Crónicas 2025

Las ceramistas

Obras de Julia Isídrez. Cortesía

Es increíble que, estando tan lejos, sus figuras de barro negro se me aparecieran en un sueño. Todas juntas, como si hablaran a través de una sola voz que crecía de tamaño, hasta que creí ver una  serpiente con cabeza de loro Mboitu'í [1] entre un montículo de hojas verdes. Ellas me decían algo pero sin hablar. Así lo entendía en el sueño. Habría un mensaje para mí, pero, aparentemente, no sería en palabras.

― ¡Daniel! 

Escuché una segunda voz, humana, que me llegaba de otro lado e interrumpiendo el sueño de golpe me heló el corazón. Una extrañeza sin nombre me tomó el cuerpo. ¿De dónde vendrá esa voz, que casi puedo escucharla despierto? Pero, ¡si no estoy despierto! ¿Llegaré tarde a algún lado? ¿Me olvidaré de algo? ¿Por qué me haré estas preguntas pudiendo hacerme otras? Me pregunté, todavía inconsciente, pero escuchando como si mi propia voz también viniera de otro sitio de donde descansaba mi cuerpo. 

Al despertarme, miré el cuarto sin reconocer nada ni a nadie. Miré las imágenes de las paredes, las cuatro camas repartidas con torpeza en el espacio, me pregunté quiénes serían los que dormían en ellas, junto a la mía. No pude recordar sus nombres, ni qué hacía yo ahí. Al escuchar los graznidos de las gaviotas,  que venían del otro lado de la ventana, que daba a la calle, me di cuenta de que estaba despertando en Dublín, donde las que cantan desde el amanecer son ellas y no los gallos.

Me levanté para mirar por la ventana cómo estaba el día. Igual que siempre: nublado, lluvioso, y era necesario salir, para lo que sea, para que no me alcanzara la depresión ni el estrés. 

― Para algo estoy acá; ¡vamos!

Me dije poniéndome la ropa, rápido. Me preparé un café y, mientras lo tomaba frente a la ventana, me di cuenta de que era la primera Pascua que pasaba en la ciudad. Fijé la vista en la torre de la iglesia de la cuadra que se veía por entre los listones de las persianas enrollables. Los colores del frente combinaban con los del cielo, el asfalto y el material gris pedregoso con el que se construyen las casas, como la mía. Una de las luces amarillas de la calle seguía encendida, pero se apagó ni bien terminé de pensarlo. 

― Bien, gracias, me alegro. Espero que lo ahorrado me lo descuenten de mi medidor.

Agradecí, sin saber a quién le hablaba. Uno de los beneficios de vivir solo en una ciudad capital es que hablar en voz alta con uno mismo parece estar justificado y se pasa desapercibido porque muchos lo hacen por la calle. 

Tomé el paraguas y salí. Las gaviotas estaban por todos lados. Una de ellas caminaba por el asfalto como si fuera un perro callejero. Si hubiera perros deberían competir con ellas por los restos de comida, pero yo no me animaría a tanto. Seguí los movimientos de una, que pasó delante de mí como si me mostrara algo; quizá, que podía hacerlo y que no me temía. Se dirigió hacia el frente de un auto y, dando un salto, se subió sobre el capot. 

― Impresionante, amiga. 

La felicité y la miré a los ojos buscando algo más allá de su animalidad. Quizá, sus ojos negros como botones también me quisieran decir algo que no entendiera, pensé con ingenuidad e incentivando la fantasía en el inicio de mi día. Dando un salto, y apoyándose sobre el vacío con ambas alas, se subió al techo mientras seguí de largo y la dejé a mis espaldas. 

Entré al callejón del restaurante, donde trabajo de kitchen porter. Un nombre elegante para quienes lavamos platos. En Buenos Aires cuidaba casas y aquí cuido cocinas.

Ni bien abrí la puerta trasera de la cocina, alguien me saludó en voz alta. 

― ¡El Dani! 

Me gritó Rubén desde el fondo, a la vez que, a su manera, le avisaba al resto del personal que había llegado. La puerta de alambre tejido se cerró detrás de mí, haciendo un ruido poco consistente, como si pesara menos que el diario del martes. Rubén siempre me trata con afecto, así que le devolví el saludo subiéndole mis cejas y después saludé a los demás. 

Hey, there!

Me animé a usar la expresión en inglés, en voz alta, pero sin hacer contacto visual con nadie y levantando mi mano derecha, mientras la dueña que entró por la otra puerta dejaba unos platos sobre la estación de limpieza que ocupaba Samuel, que seguía allí hasta terminar el turno de la mañana. La dueña me saludó con un gesto, pero sin decir nada. Rocío y suele vestir camisas grandes y zapatos modernos, pero esta vez introdujo un cambio. La miré con detenimiento para confirmar de qué se trataba exactamente. Debajo de su camisa celeste, desabotonada y abierta, llevaba una remera blanca con un estampado de unas cazuelas de cerámica sevillana;  no sabía si existía algo como tal, pero lo supuse porque el dibujo tenía los mismos arreglos florales que los afiches colgados en las paredes del local. 

Hi, Rocío, cómo estás. 

Le dije, mezclando los idiomas, para hacerla hablar unas palabras, pero me guiñó el ojo sin decir nada y, cruzando la puerta, entró al salón.

Unas horas después, cambié de posición. Me puse a pulir unos platos para que los runners del salón pudieran tenerlos listos para usar, antes de que me los pidieran. Por hacerles el favor de adelantarles su trabajo solían prepararme un café capuchino en la barra y  traérmelo para que lo tomara mientras los ayudaba. Un momento de placer simple, que buscaba cada jornada.

Desde donde estaba podía ver la cocina con otra perspectiva. Los veía a todos en una sola imágen: al chef y sus cuatro asistentes. Delante de mí, tenía la pila de cincuenta platos de loza blanca, sobre una pequeña mesa de metal plateado con ruedas de goma. Mientras los frotaba con una servilleta limpia, marcada con una línea de hilo rojo zurcida en diagonal, noté que la loza exhalaba vapor blanco que ascendía unos centímetros hasta desaparecer entre los demás vahos de la cocina. Como si recuperaran su aura para participar de un próximo ritual. La imagen me emocionó. Me pregunté si el efecto lo producirá el vinagre mezclado con agua que les echaba encima, antes de pulirlos, o si sería la diferencia de temperaturas entre los platos limpios y el ambiente. Como fuera, el movimiento que me enseñaron que debía hacer para pulirlos me parecía tan bello como la técnica de una ceremonia oriental. Se debía volcar unas gotas de vinagre sobre el primer plato de la pila, tomarlo con una de las puntas de la servilleta marcada e, inclinándolo para que el líquido derrape sobre el segundo plato de la pila, a la vez que moja el que se pulirá, cubrirlo con el otro extremo de la servilleta para frotar toda su superficie y los bordes, en círculos. Después de hacerlo, giré el plato un par de veces envuelto completamente en la servilleta y lo dejé a un costado haciendo una segunda pila, que se convertiría en la única, al final del proceso. No encontraba nada en este espacio de trabajo que me relajara más que practicar esta secuencia de movimientos, dos o tres veces por turno.

El olor del vinagre, el color blanquecino del vapor y el brillo de los platos, que quedaban como nuevos, me sacó de allí por unos minutos. Hasta que las peleas entre los asistentes capturó la atención de la cocina. "Fucking boliviano; I'll kill you, boliviano", le dijo Abi a Rubén subiendo el tono de su voz gutural; Rubén le respondió "Turco terrorista" y los empujones dieron lugar a golpes de puños en los hombros y las espaldas, hasta que encontraron las papas cortadas en cubitos para lanzarse a la cara. La misma escena se repetía todas las noches, y yo me reía mientras los veía gastar su aburrimiento con insultos tan obvios que se volvian graciosos. En cambio, el otro asistente turco, al que llamábamos Nunu, porque no era posible pronunciar su nombre sin equivocarnos, desempeñaba el papel opuesto. Prácticamente, no hablaba salvo para contestar a los pedidos del chef con frases efectivas como "Yes, chef", "Coming, chef", que podrían servir hasta para responder órdenes militares. Eso especulaba, hasta que un día nos contó lo que me imaginaba: que había servido seis meses en el ejército turco, porque todos estában obligados a hacerlo. Eso quería decir que Abi también lo había hecho, aunque me costara más imaginarlo. Una tarde, mientras los clientes se demoraban en llegar, la cocina estaba tranquila y nosotros sin mucho para hacer, contó que había servido como nightwatcher. Desde las torres de vigilancia, esperaba que las luces de los helicópteros aparecieran en la oscuridad de la noche, apostado con un rifle. Al verlos llegar, sabía que debía enfrentar malas noticias. Aquellos compañeros con los que había compartido los días previos volvían envueltos en bolsas negras. Después de que se bajaran los cuerpos de sus colegas al galpón él debía limpiar el suelo con baldes de agua con químicos. No lograba olvidarse de ello. Cuando terminó la frase le dije que otro día le preguntaría más sobre esos episodios, porque lamentaba no poder escucharlo en ese momento y tener que retomar nuestras tareas, como si nada importante estuviera pasando. 

Hacia el final de la noche, unos minutos antes de terminar mi turno, salí al callejón de nuevo. A unas cuadras de distancia, se oían las sirenas de la Garda, como le llaman a la policía. Me imaginé los destellos de color azul metálico pegando contra las paredes de ladrillos enmohecidos por la humedad del clima, pero el callejón seguía oscuro. Al final de la calle divisé una figura humana sentada en el piso, inclinada hacia uno de sus lados con cierta dificultad. Unas chispas que le salían de las dos manos, juntas como si estuviera rezando, le iluminaron los bordes de la capucha que le cubría la cabeza. 

― Como en mi barrio.

Dije en voz alta y miré para arriba, entre las dos paredes del callejón que ascendían unos pisos. El cielo cubierto de nubes se veía marrón. El brazo de una grúa de construcción lo cruzaba de lado a lado. No lloviznaba, en ese momento. Respiré profundamente y me di ánimo para enfrentar las últimas tareas de la jornada.

Al cruzar el río Liffey, camino de vuelta, cerca de la madrugada, recuerdo las figuras de cerámica de Juana Marta y su hija Julia [2] mezcladas con los paisajes de Itá y Areguá que conocí cuando viajé por los alrededores del lago Ypacaraí. Me parece increíble recordarlas estando tan lejos. Desde aquí, no puedo cumplir lo que fuera que soñara anoche, pero seguí sus pasos durante mi día, pienso al ver una luz verde reflejada en la corriente de agua que se desplaza con suavidad por debajo del puente O'Connell, sobre uno de mis costados, dibujando sucesivos pliegues que se extienden como líneas blancas que se funden con las sombras. Tampoco llegué a una conclusión, si debiera haberla, pero puedo decir que fue un buen día y siento alegría por ello. Me quedan treinta minutos de caminata hacia el norte, hasta llegar a mi casa y acostarme de nuevo; calculo las horas de sueño que me quedan, mirando el reloj del celular, que saco del bolsillo de la campera. Creo que siempre hago lo mismo, llegado este momento. Las siguientes cuadras, evito pensar en cómo será mi próxima jornada de trabajo; sólo pienso en la belleza de la imaginación de las ceramistas indígenas del Paraguay.

Obras de Juana Marta Rodas.jpg


Notas

[1] En la tradición guaraní, la figura del Mboitu'í es una deidad o ser mítico con forma de serpiente con cabeza de loro, asociado con la protección de la naturaleza, la vida acuática y los anfibios.

[2] Mariel Tarela señala, en Cerámica y arte contemporáneo. Emergencia de prácticas milenarias en el siglo XXI, que las obras de las reconocidas ceramistas paraguayas Juana Marta Rodas (1925-2013) y su hija Julia Isídrez (1967) "han dejado atrás el aspecto primariamente funcional de gran parte de la cerámica popular para  adentrarse en un mundo más imaginativo, pero siempre apegado a la  tradición" (2018). Esta afirmación sintoniza con planteamientos como los de Ticio Escobar, en Las otras modernidades (1998). Obras de ambas artistas participaron de la exposicion internacional de la última Bienal de Venecia, como relata El Nacional (2024); una edición que no contó con participación oficial de Paraguay. Disponible aquí.

 

*  Ezequiel Filgueira Risso es especialista en gestión cultural y cooperación internacional.