En los debates contemporáneos de la teoría política, pocas categorías han experimentado una expansión tan amplia y, al mismo tiempo, tan inestable como la de populismo. Desde Ernesto Laclau, Chantal Mouffe o Cas Mudde hasta las discusiones recientes sobre Trump, Bolsonaro, Orbán, Milei, Meloni o Podemos, el término se ha convertido en una referencia prácticamente ineludible para describir fenómenos políticos extremadamente heterogéneos entre sí. El populismo parece estar en todas partes, ya sea como amenaza autoritaria, como lógica democrática radical, como forma de interpelación política, como síntoma de crisis de representación o incluso como simple etiqueta de descalificación ideológica. La expansión del término produjo también un efecto paradójico. Cuanto más se utiliza el concepto, más incierto parece volverse aquello que efectivamente designa. Quizá allí resida una de las dificultades centrales del debate contemporáneo. El populismo no parece agotarse nunca, pero tampoco termina de estabilizarse conceptualmente. Después de más de cinco décadas de discusiones teóricas, el término continúa desplazándose entre definiciones incompatibles, usos estratégicos, apropiaciones mediáticas y controversias normativas difíciles de resolver, como si el problema no consistiera únicamente en encontrar una definición adecuada, sino en la persistencia misma de la búsqueda de una definición definitiva. No deja de resultar significativo que Arditi formule el problema a partir de una sospecha metodológica muy precisa. "La pregunta habitual de investigación —'¿Qué es el populismo?'— ya presupone que existe algo que merece ese nombre". Es justamente allí donde comienza a desplegarse uno de los movimientos más productivos del libro, no tanto responder definitivamente qué es el populismo, sino interrogar las condiciones mismas bajo las cuales determinados fenómenos llegan a ser reconocidos y nombrados como populistas.
Es dentro de ese escenario donde interviene ¿Existe algo llamado populismo? 3 provocaciones y 5½ propuestas, de Benjamín Arditi. Más que ofrecer una nueva definición destinada a resolver el problema conceptual, el libro desplaza la propia pregunta desde la cual el populismo suele ser interrogado. En lugar de preguntarse "¿qué es el populismo?", Arditi propone una interrogación más incómoda y metodológicamente más inestable, "¿existe algo llamado populismo?". El gesto resulta decisivo porque no busca simplemente corregir definiciones previas, sino suspender provisionalmente la certeza de que efectivamente exista un objeto unitario y estable susceptible de ser designado bajo ese nombre. El propio autor insiste en que las propuestas del libro deben entenderse como "una invitación a repensar el fenómeno desde ángulos menos transitados" y aclara además que el texto "está concebido como un ensayo en el sentido etimológico del término, un intento, una puesta a prueba de argumentos". Los agradecimientos permiten comprender que esta pregunta no surge de una teoría cerrada, sino de una incomodidad acumulada. Arditi reconoce que tenía "serias dudas sobre la pertinencia del término 'populismo'" y que le costaba "encontrar las palabras adecuadas" para expresar esa incomodidad. La intuición que organiza el libro aparece allí con claridad. Si después de más de cinco décadas seguimos sin consenso sobre qué significa el populismo, quizá convenga "cambiar la pregunta de partida". El libro nace menos de una certeza doctrinaria que de una sospecha metodológica progresivamente acumulada. La pregunta por el populismo emerge así menos como la búsqueda de una esencia estable que como el síntoma de una incomodidad conceptual que atraviesa buena parte de los debates contemporáneos de la teoría política.
No se trata, entonces, de una demolición simple del concepto. Arditi reconoce explícitamente que ningún concepto político posee precisión cartesiana ni logra captar completamente la riqueza de las experiencias que intenta describir. Incluso conceptos ampliamente utilizados —democracia, autoritarismo, género o populismo— permanecen atravesados por controversias y zonas de indeterminación. Eso no implica automáticamente su abandono. Citando a Thomas Kuhn, Arditi recuerda que ningún paradigma "resuelve completamente todos sus problemas" y que precisamente "lo incompleto y lo imperfecto del ajuste entre la teoría y los datos existentes" constituye una condición normal de toda investigación científica. El problema aparece cuando esas imperfecciones dejan de ser manejables y comienzan a acumularse como anomalías. Allí emerge el verdadero núcleo metodológico del libro. Arditi recupera la noción kuhniana de crisis para sugerir que el populismo podría haber llegado precisamente a ese umbral, un punto donde la expansión del concepto amenaza progresivamente su capacidad explicativa. La cuestión ya no consiste en perfeccionar indefinidamente una definición, sino en preguntarse si el propio marco conceptual sigue siendo capaz de organizar inteligibilidad política de manera convincente. La noción de crisis ocupa así un lugar decisivo dentro de la argumentación. Arditi insiste en que una crisis no debe entenderse únicamente como colapso o fracaso. Retomando a Gian Enrico Rusconi y luego a Laclau y Mouffe, la crisis aparece también como una apertura productiva, un momento de reconfiguración conceptual y desplazamiento teórico. Esta doble acepción resulta fundamental para comprender el sentido general del libro. El objetivo no consiste simplemente en declarar agotado el populismo, sino en utilizar el malestar conceptual acumulado como ocasión para replantear las preguntas dominantes del campo. La crisis del populismo no designaría solamente el agotamiento de una categoría, sino también la posibilidad de reorganizar de otra manera las formas mismas mediante las cuales se cartografía el conflicto político contemporáneo.
El libro, como señala Néstor García Canclini, constituye "una reflexión filosófica y metodológica sobre el objeto político". No busca simplemente ordenar clasificaciones ni proponer una nueva taxonomía del populismo, sino interrogar las condiciones mismas bajo las cuales ciertos fenómenos llegan a ser reconocidos como populistas. Participa, en ese sentido, de una operación de desustancialización conceptual semejante a la que permitió desplazar preguntas como "¿qué es el arte?" hacia interrogaciones más situacionales acerca de "cuándo hay arte". El desplazamiento resulta decisivo porque abandona la búsqueda de una esencia estable para atender las condiciones históricas, discursivas y coyunturales bajo las cuales determinadas experiencias son nombradas como populistas.
Aquí aparece quizá uno de los movimientos más productivos del libro. El problema del populismo podría no residir tanto en la ausencia de una definición correcta como en la persistencia de una expectativa ontológica según la cual debería existir una esencia última capaz de estabilizar definitivamente el concepto. La figura metodológica que organiza este movimiento aparece formulada explícitamente mediante la referencia a Hercule Poirot. Arditi afirma que "somete a escrutinio el sentido común dominante en los estudios sobre el populismo para detectar tensiones en las teorías, los argumentos y las definiciones que lo sostienen". La comparación no es anecdótica. El libro funciona efectivamente como una pesquisa conceptual, rastrea inconsistencias, examina definiciones, confronta anomalías y pone a prueba las coartadas teóricas del campo. A diferencia de Poirot, sin embargo, Arditi aclara inmediatamente que "no lleg[a] a establecer el 'qué es' del populismo" porque ese no es su propósito. La investigación no busca resolver definitivamente el enigma, sino volver problemáticas las certezas que organizan el propio campo de estudios sobre populismo. Más que clausurar el problema, el libro insiste en mantener abierto el terreno de incertidumbre desde el cual el populismo continúa siendo pensado.
La argumentación adopta progresivamente el tono de un diagnóstico de agotamiento epistemológico. Arditi compara la búsqueda de una definición ecuménica del populismo con guerras imposibles de ganar como Vietnam o Afganistán. Continuar formulando la pregunta "¿qué es el populismo?" equivaldría a perseverar en una estrategia cuyos resultados siguen siendo insuficientes después de más de medio siglo de intentos. Una de las imágenes más logradas del libro emerge justamente allí. "Tal vez ha llegado el momento de dejar de esperar la llegada de un Godot populista." La referencia a Beckett condensa admirablemente el problema. El debate parece permanecer atrapado en la espera interminable de una definición estable que nunca termina de llegar.
Esta sensación de persistencia agotadora reaparece en varias imágenes desplegadas a lo largo del texto. El populismo es comparado con el dinosaurio de Monterroso, con el Terminator que regresa una y otra vez e incluso con una "idea zombi" en el sentido propuesto por Paul Krugman. Arditi introduce inmediatamente una precisión importante. El populismo no sería exactamente una idea zombi porque no ha sido completamente refutado. Más bien, "sobrevive porque rara vez nos detenemos a considerar seriamente la posibilidad de jubilarlo". La persistencia del populismo sería entonces menos el resultado de su solidez conceptual que de la inercia intelectual acumulada alrededor del término. Más que la dificultad puntual para definir el populismo, lo que comienza a volverse problemático es la persistencia misma de la búsqueda de una definición definitiva. El debate parece quedar atrapado en una compulsión clasificatoria que retorna una y otra vez sobre las mismas preguntas sin alcanzar nunca una estabilización conceptual duradera.
Arditi describe así el problema como una "búsqueda interminable del populismo", una pesquisa teórica que continúa persiguiendo un objeto cuya consistencia conceptual parece desplazarse constantemente. La cuestión deja de ser simplemente epistemológica para transformarse también en una interrogación acerca de las inercias institucionales, académicas y discursivas que permiten la supervivencia indefinida de determinadas categorías incluso cuando su precisión analítica comienza progresivamente a erosionarse. Retomando la célebre observación de Isaiah Berlin sobre el "complejo de Cenicienta", Arditi cuestiona precisamente la compulsión por encontrar el pie exacto para el zapato llamado populismo. El problema no sería simplemente la falta de una definición adecuada. Lo que aparece en juego es la persistencia de una expectativa platónica según la cual debería existir una esencia última del populismo capaz de unificar todos sus usos posibles.

La referencia a Lacan permite precisar todavía más el problema. Reescribiendo la fórmula "La mujer no existe", Arditi propone pensar el populismo en términos similares. "El populismo no existe, pero los populismos sí." La frase no implica negar la existencia de fenómenos históricamente identificados como populistas. Lo que cuestiona es la posibilidad de reducir esa pluralidad a un significado único, canónico y exhaustivo. De allí la insistencia del autor en transformar la afirmación en pregunta, "¿existe algo llamado populismo?". El uso del condicional introduce precisamente la incertidumbre acerca del estatuto conceptual del término.
A partir de allí, Arditi reconstruye la extraordinaria proliferación semántica del populismo contemporáneo. El concepto ya no designa únicamente a los populismos clásicos latinoamericanos asociados a Perón o Vargas, sino también a populismos neoliberales, populismos de izquierda, populismos de derecha, populismos incluyentes, excluyentes, democráticos o autoritarios. La expansión alcanza tal magnitud que, como señala irónicamente, "los avistamientos de populismo ahora rivalizan con los de Dios; ambos son —o al menos parecen ser— ubicuos". Aquí aparece uno de los argumentos más sólidos del libro. La proliferación de usos amenaza progresivamente la especificidad analítica del concepto. La apelación al pueblo, el liderazgo fuerte, el lenguaje polarizador o el antielitismo ya no bastan para identificar un fenómeno como populista, pues esos elementos aparecen también en múltiples formas de política radical no necesariamente populistas. Arditi insiste repetidamente en el problema de los "falsos positivos del populismo". La metáfora del pato resume admirablemente esta sospecha metodológica. "A veces, algo que parece un pato y camina como un pato no es necesariamente un pato." Más adelante el argumento reaparece formulado todavía de manera más explícita. "Las apelaciones al pueblo, a los líderes o a las élites son muchas veces falsos positivos del populismo."
Es precisamente allí donde se condensa una de las críticas más fuertes del libro. La literatura contemporánea habría terminado transformando ciertos rasgos generales de la política antagonista moderna en indicadores automáticos de populismo. El problema no sería entonces únicamente la sobreexpansión semántica del concepto, sino la dificultad creciente para distinguir entre fenómenos radicalmente distintos una vez que el populismo comienza a operar como una categoría excesivamente amplia y elástica.
La segunda parte del libro, titulada significativamente "Polemizando sobre el populismo", radicaliza el tono provocador de la argumentación. Las tres provocaciones desarrolladas allí no funcionan como tesis doctrinarias cerradas. Operan más bien como intervenciones destinadas a desorganizar hábitos intelectuales sedimentados dentro de los estudios sobre populismo. El objetivo no consiste en ofrecer una teoría alternativa acabada, sino en introducir una interrupción metodológica en un campo excesivamente estabilizado alrededor de sus propias rutinas conceptuales.
La primera provocación —"adiós al populismo"— lleva hasta sus últimas consecuencias la sospecha planteada en la primera parte del libro. Arditi parte de las objeciones de Ian Roxborough a las definiciones clásicas y mínimas del populismo para proponer algo más radical. "Abandonar el populismo significa, precisamente, lo que sugiere esa frase, que no hay tal cosa como el populismo." La provocación tampoco debe leerse como una simple negación del concepto. Arditi construye cuidadosamente una genealogía teórica de otros abandonos conceptuales fuertes. La referencia central es Alain Touraine, quien había propuesto "erradicar completamente la noción de sociedad del análisis sociológico". Resulta todavía más decisiva la apropiación que Arditi realiza de la tesis laclausiana sobre "la imposibilidad de la sociedad". La operación adquiere aquí toda su importancia. Así como para Laclau la sociedad no constituye una totalidad plenamente suturable sino una articulación siempre precaria e incompleta, Arditi sugiere que algo semejante podría ocurrir con el populismo. No existiría "el populismo" como objeto unitario y estable, sino configuraciones históricas heterogéneas agrupadas retrospectivamente bajo un mismo nombre. El populismo funcionaría entonces como una categoría que intenta estabilizar un terreno inherentemente inestable.
Esta crítica se articula además con una objeción más amplia dirigida a ciertos mapas conceptuales heredados por la teoría política y la sociología. Arditi cuestiona particularmente la clásica separación entre "lo social" y "lo político", organizada mediante representaciones topográficas del espacio público. Allí aparece una de las expresiones más irónicas del libro. "Seguimos aferrándonos a este apartheid espacial bienintencionado que separa a los actores sociales de los políticos". La crítica permite comprender mejor el rechazo de Arditi a ciertos criterios habituales de identificación del populismo. Si las fronteras entre movimientos sociales, partidos, demandas, antagonismos y representación política son mucho más fluidas de lo que sugieren las clasificaciones tradicionales, entonces categorías como "apelación al pueblo", "movilización" o "polarización" dejan de poseer capacidad discriminativa suficiente.
La persistencia del populismo es explicada entonces mediante otra figura central del libro, la noción de "ideas zombi". Arditi insiste en que "cualquier idea puede persistir más allá de su utilidad". Precisamente eso sería lo que ocurre con el populismo. El término sobrevive menos por su precisión conceptual que por la legitimidad institucional y académica acumulada alrededor suyo. Hacia el final de la provocación, Arditi introduce incluso una dimensión autorreflexiva particularmente interesante. "Hay financiamiento para estudios sobre populismo [...] existe incluso una revista —Populism— dedicada exclusivamente al tema. Yo mismo formo parte de su consejo editorial." La observación no es anecdótica. Arditi se incluye explícitamente dentro del dispositivo académico cuya inercia conceptual está cuestionando.
La segunda provocación desplaza el problema desde el plano estrictamente conceptual hacia el funcionamiento efectivo del término dentro del discurso político contemporáneo. Allí Arditi propone, deliberadamente, "usemos el populismo para acusar y descalificar a nuestros adversarios". La formulación tiene un tono provocador evidente, aunque el objetivo no consiste simplemente en degradar el concepto a insulto. Lo que Arditi intenta mostrar es que, en buena parte del espacio público contemporáneo, el populismo ya funciona predominantemente de esa manera. Su eficacia sería menos descriptiva que performativa. "El valor táctico de la palabra radica, ante todo, en su capacidad para cancelar a quienes nos desagradan." El problema deja entonces de situarse exclusivamente en la dificultad de definir adecuadamente el populismo y comienza a desplazarse hacia las formas concretas mediante las cuales el término circula estratégicamente dentro del conflicto político contemporáneo.
La referencia a Jacques Rancière y C. B. Macpherson adquiere aquí un papel decisivo. Arditi recuerda que "democracia" también fue históricamente una palabra de desprecio utilizada por las élites para descalificar el gobierno de las masas. Bajo esta perspectiva, "el populismo sería el sucesor contemporáneo de la democracia como palabra de desprecio". Los ejemplos sobre López Obrador, Vargas Llosa, Krauze o The Economist no aparecen entonces como simples referencias coyunturales, sino como demostraciones empíricas de la manera en que el término circula efectivamente dentro del discurso mediático y político contemporáneo, funcionando muchas veces más como una etiqueta flexible de descalificación que como una categoría analítica rigurosamente delimitada. El populismo se convierte así en un significante polémico cuya utilidad política parece aumentar precisamente en la medida en que su precisión conceptual disminuye.
La tercera provocación introduce una inflexión importante respecto de las anteriores. Arditi ya no propone abandonar completamente el término ni reducirlo exclusivamente a su dimensión peyorativa. Lo restringe históricamente. El populismo habría existido efectivamente, aunque como nombre de una experiencia política específica vinculada principalmente a ciertos procesos latinoamericanos de mediados del siglo XX. "Alguna vez hubo algo llamado populismo, pero ya no." La "fogata" evocada por Peter Worsley remitiría así fundamentalmente a los populismos clásicos asociados a Perón, Vargas o Cárdenas. Por ello Arditi afirma que "el arquetipo del populismo es la política de Juan Domingo Perón". Esta tercera provocación resulta decisiva porque impide reducir el libro a una simple disolución del concepto. Arditi oscila constantemente entre tres operaciones distintas —abandonar el término, reconocer su funcionamiento peyorativo o restringirlo históricamente— sin estabilizarse definitivamente en ninguna de ellas. Las provocaciones no buscan resolver de una vez por todas el problema del populismo, sino desorganizar la compulsión definicional que estructura buena parte de sus estudios contemporáneos.
La tercera parte del libro —"Propuesta metodológica"— introduce un desplazamiento importante respecto de las provocaciones anteriores. Arditi aclara explícitamente que las propuestas "no corrigen ni suavizan las provocaciones". Ambas dimensiones forman parte del mismo movimiento crítico orientado a desorganizar las certezas sedimentadas alrededor del populismo. Allí el problema deja de concentrarse exclusivamente en la proliferación semántica del término para desplazarse hacia las dificultades metodológicas y normativas que atraviesan buena parte de la teoría contemporánea del populismo, especialmente en su versión laclausiana.
La discusión con Ernesto Laclau ocupa aquí el núcleo central de la argumentación. Arditi no intenta simplemente refutar la teoría populista laclausiana. El problema aparece en un nivel más específico. Lo que se pone en cuestión es el modo en que la formalización progresiva de la lógica populista termina desplazándose hacia una forma de formalismo incapaz de justificar normativamente las diferencias entre proyectos políticos radicalmente distintos. La frase decisiva aparece formulada por el propio Laclau cuando sostiene que "un movimiento no es populista porque en su política o ideología presenta contenidos reales identificables como populistas, sino porque muestra una determinada lógica de articulación de esos contenidos —cualesquiera sean estos últimos". Precisamente allí emerge el núcleo de la crítica de Arditi. La expresión "cualesquiera sean estos últimos" parece suspender la importancia de los contenidos concretos en nombre de la pura lógica equivalencial. El problema deja entonces de ser solamente descriptivo. ¿Cómo distinguir, desde el interior mismo de la teoría, entre formas incluyentes y excluyentes de construcción política del pueblo? ¿Qué diferencia, dentro del propio esquema formal, al pueblo articulado por Evo Morales del convocado por Trump, Bolsonaro u Orbán?
Es allí donde aparece una de las tesis más importantes del libro. "Hay un afuera del discurso." La formulación funciona como una inversión parcial de ciertas consecuencias derivadas de Hegemonía y estrategia socialista. Arditi sugiere que el propio desarrollo de la teoría populista obliga finalmente a introducir elementos externos a la pura articulación discursiva, afectos, coyunturas, intensidades, contextos, valores y decisiones normativas que el formalismo equivalencial no logra incorporar plenamente. La discusión con Yannis Stavrakakis profundiza precisamente este problema. Incluso un autor cercano al horizonte laclausiano termina reconociendo que "tal vez sea necesario distinguir el populismo no sólo por su estructura discursiva". Sin embargo, la solución tampoco resulta suficiente. La pasión y la intensidad afectiva no permiten distinguir automáticamente entre populismos democráticos y formas reaccionarias de movilización política. Los seguidores de Chávez y quienes asaltaron el Capitolio el 6 de enero pueden exhibir niveles semejantes de identificación emocional.
La discusión con Gianmaria Colpani radicaliza todavía más esta objeción. Cuando Mouffe introduce "valores de izquierda" para distinguir populismos progresistas de populismos reaccionarios, estaría incorporando criterios externos al propio marco discursivo laclausiano. La solución aparecería así como un suplemento parcialmente "ad hoc", incapaz de derivarse consistentemente de la lógica equivalencial misma. Allí emerge una de las críticas más fuertes del libro. El problema del formalismo no sería únicamente teórico. También sería político. Una teoría incapaz de justificar por qué deberíamos preferir igualdad antes que exclusión, o inclusión antes que xenofobia, corre el riesgo de producir lo que Arditi llama "la emasculación normativa del pensamiento". La cuestión ya no consiste solamente en describir cómo se construyen los pueblos políticos, sino en explicar bajo qué criterios ciertas construcciones deberían resultar políticamente preferibles frente a otras.
La analogía con Marshall McLuhan permite precisar todavía más esta crítica. Así como la tesis según la cual "el medio es el mensaje" tendía a invisibilizar los usos concretos de los medios, la teoría populista laclausiana habría privilegiado la forma de articulación política hasta minimizar los efectos concretos del liderazgo, las coyunturas y las decisiones normativas. La referencia a Paul Virilio cumple una función semejante. "La invención de la máquina de vapor y la locomotora fue también la invención de los descarrilamientos." Toda lógica política produce accidentes, zonas oscuras y efectos no deseados que una teoría excesivamente elegante tiende a invisibilizar. Por ello Arditi insiste en que el líder no puede reducirse a un simple "significante vacío". Un líder "también es una persona de carne y hueso, con humores variables, intereses contingentes y pasiones que no siempre son altruistas". La política concreta desborda inevitablemente cualquier formalización puramente lógica.
El contraste final con Stuart Hall condensa admirablemente el núcleo de toda esta discusión. Mientras Hall sostenía que "no puede haber un pensamiento político separado de la coyuntura", Laclau habría permanecido demasiado cómodo "operando en un plano ontológico". La observación no apunta simplemente contra el nivel de abstracción de la teoría, sino contra la dificultad para reinscribir suficientemente la contingencia concreta de la política dentro del formalismo equivalencial. El epílogo permite releer retrospectivamente todo el recorrido anterior. Arditi insiste nuevamente en que su objetivo nunca fue responder definitivamente la pregunta "¿qué es el populismo?", sino desplazarla. "Propuse otra, menos afirmativa pero quizás más fértil, ¿existe algo llamado populismo?" El objetivo no consiste en clausurar el debate, sino en volver problemáticas las certezas desde las cuales el populismo suele ser pensado.
La referencia a Foucault ocupa aquí un lugar central. Recuperando la idea de gobierno como estructuración estratégica del campo de acción de otros, Arditi cuestiona nuevamente las concepciones binarias de la política organizadas exclusivamente alrededor de la oposición pueblo/élite. Frente a ello, propone pensar la política "como una red de confrontaciones diseminadas y asimétricas —y no como un tablero dividido entre dos bandos", ampliando así las posibilidades analíticas para comprender configuraciones contemporáneas cuya complejidad desborda los esquemas antagonistas más rígidos. El problema del populismo deja entonces de remitir únicamente a una discusión conceptual específica y comienza a desplazarse hacia una interrogación más amplia acerca de los modos contemporáneos de producir inteligibilidad política. Allí el escepticismo metodológico de Arditi adquiere su alcance más general. "Soy escéptico acerca del 'es' del populismo y de otros conceptos políticos", afirma hacia el final del epílogo, extendiendo la sospecha no solamente al populismo, sino a toda pretensión de estabilizar definitivamente categorías políticas complejas, móviles y contingentes.
La discusión final con Cas Mudde permite condensar nuevamente el núcleo de esta sospecha metodológica. Aunque Arditi reconoce "la fuerza evocativa" de la definición ideacional del populismo, insiste inmediatamente en que quizá estemos frente no tanto a una definición rigurosa del fenómeno como a una caracterización general de formas contemporáneas de política radical. Los ejemplos comparativos entre Trump y Podemos profundizan todavía más esta dificultad. Ambos pueden ser descritos mediante categorías como polarización, antagonismo pueblo/élite o liderazgo fuerte. Precisamente allí emerge la pregunta decisiva, cómo distinguir entre proyectos políticos radicalmente distintos cuando el populismo comienza a operar como una categoría excesivamente amplia, capaz de absorber fenómenos heterogéneos sin ofrecer criterios suficientemente sólidos para diferenciarlos. La clasificación termina desplazándose inevitablemente hacia el problema normativo que atraviesa silenciosamente todo el libro.
Hacia el final del epílogo, Arditi radicaliza parcialmente el abandono del término para numerosos fenómenos contemporáneos. Refiriéndose al trumpismo, al bolsonarismo, a la Lega o a Orbán, sostiene que categorías como "derecha radical", "nativismo", "xenofobia", "demagogia" o "personalismo" resultan hoy "más precisas, conceptualmente más robustas y empíricamente más útiles" que la noción de populismo. La observación resulta importante porque muestra que el libro no concluye simplemente en una negación abstracta del concepto, sino en una interrogación concreta sobre su productividad analítica efectiva. La imagen final utilizada por Arditi condensa admirablemente toda la lógica de la obra. Después de décadas persiguiendo el "fuego populista" evocado por Peter Worsley, la evidencia de ese fuego termina pareciéndose "a la del oro que, según la leyenda, yace al final de un arcoíris". La metáfora no implica necesariamente que el populismo sea inexistente. Sugiere, más bien, que quizá seguimos persiguiendo una estabilidad conceptual cuya consistencia funciona menos como una realidad empíricamente delimitable que como una promesa interpretativa constantemente desplazada.
En ese sentido, ¿Existe algo llamado populismo? constituye menos una teoría sustantiva del populismo que una intervención metodológica sobre las formas contemporáneas de producir inteligibilidad política. Su principal aporte no consiste en ofrecer una nueva definición del fenómeno, sino en problematizar las condiciones mismas bajo las cuales determinados procesos llegan a ser identificados como populistas. Tal vez allí resida finalmente la principal fuerza del libro. Más que resolver definitivamente el problema del populismo, Arditi consigue volver problemáticas las certezas que organizan buena parte de las discusiones contemporáneas sobre él. En un escenario atravesado por inflación conceptual, proliferación indiscriminada de categorías políticas y desplazamientos constantes de sentido, esa insistencia en la sospecha metodológica, en la vigilancia conceptual y en la imposibilidad de clausurar definitivamente el significado de las categorías políticas aparece menos como un gesto escéptico que como una exigencia crítica indispensable para pensar la contingencia de la política contemporánea.
Nota de edición: Benjamin Arditi. ¿Existe algo llamado populismo?: 3 provocaciones y 5½ propuestas. Editorial Siglo XXI, 2026, 255 páginas.
* Raúl Acevedo es candidato a magíster en Filosofía Política Contemporánea por la Facultad de Filosofía de la Universidad Nacional de Asunción (UNA) y doctorando en Filosofía por la Facultad de Humanidades de la Universidad Nacional del Nordeste (UNNE). Se desempeña como docente investigador en la Facultad de Filosofía de la UNA y como director ejecutivo del Centro de Investigaciones en Filosofía y Ciencias Humanas (CIF-Paraguay).