[Evangelio según san Lucas (Lc 18,9-14) —30º domingo del tiempo ordinario—]
La liturgia de la palabra nos propone para hoy, 30º domingo del tiempo ordinario, una parábola del Evangelio de san Lucas que aborda las actitudes negativas propias del complejo de superioridad de la élite religiosa de Israel. De hecho, en la comparación propuesta por Jesús, se confrontan dos personajes representativos de la sociedad hebrea de aquel tiempo: Un fariseo y un publicano, los cuales manifiestan conductas disímiles. Lo llamativo y relevante es el contexto donde se manifiesta el modo de ser de las personas: el Templo de Jerusalén, sede del culto al Dios único (Yahwéh) de los judíos, el sitio más sagrado y emblemático de la nación.
El maestro aborda aquí el tipo de oración de estos dos personajes innominados. El tema está en cierta continuidad con el episodio precedente que trata de la "oración constante, movida por la fe" (Lc 18,1-8) de una viuda que, gracias a su perseverancia fue atendida por el "juez injusto" que "ni temía a Dios ni respetaba a los hombres" (Lc 18,2.6). También se percibe una relación con el capítulo 15 del mismo Evangelio (Lc 15,1-32) que nos presenta tres parábolas sobre la misericordia porque Dios derrama su compasión y su justicia sobre un pobre recaudador —el publicano—, contrito y anonadado que reconoce su pecado y su indignidad.
Con el fin de comprender mejor el fondo de la cuestión resulta relevante detenernos, primeramente, en la tipología de los dos personajes que protagonizan la parábola que Jesús dirige "a algunos que se tenían por justos y despreciaban a los demás" (Lc 18,9). Ante todo, Jesús comienza la parábola con una breve introducción: "Dos hombres subieron al templo a orar..." (Lc 18,9a). La oración es la quintaesencia de la espiritualidad judeocristiana porque, mediante ella, se dialoga con Dios en un clima de la más absoluta sinceridad y apertura porque el creyente habla y comparte sus anhelos esperando ser guiado por su Creador, el cual, de diversos modos, da a conocer su voluntad de tal manera que el orante alinea su corazón y sus proyectos de vida a los deseos de Dios. Pues bien, un fariseo y un publicano subieron al Templo para orar. Veamos:
Un fariseo (pharisaīos) dice san Lucas —sin mencionar nombre alguno— (Lc 18,10b): El "fariseo", en general, es una figura representativa del judío observante, escrupulosamente fiel a las prescripciones de la ley mosaica o Toráh. En los evangelios, Jesús les recrimina su "hipocresía" y su cerrazón al proyecto de Dios. Un gran historiador judío del siglo I, de la era cristiana, Yošef ben Matityahu, conocido por su nombre latino como Flavio Josefo, en su obra "las guerras de los judíos", describe a los fariseos de esta manera: "Un grupo dentro del judaísmo oficial, que se distinguía particularmente por su estricta observancia de las prescripciones religiosas y por su interpretación formalista de la ley" (Bell. I,5,2, n. 110). En general, en los evangelios, los fariseos —junto con los escribas— se presentan en contraposición a Jesús. Ellos ponen el acento de la vida religiosa en lo exterior —ritos, vestimentas, gestos, purificaciones, etc.— y descuidan la dimensión más profunda e interior de la religión, es decir, los aspectos espiritual y ético de la fe. Pablo de Tarso fue también un fariseo, perseguidor de los cristianos hasta su conversión a la causa del Evangelio (cf. Hch 9,1-31; 23,6-10; Fil 3,5-11).
Un recaudador dice también san Lucas, mencionando al otro personaje (Lc 18,10b). Los recaudadores tenían la responsabilidad de exigir el pago de los diversos gravámenes que Roma había impuesto sobre las diferentes regiones de Palestina. Los griegos los denominaban telōnēs porque eran los encargados de exigir el pago de los impuestos indirectos, como aranceles, precios al consumo, comisiones, aduanas, etc., es decir, una persona encargada de exigir tributos. Y como cobraban impuestos para sostener el aparato estatal del imperio romano o la corte de los reyes títeres de Israel eran vistos como colaboracionistas y eran despreciados por el pueblo que los tenía por gente impura. A ellos les estaba vedado acceder al Templo, salvo cuando cambiaban de profesión y cumplían con la compensación por los daños causados.
El contraste entre las dos figuras es decididamente antitética y contrapuesta, no solo por su respectiva situación en el Templo, sino especialmente por los términos de su oración. Incluso antes de llegar a la conclusión (Lc 18,14a), podemos percibir el mensaje de la parábola. El Evangelio no dice expresamente cuál fue el pecado del fariseo —aunque lo insinúa fuertemente— o en qué consistió la enmienda del recaudador. Jesús deja esas intimidades al juicio de Dios o a la fantasía del oyente. Él se limita a declarar que uno "bajó a su casa justificado", absuelto; ¡y el otro, no!
En su oración, que es de acción de gracias, el fariseo pasa revista a sus virtudes, que va desgranando con un aire de complacencia, primero negativamente y a continuación en forma positiva. Según se expresa, ante el mismísimo Dios de Israel, él no es como los demás hombres, no se considera uno más, pues: No es un ladrón, no es un injusto, no es un adúltero, no es, ni siquiera, —y aquí llega el ápice de su autocomplacencia—, no es "como ese recaudador" (Lc 18,11). Positivamente, él guarda sus ayunos y paga sus diezmos, incluso por encima de lo prescrito (Lc 18,12). El fariseo se enorgullece no solo de no haber transgredido esos mandamientos, sino incluso de no haber tenido ninguna familiaridad con "pecadores". Evidentemente, tiene una percepción inflada de sí mismo y una actitud de superioridad no solo ante el publicano sino hacia los demás. Y lo dice con convicción porque no está teatralizando su personalidad ante un grupo de personas sino en el contexto de una oración.
El recaudador, por el contrario, no se atreve a acercarse ni a levantar los ojos al cielo. "Se quedó a distancia", dice Jesús (Lc 18,13). El cobrador de impuestos no pasa de la puerta al atrio del Templo porque, de hecho, la cercanía al Dios de la misericordia no se mide por las distancias. Él no da gracias, sino que pide misericordia, golpeándose el pecho y susurrando un "yo pecador" (cf. Lc 18,13). No podía hablar ni alzar sus ojos hacia Dios, avergonzado a causa de sus culpas. Y ahí, precisamente, en la confesión de su pecado, es donde encuentra el recaudador el restablecimiento de su justicia, la condición de "justo", que es exactamente lo que pretendía el fariseo con su rechazo del latrocinio, del adulterio, de la iniquidad y con su observancia de ayunos, diezmos y de las minucias establecidas en la Ley.
La conducta del fariseo y su actitud legalista resultan esencialmente desenfocadas, aunque por su condición social nunca ha estado comprometido en una profesión tan odiada como la recaudación de impuestos. A los ojos de sus contemporáneos, el puritano fariseo no es ni un miserable "recaudador" ni un "pecador" depravado; pero en el plano religioso, "a los ojos de Dios", no consigue la verdadera "rehabilitación" o "condición de justo". ¿Por qué? Porque se fía exclusivamente de sí mismo, manifiesta un aire de autosuficiencia. Este es el problema central: Jesús dice al inicio, en Lc 18,9: "A algunos que se tenían por justos y despreciaban a los demás les dijo esta parábola". Son la autocomprensión de sí mismo ("yo no soy como los demás"), la autocomplacencia y el elogio de sí mismo los que reflejan semejante egoísmo e inmadurez espiritual.
En fin, el presente texto de san Lucas (Lc 18,9-14) nos merece la siguiente reflexión: Ante todo, hay que observar que no está en juego solo la oración que puede ser manipulada y usada con el fin de proyectar una imagen pública de devoción y de moralidad. Está en juego, además, la idea de "rectitud moral" ante los ojos de Dios. El fariseo se cree justo, se autoalaba, se autocelebra, es un "pagado de sí mismo". El publicano, en cambio, que se reconoce limitado, un pecador, comprende que el favor de Dios no se obtiene mediante una vana confianza en sus propias capacidades o en prácticas escrupulosas y legalistas, o cumpliendo las ridículas prescripciones de los fariseos. La justificación o justicia de Dios llega solamente mediante la misericordia. Solo aquel que es misericordioso y está abierto a la justicia recibe el perdón de Dios.
Jesús termina la parábola con una sentencia lapidaria: "Os digo que este, es decir, el publicano, y no el otro (el fariseo), bajó a su casa justificado a los ojos de Dios. Porque todo el que se exalta será humillado y el que se humilla será enaltecido" (Lc 18,14-15). En esta línea, el profeta Ezequiel (Ez 21,31), lanza su oráculo: "Así dice el Señor Yahwéh: La tiara se quitará, se depondrá la corona, todo será transformado; lo humilde será elevado, lo elevado será humillado".
El fariseo es un buen ciudadano que cumple con sus obligaciones y con las normas establecidas; pero no obtiene la aprobación de Dios porque coloca su "yo" en primer lugar, y se deja llevar por un inmaduro narcisismo. Jesús nos invita a identificarnos con el publicano porque, siendo pecador, está abierto a la gracia y se mantiene en la humildad. En palabras de Benedicto XVI es un "mendigo de la misericordia de Dios" el cual restablece y justifica a quien se humilla.
El texto de san Lucas (Lc 18,9-14), sobre todo para una Iglesia sinodal, es una invitación a superar todo complejo de superioridad hacia los demás, complejo que, con frecuencia, oculta sentimientos subyacentes de inferioridad. La arrogancia o las actitudes despectivas, como los gestos autoritarios, no pocas veces reflejan una tendencia a compensar la baja autoestima. De hecho, la perspectiva escatológica cristiana centrada en el Reino de Dios y en la vida eterna relativizan los motivos de orgullo, supremacía o complejos de superioridad que los cristianos, por diversos motivos, alimentan durante el desarrollo de la historia. Por eso, es necesario crecer y madurar en la fe, una fe humilde y sencilla, capaz de reconocer los propios límites. Se nos propone orar y relacionarnos con los demás como el publicano: Con modestia, sin presunción alguna ni vanidad. La oración debe ser la fuerza para superar todo egoísmo y mezquindad y crecer en solidaridad con los demás, sobre todo con quienes se hallan en las márgenes de la sociedad y de la Iglesia.