Durante los últimos veinticinco años, el mundo ha experimentado una expansión económica marcada por contrastes. Mientras los países desarrollados, como Estados Unidos y los miembros de la Unión Europea, consolidaron su crecimiento mediante la innovación y la eficiencia, gran parte de América Latina avanzó en producción, pero sin mejorar de manera proporcional su productividad. En otras palabras, la región produce más, pero no necesariamente mejor con una marcada ineficiencia productiva.
Según datos del Banco Mundial y la OCDE, la brecha de productividad entre las economías avanzadas y las latinoamericanas apenas se ha reducido desde el año 2000. A pesar de haber sostenido tasas de crecimiento del PIB relativamente altas (en torno al 4 o 5 % en países como Paraguay o Perú), los niveles de eficiencia y competitividad continúan rezagados respecto a los de las naciones industrializadas. Esta diferencia evidencia que el desarrollo no depende solo de cuánto crece una economía, sino de cómo utiliza sus recursos para generar valor.
El papel de la inversión y el capital físico
Una de las razones principales de esta brecha radica en la inversión. En los países desarrollados, la formación de capital físico ha sido constante y de alta calidad. Infraestructura moderna, financiamiento accesible y estabilidad institucional han permitido sostener una productividad elevada. En cambio, en muchas economías latinoamericanas, la inversión es más volátil y, en ocasiones, de baja eficiencia. Factores como la inestabilidad política, la escasa infraestructura y la limitada inversión extranjera directa restringen el crecimiento sostenido.
Ejemplos como el de Corea del Sur demuestran que la inversión acompañada de innovación tecnológica puede transformar una economía en pocas décadas. En América Latina, replicar ese modelo requiere políticas públicas que promuevan la inversión productiva y mejoren la gestión de los recursos disponibles.
Educación, capital humano e innovación
Otro pilar clave es el capital humano. La educación constituye el eje de toda economía productiva, ya que mejora la capacidad de innovación, la eficiencia laboral y la adopción tecnológica. Sin embargo, la región aún enfrenta déficits estructurales: según el Human Capital Index del Banco Mundial, un niño latinoamericano alcanzará solo el 56 % de su potencial productivo si no se mejoran las condiciones educativas y sanitarias.
De acuerdo con la OCDE, cada incremento de 25 puntos en los resultados de las pruebas PISA puede elevar el PIB per cápita en 0,5 % anual a largo plazo. Esto demuestra que no solo importa la cobertura educativa, sino también la calidad del aprendizaje. En los países desarrollados, la educación se alinea estrechamente con la demanda del mercado laboral y con las estrategias de innovación. En cambio, en América Latina, la desconexión entre ambos ámbitos limita la productividad total de los factores.
Además, la inversión en investigación y desarrollo (I+D) sigue siendo muy desigual. Mientras economías avanzadas como Alemania, Japón y Estados Unidos destinan más del 3 % de su PIB a este rubro, Brasil ronda el 1 %, y Paraguay apenas el 0,1 %. Esta diferencia se traduce en menor creación de patentes, menor transferencia tecnológica y menor valor agregado en la producción local.
Productividad y empleo: una relación desigual
La relación entre productividad y empleo también revela fuertes contrastes entre las economías desarrolladas y las emergentes. En países como Paraguay, los datos del Banco Mundial muestran que entre 1990 y 2020 la productividad laboral creció de forma irregular, con avances sostenidos en algunos períodos, pero acompañados de tasas de empleo relativamente estancadas. Esto sugiere que el aumento del PIB no siempre se traduce en una expansión del empleo formal ni en mejoras de eficiencia general.
En cambio, en las economías desarrolladas, los incrementos de productividad suelen estar asociados con mercados laborales más dinámicos y flexibles, donde la innovación tecnológica impulsa tanto la eficiencia como la creación de nuevos sectores de empleo. En América Latina, por el contrario, la escasa inversión en tecnología y educación técnica limita el efecto multiplicador del crecimiento sobre el trabajo. De este modo, la región enfrenta el doble desafío de elevar su productividad sin sacrificar la inclusión laboral, buscando equilibrar eficiencia y equidad.
Instituciones, gobernanza y eficiencia
La productividad no depende únicamente del capital o del conocimiento, sino también de las instituciones que regulan la economía. Informes del Banco Mundial y del Fondo Monetario Internacional coinciden en que la estabilidad política, la transparencia y el control de la corrupción son condiciones necesarias para sostener la eficiencia.
De hecho, el Corruption Perceptions Index 2023 de Transparencia Internacional muestra que los países con gobiernos eficaces y reglas claras logran tasas de inversión más altas y economías más competitivas. En América Latina, los altos costos de transacción, la burocracia y la débil rendición de cuentas frenan el dinamismo productivo. Por eso, fortalecer las instituciones es tan importante como invertir en infraestructura o educación.
Tecnología y digitalización: el nuevo desafío
La revolución tecnológica también profundiza las diferencias. En los países desarrollados, la automatización y la digitalización han impulsado la productividad y reducidos costos en sectores clave. Mientras tanto, en buena parte de América Latina, el acceso desigual a internet y la falta de infraestructura digital impiden aprovechar plenamente estas herramientas. Según DataReportal (2025), el 90 % de la población en las economías avanzadas tiene acceso estable a internet, frente al 70 % en la región.
Esta brecha digital limita el desarrollo del comercio electrónico, la gestión eficiente de las cadenas de suministro y la adopción de tecnologías limpias, indispensables para competir en la economía global del siglo XXI.
Mirar hacia el futuro: productividad con inclusión
En definitiva, la comparación entre países desarrollados y en desarrollo demuestra que la productividad es la verdadera medida del progreso económico. La inversión en capital físico es necesaria, pero no suficiente; debe complementarse con educación de calidad, innovación sostenida e instituciones sólidas.
Para América Latina, el desafío es transformar su potencial económico en bienestar sostenible. Esto implica promover la investigación científica, impulsar la formación técnica, mejorar la infraestructura y fortalecer la gobernanza. Además, la cooperación regional puede desempeñar un papel decisivo en la transferencia tecnológica y en la integración a cadenas de valor internacionales.
El crecimiento del futuro no dependerá solo de producir más, sino de producir mejor. La productividad, entendida como el equilibrio entre eficiencia, conocimiento e innovación, será la clave para cerrar las brechas estructurales y construir un modelo de desarrollo más equitativo, competitivo y humano.
El autor es estudiante de Economía - Universidad Católica Nuestra Señora de la Asunción