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Seis historiadores que conocí (II)

Prefacio al libro "Cautivados por el pasado. Historiadores y escrituras de la historia en el Paraguay", de Liliana Brezzo y Ricardo Scavone Yegros, que acaba de aparecer publicado por la editorial argentina Teseo. Segunda entrega, dedicada a Josefina Pla.

Guido Rodríguez Alcalá
por Guido Rodríguez Alcalá 1 Febrero de 2026
1 Febrero de 2026
Tapa de "Cautivados por el pasado" y Josefina Pla.
Tapa de "Cautivados por el pasado" y Josefina Pla. Cortesía

Josefina Pla fue poeta, narradora, grabadora e historiadora, entre otras cosas. La conocí cuando yo estaba en el colegio y la comencé a visitar para pedirle orientación en mis primeros intentos literarios. No fui el único, porque ella recibía a cuanto escritor o no solicitaba su ayuda, que ella ofrecía con generosidad recibiéndolo en su casa de la esquina de Colombia y Estados Unidos. Bastaba con golpear a la puerta, nunca llaveada, y entrar, pero se debía ir personalmente, porque ella no tenía teléfono. Además, mantenía una intensa correspondencia con figuras literarias del extranjero, incluyendo la novelista española Concha Espina (toda a través del correo paraguayo); no sé cuánto de aquella correspondencia se ha conservado, porque los papeles estaban muy desordenados; de todos modos, ellos han pasado a la biblioteca de la Universidad Católica de Asunción, y es posible que su lectura sea de valor para comprender mejor a la autora y su tiempo. 

Me he referido a mis visitas de la década del sesenta; en la del ochenta (1981, para mayor precisión), yo comencé a trabajar en el suplemento cultural de ABC de Asunción, donde publicaba sus artículos, inobjetables en calidad y a veces excesivos en extensión, porque ya no había espacio para tanto texto (entiendo que una parte de ellos aparecieron después en su libro sobre el Barroco hispano-guaraní). Con esas y otras colaboraciones en la revista dominical de ABC, ella ganaba cincuenta mil guaraníes al mes que, sin ser una fortuna, tampoco eran un mal sueldo para entonces. Entiendo que la Universidad Católica le pagaba otros cincuenta mil guaraníes por mes, con que ella tenía lo suficiente para sobrellevar una pobreza digna, porque tenía una casa propia, la que le había dejado su marido Andrés Campos Cervera; en ella conservaba una considerable colección de obras de arte, que se negaba a vender; tampoco vendió su casa, un terreno de casi mil metros cuadrados, bien situado y muy valorizado a causa del boom inmobiliario que ocasionó la represa de Itaipú, y teniendo la oferta de venta con usufructo a perpetuidad que le había presentado Aldo Zuccolillo. Itaipú también aumentó la demanda de objetos de arte (grabados, cerámicas), no tanto por aumentar la cultura sino la ostentación, pero ella se negó a comercializar su arte, lo que le hubiera dado ingresos extra. 

Presencia y ausencia de la española de América. Josefina Plá y la cerámica (I)
Josefina en su taller. Archivo

En la revista de ABC también aparecieron las entrevistas de Alfredo Seiferheld a un número considerable de figuras políticas, las después reunidas en sus Conversaciones político-militares, donde quedó registrada una buena parte de la historia reciente. A mediados del noventa, ya después de la caída de Stroessner, yo quise continuar con las entrevistas de Seiferheld, para completarlas con lo que no se había podido decir durante la dictadura; el director de ABC, Aldo Zuccolillo, me dijo que ya no se podían publicar entrevistas tan extensas, la gente exigía textos más cortos. No quiero repetir aquello de que todo tiempo pasado fue mejor, pero señalo que los diarios de mayor circulación dejaron de publicar colaboraciones como las de Alfredo y Josefina Pla. 

Si yo hubiese grabado mis conversaciones con ella, mantenidas a lo largo de varios años, hoy tendría mucho material para publicar. De todos modos, llegué a conocerla bien y, sin embargo, ignoraba muchas cosas de su vida, por su reticencia a hablar de su vida personal. Nunca supe cuándo comenzó a trabajar en la radio (la primera mujer que lo hizo en el Paraguay); Brezzo y Scavone me enseñaron que poco después de su llegada a Asunción en 1927. Años después, ella comenzó a transmitir radionovelas, género muy popular en la década siguiente, la del cuarenta. Esto lo aprendí en el libro; sabía que Josefina se integró a la llamada Generación del 40, junto con Hérib Campos Cervera, Arturo Alsina y otros, que aggiornó la poesía del país. La renovación de las artes visuales la emprendió a partir de 1954, cuando el Grupo Arte Nuevo expuso sus obras, las de Lilí del Mónico, José Laterza Parodi y otros en las vitrinas de las casas comerciales del centro de Asunción. 

Josefina en una audición. Archivo
Josefina en una audición. Archivo

¿Dónde nació? Ahora veo que en Isla de Lobos (parte de las Canarias) en 1903 (también se daban otras fechas), en el faro que hacía de oficina y de vivienda de su padre, Leopoldo Pla. Era un trabajo muy duro el del torrero, que debía mantener prendida la luz del faro, alimentada con leña, porque no había electricidad ni sistema automático para el encendido y apagado. Después los Pla estuvieron en otros lugares de España, mudándose según las exigencias del trabajo del padre de familia, un trabajador modesto y con afición a la lectura, que tenía una biblioteca en casa. Allí aprendió a leer y escribir Josefina, quien a los once años le escribía a una amiga: "... como tengo todo el tiempo del mundo, intento sacarle provecho a cada cosa que emprendo, cada mañana. Lo malo [es que] cuando azota el viento, algo común, es mejor quedarse a cubierto intentando viajar a otros mundos. Me gusta mucho Rosalía de Castro, su poesía, aunque ahora estoy leyendo su primera novela, La hija del mar. La verdad es que esa lectura ha sido mi madero de náufrago en este primer mes". 

A los once años, la nena rindió los exámenes necesarios para aprobar los cursos de su educación primaria y secundaria, por la imposibilidad de seguirlos en alguna institución de enseñanza, a causa de los continuos cambios de residencia de la familia. El aislamiento del faro, la biblioteca del hogar y la asistencia de la familia le dieron lo necesario para hacerse con una educación básica, y más que básica. Cuando llegó a Asunción, a los veinticuatro años, tenía un conocimiento considerable de idiomas: tradujo algunas páginas de James Joyce, publicó buenas traducciones de poesías en francés y portugués, había leído a Hoelderlin y Novalis en alemán. En una tertulia de los años ochenta en Asunción, un periodista afirmó: "Ahora el progreso será más rápido, porque tenemos varios medios de comunicación. Ella replicó: "Será más lento, porque dominar varios medios requiere más tiempo que uno". Se refería a la palabra escrita y tenía razón: su formación de autodidacta le permitió escribir sobre literatura e historia sin haber seguido la carrera de Letras ni la de Historia, aparecidas en la Universidad Nacional de Asunción (no en el resto del país) en el cuarenta, veinte años después de su llegada. 

Josefina Plá, la hija del mar
Josefina Plá, la hija del mar. Archivo

Vino porque se enamoró de un paraguayo, Andrés Campos Cervera, artista como ella, y más conocido con el seudónimo de Julián de la Herrería; lo conoció cuando él veraneaba en España. Se instalaron en algún lugar de Villa Aurelia, como se conocía a esa enorme propiedad situada entre las calles República Argentina y Última de Asunción (fracción de un terreno mucho mayor comprado años atrás por Cristóbal Campos y que llegaba hasta San Lorenzo). Por allí vivió también su coterráneo Viriato Díaz Pérez, casado con una Campos Cervera, autor y promotor literario, como Josefina. En la casa del español, que se conserva hasta hoy, se reunían Manuel Domínguez, Manuel Gondra, Eligio Ayala, la joven pareja Campos Cervera, Gabriel Casaccia y otros. Allí Rodrigo Díaz Pérez, hijo del escritor y escritor él mismo, me mostró la correspondencia de su padre con Antonio y Manuel Machado, Miguel de Unamuno y otros exponentes de la generación española del 98 y libros del siglo XVI o XVII; no lo recuerdo bien. No hace mucho tiempo, el incendio que llegó a controlarse pudo haber destruido parte de aquellos papeles. 

Lo bueno dura poco: Josefina y Andrés lo compartían todo, hasta la creación artística emprendida en común. En 1937, durante una estadía en España, él murió inesperadamente, y ella decidió regresar al Paraguay, donde viviría hasta su muerte, siempre trabajando intensamente (esto incluye las tareas ocasionales necesarias para ganarse la vida, ya que las intelectuales no le bastaban para eso). 

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Josefina Pla y Andrés Campos Cervera. Archivo

En la década del 60, la podía ver en el corredor de su casa, dictando sus textos al fiel dactilógrafo y amigo Marciano Solís, quien los mecanografiaba con una máquina vieja, pero sin errores; no alteraba la rutina que hiciera mucho frío o mucho calor. Al costado del corredor había una habitación bastante grande, donde Josefina guardaba su colección de arte (cerámicas, esculturas, cuadros, grabados), que tenía un valor considerable, porque ella la había formado intercambiando obras con los colegas jóvenes que llegaron a hacerse famosos (también había regalos). Una cerámica, Fiesta ocara, se tasaba en un millón de guaraníes allá por 1960, y era mucha plata; el conjunto valía mucho más, por supuesto, pero ella decidió conservarlo por amor al arte, literalmente. La pobre mujer no sabía que parte de lo atesorado durante años se perdería con la visita de los ladrones. 

Mucho de lo que escribió ella en revistas y periódicos pudo haberse perdido, como también una parte de su voluminoso y desordenado archivo personal. De su vasta producción, Liliana Brezzo se centra en sus escritos de carácter histórico, ya que este libro trata básicamente de eso; sin abundar en el punto, me limitaré a mis preferencias personales. 

Josefina Pla. Archivo
Josefina Pla. Archivo

Uno de mis textos favoritos es "Aventuras y desventuras del oro en el Paraguay", que fue el escrito de incorporación de Josefina a la Academia Paraguaya de la Historia. Se trata de una reseña documentada del metal, o de su ilusión, desde la llegada de los primeros conquistadores que, engañados, llamaron al Paraná Río de la Plata, suponiendo que a lo largo de su ribera abundaban los metales preciosos. En la Colonia no se los encontró; después de la Independencia, el doctor Francia inició una afanosa e infructuosa búsqueda; después de la Guerra de la Triple Alianza y hasta nuestros días, se ha mantenido la ilusión del tesoro enterrado por los paraguayos en su retirada ante el avance de las fuerzas enemigas. Según la autora, el oro ha jugado a las escondidas con los paraguayos. 

Un comentario personal: la búsqueda del tesoro ha sido una realidad de nuestra vida política; en el año 2000, la Municipalidad de Asunción cavó un enorme pozo en el Parque Caballero tratando de desenterrar uno, ¿habrá alguna relación entre esa búsqueda y la del documento de oro, el que permita desentrañar los misterios de nuestra historia? Porque hay una increíble falsificación de documentos vendidos a buen precio a los ingenuos.

Josefina Plá ofreciendo una conferencia sobre "El barroco en el Paraguay", Madrid, 1971. Archivo Fotográfico "Mundo Hispánico". Biblioteca AECID.
Josefina Plá ofreciendo una conferencia sobre "El barroco en el Paraguay", Madrid, 1971. Archivo Fotográfico "Mundo Hispánico". Biblioteca AECID. Archivo

Volvamos a doña Josefina Pla o Plá (ella firmó de las dos maneras). Usando como fundamento procesos judiciales conservados en el Archivo Nacional, ella nos ha presentado una imagen distinta de la esclavitud en su libro Hermano negro. Allí nos muestra que, si hubo relativamente pocos africanos en el Paraguay colonial, fue porque los esclavos costaban mucho para el poco dinero existente en la provincia, y que la servidumbre fue menos penosa que la de otros países americanos. Después de la independencia, curiosamente, la condición del esclavo se volvió más dura; yo me permito suponer que, a causa de la depresión económica provocada por el aislamiento del doctor Francia, a la falta de circulante, se hizo necesario exigir más a los trabajadores no pagados.

También aumentó con el gobierno de Francia el número de africanos no casados, o que vivían sin casarse, y ellos debido a los impedimentos puestos al casamiento legítimo por el Supremo; si bien dichos impedimentos ya existían en la colonia, se volvieron más rígidos bajo el nuevo sistema. Desde luego, Liliana Brezzo dice más sobre las investigaciones históricas de Josefina Pla; no abundaré en ellas porque el mío es un comentario personal, no una reseña rigurosa.

 

* Guido Rodríguez Alcalá es escritor, historiador, periodista y crítico literario. Asesor del CCR Cabildo y colaborador en diversos periódicos locales y extranjeros, ha publicado obras en casi todos los géneros, siendo sus novelas más conocidas Caballero (1986), elaborada en torno al personaje histórico, a quien desacraliza a través de su propio discurso, y El peluquero francés, obra sobre la relación entre Elisa Lynch y Solano López con la que obtuvo el Premio de Novela Lidia Guanes en 2008.

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