En estos días, los hackers nos dejaron desarmados ante el mundo, ya que, como ladrones en casa deshabitada, ingresaron a cuentas de bancos o cuentas del Gobierno, haciéndose con información sensible pública y de la ciudadanía: desde la Caja de Jubilaciones de la Municipalidad de Asunción, hasta los propios datos de la Presidencia de la República, pasando por lugares más estratégicos aún, como el Ministerio de Justicia o la Secretaría Anticorrupción, entre otros entes. ¡Se llevaron hasta la ropa colgada en el patio!
Tal vez se peque de obviedad, pero es justo mencionarlo: la gente tiene todo el derecho del mundo a estar preocupada, temiendo que sus datos privados y su propia seguridad estén en juego en manos de ciberdelincuentes. La respuesta del Gobierno ante esa sensación, o más bien certeza, de inseguridad, no fue la de calmar las aguas, precisamente: el propio presidente, en una gran
muestra de impotencia y falta de respuestas, declaró a los medios de prensa: "Los ciberataques son un problema mundial". Que si bien algo de razón tendrá al respecto, su respuesta no deja de ser más que un clásico: "A mal de todos, provecho de tontos". Pero lo que no es tan común en estos asaltos es que los propios hackers se rían y en vez de hacer alarde de sus grandes dotes y
habilidades para infiltrarse, tengan que admitir que "entramos a los sistemas del Gobierno como si fuese wifi sin contraseña".
Y es que, como en otros muchos casos, tenemos que asumir la situación real, lo que somos, la que no se pudo, la que debimos, la que no construimos a lo largo de una historia de gobiernos ineficientes -que hoy pesan sobre nuestras espaldas-, sin infraestructura, sin visión y con nula planificación. Somos un país que ha quedado al margen del futuro, en la periferia de un mundo que hace rato avanza hacia el mañana, mientras que estamos con la visión -y las críticas- puestas en el ayer.
La Primera Revolución Industrial comenzó en 1760, ahora estamos en las puertas de la Cuarta Revolución Industrial, es decir, pasaron 265 años de la primera... y no ingresamos, nunca nos industrializamos, tal vez en esta ocasión tengamos más suerte y en los siguientes 265 años, en el 2229, llegamos a la cuarta, ¡pero cuando el mundo ya esté en la sexta revolución industrial!
Todo esto no es para menos, pues el mundo nos impone su ritmo, sin que le importe el que podamos mantenernos a la par o no de él. La Cuarta Revolución Industrial, la de la industria 4.0 -la digital- está transformando todos los aspectos de nuestras vidas y no se detendrá por más que pretendamos refugiarnos en nuestra vida y tradiciones decimonónicas.
La nueva forma de vida, la tecnológica, no espera, nos impone una dinámica y nos obliga a buscar nuevas formas de relacionamiento, de producción y por ende nuevas regulaciones y debida protección frente a esos cambios. Y es aquí donde la visión y acción política debe aggiornarse, siendo previsoras, recuperando la punta de la carrera y no yendo como furgón de cola.
Así como los sistemas de seguridad informática deben de estar a la altura de la implementación de armamentos contra los hackers, protegiendo no solo a las personas como individualidades de que se les robe una cuenta, sino a todo el sistema económico, tributario, judicial, evitando la posibilidad de vivir un descalabro y sobre todo la indefensión del mismo Estado.
La legislatura y la política deben anticiparse a los nuevos retos y amenazas. Deben hacer previsión de los años y los hechos, por venir y antes de que sucedan, en un mundo globalizado, deberíamos estar un paso delante de los cambios para que cuando estos lleguen, no golpeen, sino que al contrario, la estructura esté preparada para beneficiarse de dichos cambios y capitalizarlos en forma de mejores dinámicas productivas que sirvan a la sociedad para aumentar y dinamizar la riqueza, no obstaculizarla por falta de preparación y no permitir que los cambios tecnológicos sean una ventajosa situación para los entendidos. Las mayorías deberían estar preparados para aprovechar los cambios.
Ya ni mencionemos el poder latente de las nuevas IA que prometen arrasar con buen porcentaje de los empleos y profesiones actuales. ¿Cómo proteger a la gente?
Pero sigamos dando un somero paseo por los distintos escenarios y no olvidemos uno de los más sensibles para el correcto sostenimiento del espíritu mismo del Estado republicano y al propio sistema democrático: las elecciones. Aquí tenemos una situación paradójica, pues es en este espectro en que el Paraguay juega "adelantado", abrazando sin empacho la tecnología del voto electrónico, algo que como mínimo sigue siendo observado con mucha cautela por países mucho más avanzados que el nuestro, cuando no, con un rechazo de plano, como es el caso alemán donde es objetada argumentando que: "En una república, las elecciones son un asunto de todo el pueblo y una preocupación común de todos los ciudadanos. Por consiguiente, la supervisión del proceso electoral también debe ser una tarea de los ciudadanos. Cada ciudadano debe poder comprender y verificar los pasos centrales de las elecciones".
Y no es por pecar de pesimistas, pero, si los alemanes desconfían, por lo menos habría que atender a sus razones y no pecar de iluso o ingenuo pretendiendo que, dadas nuestras vulnerabilidades, ya fehacientemente demostradas por la experiencia esta semana, lo haremos mejor. No es difícil imaginar los males que puede acarrear la falta de seguridad, transparencia y confiabilidad en una república de por sí frágil.
Otro ejemplo -entre tantos casos - de conflicto en el que la gestión pública llega tarde es en la guerra entre el sistema financiero clásico contra las telefónicas, que intentaron (y en buena medida lo lograron) hacerse con el rol de la banca, convirtiéndose en intermediarias financieras. En esa ocasión, el BCP quedó a traspié permitiéndolo primero, luego intentando establecer que los
fondos pasen por una entidad financiera y luego, vuelta atrás, permitirlo, al final, hoy uno puede hacer una transacción en cualquier bodegón mientras compra la cerveza para el asado del sábado.
El descontrol de esto ofrece demasiados riesgos que se deben de afrontar, el sistema Sipap (Sistema de Pagos de Paraguay) no es invulnerable, ya lo vimos al comienzo, nada es invulnerable en el Paraguay, y esto nos enfrenta a peligros como la suplantación de identidad, el acceso a cuentas bancarias, el phishing, el robo de datos, manipulación de transferencias. No hace falta pensar mucho en lo que todo esto trae aparejado si uno es víctima de estos ataques. ¿Qué hará la Justicia paraguaya si un pakistaní en Islamabad saqueó tu cuenta haciéndose pasar por un primo en problemas? ¿O si un nigeriano te estafa prometiéndote la herencia de un sultán? Y ya ni preguntamos si las sanciones o penas podrían ser eficaces, sino directamente si podrían alcanzar a los delincuentes que ya no solo están pasos delante de la justicia, sino que también a diez mil kilómetros de esta.
Por otro lado, la legislación también tiene que reconocer las nuevas formas de interrelación y facilitar cuando ayudan las mismas a dinamizar las transacciones, por ejemplo: los contratos informáticos ya son una realidad y la legislación paraguaya los reconoce, pero esta debe ir a la saga de estos para facilitar su objetivo, sin permitir a los malintencionados encontrar nuevos espacios para ejercer posición dominante, o sin siquiera ir tan lejos, esta nueva forma de contraataque puede incluir cláusulas abusivas que produzcan, a través de sus términos, relaciones injustas o desequilibradas que solo beneficien a los versados tecnológicos en un país con altos índices de analfabetismo, sobre todo en el campo tecnológico.
La acción pública -y, en especial, el derecho- deben anticiparse a la conducta social, al comercio, a la política y a los cambios que están llegando, por no decir que ya están aquí, entre nosotros.