Los antojos del bronce
La serie Enredos juega con giros enrulados, rotaciones caprichosas y arremolinadas torsiones. El conjunto titulado Siete pecados capitales, de menor formato, sigue libremente derroteros curvos y espiralados y sugiere posturas ligeras de danza o gestos ambiguos pero enérgicos, detenidos en su impulso de simbolizar los vicios fundamentales de la tradición cristiana. Esta oportuna detención permite sortear el riesgo de las literalidades y conserva la reserva de alusiones y desvíos retóricos que caracterizan la obra. Las piezas de la serie Siluetas se yerguen ondeantes, equilibrándose con levedad, apenas apoyadas en su vértice inferior en fragmentos de roca calcárea. El escultor asume la capacidad autosustentable del barro empleado, que marca, así, el rumbo impuesto por su propia gravedad. Algunas piezas se repliegan articulando arquitectónicamente sus gruesas tiras, que, enroscadas, parecen sustraer su interior a la mirada.
Estas posiciones de avance, construcción y repliegue despiertan campos de energía que dinamizan el espacio de las obras. La materia y el procedimiento del vaciado juegan un papel determinante en estos lances y, en general, en las diversas formulaciones que termina asumiendo la obra. Lejos de constituir un mero procedimiento técnico, el moldeo a la cera perdida actúa a partir de la tensión con la forma, a la que resiste, presiona e impulsa desde adentro.
Con excepción de dos propuestas que emplean caños de cobre y de plástico respectivamente, las piezas que integran esta muestra se encuentran confeccionadas con bronce, según el proceso mencionado, y no recurren a ningún otro artificio que el otorgado por los elementos y el método de fundición. Al final de la secuencia, el metal se planta ante el espacio esgrimiendo los recursos autorizados por su propia naturaleza: la textura, el volumen, el peso y la opacidad o el brillo. La tersura de los planos lisos y sus dobleces mansos, la crispación de figuras estremecidas, los lustres comedidamente dorados: estos accidentes o propiedades de la obra no serían posibles mediante el puro afán de la idea; traducen atributos de la materia opuestos o aliados con la forma. Por eso, la gravitación del bronce, su consistencia y su apariencia conforman la obra tanto como el diseño, el concepto y la imagen.
El encuentro entre la materia y la forma -"encuentro" en su doble acepción de conflicto y coincidencia- permite las combinaciones espontáneas y promueve los caprichos de la creación, tanto nutrida de los atributos físicos y las cualidades técnicas de la obra como impulsada por las oscuras razones de la imaginacióny el deseo. A partir de estos cruces, la obra plantea configuraciones diversas y suelta sugerencias y alusiones; connotaciones efímeras que provocan asociaciones e impulsan las derivas de la percepción sin anclar en significados definitivos.
La vieja dicotomía abstracción/figuración ha perdido toda vigencia en el arte actual, cuyas formas se presentan, se reconfiguran o se retiran sin ningún compromiso con interpretaciones establecidas ni referencias previas. Entonces, más allá de los códigos de la representación, las esculturas de David Ocampos aluden a figuras que cambian azarosamente de sentido según se desplace la dirección de la mirada. Así, se muestran y se ocultan sugerencias de arcaicos, o demasiado estilizados, cuerpos femeninos; lentas volutas de humo, siluetas serpentinas, lenguas de fuego, cordones que electrifican una mínima zona marcada o signos gruesos e intraducibles que rotulan el aire por un instante.
Ansiosas de movimiento, las placas o cintas de bronce se estiran, se achatan, se retuercen o se desenrollan impulsadas tanto por las potencias del metal como por las razones de la forma. Entre la consistencia de la materia y la levedad del diseño se afirma con libertad una obra que roza y riza el espacio y lo deja levemente turbado.
Nota de edición: El presente texto acompaña la muestra que el artista exhibe actualmente como resultado del Premio Fábrica obtenido el año pasado en Oxígeno Feria de Arte. La exposición puede ser visitada en Galería Fábrica (Sargento Martínez 271, Asunción). La curaduría es de Osvaldo Salerno.
* Ticio Escobar es crítico de arte, curador, docente y gestor cultural. Fue presidente de la sección paraguaya de la Asociación Internacional de Críticos de Arte (AICA Paraguay), director de Cultura de la Municipalidad de Asunción y ministro de la Secretaría Nacional de Cultura. Es director del Centro de Artes Visuales/Museo del Barro.