupando el lugar de una sociedad civil débilmente constituida. Así, Schvartzman reconstruye la historia paraguaya como la formación progresiva de esa configuración. La experiencia colonial, el desarrollo del capitalismo mercantil, el papel del Estado durante los gobiernos del doctor Francia y de Carlos Antonio López y las consecuencias de la Guerra de la Triple Alianza son reinterpretados a partir de un mismo principio explicativo: explicar las condiciones que dieron lugar a una relación particular entre Estado, clases sociales y sociedad civil. En este punto radica otro de los mayores aciertos del libro, pues muestra que la originalidad de Schvartzman no reside en aplicar categorías marxistas al caso paraguayo, sino en reorganizarlas para responder a interrogantes que esa tradición no había formulado originalmente. Su diálogo con la historiografía liberal, nacionalista y marxista —particularmente con Oscar Creydt— evidencia hasta qué punto esta operación intelectual expresa una reformulación creativa antes que una simple aplicación doctrinaria.

Sobre esa interpretación histórica se apoya el análisis de la estructura social bajo el stronismo. Schvartzman sitúa en el centro de su explicación las relaciones entre estructura económica, clases sociales, Estado y hegemonía. La cuestión agraria, la persistencia de una economía campesina, la limitada constitución de un proletariado industrial y el papel desempeñado por el Estado permiten comprender la estabilidad del régimen menos como el resultado exclusivo de la coerción que como la expresión de una formación social en la que la sociedad civil no llegó a constituirse plenamente como un espacio autónomo de dirección política. Es aquí donde las categorías gramscianas revelan toda su potencia explicativa: la hegemonía se convierte en el principio organizador de la interpretación del autoritarismo paraguayo. La misma lógica orienta la lectura que Schvartzman propone sobre la reforma agraria stronista, Itaipú y el modelo de desarrollo de las décadas de 1970 y 1980. Lejos de representar una modernización capaz de transformar las bases de la sociedad paraguaya, estos procesos consolidaron nuevas formas de acumulación y reforzaron una estructura caracterizada por la debilidad de la burguesía nacional, la hipertrofia estatal y la dependencia económica. En ese contexto, el movimiento campesino aparece como uno de los pocos actores con potencial para ampliar el espacio de la sociedad civil y abrir nuevas posibilidades para la construcción democrática. El análisis culmina con la cuestión indígena, uno de los aspectos más originales de la obra de Schvartzman. Monges muestra que el sociólogo incorpora este problema a una teoría más amplia de la dominación social, interpretando el racismo como una relación históricamente producida por la estructura de clases y las formas de apropiación de la tierra. La hegemonía permite comprender cómo esas relaciones llegan a presentarse como parte del sentido común, integrando la cuestión indígena dentro de una comprensión de conjunto de la sociedad paraguaya. Sobre esta caracterización de la formación social se proyecta el análisis de la transición democrática desarrollado en el capítulo siguiente.

El último tramo de la investigación proyecta ese mismo instrumental conceptual sobre el escenario abierto por la caída de Alfredo Stroessner y examina cómo Schvartzman interpreta los límites de la transición democrática paraguaya. Si Contribuciones al estudio de la sociedad paraguaya explicaba la formación histórica de una sociedad civil débil y de un Estado con una extraordinaria capacidad de dirección política, Mito y duelo. El discurso de la pre-transición de la democracia examina la persistencia de esa configuración tras el derrocamiento del régimen. Como observa Monges, no se trata de un cambio de perspectiva, sino de la reformulación de una misma hipótesis en un nuevo contexto histórico. El punto de partida lo constituye una paradoja. Mientras buena parte de la oposición interpretó el golpe del 3 de febrero de 1989 como el inicio de una nueva etapa democrática, Schvartzman sostiene que el reemplazo de Alfredo Stroessner por Andrés Rodríguez no modificó sustancialmente las estructuras del poder. La continuidad del aparato político y estatal obliga así a replantear el sentido mismo de la democratización, que deja de entenderse como un simple cambio de gobierno para convertirse en un proceso vinculado a las relaciones entre sociedad política, sociedad civil y hegemonía.

Portada de Mito y duelo. El discurso de la "pre-transición" a la democracia, de Mauricio Schvartzman.

Otro de los aspectos originales del libro consiste en mostrar cómo Schvartzman incorpora el psicoanálisis al análisis de la transición. En diálogo con Sigmund Freud y Edgar Morin, introduce las categorías de mito y duelo para pensar las representaciones simbólicas que acompañaron el proceso. El mito expresa la expectativa de que la caída del dictador conduciría automáticamente a una democracia plena; el duelo, en cambio, designa la necesidad de abandonar esa expectativa ante la persistencia de las estructuras heredadas del stronismo. La transición aparece, así, como una disputa entre la reorganización del antiguo régimen y la posibilidad de construir una sociedad civil capaz de ejercer una dirección política autónoma. Es en este punto donde la teoría gramsciana de la hegemonía recupera un lugar central. Schvartzman moviliza categorías como sociedad política, sociedad civil y hegemonía para explicar por qué la estabilidad del stronismo no dependió únicamente de la coerción, sino también de la incapacidad de las organizaciones sociales para disputar la producción del consenso.

Al mismo tiempo, Monges muestra que esta lectura no se reduce a una teoría de la continuidad. El desarrollo económico de los últimos años del régimen, las transformaciones de la burguesía y las tensiones internas del propio stronismo permiten explicar tanto su crisis como el carácter limitado de la transición democrática. Esta posición distingue a Schvartzman de buena parte de la literatura sobre la transición —particularmente de Benjamín Arditi—, que tendía a enfatizar el carácter fundacional del nuevo orden democrático. Frente a ello, insistía en que la democratización solo podía comprenderse a partir de las condiciones históricas de la formación social paraguaya y de la posibilidad de construir una sociedad civil capaz de ejercer una dirección intelectual y moral propia. En este sentido, las páginas finales del libro ponen de relieve la notable coherencia de su trayectoria intelectual: desde la interpretación de la formación social hasta el análisis de la transición democrática, la preocupación por las relaciones entre Estado, sociedad civil y hegemonía constituye el hilo conductor de toda su obra.

Las consideraciones finales retoman la pregunta que orienta toda la investigación: ¿es posible hablar de una nacionalización del marxismo en Paraguay a partir de la obra de Mauricio Schvartzman? La respuesta de Monges es afirmativa. A lo largo del libro muestra que, pese a la diversidad temática de sus escritos —desde la formación histórica del Estado paraguayo hasta la cuestión indígena y la transición democrática—, todos ellos se articulan en torno a una misma preocupación: comprender las condiciones históricas que hicieron posible la persistencia del autoritarismo y las dificultades para la constitución de una sociedad civil capaz de ejercer una dirección democrática. La autora sostiene que la obra de Schvartzman posee una notable unidad teórica y representa uno de los esfuerzos más consistentes por interpretar el Paraguay desde el materialismo histórico y, particularmente, desde una apropiación creativa de Antonio Gramsci.

Monges no deja de señalar, sin embargo, algunos límites de esa interpretación. Reconoce que la insistencia de Schvartzman en las continuidades históricas puede reforzar una narrativa de la "falta" o relegar determinadas rupturas de la historia paraguaya. También recuerda las críticas dirigidas a su lectura del proceso de formación estatal y de la Guerra de la Triple Alianza. No obstante, considera que estas objeciones no disminuyen el alcance de su aporte, pues pocas interpretaciones han logrado reconstruir con semejante profundidad las relaciones entre formación social, estructura de clases, sociedad civil y autoritarismo, ni anticipar con igual lucidez los límites de la transición democrática. Precisamente por la solidez de esa reconstrucción, el libro deja abiertas preguntas que exceden su propio objeto. Si bien demuestra cómo el marxismo adquiere territorialidad en Paraguay a través de Schvartzman, permanece abierta la interrogante de si esa traducción produjo categorías capaces de intervenir, a su vez, en el debate latinoamericano más amplio. En otras palabras, la investigación reconstruye con precisión el movimiento que va de Gramsci al Paraguay; futuras investigaciones podrían explorar también el movimiento inverso: aquello que la experiencia intelectual paraguaya puede aportar al desarrollo del marxismo latinoamericano.

En esta misma dirección adquiere especial interés el esfuerzo de Monges por situar a Schvartzman dentro de la historia intelectual latinoamericana. En diálogo con Darío Sarah, sostiene que, después de Oscar Creydt, representa el intento más consistente por interpretar el Paraguay desde el materialismo histórico, inaugurando lo que denomina una "cuarta matriz" del pensamiento paraguayo. Más que discutir el grado de fidelidad de Schvartzman a Gramsci, la autora desplaza el problema hacia la productividad de esa apropiación, mostrando que su originalidad reside en haber convertido el marxismo en un instrumento para pensar la especificidad histórica paraguaya. Con ello, el libro demuestra que la historia intelectual latinoamericana continúa siendo un terreno privilegiado para comprender cómo las tradiciones teóricas adquieren nuevos sentidos cuando se enfrentan a problemas históricos concretos. Quizá por ello el trabajo de Alma Monges aparece en un momento particularmente oportuno: cuando el gramscismo vuelve a recorrer el debate público, esta investigación recuerda que, antes de convertirse en consigna política, fue en Paraguay un problema intelectual cuya historia aún estaba por escribirse. Ese es, a mi juicio, el mayor mérito del libro: restituir al gramscismo paraguayo una historia intelectual propia.

 

* Raúl Acevedo es candidato a magíster en Filosofía Política Contemporánea por la Facultad de Filosofía de la Universidad Nacional de Asunción (UNA) y doctorando en Filosofía por la Facultad de Humanidades de la Universidad Nacional del Nordeste (UNNE). Se desempeña como docente investigador en la Facultad de Filosofía de la UNA y como director ejecutivo del Centro de Investigaciones en Filosofía y Ciencias Humanas (CIF-Paraguay).