Paraguay ha recorrido un camino notable en materia económica en los últimos años. La economía nacional se ha multiplicado casi 40 veces en tamaño en las últimas tres décadas, reflejo de una transformación productiva sostenida que ha permitido desarrollarse de una economía pequeña a un actor emergente económico de credibilidad internacional.
Este momento debe consolidarse; las medidas y reformas deben continuar con una planificación a mediano y largo plazo, instituciones que deben fortalecerse y otras deberán desaparecer o ser absorbidas como programas de un objetivo general superior, las bases para que el país alcance un nuevo paradigma como la obtención del segundo grado de inversión por parte de agencias calificadoras de riesgo. Recordemos que asesores de inversiones internacionales, como la Standard & Poor's, elevaron la calificación soberana de Paraguay a BBB- con perspectiva estable, consolidándose como una economía con reglas claras, estabilidad macroeconómica y políticas públicas consistentes.
La importancia de este logro no puede subestimarse. El grado de inversión afianza la confianza internacional y abre la puerta a mayores flujos de capital, financiamiento más accesible y plazos más largos, favoreciendo la ejecución de proyectos de infraestructura, la generación de empleo y el desarrollo de capacidades productivas que son clave para un crecimiento inclusivo y sostenible.
Detrás de esta consolidación están las decisiones de política fiscal y monetaria que han demostrado coherencia: la disciplina en las cuentas públicas, la reducción de déficits y la estabilidad de la inflación cercana a metas previstas por el Banco Central del Paraguay —de un dígito hace muchos años— han sido elementos valorados por las agencias consultoras internacionales.
Además, el cumplimiento de metas de déficit, así como la ratificación de la calificación de grado de inversión por parte de Moody's, muestran un compromiso con una senda fiscal prudente y sostenible, pero que debe seguir ajustándose y mejorando aún.
Sin embargo, mientras estos logros macroeconómicos proyectan un camino ancho por donde transitar, la realidad de la gobernabilidad y la calidad de gestión institucional presenta desafíos que no pueden soslayarse, sin generar preocupación por el futuro. Sectores críticos del Gobierno, incluidos los ministerios técnicos, han presentado resultados por debajo de las expectativas en términos de implementación eficaz de políticas —y ejecución en gestión de programas y proyectos— que impacten de manera directa y positiva en la vida cotidiana de los conciudadanos.
La percepción de desconexión entre cifras macroeconómicas robustas, la mala calidad en la gestión de los servicios públicos y las necesidades reales de la población han generado una creciente sensación de insatisfacción e incertidumbre.
Más allá de tener que lidiar con la burocracia, las coyunturas de diversos escenarios políticos, el liderazgo nacional enfrenta tensiones significativas, percibiéndose debilidad y vacíos, en un contexto donde la cohesión entre actores y sectores políticos —incluso del mismo signo partidario— y sociales resulta notoria.
La necesidad de fortalecer el liderazgo y la autoridad debe acompañar los demás logros obtenidos, para no caer —en la situación definida por Aristóteles en su obra Política— de pobre del reino rico con un gobernante débil.
Un país que logra atraer inversión extranjera, ofreciendo la explotación de sus recursos naturales, energía y la calidad humana de su pueblo, no solo debe preservar los equilibrios macroeconómicos, sino también impulsar la mejoría de gestión de sus instituciones, la rendición de cuentas, logrando construir armonía, una visión conjunta de país y modelo de desarrollo sustentable en todos los sectores sociales, económicos y políticos. Solo así la prosperidad económica tendrá bases profundas y duraderas y, por sobre todo, aceptación de la población en cuanto a las medidas que se dispongan.
Paraguay ha demostrado que puede incorporarse a las ligas mayores de la economía global, pero la sostenibilidad de ese éxito dependerá tanto de cifras económicas como de la eficiencia de su gobernanza y fortaleza de su liderazgo; un desafío que exige un gran compromiso, además de innovación constante, honestidad y, sobre todo, una visión compartida de un futuro próspero que incluya a todos los paraguayos.