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Eduardo Quintana y la reinvención del "nostos" en la Asunción contemporánea

La literatura que importa no es la que confirma lo que ya sabemos. Es la que nos obliga a mirar con más atención algo que habíamos decidido no ver. "Los hombres que desaparecían los viernes", obra publicada por Servilibro, cumple esa función con rigor y con gracia.

Enrique Machuca
por Enrique Machuca 21 Junio de 2026
21 Junio de 2026
Cortesía
Cortesía .

Hay libros que se disfrazan de algo menor para poder decir algo mayor. Los hombres que desaparecían los viernes. Mis 100 citas de Tinder, del escritor paraguayo Eduardo Quintana, es uno de ellos. A primera vista el subtítulo puede funcionar como repelente para cierto tipo de lector. Para quienes crecimos creyendo que la literatura seria llegaba con lomo grueso y referencias a Proust en la solapa, el solo nombre de Tinder puede provocar un reflejo condicionado de desdén. Esa reacción, sin embargo, sería el primer error. Y posiblemente el más caro.

Porque lo que Quintana ha construido no es una crónica de fracasos sentimentales en soporte digital. Es, en el sentido más clásico y más hondo de la palabra, un nostos: un relato de regreso. No a una isla del Mediterráneo, sino a algo más esquivo y más urgente: la propia identidad en tiempos en que los algoritmos administran prácticamente todo.

Una odisea sin mar, pero con naufragios

El nostos —el regreso al hogar— es uno de los arquetipos más persistentes de la literatura occidental. Ulises tarda veinte años en volver a Ítaca. No porque la distancia sea insalvable, sino porque el camino está sembrado de distracciones, seducciones y trampas que prometen algo mejor que el hogar: la inmortalidad con Calipso, el olvido con los Lotófagos, el conocimiento prohibido de las Sirenas. Cada obstáculo es, en el fondo, una forma de olvidar quién se es y de dónde se viene.

Alejandro, el protagonista de Quintana, no tiene mar. Tiene una pantalla. Pero la estructura de su periplo es la misma: un hombre que sale de una relación de dos años —una caída de Troya a escala íntima— y se lanza a la interfaz de Tinder buscando compañía, afecto, conversación. Lo que encuentra, en cambio, es un laberinto. Y como en Homero, el laberinto no está afuera. Está en los gestos que el sistema le enseña a repetir: el swipe, el match, la bio de tres líneas que resume una vida sin decirla. Está en la nueva lengua que debe aprender para sobrevivir, ese idioma que, como el protagonista reconoce, "no se hablaba, sino que se deslizaba".

La intuición de Quintana es poderosa porque no es nostálgica. No propone una vuelta a un pasado sin pantallas. Observa, con la precisión de un entomólogo y la empatía de un novelista, qué le ocurre al lenguaje humano —y por lo tanto al vínculo humano— cuando una aplicación diseñada en California se convierte en el ambiente donde millones de personas buscan amor en Asunción, en Ciudad del Este, en Madrid o en Tokio.

El algoritmo como Poseidón: un dios que no ama

Una de las operaciones más audaces del libro —y del análisis que la crítica ha comenzado a construir en torno a él— es la equivalencia entre el algoritmo y la deidad hostil. En la Odisea, es Poseidón quien dilata el regreso de Ulises, quien lo condena a vagar por un mar que nunca le pertenecerá del todo. El dios no actúa por maldad abstracta, sino porque Ulises hirió a su hijo y el cosmos exige un tributo.

El algoritmo de Tinder funciona de manera análoga: omnisciente, caprichoso, inaccesible a la súplica. Analiza la latencia del deseo, mide la frecuencia del rechazo, castiga con el shadowban —el destierro digital, la invisibilidad— a quienes transgreden sus reglas no escritas. Alejandro, como Ulises, aprende que la inteligencia (metis) vale más que la fuerza: no se trata de ser el más bello o el más elocuente, sino de descifrar la lógica del sistema antes de que el sistema lo descifre a él. Los 15.956.000 guaraníes que el protagonista invierte en su búsqueda no son un gasto; son el sacrificio que la deidad reclama para otorgar visibilidad efímera.

Lo que hace Quintana con este material no es denunciar la tecnología. Es algo más incómodo y más literario: mostrar que le hemos entregado al algoritmo funciones que antes cumplían los dioses, la comunidad, la familia, el azar. Y que el algoritmo, a diferencia de esas instituciones, no ama. Organiza. Optimiza. Procesa. La diferencia, cuando se trata de encuentros humanos, no es menor.

Portada de Los hombres que desaparecían los viernes, de Eduardo Quintana. Cortesía
Portada de Los hombres que desaparecían los viernes, de Eduardo Quintana. Cortesía

La bio como epitafio: identidad y narración en la era de los datos

Hay una imagen en el libro que condensa todo. La bio de Tinder —esas tres líneas donde el usuario debe decir quién es— es definida por Quintana como "un resumen falso de una vida real". La frase merece detenerse.

Desde Homero hasta el siglo XX, la identidad literaria se construyó en el tiempo largo: la cicatriz que Euriclea reconoce, los años de viaje que modelan el carácter, las decisiones que acumulan consecuencia. La identidad contemporánea, al menos en su versión algorítmica, se construye en tres líneas y en la foto correcta. No hay cicatriz posible en un perfil de Tinder. Solo hay imagen y eslogan.

Y sin embargo —y aquí está la apuesta más honda de Quintana— los seres humanos seguimos intentando contar historias. Incluso dentro de ese formato reducido. Incluso cuando el sistema nos empuja hacia el emoji y el like. En las citas más largas de la novela, emergen conversaciones sobre Josefina Plá, sobre Bécquer, sobre literatura gótica y feminista. Una mujer escribe en su bio: "Me gusta hablar de literatura los domingos". El gesto parece menor. No lo es. Es, en el contexto de la obra, un acto de resistencia: la insistencia en que somos más que nuestros datos.

Esta tensión —entre la reducción algorítmica del sujeto y la persistencia de la necesidad humana de narrar— es lo que convierte al libro en algo más que una crónica generacional. Es un diagnóstico y, en el mejor sentido, una pregunta abierta.

La catábasis del Usuario 95: sobre lo que se pierde cuando dejamos de tener nombre

Uno de los pasajes más perturbadores de la novela es la aparición del "Usuario 95". Alejandro descubre que para el sistema no tiene nombre, historia ni cicatriz: es un conjunto de comportamientos predecibles, un punto en una nube de datos. La resonancia con Ulises identificándose como "Nadie" ante Polifemo es inmediata, pero la diferencia es crucial: cuando Ulises dice "Nadie", lo hace como astucia, como acto soberano de inteligencia. Cuando Alejandro es el "Usuario 95", la operación no viene de él. Viene del sistema. La desidentificación no es una táctica; es una condición impuesta.

Esta distinción revela una pregunta que el libro deja flotando con deliberada incomodidad: ¿qué queda de la soberanía personal cuando el entorno que habitamos nos procesa antes de que podamos nombrarnos a nosotros mismos? No es una pregunta retórica. Es la pregunta que define, en buena medida, la experiencia de vivir en la década de 2020.

El regreso y la purificación: borrar la app como acto épico

El nostos homérico no termina con la llegada al puerto. Termina con la purificación de la casa: Ulises extermina a los pretendientes que han usurpado su hogar y restaura el orden que el tiempo y la ausencia habían corrompido. Es un acto violento, sí, pero también es un acto de reconocimiento: el héroe sabe que para volver a ser quien es, debe desalojar todo lo que ocupó su lugar.

En la versión de Quintana, el equivalente de ese acto es más silencioso y más cotidiano: borrar la aplicación. No es un gesto heroico en el sentido épico, pero en el contexto de la obra adquiere una dignidad inesperada. Es la decisión de no seguir siendo procesado. De recuperar el tiempo, la atención y el deseo de la administración algorítmica y devolverlos a la jurisdicción de lo humano.

Lo notable es que Quintana no lo presenta como una victoria. Lo presenta como una posibilidad. Y en esa modestia está, quizás, su mayor honestidad literaria.

Conclusiones: por qué importa este libro

La literatura que importa no es la que confirma lo que ya sabemos. Es la que nos obliga a mirar con más atención algo que habíamos decidido no ver. Los hombres que desaparecían los viernes cumple esa función con rigor y con gracia.

Quintana ha escrito un libro sobre Tinder que en realidad es un libro sobre el lenguaje, sobre la identidad y sobre lo que significa seguir siendo humano dentro de sistemas que no tienen esa ambición. Ha demostrado que la literatura no desaparece con las plataformas digitales: migra, se comprime, sobrevive incluso en las tres líneas de una bio. Y ha demostrado, sobre todo, que el nostos sigue siendo el relato central de nuestra experiencia: el viaje de regreso a uno mismo, con todos los naufragios que eso implica.

Que ese viaje ocurra hoy entre swipes y matches en una ciudad de la frontera paraguaya no lo hace menos épico. Solo lo hace más nuestro.

 

* Enrique Machuca es licenciado en Letras con especialización en gestión educacional. 

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