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Kafka y la carta secuestrada

Hay cartas de todo tipo en la vida: de saludo y despedida, de legado y agradecimiento, de reclamo y disculpa, de aceptación y renuncia o, como la carta que en 1919 Franz Kafka escribió a su padre Hermann, de reproche y acusación, pero también de grito ahogado en el dolor y la culpa que, a fin de cuentas, solo implora perdón y salvación. Pero ¿perdón por qué y salvación de qué?

Renato Sandoval Bacigalupo
por Renato Sandoval Bacigalupo 29 Junio de 2025
29 Junio de 2025
Franz Kafka.
Franz Kafka. (BBC)

Nada toca tan hondamente como una carta escrita con sinceridad: porque es una entrega sin defensa. Una carta permite que el alma hable sin las interrupciones de la presencia y sin las máscaras del día a día.
Rilke

Quince mil palabras del esmerado y prolijo abogado-escritor Franz que componen esa carta -extensa e intensa, como pocas, a la manera de una interminable y farragosa lectura de un fallo judicial que a la postre suele condenar a un procesado- lo cuentan todo, pero no aclaran nada. Lo más extraño es que, a diferencia de que el fin de toda carta es llegar a su destinario, la de Kafka se quedará deliberadamente a medio camino, pues a último momento no la envía a su padre, sino que muestra a su madre, Julie. Esta la lee, entre asustada y preocupada, y le dice a su hijo que mejor la esconda o rompa, pues está segura de que a su esposo no sería de su agrado, por decir lo menos, toda vez que Hermann, además de ser una persona incendiaria y colérica, sufre entonces de una preocupante cardiopatía. Entonces, Franz se la manda a Milena Jesenska, su "amiga" y traductora al checo, con estas palabras propias de un litigante avezado y manipulador:

Mañana enviaré a tu departamento la carta al padre; aún quisiera dársela a mi padre, algún día. Si es posible, no dejes que nadie la lea. Y cuando la leas tú, fíjate en todas sus triquiñuelas abogadiles: es una carta de abogado y está elaborada para lograr su objetivo. (Carta de 4-5 de julio de 1920).

Esta observación que le hace a su confidente llevaría a pensar que sus reales intenciones al escribirla concienzudamente son otras, acaso menos santas (hacer daño a Hermann, vituperarlo, aniquilarlo...) o que esperan de él alguna reacción. A él lo veía como un ser déspota e insensible o como un severo y autovictimizado padre que lo injuriaba y despreciaba por el simple hecho de no ser recio, fuerte e imponente como él. O sea, por no ser otro Hermann, su alter ego, su doble, el sosias tan aterrador. El recuento riguroso y pormenorizado de todos y cada uno de los desencuentros y las constantes desaveniencias que desde siempre habían tenido entre sí devela su extremada lucidez y hace gala de una gran capacidad para evaluar con sapiencia momentos sumamente accidentados y dolorosos, que en situaciones reales nadie sería capaz de llevar a cabo. A menos que Kafka -quien siempre vivía y moría entre la vida y la literatura- estaría valiéndose de una región conflictiva de su vida para urdir una historia fuerte, consistente, contundente, además de coherente, justificada y llamativa, donde esta vez el protagonista sería el hombre llamado Franz Kafka, enfrentándose a su padre Hermann, sin recurrir a sus Ersätze (réplicas), como lo había efectuado con Georg Bendemann ("La sentencia [o 'La condena']", Karl Roßmann ("El fogonero"-América), Gregor Samsa ("La metamorfosis"), Josepk K (El proceso), K. (El castillo)..., todos ellos a los que su creador llamaba "mis hijos". Esa Carta, pues, habría sido escrita como una nouvelle, ya terminada, de futura publicación.

Hermann y Franz Kafka.
Hermann Kafka y su hijo Franz. Archivo

Señal del carácter literario (léase "artificial") de la Carta es la creación de imágenes metafóricas, intensas, distorsionadas, donde la hipérbole, la antítesis y los gestos abundan por doquier: el padre enorme, fuerte, que con su cuerpo ocupa casi todo el planisferio, así como su mente compleja y su enorme sensibilidad que se refleja en una interminable serie de peros y sinembargos insertados en frases que tratan de comunicar lo más importante y perentorio, pero que más bien traban la fluidez del pensamiento, al tiempo que este balbucea dudas y rezuma la inseguridad y el temor de quien los padece.  

En esa misma línea, la sensación de abandono y los problemas de su infancia se repiten o se magnifican insoportablemente en su edad adulta; el repaso de todas las veces en que Hermann maltrataba y humillaba tanto a los empleados de su tienda como a las tres hermanas de Franz: Vali, Elli y Ottla. Para no mencionar la relación ambigua y deplorable con el judaísmo por parte del padre, quien a la fuerza quería transmitirlo a su prole, sin lograrlo, acaso porque el suyo no era auténtico ni sincero. O, lo más excruciante, a saber, la insistente convicción de que Franz no era capaz de soportar el matrimonio, en gran medida porque su padre, con sus maneras autoritarias y vulgares de siempre, lo habría convertido en un ser débil, frágil, sin fuerza ni voluntad para formar una familia, meta suprema que significaría su total independencia de su aplastante y abusivo progenitor. En suma, Kafka se vale de esta estrategia, a menudo truculenta y a veces no creíble, para alcanzar metas inescrutables. Es un constructo de tonos, intensidades, alturas y duraciones que conforman una sinfonía de dolores y penas, reclamos y acusaciones, retos y desplantes plasmados en una partitura cualquiera. Quien sepa leerla y quiera ejecutarla lo hará a su personal manera, por lo que cada interpretación será diferente, sin dejar de ser lo que imaginó su creador: un intento constante pero frustrado de libertad, seguridad y redención.

Cuando Kafka transforma la realidad representándola, la Carta forma parte de su mundo creativo y en constante transformación. Él es un engranaje más de la compleja máquina que produce su propia ficción. En ese sentido, dicho texto no es solo un documento personal de carácter autobiográfico. También es un escrito importante por su belleza poética, poblada de recursos literarios (conscientes, voluntarios) que por su genial uso desencadenan fuerzas dramáticas y aspiran a la universalidad, pues trascienden barreras de espacio y tiempo. Así como el tono de la Carta es una constante apelación y recusación del padre, a otro nivel surge como un desafío que es intrigante con lo "insuperable", vinculado esto con la humillación y la culpa; "uno que combina creación literaria, excepción retórica y recolección de eventos recordados", como apunta Elisabete Castelón. [1]

Hermann Kafka y Julie Kafková, padres del escritor.
Hermann Kafka y Julie Kafková, padres del escritor. Archivo

Otro envite es decidir si la Carta explica la literatura de Kafka o si forma parte de la literatura y el universo que él ha creado. Como una y muchas veces le decía a Felice Bauer, su novia durante cinco años (1912-1917), con quien se comprometió dos veces y dos veces terminó esa relación: "Ich habe kein literarisches Interesse, sondern bestehe aus Literatur; ich bin nichts als anders und kann nichts anders sein" (No tengo ningún interés literario, sino que estoy hecho de literatura; no soy otra cosa y no puedo ser nada más." (Carta a Felice, 14 de agosto de 1913)

Así, la vida de Kafka es una vida escrita; sus recuerdos, sus vivencias son elementos para la confección de un Yo imaginario. El mismo Franz identificaba y desnudaba en su padre la torpe manera como este quería reproducir en la vida real de sus hijos el recuerdo oscuro  y sublimado que tenía de su vida campesina, llena de limitaciones y represiones y donde él había aprendido un judaísmo elemental. Reprochando al padre su incapacidad y fracaso para trasladarlo a su hijo, Franz le  espetaba: 

[Tu insuficiente judaísmo] desaparecía por completo a medida que lo transmitías. Algunas de ellas eran impresiones imborrables de tu juventud, otras eran tu tan temida esencia. [2] También es imposible hacer comprender a un hijo tan ansioso y observador que las pocas trivialidades que uno hacía en nombre del judaísmo con una indiferencia acorde a su trivialidad podían tener un significado elevado. 

Análogamente, así como el hijo objeta al padre la autenticidad de su discurso judaísta y el fracaso de transmitirlo efectivamente a su hijo, no es imposible considerar que el artista, ansioso y observador Kafka enmienda con su Carta las carencias y tosquedades paternas al lograr que sus siempre frescos y marcantes recuerdos de infancia, triviales o no, sí sean eficaces gracias a su capacidad para potenciarlos con los recursos literarios aplicados deliberadamente a ellos. 

¿Y, en verdad, es eso eficaz? ¿Qué espera lograr Kafka con su Carta, nunca llegada a su destinatario? ¿Exponer durante muchos días y noches reclamos airados, acusaciones sin ambages, culpas inconfesadas, humillaciones sistemáticas, miedos paralizantes, para que esa misiva termine en un anticlímax en que, ya desahogado, sentencie diciendo: "en mi opinión se ha conseguido algo tan cercano a la verdad que nos tranquiliza un poco a ambos y nos puede hacer más fácil la vida y la muerte."? Me temo que algo no termina de aclarar ni de apaciguar esta inesperada y acaso irónica conclusión. ¿Era un armisticio entre desiguales? ¿Un empate sospechoso? ¿Una victoria pírrica?

El no saber nada meridianamente es, creo, lo que más se parece a la verdad, siempre tan elusiva y remisa. Pero lo que para uno es verdad, para otros es duda, o mentira, o suspenso, o dolor, nada. Lo seguro es que para Kafka no entender lo vivido lo lastima y atormenta. Su escritura busca una salida urgente, y hasta digna, del agujero negro donde reina el desamor, el autoritarismo, la falsedad y el miedo. Sabe que su vida es su obra y su obra es su única vida. Ambas son tan hondas como fragmentarias, altas como infinitas. ¿Dónde estará el rescate o la salvación de nosotros mismos? Escribir una carta refundida en una botella para lanzarla al mar congelado es lo que queda. Se diría que escribirla y no tener quien la lea es una belleza. Acaso así lo veía Kafka, hijo eterno, padre huérfano. Aunque nadie lo expresaba mejor que el solitario y mustio Juan Gonzalo Rose (1928-1983) en su poema "Las cartas secuestradas":

El día que muera ¿en una piedra?
el día que navegue ¿en una cama?
desgarren mi camisa y en el pecho
¡manos sobrevivientes que me amaron!
entierren una carta.


Notas

[1] Elisabete Castelón Konkiewitz (2018). "Letter to his Father by Franz Kafka: Literary Reconstruction of a Traumatic Childhood?", en Neurological Disorders in Famous Artist, Dourados, Brazil.

[2] Subrayado mío.

 

Nota de edición: El presente texto es el prólogo de la traducción al español de Carta al padre, de Franz Kafka, realizada por Renato Sandoval Bacigalupo. La misma será presentada próximamente en la Feria Internacional del Libro de Lima.

 

* Renato Sandoval Bacigalupo (Lima, 1957) es profesor de literaturas europeas, doctor en Filología Románica y traductor. Ha publicado poesía y ensayo. Obtuvo el Premio Nacional de Literatura, Perú, en 2019, mención especial en Poesía. 

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