Cuando encontraron a Sombra agitandose a orillas del arroyo entre los tenebrosos recovecos de la corriente, los trillizos Trinidade ya llevaban diez dias tras los pasos de Beato Peixoto. Sombra resoplaba a ritmo tuberculoso y se rascaba el hocico desesperado.
—Lo habra meado un sapo —habia dicho Paulo Trinidade. —No me gusta. Tiene el color favorito del Diablo.
Y Diogo Trinidade tenia razon, porque Sombra era negro como noche sin luna. Y como si fueran relampagos, despedia reflejos plateados cuando el sol reflejado en el agua le daba en los flancos.
—Nos va a ayudar a encontrar a Beato Peixoto. Me lo quedo.
Diogo no estaba tan seguro. Algun mal augurio presintio en ese perro que saltiteaba enloquecido por el pipi de rana o la picadura de avispa. Pero reconocio para sus adentros que lo de encontrar a Beato Peixoto podia ser verdad. Ese malandro vagaba oculto por el velo del diablo, inubicable en esa temporada de lluvia en el serton. El olfato de perro es superior al de los caballos y a la capacidad de rastreo de un par de hombres. Por eso, Diogo no volvio a hacer objeciones. Nomas tomo una correa de cuero que le sobraba de los aparejos y se la puso al animal alrededor del cuello. Dijeron cuatro o cinco palabras. La ultima gano: Sombra.
Diogo y Paulo eran conocidos como los trillizos, pero lo cierto es que eran los ultimos dos que quedaban. El otro, Ananias, habia sido muerto el mes pasado de un balazo a traicion, en una redada que habia hecho la banda de Jesus Longavista en una siesta brillosa. Paulo mismo lo vio recibir el balazo por detras, y siguio con el ojo la humareda breve y letal que salia del cañon del revolver de Beato Peixoto. Cuando Urutu-Branco mando hacer la contabilidad de las bajas, el unico que quedo en el debe fue Ananias. Los cuatro heridos podrian recuperarse.
—Mi jefe —dijo Diogo— tapando con su voz el sollozo de su hermano trillizo. Sabemos que no podemos detener nuestro viaje, pero pido licencia especial para vengar la muerte de mi hermano. Y pido dos caballos y un poco de suministro mas, que luego vamos a vivir de frutos y caza con trampas, para no hacer ruido ni llamar la atencion.
Urutu-Branco, viejo, sabio, y por lo mismo, menos hablador, miro a Diogo y a Paulo, parados junto al cadaver que parecia reflejo en el agua de uno y otro, y entendio que hay cosas mayores a la cohesion de un grupo.
—Conforme —dijo—. Cuando hayan terminado, busquenme en Diamantina.
Reflejo exacto uno del otro en aspecto fisico, no lo eran en su temple y personalidad. Y, pese a haber nacido en mismo parto, todos consideraban a Diogo como el mayor de los trillizos. Serio y solitario, tenia fama de hombre recto. Trabajaba como buey y hasta en su soledad sabia repartir raciones de alimentos por igual a sus compañeros. Paulo, por otro lado, era considerado como el menor. Gozaba de la musica, tenia buena vez de cantor y gustaba de los animales y niños pequeños. Ananias, por su parte, era el fiestero de entre los tres. Su buen humor le habia hecho amigo de decenas de yagunzos. Por eso su perdida fue lamentada por Urutu-Branco y los de la banda, y por eso, dejaron que los trillizos restantes fueran a hacer justicia como mandaba la ley del serton.
Asi iniciaron los dos hermanos la busqueda de la banda de Jesus Longavista. Contra su jefe y los suyos, no tenian rencor, porque el yagunzo comprende incluso a sus enemigos. Pero contra Beato Peixoto, famoso por su punteria y su afan de matar ilicito, contra el decidieron emprender caceria. Cayeron un dia sobre el campamento, multiplicados por la sorpresa y la noche, y lograron que Beato Peixoto —¡oh, cobarde! — se alejara hasta el punto de que entre los dos lo hicieron batir en fuga, como hacen los perros cuando han encontrado al debil de entre el ganado. Desde entonces cortaron toda posibilidad de que Beato Peixoto se reincorpore a su grupo, y lo obligaron a alejarse mas y mas hacia las planicies espinosas donde pudiera ser facilmente emboscado. Pero Beato Peixoto parecia haber hecho conjuros con el diablo, porque escapaba adentrandose sin dejar rastro claro, solo algun que otro resto de comida o soretes dejados a medio enterrar.
Iban como a ciegas tras Beato Peixoto cuando la providencia quiso que encontraran a Sombra. Un animal tan vivo que, desconfiado al principio, se apego a los trillizos sin nueva vacilacion. Paulo percibio en el el talento de un animal rastreador, y por eso, cuando tuvo oportunidad, le hizo oler unas hojas manchadas con las heces de Beato Peixoto. Sombra ladro enloquecido, giro en el mismo sitio varias veces, y salio disparado por el campo.
—Parece que lo va a encontrar —dijo Paulo. —Va —respondio Diogo, algo mas esceptico.
Y aunque ese dia no lo hallaron, y aunque tal vez nunca lo harian, Paulo descanso mejor que en noches pasadas, confiado en que al fin podria vengar la muerte de su hermano Ananias. Mirando las estrellas, recordo la cancion que su madre les solia acalantar cuando se apretaban los tres juntos en una misma cama —un rejunte de telas y frazadas apilonadas sobre un catre de tiras de cuero— en las noches de invierno.
"Las estrellas del cielo
No son lindas por brillar
Como hormigas en el suelo
Vencen por juntas estar
Una gota sola cae
Sin gracia en el serton
Mas con sus hermanas trae
A tierra gran bendicion
Les pido, bellos hijos
No vayanse apartar
Tu hermano es cobijo
que de vos ha de cuidar"
Sombra, tumbado a un lado, se calentaba junto al cuerpo de sus nuevos dueños. Era perro adulto, de cinco o seis años. Flaco y recio, agil entre el campo y vivaz cuando exploraba entre las matas y arbustos. Los ayudo a cazar un par de teyus y advirtio de la presencia de una yarara antes de que los caballos se agitaran. Paulo vibraba emocionado. "Cuando terminemos con esto, me lo llevare hasta Diamantina y le dire a Urutu-Branco que este es animal de fiar, mas que caballo y mas que burro, y que con el entre nosotros presentiremos mejor a los que nos buscan y advertiremos antes a quienes buscamos". Incluso Diogo empezo a encariñarse con el. O al menos, eso es lo que quiso entender Paulo cuando, volviendo de hacer sus necesidades junto a unos arbustos, atisbo de lejos a Sombra alimentandose de la mano de su hermano, quien le hablaba en el tono afectuoso y sordo con el que hablaba a su caballo antes de las partidas.
Siguiendo a Sombra, fueron entendiendo que se acercaban mas y mas a Beato Peixoto, pues sus huellas eran mas nuevas y evidentes. "Anda cansado y sin alimento, por eso se descuida tanto", dijo Diogo. Asi parecia. Hasta llegaron a encontrar cenizas de cigarros sin esconder.
—Mama decia que al hombre lo echa a perder el vicio, ¿recordas?
—Recuerdo —respondio Diogo. Y entre dientes, murmuro algo sobre Ananias. Paulo se avergonzo, porque el perro le habia cambiado tanto de humor, que la busqueda de Beato Peixoto ahora le era como un juego, y se habia hasta casi olvidado despues de tan poco tiempo que iban tras el asesino de su trillizo.
Una tarde, cuando mas intuian que habrian de encontrar al fugitivo, percibieron sobre los morros lejanos el olor a tempestad aproximandose. Vieron a distancia el acumularse de nubes nuevas de tormenta. Vieron el horizonte difuminarse por la lluvia plomiza alla a lo lejos. Vieron las bandadas de pajaros punteando el cielo mostrandoles la cola al temporal.
—Asi va a ser imposible alcanzar a ese diablo —gruño Diogo.
No tardaron en adentrarse de lleno en el impacto de las gotas. Una lluvia furiosa los obligaba a inclinarse sobre el pescuezo de sus caballos. Sombra daba saltos entre los charcos, hundido mas alla del pecho, guiandolos como una barquita en el agua colorada que anegaba el campo.
—¡Vaya, Sombra! —le gritaba Diogo desde atras. A Paulo le volvio a impresionar la confianza que su hermano parecia tenerle a ese animal. —¡Vaya, Sombra! ¡Encuentre la altura! —le ordeno Diogo. Y Sombra volvio la cabeza de triangulo por encima del agua y obediente, reanudo su camino infundido de mayor teson en su tarea. Los caballos trotaban pesados entre la llena del campo, esquivando ramas y follaje rejuntado por las aguas. Paulo se sentia apeligrado, viendo apenas unos metros por delante la grupa musculosa del caballo de Diogo, tambaleandose entre la corriente. Y un poquito mas alla, la figura negra del perro, fuerte como no se entendia, guiandolos en la crecida.
Sombra troto en un sentido que Paulo no entendio, no cruzando, sino en paralelo a la corriente.
—¡Nos lleva mal! —grito Paulo.
—¡Calle la boca y siga! —rugio Diogo entre el bramido de la riada.
Paulo obedecio, perplejo. Al fin, su caballo parecio pisar mas firme, creyo subirse a algo alto y presintio que estaban saliendo del torrente principal hasta un curso amansado. Cuando pudieron quedar en un lugar alto sin charcos evidentes, cada cual descendio para dar descanso a los caballos. Sombra se acerco y Diogo entusiasmado le dio varias palmadas en el lomo.
—¡Buen cachorro! ¡Cachorro bueno! —le decia orgulloso.
Y a Paulo le dio algo en el corazon, porque era la primera vez que su hermano sonreia desde el asesinato a traicion de Ananias.
Decidieron que estaba bien de marcha por ese dia. Ataron a los caballos y encendieron un fuego para secar ropas y pertrechos. Mientras completaban sus tareas, fue Paulo el primero en advertir que Sombra se habia escabullido.
—¿Donde fue?
Tardaba. No volvia. Se haria de noche muy pronto. Vayamos, no sea que lo haya picado una vibora, dijo Diogo. Fueron arrastrando el pie entre el barro y los arbustos pinchudos, alejandose cada vez mas y mas de los caballos. Llego un momento en que Paulo dejo de ver a su hermano. Pisaba en terreno resbaladizo, dando traspies cada tanto. Por fin, le parecio oir un ladrido, un gemido sordo. Lo que vio lo sorprendio. Una figura, un hombre demacrado, se inclinaba sobre Sombra, que exaltado se extendia a lo alto sobre sus patas traseras y abanicaba el aire con la cola enloquecida. Y de esa figura salio una voz alegre y a la vez dolorosa:
—¡Preto! ¡Oh, Preto!
Y el hombre que llamo Preto a Sombra se tenso y alzo el brazo. Tres fogonazos cortaron la quietud del terreno escampado. Y Paulo sorprendido miro el brazo extendido de aquel hombre demacrado y entendio que los balazos no eran para el, sino para otra figura, la de su hermano Diogo, que, apostado a una decena de metros mas al frente, ni tuvo tiempo de darse cuenta de que estaba muerto porque la bala de Beato Peixoto le entro precisa en la frente y cayo cuan largo era sobre el barro. Y Paulo grito, furioso.
—¡Hey, bandido! ¡Hey, malandro!
Y su grito no era para reclamarle que por segunda vez lo hubiera dejado sin hermano, sino por estar quedandose con su perro.
—¡Su nombre es Sombra, hijo de la puta!
Y fue el disparo de Paulo el que ahora entro justo en el cuello de Beato Peixoto que, inclinandose sobre el suelo, se acosto mirando al cielo y buscaba con la mano al perro. Preto, para el.
Paulo se acerco hasta aquel hombre que yacia con una mano apretada sobre la garganta, intentando atajar la vida que se le escurria. Sombra, giraba en torno a el, y le daba lengüetazos en el rostro, y asi continuo, hasta que Beato Peixoto cerro los ojos y murio a buena ley y por causa justa.
—Se llama Sombra, jefe. Y no hay animal mas fiel que este.
Urutu-Branco asintio, satisfecho y dijo algo. Pero las voces del mercado de Diamantina ensordecieron sus palabras.
* Ricardo Loup (Asunción, 1986), es abogado, escritor, guionista y docente universitario. Es autor de la obra Este lado de las cosas (Arandurã, 2017), una colección de cuentos, publicados con el patrocinio de la Sociedad de Escritores del Paraguay y de la antología personal Comandante Mosca y otros cuentos inconexos (Arandurã, 2021). Incluido en antologías locales e internacionales de cuentos; varias de sus obras han resultado premiadas en el Paraguay en concursos literarios de cuento, novela y ensayo.