Historia

De cómo Trinidad perdió sus santos

En 1887, el viajero uruguayo Adolfo de Bourgoing visitó varios pueblos paraguayos y argentinos de la región de Misiones en busca de objetos e imágenes religiosas de las antiguas reducciones jesuíticas, destinados a enriquecer la colección del recientemente creado Museo de La Plata. El texto que se presenta a continuación, extraído de su libro "Viajes en el Paraguay y Misiones" -publicado en nueva versión por Tiempo de Historia y Fondec- relata sus negociaciones con el "jefe" del pueblo de Trinidad, Buenaventura Flecha, para hacerse con las reliquias custodiadas allí.
Portada de "Viajes en el Paraguay y Misiones", de Adolfo de Bourgoing. Editorial Tiempo de Historia. Cortesía

Hacía ya muy cerca de treinta y seis horas que habíamos llegado [a Posadas]; una permanencia más prolongada no tenía ya objeto para los fines de nuestra misión; debíamos pasar a Trinidad (Misiones del Paraguay) y para ello hicimos embarcar en una chata hasta Villa Encarnación los caballos que habían de servirnos para el viaje, pues del otro lado no hubiera sido fácil conseguirlos. Nosotros habíamos de hacerlo en un bote; pero antes de pasar adelante, bueno será quizá que el lector conozca el verdadero objeto de esta expedición a esas regiones. Para llenar ese propósito bastará transcribir los párrafos de un informe del director del Museo de La Plata, Don Francisco P. Moreno, que lo explica de una manera más que satisfactoria a nuestro entender. 

Hélos aquí:

El poco tiempo transcurrido desde la fundación del Museo "La Plata", no ha permitido a su personal formar colecciones de todo el territorio de la República, tarea que debe ser lenta para que dé buenos resultados, y difícil de emprender cuando se dispone de pocos elementos. Así, las colecciones argentinas que posee, si bien son ya muy valiosas, se refieren principalmente a las provincias andinas y regiones australes, siendo poco numerosas las del litoral paranaense y apenas dignas de mencionar las del territorio de Misiones que el señor Bourgoing propone explorar. 

No hay duda alguna de que el viaje que se proyecta convendrá mucho para el Museo. Aquellas regiones son ricas en lo que se relaciona con la flora y fauna actual y la paleontología y geología, y una exploración hecha con conocimiento del terreno, dará abundantes materiales para nuestras colecciones. Además, allí tuvo su asiento principal la "Compañía de Jesús" en los primeros siglos de la conquista, abundan aún en las ruinas de sus pueblos, hoy casi perdidos, interesantes vestigios muy poco estudiados bajo el punto de vista artístico. Mucho interesa conocer los resultados de la enseñanza artística de aquellos misioneros a los indígenas, bastante favorecidos por dotes naturales que aún duran a pesar de su decadencia. Hay allí entre los bosques de esos parajes, ruinas imponentes, desconocidas por la ciencia y las artes; ellas denotan un estilo especial indígena muy marcado, aun cuando a primera vista parezca jesuítico español, y la conservación de los muchos restos transportables que aún quedan; estatuas de madera y piedra, trozos arquitectónicos, altares y piedras sepulcrales, pinturas y libros que es difícil describir, haría alto honor al Museo "La Plata", que salvaría de una pérdida segura una forma de arte muy digna de ser conocida y que bien estudiada arrojaría grande luz sobre esa época tan importante y tan debatida de la conquista.

[...] 

Una vegetación exuberante, compuesta de plantas, enredaderas, árboles y arbustos de toda especie, cubre, no el pueblo, pues media docena de míseras chozas no merecen tal nombre, sino las ruinas de la población que fundaron los jesuitas en 1712. Allí. se destacan majestuosamente las ruinas de dos templos, soberbias moles de piedra, que la acción del tiempo y las tormentas aún no ha logrado derribar del todo. Llegados delante de un vetusto edificio, con arcadas y corredores al frente, de piedra tallada todo, y techo de tejas que cubría una espesa capa verdosa de musgo, vimos allí sentado a la sombra, leyendo un libraco viejo, a un sujeto grave, bastante entrado en años, a juzgar por sus cabellos y bigotes más bien blancos ya que grises, de muy mediana estatura, de formas bastantes redondeadas y robustas. Comprendimos que este personaje debía ser el Jefe, como allí suelen llamar a una autoridad cualquiera de un lugar; y no nos engañamos: era aquel, en efecto, Don Buenaventura Flecha, el Jefe pues, de Trinidad y Jesús, la autoridad policial y el juez más inmediato a quien debían recurrir, o con quien debían entenderse los moradores de esos al parecer tranquilos parajes, según los casos o las circunstancias. Detuvímonos a dos pasos de él, y le saludamos. Hasta entonces parecía no habernos visto llegar, tan embebido estaba o aparentaba estar en su lectura; pero al llegar a ese punto se dignó mirarnos, contestó apenas nuestro saludo después de quitarse las gafas y de cerrar con toda parsimonia el volumen que tenía entre las manos, señalándonos con el gesto dos antiquísimos sillones que, a su llamado breve e imperioso, había traído apresuradamente una criada vieja que allí tenía; y en los cuales tomamos asiento ciertamente con mucho menos majestad y compostura que la que habrían acostumbrado sus primitivos dueños que, si bien no fueron indudablemente arzobispos, como parecía sostenerlo con todo empeño el Jefe de Trinidad, debieron ser, por lo menos, personajes de cierta alcurnia en sus tiempos, según podía presumirse a juzgar por la riqueza de estos muebles no obstante su considerable deterioro, al observar su primorosa labor escultural, su rica pintura y dorado, aunque ya su primitiva y rica tapicería de seda hubiera desaparecido por completo, para ser reemplazada por la más grosera vaqueta. La vista de estos sillones, construidos sin la menor duda siglos atrás, en esos hoy semidesiertos lugares, vueltos, casi, a la barbarie primitiva, nos auguraba descubrimientos quizá más importantes allí, bajo las oscuras bóvedas de la casa del señor Flecha. Este nos dijo que ellos provenían del templo de Jesús, que los había hecho transportar a su domicilio para su uso particular; pero muy principalmente para evitar que otro menos merecedor los aprovechara, o menos cuidadoso los destruyera por completo. 

Las misiones jesuíticas de Trinidad y Jesús. Archivo

Pero demostrando la más completa indiferencia a este respecto, como convenia hacerlo con un individuo cuya flaqueza deplorable, la más ingobernable codicia, no nos era del todo desconocida merced a buenos informes que ya poseíamos de quien nos merecía entera fe, y que a no poseerlos, su sola presencia y aire prevenido, escudriñador y malicioso, nos hubiera fácilmente hecho sospechar; tratamos como convenía en aquel caso, de llevar las cosas lentamente, a fin de no desbaratar nuestros planes, poniendo a nuestro hombre en un pie de guerra que en manera alguna podía convenir a nuestros fines. Y juro que mi inquietud no era poca con relación a estos cuando veía fijarse en nosotros con marcada obstinación la mirada recelosa y penetrante de aquel hombre que no nos perdía un gesto, ni un ademán, y que parecía querer adivinar nuestros más .íntimos pensamientos. Trabajo nos costó, y rudo, desviar la conversación del verdadero objeto que allí nos llevaba, bien que nos sobrasen pretextos más o menos admisibles para tan advertido, listo y astuto adversario como parecía ser aquel. 

Debíamos hacer que nuestros próximos tratos, si es que podíamos arribar a ellos, revistieran un carácter espontáneo, como nacidos allí mismo; es decir, un carácter puramente ocasional e impremeditado, como resultado de un mero capricho, o simple curiosidad excitada a la vista de unos objetos más o menos raros cuya posesión no se desea mayormente si las ventajas de su adquisición no se hallan en relación con las dificultades de su transporte y las erogaciones consiguientes. Tal era el plan que nos habíamos trazado y que nos proponíamos desarrollar a medida que las circunstancias nos fueran propicias. Su éxito parecía no depender más que de nuestra extrema discreción. De la mía podía, ciertamente, responder; pero ¿podría pensar lo mismo acerca de mi singular acompañante, a pesar de las más prudentes advertencias con que le había preparado, con toda anticipación? A pesar de su reserva acostumbrada, esto era para mí lo dudoso, pues no me había pasado desapercibido que ella no era siempre extensiva a los casos en que llegaba a verse en medio de sus compatriotas. Ahora bien: allí se hallaba frente a frente de un individuo de su raza, investido con el cargo de primera autoridad de un distrito de campaña, en su propia tierra nativa, y basta tener una idea del temor y respeto que la gente vulgar de este país profesa a sus autoridades y del ascendiente que estas ejercen sobre ellos, para comprender que no sin fundamento podía abrigar algún cuidado por aquel lado. Aquel hombre, pues, con su natural perspicacia, no dejaría de sacar algún partido de su ventajosa posición, con relación a las dudas que parecía tener interés en aclarar... porque, sea dicho de una vez, el paraguayo inculto o de escasa instrucción, es por regla general el ser m.s terco que sea posible imaginar. 

Y mis temores fueron ganando terreno, tanto más cuando pude apercibirme de la insistencia con que mis dos individuos se dirigían la palabra en su idioma predilecto, el guaraní, en el que, por entonces, no me hallaba mayormente versado, para poderles seguir con algún éxito y descubrir sus secretos propósitos, máxime cuando vi más de una vez la solicitud con que mi diabólico huésped se empeñaba en hacer beber a su compatriota del no dudoso contenido de una botella que, más tarde debí convencerme, era también su compañera inseparable y muy amada. Resignéme, por lo tanto, a hacer frente a la situación tal como ella pudiera presentarse y a combatir, si así puede decirse, con armas iguales, en sus efectos: él era, según ya podía conjeturar, y se me había prevenido, "un viejo zorro". Nada más justo, por lo mismo, que tratarle con los miramientos de tal; así, esa fue mi determinación, sin detenerme en consideraciones de otro orden. Le vi mostrarse cada vez más satisfecho por el resultado de sus pérfidas tentativas, si es que as. podía interpretarse una sonrisita de que hasta entonces no le hubiera sospechado capaz, y que a la sazón se dibujaba francamente en sus delgados labios de viejo avaro, con la más alegre expresión. 

Bajo esta risueña disposición de su ánimo, ordenó con voz en extremo imperativa se sirviera la mesa. 

La criada acudió presurosa a este llamamiento y sin decir palabra, con un aire exageradamente sumiso y respetuoso, casi compungido, tendió un lienzo blanco que debía hacer las veces de mantel, sobre una mesita tosca y mal segura que había allí. bajo el mismo corredor donde momentos antes hablamos hallado al señor Flecha, y donde aún nos encontráramos. Colocó encima de ella, y al lado de cada cubierto un par de las consabidas y bien manoseadas mandiocas cocidas, y luego, la humeante fuente de locro de maíz, el plato criollo y predilecto por excelencia. Hecho esto y después de algunos cumplidos de estilo muy añejo y de una exhortación rimbombante, del todo inesperada y rara, que no cuadraba a la gravedad acostumbrada de nuestro personaje, sentámonos a la mesa haciendo el debido honor a los platos que nos fueron presentados, al jarro de leche que hacía las veces de vino, y, finalmente, al postre de miel de caña, servido con unos trozos de queso fresco. 

Mientras duró esta operación tan prosaica como necesaria, en vano fue que me esforzara por hacerla menos monótona, tratando de avivar aquellos ánimos, y encender la conversación siquiera fuera sobre los asuntos más triviales, por darme el placer de escucharlos en sus interesantes pláticas indígenas; porque mis dos individuos, apenas si se dignaban contestar a media voz, invariablemente con los mismos monosílabos: ante la importancia y majestad del acto que los ocupaba, todas sus facultades de un orden menos material, parecían haber refluido de sus cuerpos, y extinguídose toda su chispa: ¡tan excelente era su apetito! 

Pasado aquel intervalo de silencio y de grave ocupación, salimos a dar un minucioso paseo por las ruinas. A este se dignó acompañarnos como cicerone el señor Flecha, quien de antemano nos había ido poniendo al corriente de muchos detalles y reminiscencias históricas relacionadas con el lugar. 

[...]

Adolfo de Bourgoing. Archivo

Pero si esto era hasta cierto punto, lo más notable que allí podamos ver, no era por eso lo único, ni debía terminar allí nuestro paseo. Fuimos conducidos luego a un local infinitamente más modesto; al que entonces servía de capilla a los escasos vecinos de Trinidad, y que no es otra cosa que una de las tantas habitaciones o compartimentos del viejo y vasto caserón en que vive y tiene sus oficinas el jefe, nuestro conocido, o si se quiere, el señor Buena Flecha, que ya sea por abreviatura de su nombre de pila (Buenaventura), ya con marcada intención o sin ella, es como le llaman las gentes de la comarca, y como yo mismo le llamaría por más de un concepto. Y sea dicho de paso, estas gentes no le querían ni le han querido nunca ni mucho ni poco. ¡Sabe Dios por qué!... o lo saben ellos mejor que yo. 

Una de las puertas de esta capilla, la principal, fue la que al aproximarnos a ese punto, primero, nos sorprendió, o llamó más la atención, pues ella por su riqueza, contrastaba de una manera muy singular con la extrema humildad del local cuya entrada cerraba; y es que, en efecto, aquel no era su verdadero lugar: había pertenecido al grandioso templo cuya visita acabábamos de efectuar. De rico cedro, extraído sin la menor duda, de los bosques inmediatos, ostentaba en toda la amplitud de su faz los más primorosos dibujos en bajorrelieve, figuras de serafines, flores y ramos entrelazados del más exquisito gusto, conservando todo abundantes muestras de la riqueza, del dorado y del brillo y viveza de los colores con que el artífice la engalanara con todo esmero e inteligencia. Esta era, desde luego una joya preciosa para un museo; así lo pensé apenas la hube visto y examinado mejor. 

Las misiones jesuíticas de Trinidad y Jesús. Archivo

Por otra puerta lateral penetramos a aquella especie de oratorio, o sea a una habitación donde abriendo todas las demás hojas y debido a la poca elevación de los techos y a los corredores exteriores, la luz era sumamente escasa, pero suficiente con todo para que pudiéramos distinguir cuanto se encerraba en su reducido recinto, no mayor de unas ocho varas por seis. Un hermoso altar, que ocupaba el fondo de este local, y las magníficas imágenes talladas en madera, de gran tamaño, y espléndidamente decoradas que allí había, hacían como la puerta el más extraño contraste en aquel cuartucho, teniendo como aquella la misma procedencia, habiendo salvado de la destrucción general, merced, únicamente a la piedad de los fieles naturales que de generación en generación las han custodiado o puesto bajo el amparo de las autoridades locales.

El guardián actual de estas reliquias, nuestro acompañante, al penetrar allí, habíase descubierto con profundo respeto; apenas si se atrevía a mover los labios. Le imité, como le había imitado Gregorio; pero convencido que no tenía delante ninguna divinidad digna de mayor veneración, y sí, solo, preciosas obras del arte humano; más como un tributo de respeto a la civilización de esta manera representada por aquellos objetos que a su equivoco significado, con relación a ideas verdaderamente religiosas, y, en fin, por no ofender creencias ajenas; también en homenaje quizá, al recuerdo que ellos encarnan de una época interesante bajo el punto de vista de la acción civilizadora que en ella se operó, de una época que, con relación a esta parte del nuevo continente en aquellos primeros siglos de su conquista, ocupa una página brillante y notable en la historia de estos países. 

De este recinto, pasamos a una pieza contigua que despedía ese olorcillo que es peculiar a las habitaciones húmedas que han estado por largo tiempo cerradas, absolutamente sin luz. Abriendo algunas ventanas esta pudo penetrar con la misma intensidad que en la anterior, y entonces se desplegó. ante nuestra vista un cuadro del todo inesperado y sorprendente: aquello era un verdadero museo de antigüedades, un museo histórico, o el gabinete de un anticuario, ni más ni menos; pero hablando con más propiedad, aquello formaba un conjunto de los más raros: extravagante y abigarrado. Imaginaos, lector, veros por un momento en un local sombrío, estrecho, rodeado de todos los doctores de la iglesia, de los mismos apóstoles y santos de más significado del calendario romano, de crucifijos de todo tamaño, de colosales candelabros, angarillas como se usan en las procesiones de Semana Santa, con sus accesorios correspondientes, angelitos... serafines, la misma Santísima Trinidad (representada esta de un modo un tanto grotesco); remontáos por fin, a estas lejanas tierras, y decidme si esta repentina aparición, no os causaría, siquiera por un instante, una impresión de las más extrañas o imperecederas. Y aquellos bustos de medio cuerpo, o aquellas estatuas de tamaño natural, impresionaban tanto más con las radiantes vestiduras con que la viva imaginación del artista las había representado, o como cuadraba quizá a sus respectivas dignidades; todas ellas despedían los vivos destellos del dorado con que se hallaban profusamente decoradas, en alternativa con los más vivos colores. 

Extraña aglomeración era, a fe mía, la de aquellas santas imágenes; extraña congregación, digamos, la de aquellos santos varones de la Iglesia y su silenciosa actitud. Esperando allí ¿qué...? ¿Mejor suerte, más digna colocación, quizá, o el mismo juicio final...? Pero esto no era lo único que allí. había que ver: en los rincones, por el suelo, y en todo sitio había algún objeto de otra naturaleza que llamase la atención por algún concepto; ya fuera por su originalidad, o por su significado: no faltaba algún desvencijado violón, o violón, arpas sin cuerdas y sin clavijas, cajas de guerra mal abolladas, y con sus parches hechos tiras, grotescos muñecos, y entre estos uno que nuestro buen cicerone nos aseguró muy formalmente representaba al famoso Sansón, haciendo así, verdad, muy poco honor al héroe portentoso de los tiempos bíblicos, pues no era el que así nos designaba otra cosa que un ridículo figurín representado por un trozo de madera mal tallado, cabalgando sobre cierto animal, bien extraño, por cierto, que, a su vez, nos aseguró ser un tigre... a pesar de no llevar rótulo alguno que así lo probara, o pretendiera probar, pues fue esta cosa que ciertamente no se le ocurrió. al novel artista de cuyas manos salió aquella maravilla. 

Quería nuestro buen señor darnos cuenta y razón de cuanto allí. había y mostrar que no se hallaba en manera alguna escaso de conocimientos o de noticias en asuntos de tanta monta; y como aquel depósito de curiosidades no le parecía, según podíamos deducir de su actitud y menor compostura, tan sagrado como el local que instantes antes hablamos visitado, nos fue señalando uno por uno aquellos bustos y estatuas que parecían mirarnos con supremo asombro: —Ese es San Ignacio, —nos decía—; aquel San Pedro; San Pablo aquel otro y el de más allá San Juan. Esta que veis aquí. es la virgen del Carmen, aquella otra Santa Tecla; San Isidro, aquel negrito que veis allí. detrás; y así hubiera continuado durante media hora, si le hubiéramos dejado proseguir.

Habla allí grandes librotes empolvados, riquísimos misales, y obras latinas muy voluminosas sobre diversas ciencias; pero ninguna que tratara en particular de este Continente. En uno de esos pesados volúmenes, pude leer en su portada esta inscripción, hecha con muy linda letra, quiz. por algún colegial: "De la Trinidad- 1765". 

En otro rincón, veíanse por fin los restos notables de un altar, un púlpito muy decorado, un tabernáculo y multitud de candelabros de madera tan adornados, tan primorosamente esculpidos, tan elegantes, de labor tan rara, que por sí solos, o sea por su misma originalidad, podían constituir una adquisición de no escaso mérito. 

—Nos hemos de arreglar— habíame dicho nuestro hombre, cuando después de haber preparado convenientemente el terreno, le abordé. con más franqueza haciéndole vislumbrar, en algo, mis deseos, con tanto disimulo y aire de poco entusiasmo, como cuadraba a los intereses del caso, y a la índole del personaje con quien tenía que vérmelas. Este no se manifestó muy sorprendido de mi proposición; pero pude notarle un tanto emocionado, quizá, por efecto del pingüe negocio que entreveía y que debía halagar altamente su sórdida avaricia; quizá también por efecto mismo de la lucha que esta me preparaba de la manera más ramplona y falta de comedimiento, cosa que no debía extrañarme además dado lo salvaje del lugar. 

—No es para mí que quiero nada —decíame a cada momento con una insistencia tal, que ella sola bastaba para poner en duda su afirmación, haciendo creer todo lo contrario —es para la capilla, que ya más de una vez, sacrificándome por este pueblo (!!) he hecho arreglar de mi propio peculio—. Y decía esto con voz mal segura, y cierto tartamudeo que le traicionaba por completo. 

Las misiones jesuíticas de Trinidad y Jesús. Archivo

Pero el estado anormal del pobre hombre en estas circunstancias, si se considera además de aquel sentimiento dominante que le caracterizaba, la poca frecuencia con que allí podía presentársele la ocasión de realizar un negocio de tal naturaleza u otro semejante en resultado; si se considera, por otra parte, lo mísero de sus emolumentos de modesto funcionario público de último rango, en un país cuyas rentas, por ser en extremo exiguas, no le permiten un presupuesto más rumboso; se hallará hasta cierto punto explicada su conducta y rara actitud, y aquella febril excitación de sus nervios. 

—Escoja V.; indique lo que piensa llevar —me dijo— fijando su mirada siempre atenta en el objeto que había de señalar y prestando oídos a la oferta correspondiente, según también me lo había exigido. Y fui naturalmente escogiendo todo aquello que lo merecía, sin hablar de precio hasta no haber reunido un lote conveniente. Pero aquí dieron principio excepciones con las cuales no había yo contado hasta ese momento, y estas excepciones se hubieran extendido tanto que habrían concluido por dejar de serlas para convertirse en regla general o en eliminación del todo, si buenas razones, o algo m.s persuasivo que estas en semejante trance, no lo hubieran evitado. 

—Este —había empezado por decirme, tocando la nariz de cierto santo que no pudo obrar el milagro de abofetear a quien as. se atrevía a profanar su augusta personalidad— está comprometido para el sacristán de la iglesia de x que debe venir a buscarlo en breve; este otro, lo he prometido a fulano que me ofrece tanto por él; aquel voy a colocarlo en la capilla; aquella virgen de más allá., es la Patrona y no la puedo ceder, ni tampoco aquella otra porque nos sirve para la fiesta de Santa n. n. En este orden continuó el muy pillastre buen rato aún, en medio de exclamaciones y protestas de las más singulares y pintorescas, aduciendo razones que jamás fueron tales sino en su ofuscado entendimiento, pues bastará decir, para comprender cuan débiles y vulnerables ellas eran, que unos escasos billetes de banco más tuvieron el don suficiente para relegarlas al rango de simples quimeras, de muy pobres y mezquinos ardides; que de este modo, quedó el sacristán sin su santo favorito, tal fiesta sin su patrona, la capilla con las mismas imágenes que antes tenía y, por fin, aquellos mismos interesados que algo habían ofrecido, tan lucidos como los demás. Lo obtenido en tan buena lid, bastaba para completar la carga de un bote de no escasa capacidad. Por tierra, dado el caso de hallar alguna carreta en esas inmediaciones, no hubiera sido posible efectuar su transporte a Villa Encarnación, para de allí pasarlo a Posadas, porque la extensa picada que a nuestra venida hablamos cruzado era un obstáculo insuperable para el paso de un vehículo cualquiera, por el estado de abandono en que entonces se encontraba. Debíamos, por consiguiente, procurarnos en Posadas la embarcación necesaria, remontar quince o dieciséis leguas la corriente del Paraná y entrar en el arroyo Capiguary, que corre a corta distancia de Trinidad. Así quedó resuelto, y salimos de aquel extraño depósito de reliquias que nos había hecho visitar el señor Flecha y donde habíamos pasado un rato tan interesante para nosotros, como de provecho real para aquel.

 

Nota de edición: Viajes en el Paraguay y Misiones. Recuerdos de una expedición a los yerbales de Concepción, Cerro Corá y Sierras del Amambay. Asunción, Tiempo de Historia/Fondec, 2025, 367 pp. Edición original: Paraná (Argentina), Tipografía, Litografía y Enc. "La Velocidad", 1894.