En enero de 1811, en Paraguarí y Cerro Porteño, los paraguayos lucharon contra los invasores porteños bajo las sombras de las cruces. Durante la Guerra de la Triple Alianza, podían faltar fusiles, pero nunca el escapulario de la Virgen que colgaba del cuello de los kamiséta pytã'i. En los atardeceres de 1932, las madres de velo gastado salían a los pórticos de sus casas, cruz en mano, haciendo la señal de la cruz hacia el Chaco, con la fe intacta de que sus bendiciones alcanzarían a sus hijos. Hoy, cada 8 de diciembre, los humildes paraguayos siguen peregrinando en multitud hacia Caacupé, rogando a su Madre por trabajo, salud y bienestar.
A pesar del paso de los siglos, de la modernidad del siglo XXI y del establecimiento de gobiernos laicos, un hecho fundamental persiste: la profunda unión espiritual del paraguayo con su religión fundacional. Así, este país sigue siendo uno de los más católicos del mundo. Más o menos practicantes, más o menos piadosos o pecadores, casi el 90 % de los paraguayos sigue aferrado a su fe, resistiendo a los vientos de secularización que en otros lugares arrasan los sentimientos religiosos.
No es casual: el cristianismo —más precisamente la religión católica, apostólica y romana— se encuentra en la esencia de la paraguayidad. Pero el cristianismo no surgió aquí: su origen, hace unos dos mil años y a más de once mil kilómetros de esta tierra, es bien conocido. Aunque no hablamos de un origen geográfico, sino de una fina integración: el catolicismo es uno de los elementos constitutivos de la identidad paraguaya. Llegó al Río de la Plata en forma de cruz en las manos de los primeros conquistadores y, junto con el mestizaje, el guaraní, el uso de la yerba mate y el espíritu cabildero heredado de la península ibérica, cimentó las bases de esta nación. Sin el cristianismo católico, el Paraguay no sería el que conocemos: la religión no es solo una creencia íntima, sino un marco simbólico que refuerza las normas, da sentido a la existencia colectiva y sostiene la memoria común.
Desde el papa Paulo III, que ocupaba el sitial de San Pedro en 1537, hasta hoy, han pasado cuarenta y seis pontífices por la historia de la Iglesia. Ninguno fue tan cercano y significativo para Paraguay como el papa Francisco. ¿Qué interés podía tener un papa italiano del siglo XVII en un remoto territorio de Sudamérica? Probablemente ninguno. La elección de Jorge Bergoglio no fue un hecho menor: fue el primer papa no europeo, el primer latinoamericano, un hijo de nuestra primera patria grande, el Río de la Plata. Pero, sobre todo, fue un gran amigo del Paraguay. Entre los mil cuatrocientos millones de católicos del mundo, los apenas siete millones de almas paraguayas ocuparon un lugar especial en sus pensamientos y oraciones.
Esta afirmación no es una exageración sentimental en momentos de duelo, sino una constatación de hechos. La amistad se manifiesta en actos, y Francisco no escatimó gestos de cariño hacia nuestro país: elogió a la mujer paraguaya como la más gloriosa de América, reconociendo así el coraje de nuestras mujeres durante la Guerra Guazú; alentó a los jóvenes a rebelarse contra las injusticias con su inolvidable "hagan lío"; beatificó a Chiquitunga, concediéndonos un nuevo escalón en el santoral; y, por primera vez en la historia, nombró no a uno, sino a dos cardenales paraguayos.
Por todo esto, afirmamos, con orgullo y dolor, que Francisco no fue un papa cualquiera: fue un verdadero amigo del Paraguay. Y a los amigos se los acompaña.
Francisco logró que, desde el Vaticano, se pensara en nosotros. Por eso, la nobleza obliga a honrarlo en estos momentos de despedida. Sin embargo, Santiago Peña, el presidente de los paraguayos, ha decidido darle la espalda. El mismo mandatario que viajó con ligereza a Buenos Aires para un partido de fútbol en 2023, el mismo que se lanzó a Estados Unidos a buscar una foto con Donald Trump —quien ni lo invitó ni mostró interés en recibirlo—, ahora, en un insólito caso de vértigo selectivo, rehúsa viajar a Roma para despedir al amigo del Paraguay en nombre de toda la nación.
Peña sí tiene otro vuelo listo: a Estados Unidos, para recibir una distinción de la comunidad judía por su defensa de Israel. Es noble reconocer a los amigos, como hacen los hebreos. Irónicamente, esa nobleza parece desconocida para nuestro mandatario.
Así, Santiago Peña no solo nos representa mal con su ausencia en Roma: lo hace aún peor al alejarse del sentimiento mayoritario del pueblo paraguayo. Y no se puede gobernar bien a un pueblo cuando se está desconectado de sus pasiones y esperanzas.
Hoy, paradójicamente, se extrañará más a un papa que estuvo siempre lejos, que a un presidente que, aunque físicamente atornillado al Palacio de los López, está cada vez más alejado del corazón de su gente. Mientras el presidente da la espalda al amigo y al país, el pueblo paraguayo —con dolor y vergüenza ajena— pide disculpas ante Francisco, y lo acompaña en su despedida como se acompañan a los verdaderos amigos.
Porque, al final, la voz del pueblo es la voz de Dios.