En nuestro país, no es frecuente la obtención de logros deportivos internacionales, y esta afirmación incluye al deporte nacional de mayor popularidad, como lo es el futbol. De la última clasificación de nuestro seleccionado a un mundial —el de Sudáfrica— pasaron quince años.
Por eso lo acontecido en la noche del jueves 4 de septiembre se convirtió en un acontecimiento de trascendencia nacional —digno de festejo—: el Paraguay está clasificado para el próximo mundial 2026 en los Estados Unidos de América, Canadá y México. No hablamos de un simple logro o triunfo deportivo: es una emoción que se comparte y expande a través de cuatrocientos mil kilómetros y más de siete millones de corazones; una inyección de adrenalina a la autoestima nacional, un logro que no se compra o se fabrica artificialmente, es uno legítimo, obtenido con esfuerzo y capacidad de superación. Hoy, el pueblo, con justo derecho, sonríe, canta estribillos y canciones patrias; se identifica con la camiseta albirroja, que a la vez nos hermana en un sueño común.
No existe un hecho social, cultural o político que logre —en apenas noventa minutos— esa magia de convertirnos en un solo latido colectivo. La clasificación no es solo un jugador corriendo, dejando todo en la cancha; es el niño que sueña con ser como sus ídolos, es la familia que se reúne, el trabajador de frente sudorosa que por un instante olvida su rutina y se siente parte de algo mucho más grande. Negar esto es negar la esencia de lo que nos hace ser un pueblo y una nación y válida nuestra identidad como paraguayos.

Ahora bien, independientemente de que se justifique el derecho popular a festejar este logro obtenido, no podemos obviar —menos olvidar— el derecho del pueblo a nuestras responsabilidades y ello nos obliga a preguntarnos: ¿Cuáles son los sanos límites? ¿Hasta qué punto es correcto llevar la algarabía? ¿Es prudente detener a todo un país en un día laboral, faltando pocos meses para el final del año escolar, para festejar la clasificación de la selección nacional de fútbol? Así como el jugador de fútbol es un profesional del deporte, que entrega su máximo esfuerzo durante noventa minutos, es un compatriota que entrena con disciplina durante toda su juventud para lograr un proceso físico, técnico y emocional que va mucho más allá de cada partido. Con mucha más razón, un país también necesita de esa entrega, perseverancia y de construir un proceso para obtener resultados. Necesitamos trabajar, estudiar para poder progresar y ascender al siguiente escalón, dejando atrás al subdesarrollo; para ello el país necesita de formalidad y un proceso económico previsible. De allí que la alegría colectiva no debería ser contraria a la responsabilidad y al mismo deber —para con nosotros mismos— y el mismo destino de nuestro país.
Y es que no hablamos de un tema menor; el país, en un día productivo —en el que se trabaja— genera riquezas, con valores cuantificables: darían más de 100 millones de dólares por día. Detener ese movimiento productivo un día es dejar de generar esos millones.
Decimos que la alegría no tiene que ser enemiga de la responsabilidad; lastimosamente, pero sin ser algo que sorprenda, esa responsabilidad una vez más estuvo ausente de parte del mismo gobierno, que de forma precipitada —y a golpes y porrazos— decretó un feriado nacional sujeto al resultado de un partido de fútbol, con todo lo que eso implica.
No solo las idas y vueltas en torno a la posibilidad o no de aplicar el feriado causaron confusión y probablemente daño en algunos sectores, sino que la aplicación de esta facultad se hizo de forma informal; podemos señalar que la ley que faculta al Presidente de la República a decretar feriados —la Ley 7.544/25 promulgada el pasado miércoles 3— recién entraba en vigencia el día viernes 5 a las 00:01 h, cuando ya el feriado estaba establecido. Básicamente, el feriado llegó antes que la vigencia de la propia ley que lo creaba. La propia Unión de Industriales (UIP) declaró que "la verdadera celebración se da trabajando y produciendo y generando más desarrollo para todos". Y si al lector no le apenan las grandes industrias, que piense en las 370.000 pequeñas y medianas empresas que resultaron afectadas. Aquí no hablamos de grandes corporaciones, sino de comercios que subsisten el día a día con márgenes muy estrechos de ganancias que no les permiten sobrellevar holgadamente los gastos extraordinarios producidos por un feriado. Pues no tienen opciones; si no abren sus negocios, igual tienen que pagar el salario correspondiente por el día no trabajado, los alquileres, y si deciden abrir, por ley, en feriados, están obligados a pagar doble jornal. El gobierno los enfrentó al dilema del paraguas roto: si lo abres, te empapas y si no lo abres... pues también, mucha suerte con eso. Los representantes de estas vieron la medida, no solo como algo desprolijo, sino también, y no sin razón, como algo netamente oportunista.
Pero no solo los industriales y comerciantes se vieron afectados; otros sectores también pasaron por incertidumbre y confusión. Hubo desconcierto en el ámbito de la salud, pues ante la noticia de la posibilidad del feriado, el miércoles se habló de "reagendar" cirugías programadas que, ante los reclamos, el mismo jueves el Ministerio de Salud salió al paso a aclarar que se garantizaba la atención integral de salud pública.
Para concluir, recalcamos que los logros deportivos son importantes, son chispazos de felicidad que iluminan y cargan de energía a todo el pueblo. No hay que menospreciarlos, ni pedir disculpas por festejarlos. Pero sí merece una dura y reflexiva crítica el actuar del gobierno, la improvisación a la hora de tomar decisiones que afectan a la economía y el desarrollo de siete millones de paraguayos. Porque si algo deberíamos aprender de la selección en este día, es que los grandes triunfos no se alcanzan a las apuradas ni con jugadas improvisadas, sino con planificación, esfuerzo y juego en equipo. Abogamos y deseamos que el mismo orden y disciplina que llevó a nuestros jugadores a clasificar al mundial, inspire también a la clase política a actuar con más seriedad a la hora de pelear el partido más importante que tenemos: el futuro del país.