Las duras exigencias del discipulado

Pbro. César Nery Villagra Cantero
por Pbro. César Nery Villagra Cantero 7 Septiembre de 2025
7 Septiembre de 2025
Evangelio según san Lucas (Lc 14,25-33)
Evangelio según san Lucas (Lc 14,25-33) Foto: Web

25 Caminaba Jesús acompañado de muchap gente. Entonces se volvió y les dijo: 26"Si alguno viene en pos de mí y no odia a su padre, a su madre, a su mujer, a sus hijos, a sus hermanos, a sus hermanas e incluso a su vida misma, no puede ser discípulo mío. 27El que no cargue con su cruz y venga en pos de mí, no puede ser discípulo mío. 28¿Quién de vosotros, si quiere edificar una torre, no se sienta primero a calcular los gastos y ver si tiene para acabarla? 29De lo contrario, si resulta que ha puesto los cimientos de la obra y no ha podido terminarla, todos los que lo vean se pondrán a burlarse de él, y dirán: 30'Este comenzó a edificar y no pudo terminar'. 31O ¿qué rey, no se sienta a deliberar si con diez mil hombres puede salir al paso del que viene contra él con veinte mil? 32Y si no, cuando el otro está todavía lejos, envía una embajada para negociar condiciones de paz. 33Pues, de igual manera, cualquiera de vosotros que no renuncie a todos sus bienes no puede ser discípulo mío"

[Evangelio según san Lucas (Lc 14,25-33) —23er domingo del tiempo ordinario—] 

La liturgia de la palabra nos propone, para este 23er domingo del tiempo ordinario, un pasaje del Evangelio de san Lucas que ilustra las condiciones para el discipulado cristiano. El planteamiento es formulado por Jesús que "caminaba acompañado de mucha gente" (Lc 14,25a), en el contexto de su marcha hacia Jerusalén. La gran cantidad de gente que seguía al maestro, según se puede colegir, estaba atenta ante la descripción tan sugestiva del Reino y por las bendiciones que se prometen a quienes lleguen a acceder a la celebración festiva (cf. Lc 14,15-24). En esta circunstancia, Jesús se dirige a todos con el fin de formular las exigencias de su seguimiento. 

En primer lugar, para expresar la condición del discípulo, Jesús emplea la frase "venir a mí" o "venir en pos de mí" (érchetai prós me) delineando la idea de "seguimiento" (Lc 14,26a). Ahora bien, la pretensión de formar parte de este particular discipulado no se reduce, sin embargo, a un deseo o a un mero acercamiento al maestro. No se trata de un simple contacto con él, de escuchar sus enseñanzas o de ser testigos presenciales de su poder. Será necesario considerar una opción radical que supondrá la total entrega a la causa. Seguidamente, expondrá el horizonte de las exigencias que no tiene comparación con los otros evangelistas: "Si alguno viene en pos mí y no odia a su padre, a su madre, a su mujer, a sus hijos, a sus hermanos, a sus hermanas e incluso a sí mismo, no puede ser discípulo mío" (Lc 14,26). El maestro comienza con un requerimiento que atañe al círculo afectivo. Con inusitada fuerza habla de "odiar" a quienes forman parte de la propia familia. 

El verbo miséō, empleado en Lc 14,26 —citado arriba in extenso—, puede significar, efectivamente, "odio", "desprecio" o "menosprecio" en el sentido de "dejarlo todo a un lado" en razón de la decisión de seguir a Jesús porque el que odie a Jesús y rechace su Reino (Lc 19,14), tiene sobre sí la amenaza de la perdición (Lc 19,27) (cf. H. Giesen). Los padres, la esposa, los hijos y los hermanos forman el círculo familiar más cercano e implica, en general, un amor entrañable. La formulación es desconcertante, de lo más hiriente, porque es una actitud que se opone al amor. Sin embargo, con el postulado de "odiar" a los miembros de la propia familia, Jesús expresa en forma figurativa el peso de la lealtad que requiere de sus auténticos discípulos. 

Es necesario dejar en claro que el maestro no pretende imponer una actitud de "odio", sino que con la expresión quiere indicar que hasta las personas más queridas pueden significar un obstáculo para la radicalidad que él exige. Incluso, a toda la lista de familiares, se añade el desprecio a la propia vida. De este modo, plantea un desapego de la "célula" primaria de la vida humana con el fin de abocarse por completo al proyecto del Reino. No aceptar estos requerimientos supondrá la descalificación para integrar el círculo íntimo de Jesús. 

En segundo lugar, Jesús refuerza las exigencias que acaba de formular en los siguientes términos: "El que no cargue con su cruz y venga en pos de mí, no puede ser discípulo mío" (Lc 14,27). La imagen de "cargar con la cruz" es sugerente en cuanto que evoca su anunciada crucifixión (cf. Lc 9,22-23.44; 18,31-33), es decir, la experiencia del máximo renunciamiento del Mesías mediante la entrega generosa de su propia vida para la salvación de la humanidad; una muerte injusta y, en extremo, dolorosa. El discípulo, mediante esta vocación, está llamado a "imitar" al maestro. En consecuencia, hay un requerimiento de máxima disponibilidad para ofrecer el testimonio supremo no solo en el martirio, sino también en el diario enfrentamiento con la oposición y la hostilidad hacia la existencia cristiana. 

En ámbitos cristianos suele traducirse la palabra griega staurós por "cruz", aunque en realidad el significado primario es "poste". Persas, griegos y romanos usaban este madero como instrumento de tortura y de muerte por empalamiento o por crucifixión. De hecho, consta que, en Palestina, no solo bajo la dominación romana, sino incluso antes, se empleaba el término staurós en sentido de cruz, es decir, en relación con la crucifixión. Expresiones similares en la Biblia y en textos de Qunrán son, por ejemplo, "colgar de un madero" (Hch 5,30; Gál 3,13) o "ser empalado vivo" (cf. J.A. Fitzmyer).

Así, la idea de "cargar con la cruz" sugiere un renunciamiento tal que se asocia no solo al desprendimiento del amor familiar sino también incluye, con mucha fuerza, la experiencia de la pasión y de los obstáculos que se deberán sobrellevar por pertenecer a la "escuela de Jesús". La frase griega opísō mou ("ir detrás de"), una expresión técnica que traduce el hebreo hālak 'ḥarê —"caminar detrás"—, no implica un mero seguimiento físico en el sentido peripatético sino adquiere aquí un significado vocacional de "seguimiento" al maestro (Lc 9,23; 14,27) o a "embaucadores", como se sugiere en Lc 21,8. Quien no cargue con la cruz ni se adecue a las normas del maestro quedará, igualmente, descalificado, pues "no puede ser discípulo mío" (Lc 14,27). 

Seguidamente, Jesús emplea dos parábolas que, según parece, tienen la finalidad de aclarar el asunto con el fin de ilustrar, mediante comparaciones, lo que acaba de exponer. La primera parábola es formulada según los criterios del campo de la construcción y la segunda toma como referencia el ámbito militar y las estratagemas de la diplomacia.

En la primera parábola, Jesús dirigiéndose siempre a su auditorio (el gentío), plantea la hipótesis de la edificación de una "torre" (pyrgós) que, de ordinario, era una fortificación construida para proteger las casas, las tierras o la viña. Evidentemente, el responsable no necesariamente era un rey sino algún potentado de la zona. Según se describe, el hacendado —o quien fuere— debe comenzar con el "cálculo" (psēphizein) de los costos y la inversión necesaria que se deberá prever. Esta primera fase, según el sentido común, requiere de mucha serenidad, con el fin de abocarse al proyecto y a las posibilidades de ejecución. En la segunda fase vendrá la realización de la obra que debe comenzar con la instalación de los "cimientos" y, finalmente, el resto de la construcción. En el caso de pasar por alto el cálculo del costo que se empleará para toda la torre, el inversor se expondría a dar inicio a la primera fase del edificio para encontrarse, después, con la imposibilidad de continuar el proyecto inicial por falta de previsión económica. El resultado será el de una obra inconclusa y la reacción de burla de quienes contemplarán una construcción inacabada lo que delatará la insensatez de la persona que tuvo semejante iniciativa (Lc 14,28-30).

En la segunda parábola, que combina el arte de la guerra y la previsión diplomática, Jesús refiere el supuesto caso de un "rey" que planifica una contienda bélica con su oponente deliberando si podrá o no hacer frente al enemigo que cuenta con una tropa de "veinte mil hombres" contra los "diez mil" de su ejército. La proporción matemática da como promedio dos soldados contra uno, lo cual concede una considerable ventaja al contrincante. Emprender una batalla con semejante inferioridad numérica, salvo situaciones excepcionales, es arriesgarse a una derrota casi segura. Lo sensato, en este caso, consiste en preservar la vida de sus soldados evitando un inútil derramamiento de sangre. Para el efecto, si el rey es prudente, enviará una embajada —cuando las fuerzas enemigas aún están lejos— y negociar las condiciones de paz (Lc 14,31-32). Se supone, implícitamente, que el rey más débil está dispuesto a aceptar las condiciones o incluso a rendirse a su adversario. La salvaguarda de los soldados dependerá de la previsión del rey, de su cálculo realista y de la decisión tomada en tiempo oportuno. Con todo, el punto de comparación no es la "batalla" en sí, sino la posibilidad de la "victoria" subsiguiente. 

Cerrando su discurso, Jesús expresa de modo concluyente: "Pues, de igual manera, cualquiera de vosotros que no renuncie a todos sus bienes no puede ser discípulo mío" (Lc 14,33). La expresión consecuencial "de igual manera" alude, evidentemente, al inversor que no calculó el costo total de su proyecto edilicio y no lo pudo concluir; o al rey insensato que se enfrascó en una contienda inútil sin tener en cuenta la diferencia numérica de las tropas en pugna y se arriesga a una derrota calamitosa. El fracaso del plan arquitectónico y la guerra malograda sirven de parámetro para ilustrar la defección del discípulo que ha sido incapaz de "renunciar a todos su bienes" para seguir a Jesús. En consecuencia, se trata de un candidato que no calculó y no previó las implicancias de un seguimiento radical y exigente; y, por tanto, sucumbió en el proceso vocacional porque no tuvo la sabiduría para dimensionar el compromiso y la responsabilidad de lo que ha asumido. 

La "renuncia" se expresa en clave de "totalidad". Se trata de "apartarse" o "despedirse" de las posesiones, propiedades, medios y recursos que impiden un seguimiento radical porque crean dependencia y no dejan libertad y espacio para una entrega completa a la causa del Reino. 

En conclusión: Jesús establece tres condiciones o exigencias para los que quieran seguirle como discípulos. Las condiciones son las siguientes: renuncia voluntaria a los vínculos afectivos con la familia, aceptación sincera de una renuncia radical al propio interés, renuncia total a las posesiones materiales. Aparte de las condiciones en sí mismas, Jesús exige un serio discernimiento, sin precipitación de ninguna clase, sino con una previa deliberación sobre los costes y los riesgos de un compromiso de tanta envergadura. No se puede asumir a la ligera semejante responsabilidad; más bien, será necesario ponderar con calma las previsibles consecuencias.

La recomendación esencial que Jesús hace a sus seguidores es que antes de tomar una decisión comprometida ponderen con calma y con serenidad las implicancias de ese paso. No hay que fijarse exclusivamente en las condiciones requeridas, sino considerar, sobre todo, las consecuencias que pueden derivarse de una primera exaltación entusiasta que no vaya a tener suficientes fuerzas para llevar a cabo el proyecto. La posibilidad de hacer el ridículo, o de encontrarse en una situación por la que se deberá rendir sin condiciones, debe prevenir cualquier clase de decisión apresurada e irreflexiva. La última condición, sobre los bienes materiales, encuentra un dramático desenlace en los Hechos de los Apóstoles, en el episodio de Ananías y Safira quienes al mentir al Espíritu Santo (Dios), respecto al desprendimiento de sus bienes, murieron sin remedio (cf. Hch 5,1-11). 

Cerrando su discurso, Jesús expresa de modo concluyente: "Pues, de igual manera, cualquiera de vosotros que no renuncie a todos sus bienes no puede ser discípulo mío" (Lc 14,33). La expresión consecuencial "de igual manera" alude, evidentemente, al inversor que no calculó el costo total de su proyecto edilicio y no lo pudo concluir; o al rey insensato que se enfrascó en una contienda inútil sin tener en cuenta la diferencia numérica de las tropas en pugna y se arriesga a una derrota calamitosa. El fracaso del plan arquitectónico y la guerra malograda sirven de parámetro para ilustrar la defección del discípulo que ha sido incapaz de "renunciar a todos su bienes" para seguir a Jesús. En consecuencia, se trata de un candidato que no calculó y no previó las implicancias de un seguimiento radical y exigente; y, por tanto, sucumbió en el proceso vocacional porque no tuvo la sabiduría para dimensionar el compromiso y la responsabilidad de lo que ha asumido. 

La "renuncia" se expresa en clave de "totalidad". Se trata de "apartarse" o "despedirse" de las posesiones, propiedades, medios y recursos que impiden un seguimiento radical porque crean dependencia y no dejan libertad y espacio para una entrega completa a la causa del Reino. 

En conclusión: Jesús establece tres condiciones o exigencias para los que quieran seguirle como discípulos. Las condiciones son las siguientes: renuncia voluntaria a los vínculos afectivos con la familia, aceptación sincera de una renuncia radical al propio interés, renuncia total a las posesiones materiales. Aparte de las condiciones en sí mismas, Jesús exige un serio discernimiento, sin precipitación de ninguna clase, sino con una previa deliberación sobre los costes y los riesgos de un compromiso de tanta envergadura. No se puede asumir a la ligera semejante responsabilidad; más bien, será necesario ponderar con calma las previsibles consecuencias.

La recomendación esencial que Jesús hace a sus seguidores es que antes de tomar una decisión comprometida ponderen con calma y con serenidad las implicancias de ese paso. No hay que fijarse exclusivamente en las condiciones requeridas, sino considerar, sobre todo, las consecuencias que pueden derivarse de una primera exaltación entusiasta que no vaya a tener suficientes fuerzas para llevar a cabo el proyecto. La posibilidad de hacer el ridículo, o de encontrarse en una situación por la que se deberá rendir sin condiciones, debe prevenir cualquier clase de decisión apresurada e irreflexiva. La última condición, sobre los bienes materiales, encuentra un dramático desenlace en los Hechos de los Apóstoles, en el episodio de Ananías y Safira quienes al mentir al Espíritu Santo (Dios), respecto al desprendimiento de sus bienes, murieron sin remedio (cf. Hch 5,1-11). 

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