Literatura

El porroráculo

Compartimos aquí dos fragmentos de la nueva novela de Cave Ogdon, "Rey Mau", de próxima aparición, publicada por Editorial Kivevé. La obra, que abreva en la literatura posmoderna, explora una trama intrincada en la que se entrecruzan personajes dispares, una óptica delirante y el absurdo como aproximación a la sociedad paraguaya contemporánea.
Portada de "Rey Mau", de Cave Ogdon. Cortesía

Abuelita, otra vez la noche, su desamparo cósmico, lluvia a raudales y piras de fuego. Aúllan los lobos, pero pegamos un brinco hasta más allá de la estratósfera. Y ahí te sorprendemos, terminando de engullir a la niña de insolente canastita. Dientes, dientes trepidando... Después del reptil con cerbatana, ya no tememos tu dentadura clueca, tu cofia inquietante. Vamos a tu encuentro, bruja fastidiosa... Abuelita lupina en pijama, arrebujada en mantas estampadas con dólares que huelen a muerto, a gusanos que custodian la plata sumergida, las reliquias de antiguos y desesperados suicidios financieros ante el avance cruento de la guerra. Esos jinetes y soldados lanceados que traspasan los libros y se mimetizan con nosotros, haciendo padecer la carne, oculto el hueso que inclina la cabeza recargada de mitologías demasiado pesadas. Hacia esa cama voladora sale expulsado Rey, como un astronauta inverosímil, pataleando entre estrellas, cometas y asteroides rocosos. Se cruza con pitufos marcianos de camisas floreadas. ¡Chau, amiguitos! ¡Ahata aju! Rey pretende alcanzar a la vieja, aunque deba jugar un rally interestelar. Y entonces percibe una fuerza primordial, la energía oculta perseguida por cabalistas, y es como si una enorme honda lo lanzara contra la cama voladora, que la vieja emplea para surfear con un ridículo traje batracio: vieja-sapo esquivando tiburones estelares que aventuran mordiscos al paso. La galaxia un remolino azul que chupa a Rey y lo desliza hacia nuevos escenarios, que se apelotonan como películas viscosas: Chinita luciendo una túnica ceremonial, arrodillada sobre una plataforma, los brazos en alto hacia un chorro de luz ígneo. Luego la vieja se aventura por pasillos prohibidos, sortea muros y rejas, abismos y flechas envenenadas, arrebata de una mesa oval el libro y lo esconde bajo su blusa. Una transición y la vieja corre por su vida, perseguida por un griterío de viento, de seres ingrávidos revoloteando a su alrededor. ¡Y qué frío de mierda les cae de repente! Un furor de invierno... Rey la sigue como un geniecillo de lámpara rota, como un espíritu en pena adoptado por la vieja, que lo premia, ahora que escapan viajando en un buque de guerra, con asquerosos caramelos de banana. Atraviesan cementerios y pueblos desconocidos, cubiertos por el manto de una fuerza desconocida. El destino griego, que somete y no macanea. Un imán obsesivo que desprende de nuevo ese olor a carne en descomposición. Como si el cuerpo se evaporara por acción de un fuego malsano... Rey cierra los ojos ante una vidriera luminosa en el horizonte, un resplandor que le carcome las órbitas, y se siente desfallecer. Pero entonces escucha las voces de Conde'ú, de Beto Magofin, de Bebita. Las escucha porque flota, ubicuo e invisible, en el penthouse. Tantea con dedos líquidos puertas, ventanas, muebles y canillas. Puede verlos a todos, pasearse por sus cabellos, deslizarse por sus orejas, jugar a ser un intruso fantasma. Pero, sobre todo, puede ver a la vieja. La ronda como a un poliedro divino: Chinita ronca en las profundidades de su cama, hojea con insistencia páginas que se deshacen bajo sus yemas, injuria con tono salvaje por el teléfono, acarrea ingentes fajos de billetes, asiste a reuniones que derivan en sesiones de tortura que observa desde una cabina contigua y secreta. Y al fin aparece esa Chinita, la definitiva, la que más parece conjurarlo: ahí nomás, suspendida durante un segundo interminable en las alturas, dominando el equilibrio mágico de los ángeles, batiendo unas alas de cera y fuego, girando en una constelación que recrea el cielo, hasta que, allá abajo, la tierra, como un titán celoso, la reclama con su vértigo, la tironea con su cuerda de viento para darle un brutal beso de piedra. Sangre por doquier, un grito acallado, un cataclismo sordo que anula las funciones cerebrales. Fragmentos sensoriales, alquimia de polvo y hueso. Algo que asciende, como un rayo invertido, hacia las estrellas. Serpiente luminosa del misterio... ¡Ooop! Rey despierta... ¿dónde? Ojos legañosos..., ¿qué ven?

***

Para entonces, Rey ya ha dado incontables vueltas en un túnel de estrellas, zigzagueando como una bolita de pinball y esquivando paletas golpeadoras. Y, durante todo este tiempo, se siente inflamado por su amiga luminosa, en la que ahora percibe los atropellados susurros de Chinita. Como si incontables fragmentos sonoros, arrancados del tronco principal del tiempo, convergieran en esta capsula resplandeciente que pronto, ¡op!, parece implosionar y regarse sobre una geografía al principio borrosa, pero hacia la que va cayendo como un asteroide. ¡Allá vamos, abuela! Sin embargo, su energética compañera se expande como un ave fénix, lo sujeta de los hombros y ralentiza el descenso con un aleteo de fuego.

-Está cayendo...

-¿Dónde está?

Rey distingue una alfombra verde, intrincados bosques que se enroscan en torno a prominencias rocosas, cerros coronados por el silbido azul del viento. El impacto es inevitable, aunque nada doloroso. Es casi un suceso mágico: Rey flota en una burbuja. Ve altísimas siluetas humanoides, de un blanco radiante pero espectral, sobrevolando el escenario dominado por los cerros. Como surfeadores lunares, estos seres descienden, a diferencia de Rey, con formidable habilidad en sus plataformas voladoras de piedra. Guiados por extraños designios, con ojos de un azul flamígero y largas cabelleras de oro, hollan la tierra y empuñan sinuosos cetros alrededor de los cuales orbitan esferas de luz que mueven de lugar, en un sereno y ordenado torbellino, rocas, ramas y hojas. Estas son como pequeños esclavos voladores que materializan una sola visión mental, que no necesitan comunicarse a medida que alteran el mundo. Se estampan signos en las piedras, se erigen estructuras que imantan las nubes y la vida de los árboles. Simón describe lo mejor que puede estas proezas arquitectónicas, y confiesa el terror que le inspiran estos gigantes.

-¿Serán ellos?

-¿Quiénes?

-Los que vinieron de arriba.

-¿Dioses? ¿Extraterrestres?

-Algo así... Los grandes, los blancos...

-¡Aaarrrggghhh!

-¡Mierda! -Simón respinga.

Rey se convulsiona y echa sangre por la nariz. También por la boca, a pesar de que los dientes sostienen el superporro. A Simón le da miedo seguir. Fagucci le retiene con sus manazas.

-¡Tranquilo, chiquito! Ya es tarde para arrepentirse -luego gira su cabeza a la fuerza en dirección a la pantalla-: ¿Qué pasa ahora?

Algo ocurre sobre la tierra, porque el mundo se ha convertido en una noche oscura sacudida por un terremoto. Un diluvio negro, un vendaval feroz. Los cerros revelan bocas subterráneas, dentro de las cuales se refugian los monstruosos titanes, dejando una estela luminosa que Rey no logra seguir. La burbuja yerra a la intemperie.

-¡Se está alejando, señor!

-¡No! ¡No ahora que estamos cerca!

Quizás las estrellas escuchan el inesperado ruego, porque Rey, babeando sangre como si le hubieran extraído varias muelas, se calma, reanuda el porroráculo, súbitamente envuelto en humo dulzón. La burbuja se apacigua y, lentamente, el mundo se recompone: los picos de los cerros vuelven a elevarse como brazos emergiendo de un mar de árboles ahora incluso más frondosos e intrincados. El aire, más azul y transparente, es horadado por pájaros e insectos, por nubes y destellos, por una aurora que renueva los más insignificantes detalles del paisaje.

-Espere... Simón está recibiendo de vuelta información, señor.

La burbuja se desplaza a ras de las copas, se infiltra entre ellas como un pájaro hurgando refugio. Distingue fogatas, viviendas de barro, toscas empalizadas, senderos de hojas, cuerpos oscuros pintados y con plumas, danzando, observando floraciones, oliendo vapores, corriendo por las profundidades del bosque hasta salir a claros y extender los brazos a los pies de uno de los cerros más altos e imponentes. Ve a varios de estos indígenas aventurándose hacia la cima, mediante caminos impensables entre las rocas, que liberan una música llena de ecos al desprenderse ante la presión de los pies descalzos. Algunos se detienen asombrados ante marcas rupestres, selladas en la piedra, y vuelven luego con pigmentos a colorear estas señales cuyo significado se materializa en cierta aura magnética que irradia el lugar. Se depositan ofrendas de barro, hojas, alimentos, vísceras y sangre: una perturbadora dádiva destinada a que el cerro abra sus fauces rocosas, responda a las plegarias con regulares temblores. Los vuelos de los pájaros, el circuito de los animales, el ciclo de luz sobre las aguas de un río cercano, todo se consigna en la mirada colectiva de la tribu como parte de un lenguaje hecho de señales, de imágenes del pasado y del porvenir, de la vida primordial contenida en el gran cerro.

-Cerros, indios... ¿Por qué presiento que conozco el lugar?

-Podría ser cualquier sitio, señor. Aunque, sin duda, Simón piensa que se trata de una geografía típicamente americana.

-¿Qué más?

Rey sobrevuela las primitivas viviendas, que han incorporado a sus estructuras paja y tacuaras, persigue el trayecto en fila de los nativos hacia zonas descampadas, purificadas por el resguardo de las colinas y la cercanía del río. Van al encuentro de figuras blancas y barbudas, aunque ya no gigantes ni voladoras, sino lentas y peregrinas. Algunas avanzan desorientadas, enfermas y hambrientas, se desploman. Otras arrancan con ímpetu los frutos de la naturaleza, marcan su paso con el fuego de antorchas y el filo de espadas. De golpe ve a los nativos esparcidos en el suelo, bañados en sangre, pudriéndose como cadáveres ante el paso de estas figuras vestidas con cotas de mallas, que marchan cada vez en mayor número guarnecidos por destellantes armaduras, cascos y escudos. Ve alzarse cruces y banderas. La burbuja escapa hacia la hondura del bosque, junto con nativos que fabrican escondites en el corazón de antiguos troncos.

-Conquistadores...

-Sí... Seguramente, europeos. Pero ¿qué bosques son esos?

-Podría ser el norte. Aunque Simón no está seguro de que sea Paraguay. ¡Eh!

-¿Qué pasa?

-¡Se está moviendo de vuelta!

Dejando atrás la agonía de los árboles, que son penetrados por lenguas de hierro y fuego, la burbuja rueda hacia el río, en cuyas inmediaciones ve deambular a figuras cadavéricas, con las ropas rasgadas y los ojos perdidos. En muchos harapos se advierte el recuerdo de un gallardo traje militar escarlata, ahora casi confundido con la carne macerada y llena de hematomas, cicatrices y rastros sanguinolentos. Otros harapos alguna vez conformaron vestidos femeninos. Hay adolescentes, casi niños, sentados junto a la corriente, palpándose las rodillas huesudas, con un pedazo de casco mal calado en la cabeza. Se respira hambre y decadencia, el borbotar demente de la sangre en forma de sospechas y empecinamientos. En el viento resuenan diálogos rotos sobre una derrota, temerosos susurros de paranoia. Rey rueda por el agua, viendo chapotear los cascos de unos caballos macilentos, montados por jinetes más muertos que vivos que apenas consiguen empuñar los sables de batalla. Condenados por un mazazo de sol, estos sucumben ante la arremetida de un grupo de jinetes enemigos, que aparecen con un remolino de agua. El pánico es una llamarada brutal que hace hervir el río, que desbarata la resistencia, que da rienda suelta a la violencia y la locura. Un jinete se desprende del horror en alocada carrera, huyendo de los atacantes, valiéndose de un último hálito de fiereza que le conceden la chaquetilla roja y el pectoral de bronce de su uniforme de mando. Rey sobrevuela su jineteada por la ribera como un obstinado mosquito. A la altura de un arroyo rodeado de espesa vegetación, la cual parece cernirse sobre él como un ángel funesto, lo descubre acorralado por sus captores y, tras un intercambio de gritos, se desploma con una lanza hincada en el cuerpo. De golpe la burbuja explota, y se esfuma la visión.

 

Nota de edición: Cave Ogdon (Asunción, 1987) es autor y editor independiente. Ha publicado las novelas Papeles de encierro (Arandurã, 2017), Luz baja (Aike Biene, 2018), Perros del pantano (Póra, 2021), y la colección de relatos Los incómodos (Arandurã, 2015).