El resultado ya lo conocemos y dolió, en las redes sociales hicieron su juicio inmediato y el país volvió a debatir sobre táctica, actitud y garra. Pero mientras discutimos lo ocurrido durante noventa minutos, pasamos por alto una realidad documentada por diversas investigaciones en Paraguay y la región: miles de adolescentes abandonan o debilitan sus trayectorias educativas precisamente en la etapa en que aumenta la exigencia del deporte de alto rendimiento.
Nos cuestionamos por qué perdimos un partido, pero esto ¿no ocurre mucho antes de que nuestros futbolistas salgan a la cancha?
Escribo estas líneas no desde la tribuna, ni desde la comodidad del análisis posterior al resultado, lo hago como educadora, investigadora en transformación educativa y, sobre todo, como mamá de un futbolista.
Durante años he acompañado entrenamientos, viajes, pruebas y procesos de formación. He conversado con coordinadores, preparadores físicos, directores técnicos y familias que comparten el mismo sueño: ver a sus hijos llegar al profesionalismo sin renunciar a su futuro. He visitado clubes en Paraguay y en Buenos Aires buscando comprender cómo otros contextos abordan esta realidad. También he mantenido conversaciones permanentes con referentes de la FAP (Futbolistas Asociados del Paraguay) y con la oficina de educación de la FIFPRO (Federación Internacional de Futbolistas Profesionales).
Y existe algo que todos reconocen: "tenemos un problema"
No es un problema de talento. No es un problema de compromiso...Es un problema de sistema.
Porque detrás de cada joven que intenta abrirse camino en el fútbol profesional aparece una decisión que nunca debería existir: ¿estudiar o competir? Y la evidencia científica confirma que no estamos frente a casos aislados.
Una investigación del Instituto Desarrollo sobre la deserción escolar en Paraguay mostró que el abandono educativo es un fenómeno progresivo y multicausal que se acelera precisamente durante la adolescencia. Según el estudio, de cada 100 estudiantes que ingresaban al sistema educativo paraguayo, apenas 20 culminaban la educación media. Además, las tasas de asistencia comienzan a descender significativamente a partir de los 13 años, con una caída más pronunciada desde los 15 años.
Curiosamente, es exactamente en esa etapa cuando aumenta la exigencia deportiva para quienes sueñan con convertirse en futbolistas profesionales.
En Paraguay, investigaciones posteriores concluyen que la deserción en la educación media no responde a una única causa, es un fenómeno complejo donde confluyen razones económicas, desmotivación, exigencias laborales, prácticas pedagógicas poco significativas y sistemas educativos que muchas veces no logran responder a las necesidades reales de los adolescentes.
Pero esta no es una realidad exclusivamente paraguaya.
En Argentina, el médico, exfutbolista profesional y docente universitario Juan Manuel Herbella decidió estudiar precisamente esta tensión entre educación y fútbol. Su investigación reveló que la deserción escolar entre futbolistas juveniles alcanzaba el 27%, una cifra muy similar a la observada en la población general argentina. Sin embargo, encontró un dato revelador: la trayectoria educativa de los jóvenes estaba fuertemente condicionada por el nivel educativo de sus padres, la región de origen y las expectativas de profesionalización.
Posteriormente, Herbella, junto con Diego Murzi y Sebastián Sustas, profundizó el análisis estudiando a futbolistas en formación de un club de Primera División. Los autores concluyeron que los clubes suelen enfocarse casi exclusivamente en las variables de rendimiento físico, técnico y táctico, dejando de lado dimensiones fundamentales para el desarrollo integral de los jóvenes: la escolaridad, la vivienda, el desarraigo, la salud emocional, los vínculos familiares y las expectativas sobre el futuro.
Los datos eran contundentes. El 45% de los futbolistas había abandonado su ciudad de origen para perseguir el sueño del fútbol; el 35% experimentaba situaciones de desarraigo; y muchos transitaban la adolescencia lejos de sus familias, administrados por estructuras deportivas que, en ocasiones, no estaban preparadas para acompañar integralmente esos procesos. Paradójicamente, Herbella representa una excepción inspiradora: mientras desarrollaba su carrera profesional, se graduó como médico en la Universidad de Buenos Aires. Su propia historia desafió el mito de que un futbolista no puede estudiar.
Uruguay llegó a conclusiones similares.
Una investigación de la Universidad de la República, realizada con exfutbolistas profesionales del noreste uruguayo, identificó que uno de los principales motivos de abandono educativo era la imposibilidad de conciliar las demandas del entrenamiento y la competencia con las exigencias de la escolaridad formal. El tiempo, el cansancio y la rigidez del sistema educativo terminaban obligando a los jóvenes a elegir entre dos trayectorias que, en realidad, deberían complementarse.
Sin embargo, el mismo estudio aporta un hallazgo profundamente interesante: el fútbol también es un espacio de aprendizaje. Los exjugadores reconocían haber desarrollado disciplina, responsabilidad, convivencia, compromiso y capacidad de trabajo en equipo. Es decir, el deporte produce saberes y experiencias valiosas ¿cómo transformamos esas experiencias en desarrollo cognitivo?
Porque la motivación, el esfuerzo y la vivencia por sí solos no garantizan aprendizaje significativo, el aprendizaje ocurre cuando somos capaces de comprender, contextualizar, reflexionar sobre lo vivido y transferir ese conocimiento a nuevas situaciones.
Un futbolista que aprende a interpretar el comportamiento del rival, anticipar escenarios, adaptarse a cambios inesperados, regular sus emociones y tomar decisiones en segundos está desarrollando procesos cognitivos de enorme complejidad. Sin embargo, estas habilidades alcanzan su máximo potencial cuando dialogan con una formación educativa que fortalece el razonamiento, el pensamiento crítico, la comprensión lectora, la argumentación y la capacidad de aprender a aprender.
No se trata, entonces, de elegir entre la cancha y la escuela, se trata de comprender que ambas pueden y deben potenciarse mutuamente.
Porque el fútbol del siglo XXI ya no premia únicamente la fortaleza física ni la entrega emocional. Premia la capacidad de leer contextos, reconocer patrones, anticipar consecuencias, resolver problemas bajo presión y tomar decisiones inteligentes en entornos cambiantes.
Por eso, cuando escuchamos que "faltó garra", quizás estemos mirando apenas la superficie del problema.
No se trata de negar la identidad paraguaya ni de ridiculizar símbolos que forman parte de nuestra historia deportiva. La garra guaraní, la resiliencia y el amor por la camiseta son valores profundamente arraigados en nuestra cultura.
El problema aparece cuando la épica reemplaza al desarrollo. Cuando creemos que el corazón puede suplir aquello que también debe entrenarse: la comprensión táctica, el razonamiento, la flexibilidad cognitiva y la capacidad de transformar la experiencia en aprendizaje.
El fútbol del siglo XXI exige mucho más que sacrificio.
Exige lectura del juego.
Capacidad de adaptación.
Resolución de problemas bajo presión.
Autorregulación emocional.
Comprensión táctica.
Pensamiento estratégico.
Aprendizaje continuo.
En definitiva, exige futbolistas capaces de pensar el juego, comprender el contexto y aprender constantemente de él. Y aquí es inevitable mirar otros modelos.
Mientras muchos de nuestros jóvenes deben abandonar clases para entrenar o resignar oportunidades deportivas para sostener su escolaridad, en países como Estados Unidos el sistema está diseñado para que el deportista también sea estudiante. El deporte universitario no constituye una interrupción de la educación; es parte del proceso formativo. Los atletas cursan carreras, desarrollan hábitos de estudio, fortalecen habilidades cognitivas y adquieren herramientas para proyectar una vida más allá del retiro deportivo.
No es casualidad que muchos de ellos demuestren una mayor capacidad para analizar situaciones complejas, adaptarse rápidamente a distintos contextos y tomar decisiones eficaces bajo presión. No es una cuestión genética, es una cuestión de sistema. Y tal vez allí radique uno de nuestros mayores desafíos como país.
Esta realidad me impulsó a buscar soluciones concretas, fue una de las motivaciones para desarrollar propuestas de educación flexible basadas en la Educación Media Abierta en esta Era Digital, apoyadas en tecnología, dando origen a iniciativas como AULIX, una plataforma pensada para estudiantes cuyas trayectorias de vida no encajan en la estructura tradicional: deportistas, artistas, músicos o jóvenes talentos que necesitan compatibilizar sus proyectos personales con una educación de calidad.
Porque ningún adolescente debería verse obligado a elegir entre dos derechos fundamentales: el derecho a estudiar y el derecho a desarrollar su talento.
La tecnología, la inteligencia artificial y los modelos híbridos nos ofrecen hoy la posibilidad de acompañar trayectorias diversas sin renunciar a la excelencia académica.
No necesitamos que nuestros jóvenes abandonen sus sueños.
Necesitamos instituciones que estén a la altura de ellos.
Paraguay perdió un partido.
Pero quizás la derrota más profunda comenzó mucho antes, cuando aceptamos como inevitable que nuestros jóvenes debían escoger entre estudiar o perseguir aquello para lo que habían nacido.
¿Seguiremos formando héroes para el relato del pasado o ciudadanos-atletas preparados para competir en el futuro?
Honraremos mejor nuestra historia cuando entendamos que la "garra guaraní" no desaparece con la educación.
Se potencia.
Porque el fútbol del siglo XXI sigue jugándose con los pies.
Pero cada vez se gana más con la cabeza.