La LXVIII Cumbre del Mercosur volvió a exhibir una contradicción como en varias oportunidades desde la creación del bloque. Mientras los discursos reivindican la integración como un instrumento de desarrollo compartido, la práctica continúa consolidando ventajas para las economías de mayor escala. El reclamo formulado por Santiago Peña, presidente del Paraguay, sobre las asimetrías comerciales no constituye una novedad; sin embargo, lo llamativo esta vez fue el tono empleado para expresar un malestar que nuestro país viene acumulando desde hace años y que hoy adquiere mayor peso en un contexto internacional marcado por la competencia entre bloques y la apertura de nuevos mercados.
El caso de las cuotas de exportación hacia la Unión Europea resume buena parte del problema. Resulta difícil justificar que Paraguay, uno de los principales productores de carne bovina de la región y con una industria que ha realizado importantes inversiones para acceder a mercados exigentes, quede relegado a un porcentaje marginal del cupo negociado por el Mercosur. Tampoco encuentra sustento el criterio de asignación utilizado para otros productos, donde la regla del "primero en llegar" terminó concentrando los beneficios en Argentina, Brasil y Uruguay. Cuando un mecanismo regional favorece sistemáticamente a los mismos actores, deja de ser una solución técnica para convertirse en una distorsión política.
Desde hace tiempo, Paraguay sostiene una paradoja dentro del Mercosur. Es uno de los socios que más necesita una integración eficiente para ampliar mercados, atraer inversiones y fortalecer su plataforma exportadora, pero también es uno de los que menos beneficios obtiene cuando se distribuyen las oportunidades comerciales. Esa situación no solo afecta la competitividad nacional; también erosiona la credibilidad del propio bloque, cuya legitimidad depende de ofrecer resultados equilibrados entre todos sus miembros y no únicamente entre quienes poseen mayor capacidad de negociación.
En los últimos años, la política exterior paraguaya procuró ampliar su margen de acción mediante una agenda más activa con Europa, Estados Unidos, Asia y Medio Oriente. Esa diversificación respondió, en buena medida, a las limitaciones que el Mercosur viene mostrando para avanzar con mayor velocidad en acuerdos comerciales y en mecanismos internos más modernos. El bloque continúa atrapado entre procedimientos burocráticos, consensos difíciles y decisiones que avanzan con una lentitud incompatible con la dinámica del comercio internacional.
La demora en la habilitación del Puente de la Integración constituye un ejemplo de esas dificultades. Una infraestructura estratégica para el comercio bilateral permanece sin operar plenamente por obstáculos administrativos y falta de coordinación política. La integración regional pierde sentido cuando la burocracia demora aquello que la ingeniería ya resolvió. El problema no radica únicamente en las grandes negociaciones internacionales; también aparece en la incapacidad para transformar obras concretas en ventajas económicas tangibles.
La ausencia del presidente argentino Javier Milei en la reunión de mandatarios tampoco contribuyó a fortalecer la imagen del bloque. Más allá de las diferencias ideológicas entre gobiernos, la presencia de los jefes de Estado en las instancias de mayor relevancia política constituye una señal de compromiso con el proceso de integración. En un escenario internacional donde otras regiones aceleran sus procesos de cooperación económica, el Mercosur proyecta con demasiada frecuencia una imagen de fragmentación y escasa capacidad para construir posiciones comunes.
El planteamiento realizado por Paraguay solo tendrá verdadero impacto si logra abrir una discusión de fondo sobre el funcionamiento del Mercosur. Las asimetrías no desaparecerán por voluntad política, pero sí pueden corregirse mediante reglas más transparentes para la distribución de beneficios, mecanismos permanentes de compensación para las economías menores y una estructura institucional menos burocrática. La integración regional seguirá siendo una herramienta estratégica para Paraguay, siempre que el bloque decida dejar de administrar las desigualdades y comience, finalmente, a reducirlas.