Qué lejano quedaba el 2023 aquel 26 de abril de 1973, cuando se firmó el Tratado de Itaipú. Desde el primer momento fue un acuerdo leonino e injusto para los intereses de nuestro país. Pero, previsores, los brasileños se encargaron de blindarlo a cal y canto por medio siglo, asegurándose de que poco o nada pudiera revisarse de aquel entuerto hasta llegar al 2023.
Ahora que por fin se alcanzó el año tan esperado, es el 1973 el que quedó atrás, aplastado por el peso del pasado. Los cincuenta años se fueron, y con ellos llegó la tan ansiada oportunidad de renegociar esa injusticia histórica que nos condenó durante medio siglo.
Cincuenta años tuvimos para prepararnos y... ¡oh, sorpresa! Nadie lo hizo. Paraguay no lo hizo. Tanto así que el dichoso 2023 ya ha quedado atrás, deslizándose en el calendario, mientras el gobierno sigue dando vueltas como gallina degollada: sin rumbo, sin dirección, sin esperanzas.
Ya no hay tiempo, es el momento de cerrar ese capítulo, exigiendo y velando por nuestros intereses, llegar a un acuerdo que justifique los cincuenta años de espera. Algún ingenuo podría decir: "¡Qué más da! Si esperamos medio siglo, un par de años no nos hará daño", pues grande se equivocaría al pensar así, el "ya no hay tiempo" no es una metáfora o un simple recurso retórico: es una palpable realidad, a cada tictac del reloj queda menos por negociar y menos que rescatar.
El Paraguay va aumentando a ritmo constante su consumo energético: las casas necesitan más aires acondicionados, más lavarropas y televisores smart. Con pesar, nos limitamos a citar esos ejemplos, porque lastimosamente no podemos hablar de la industria, donde el uso energético sería una inversión y no un simple gasto de consumo, porque, una vez más, el Gobierno nunca apostó a ello y dilapidamos nuestra riqueza energética viendo Netflix y no fabricando algún producto que le dé valor agregado a dicha energía.
Y es este el problema, el aumento de consumo energético del país hará que para el año 2029 el Paraguay consuma la totalidad de la energía que le corresponde de Itaipú, es decir, ya no quedará remanente que vender al Brasil; se podría fijar el precio de la energía como oro y ya de nada serviría, pues ya no habría nada que vender.
Para empeorar este escenario, estando en vísperas de cortarse esa plata dulce de divisas que de por sí nunca fue la justa y necesaria, la pregunta obligada también tendría que ser: ¿Y ahora qué? ¿Ya se está haciendo algo para explotar nuevas fuentes de generación de energía que respondan a este aumento de consumo, cuando ya no quede nada que sacar de nuestro 50% de Itaipú? Una vez más, al parecer la respuesta es negativa y nos sume en un oscuro porvenir ante la falta de previsión de nuestros líderes, que como cigarras dilapidaron las escasas ganancias en gastos de consumo y no se ahorró, como hacen las hormigas, previendo inversiones a futuro que reemplacen esos ingresos.
Por eso, después de esperar cincuenta años para que llegara el 2023, solo para perder otros dos entre vueltas y venidas que desnudan una prevaricadora falta de preparación, el tictac debía detenerse. Y justo cuando eso debió haber ocurrido, estalla un hecho que no por predecible deja de ser paradójico: se descubre un caso de espionaje contra el Gobierno paraguayo, perpetrado por Brasil mediante el hackeo de datos gubernamentales y de representantes nacionales. No es raro, y menos aún viniendo de una potencia regional con intereses históricos y voraces en nuestro país. Es un acto desleal, una felonía, sí. Pero ¿inesperado? No.
Tampoco lo es la asombrosa torpeza del Gobierno paraguayo al haber basado parte de su sistema de inteligencia en una tecnología... ¡brasileña! Me refiero al sistema Bravo, utilizado por el Ministerio del Interior. ¿En qué cabeza cabe equipar al país con herramientas provistas por una nación limítrofe que históricamente ha sido peligrosa para nuestros intereses? Pues en la poco iluminada cabeza de nuestros gobernantes.
Es raro y triste ver cómo nuestro Gobierno no pudo evitar que los brasileros accedan a datos importantes, pero sí evita que se investigue a la binacional o que sus consejeros rindan cuentas, lo cual, obviamente permite manejos turbios dentro de ella; se ha naturalizado el que la condición de ente supranacional la blinde ante cualquier intento de transparencia que haga más eficiente el manejo de sus recursos. Para ello, basta citar el reciente ejemplo de los pupitres de oro, negocio que de claro tiene poco y de nebuloso mucho. Ahora que la mala fe del vecino en torno a sus intereses en lo que incumbe a la hidroeléctrica está más clara, se debe despertar y entender que el control efectivo de nuestra parte de Itaipú no solo tiene importancia administrativa, sino que compete a aspectos que tienen que ver con la propia seguridad y defensa nacional.
Y decíamos que el hecho del espionaje es paradójico porque, lejos de recibir una sanción o cortapisa que entorpezca sus objetivos, Brasil recibió un inesperado premio: el tictac sigue corriendo. Ese mismo tiempo que ellos necesitaban y que a nosotros nos lastima.
Un beneficio por partida doble: por un lado, probablemente se llevaron nuestros datos; por el otro, logran dilatar —a su antojo— una negociación que ya les convenía retrasar. Un error no forzado, y encima gratuito, por parte de nuestro Gobierno, que decidió paralizar unas negociaciones que ya venían lentas, como si nos sobrara el tiempo o la dignidad.
Seamos realistas: el Brasil es un Goliat poderoso, por su propio peso, tiene y siempre tuvo las cosas a su favor frente al Paraguay; y si a esto le sumamos la histórica ineficiencia de los gobiernos y la diplomacia paraguaya, por no hablar abiertamente de lo corrompible de nuestros hombres e instituciones, pues estamos ante un panorama bastante oscuro. Pero no se confunda el lector, esto no es una apelación al derrotismo, al contrario: es un recordatorio de nuestra posición y justamente de por qué es menester poner la mejor y mayor de las voluntades, hombres, y estrategias de nuestra parte para luchar por lo que nos corresponde en justicia. No es tarea fácil, pero sí una obligación. Ya no hay tiempo, los brasileros lo saben y el Gobierno no tiene por qué allanarles ese camino y dejar que siga sonando el tictac.