No existe mejor vida que aquella que florece bajo la sombra de la paz, donde los hijos entierran a sus padres agradecidos por la entrega recibida y la abundancia heredada. Somos un pueblo y una generación afortunada; vivimos arrullados, adormecidos, gracias a una larga época de paz en la región con menos conflictos militares internacionales del mundo. Esto debería llenarnos de optimismo, pues América del Sur, luego de sus guerras independentistas, solo tuvo tres conflictos de gran magnitud: La Guerra de la Triple Alianza, la Guerra del Pacífico y la Guerra del Chaco.
Y al observar ese dato, el optimismo tiembla un poco, pues nuestro país, sin ser uno imperialista, sin ser uno grande —menos hostil y siempre defensivo—, fue el protagonista de dos de ellos. Y esto nos debe despabilar a la realidad: la historia es la historia de las guerras. Podemos estar molestos ante esa característica indeleble de los seres humanos y sus sociedades, pero sería como molestarse porque el agua moja, o porque existe la muerte; uno no puede ignorarlo, se ajusta a ello: comprando un paraguas o contratando un seguro de vida, pues hablamos de cuestiones inexorables. Lastimosamente, las guerras, a la larga, son igual de inevitables. Por eso la inmensa mayoría de países aún tienen ejércitos, y los que han renunciado a ello dependen de alianzas con terceros estados que limitan su soberanía enormemente; incluso Suiza, luego de cinco siglos de neutralidad, no se fía. Es un país que no desea la paz, pues la ha alcanzado hace siglos; aun así, se sigue preparando para la guerra. A quien quiera negar esta circunstancia, que vaya y se lo pregunte a los ucranianos, rusos, israelíes, iraníes, sirios, tailandeses, camboyanos, chilenos, colombianos y al mismo Haití, pues ahí ni terminamos.
Paraguay ha sido bendecido por el destino —después de la guerra del Chaco 1932-1935 y la guerra civil de 1947; en casi un siglo no hemos tenido nuevas grandes convulsiones—, mas esto es engañoso, pues no dejamos de estar en peligro. ¡Qué fácil olvidamos la crisis de Puerto Renato!, cuando en 1965 nuestros padres o abuelos estuvieron al borde del precipicio de otra guerra, nada menos que con Brasil, quien pretendía desconocer nuestra soberanía y derechos sobre los saltos del Guairá. En análisis de coyuntura de defensa mas actualizados , las amenazas persisten, en algunos casos ni siquiera hace falta mirar hacia afuera de las fronteras,ya que al interior de las mismas, crecen, se desplazan y construyen poder en algunos casos -sin percibirlo- como el surgimiento de movimientos subversivos como el autodeonimado EPP (Ejército del Pueblo Paraguayo) entre otros; y las organizaciones criminales nacionales y transnacionales, con sus verdaderos ejércitos instalados, en ciudades y regiones del país, construyendo poder politico, judicial y hasta validación social en algunos casos; deberían ser situaciones que por si sola, deben bastar para estar conscientes de la necesidad de unas fuerzas armadas, institución policial y por sobre todo, políticas que salvaguarden al estado y al pueblo de la violencia armada, que siempre acecha y espera a la fragmentación y debilidad de las instituciones para deslizarse en los vacíos y ocupar el lugar del mismo estado.
Todo lo anterior nos debe dejar en claro que la vieja máxima de "Si vis pacem, para bellum" sigue vigente luego de 1600 años. Y una vez entendido que la paz no debe darse por sentada y eterna, tendríamos que preguntarnos: ¿qué estamos haciendo al respecto? Y la respuesta no es nada agradable. De los aproximadamente 150.000 jóvenes en edad militar, ni el 5% cumple con el S.M.O. (Servicio Militar Obligatorio); de estos, en el CIMEFOR apenas llegan a los 3.000, de los cuales más de la mitad son mujeres voluntarias. El S.M.O. ya solo de nombre es obligatorio, otra ley que no es más que letra muerta y a la que el gobierno renuncia al poder —de enforcement— que detenta y está facultado para ejercerlo, por temor a las críticas de sectores políticos, sociales ideologizados contrarios a la cultura de la defensa nacional y el mismo estado de derecho, situación que ya debería estar superada y definida por la conducción actual nacional.
Una cosa son las causas por las que los jóvenes carecen de voluntad de cumplir, salir de la zona de confort, disciplinarse, levantarse temprano, comer lo que se les sirva a la mesa, dormir sin aire acondicionado, entre otras limitaciones que las hay y muchas; interrumpir la comodidad individualista que evita cualquier contratiempo a sus programas, al hecho de que la edad del llamado coincide con la entrada al mundo laboral o a estudios superiores, o la falta de incentivos, que es algo que debe volver al análisis y debate público, ¿para qué realizar un acto, invertir tiempo, que implica cierto grado de sacrificio, cuando no se tiene ninguna retribución o beneficio por hacerlo, ni consecuencias por evitarlo?
Seamos francos, una "obligación" que no está respaldada por acciones concretas que la hagan cumplir es una expresión de deseo y no una obligación. Difícilmente uno conozca a alguien que feliz cumpla su obligación de pagar el IVA en un supermercado, pero uno no puede escaparse de ello, porque existen mecanismos que no podemos evitar. Es aquí donde entra la capacidad coercitiva de las medidas del gobierno; no es una consulta, es una obligación a todo ciudadano varón entre 18 y 25 años que debe cumplir con su país. Antes, en Paraguay, cumplir el Servicio Militar Obligatorio (SMO) con la libreta de cumplimiento (la "baja militar") otorgaba beneficios intangibles como sentido de patriotismo, disciplina, camaradería y un mayor acceso a la vida civil (facilitando trámites y empleo), mientras que los beneficios materiales directos eran menos prominentes que en otros países, centrándose en la formación de habilidades y, en algunos contextos históricos o promociones específicas, alguna facilidad laboral o educativa para el personal licenciado, aunque la obligatoriedad y el enfoque principal estaban en el deber cívico.
La Constitución Nacional dispone en el artículo 129 la obligación de todo paraguayo de prepararse y participar en la defensa armada del país, considerándolo un deber y una carga pública.
Es el Gobierno Nacional el que debe cumplir y hacer cumplir las disposiciones constitucionales, teniendo las facultades, medios y legitimidad para hacerlo; no lo hace, permitiendo con esta omisión que una política de Estado establecida en el Paraguay —desde su independencia prácticamente— ingrese a un letargo del que nadie puede asegurar cómo despertará y que conlleva pérdida de identidad nacional, valores, cohesión social e inevitablemente nos introdujo al camino de la indefensión. La paz y la soberanía no se sostienen con generaciones de cómodos.
La defensa no es un programa público más, es una política de Estado —la primera, la número 1—; no es un gasto superfluo, es el pilar que sostiene la soberanía nacional, sostiene la propia existencia de una sociedad sobre su territorio y la precautela de posibles en algunos casos y reales amenazas en otros. Con las leyes no se negocia, se cumplen.
Tampoco se puede sostener en el plano ideal de la actualidad de nuestras sociedades liberales e individualistas una institución como el S.M.O. bajo la premisa de "No te premiamos por cumplir con tu deber o te castigamos si no lo haces"; se deben prever los mecanismos e incentivos necesarios que conviertan al S.M.O. no solo en una carga u obligación desprovista de valor para el individuo; es necesario reconocer con una legitimidad y validación cívica y social que eleve y posicione al cumplimiento del servicio militar o, en su defecto, el social —a los objetores de conciencia justificados debidamente—.
Para terminar, no hay que olvidar que la paz no es un estado natural ni un derecho adquirido para siempre, sino una construcción frágil que exige previsión, responsabilidad, cohesión social, capacidad de respuesta estatal y fortaleza institucional. Si el Estado renuncia a hacer cumplir sus propias leyes, si trivializa la defensa y convierte el deber cívico en una opción decorativa, no solo debilita a sus fuerzas armadas: erosiona un sostén de la república, su columna vertebral. Asumir que la guerra es una posibilidad permanente no implica desearla, sino prepararse para evitarla desde una posición de fortaleza. Recuperar la seriedad del S.M.O —con reglas claras, incentivos legítimos y consecuencias reales— no es un acto de militarismo, no es volver al pasado, sino un acto de realismo: la comprensión de que ninguna sociedad perdura si delega su supervivencia al azar o a la buena voluntad ajena.