Se puede decir que el hombre más poderoso del mundo es el presidente de los Estados Unidos. Pero cuando los periodistas Bob Woodward y Carl Bernstein destaparon en 1972 una red de espionaje y encubrimiento político que tenía como cabeza a Richard Nixon. Watergate fue la tumba de ese presidente. En América Latina también existen varios casos, ya sea de investigación periodística o de seguimiento y promoción de investigaciones judiciales, que hicieron temblar gobiernos, como el de los "cuadernos de las coimas" en la Argentina, el Lava Jato en Brasil, los Panamá Papers o los vladivideos en el Perú. La lista es larga, pero los ejemplos citados bastan para demostrar el grado de importancia del periodismo como fiscalizador del poder.
Fue Montesquieu quien en "El espíritu de las leyes" creó las bases del sistema republicano moderno al proponer la división de poderes como herramienta fundamental de protección frente al leviatán. La experiencia de trescientos años nos ha demostrado que ni con eso basta. Por eso Edmund Burke describió un nuevo poder, el cuarto: la prensa, como una institución moral y pública encargada de vigilar, criticar y equilibrar a los demás poderes.
Por su naturaleza, la prensa requiere de una plena libertad que le permita hacer circular la verdad sin tener que pedir permiso al poder. Es una garantía de que la razón pública no sea colonizada por la mentira, el miedo o, peor aún, el silencio. Y en el silencio, no existe democracia; para esta se necesita un espacio en el que los ciudadanos discutan sobre lo justo y lo injusto, sobre los modelos de sociedad que pretendemos alcanzar y sobre los que debemos evitar. De ahí que la defensa de la libertad de expresión no sea solo una cuestión jurídica o política, sino una defensa ontológica de la verdad frente a ese silencio que los autoritarios buscan imponer.
El pasado jueves, en la apertura de la 81.ª Asamblea General de la SIP (Sociedad Interamericana de Prensa), su presidente: José Roberto Duriz señaló que "nos encontramos en una coyuntura crítica de fuerte declive democrático" y no está del todo encaminado. En un espectro político tenemos dictaduras de izquierda que, si bien se hallan agotadas por sus fracasos, se niegan a morir y tienen un amplísimo bagaje de experiencia en acallar las voces disidentes; por otro lado, tenemos la derecha agazapada que comienza a dar zarpazos a la yugular de periodistas que luchan por seguir hablando, denunciando los peligros de estos extremos.
Según el informe de la Comisión de la Libertad de Prensa de la SIP, "a pesar de marcos constitucionales protectores en algunos países, la práctica diaria del periodismo se ha visto socavada por hostigamientos, violencia, acoso judicial y presión económica, además de censura y control digital, desde Canadá hasta Argentina".
Es que los tentáculos del poder son largos, fuertes y varios; se puede dar el lujo de atacar por varios frentes, algunos tradicionales, ya bien conocidos, como la violencia y censura directa, otros más sutiles, como alianzas con grupos económicos poderosos que pueden comprar medios y holdings para, en vez de informar, servir de voceros del poder y, de paso, ahogan bajo su ancha manga económica a otros medios que, si bien más honestos a la hora de informar, pecan de pequeños y son fácilmente avasallados.
No falta la estrategia de la "plata o mordaza", en la que, por medio de sobornos directos o solapada compra de conciencia, gracias a generosas publicidades estatales, consiguen cooptar la voluntad de los medios cuya otra opción sería ver cercenada su capacidad de seguir trabajando vía asfixia económica. Este reparto interesado y desigual también tiene como consecuencia una competencia desleal para los medios que no estén alienados. Lo anterior es un panorama algo pacífico frente a cuando los gobiernos son infiltrados por el crimen organizado; ahí la propia vida es moneda de cambio. La memoria de unos veinte periodistas asesinados en el país ratifica esto.
Como si esto no bastara, nuevas épocas traen nuevos peligros; el auge de las redes sociales es imparable, pero no exento de problemas. Las noticias falsas son un ejemplo; el espectro informativo queda anulado por la neblina de información producida por una catarata de falsedades que obnubila a una sociedad que o no sabe qué creer o que, cargada de sus sesgos, puede encerrarse en su burbuja eligiendo la mentira que más le agrade. En cualquiera de los casos, la confusión fruto de esto evita el racional discernimiento y libre debate de las realidades que nos aquejan.
Ahora el poder puede disponer de hordas digitales que amplifiquen sus discursos y endurezcan los ataques a la prensa díscola; no hacen más que propaganda, pero usando y abusando de sus posiciones como influencers, implantan sus tesis en las masas desprevenidas.
Y esto es peligroso porque a su vez ayuda a los mismos políticos a denunciar el estado de confusión que ellos mismos crean y, bajo la excusa de las fake news, generan una cortina de humo que puede convencer a la población de la necesidad de protegerla; de ahí a leyes más restrictivas a la información hay un solo paso.
No olvidemos que cuando Thomas Hobbes acusó al Estado de ser un Leviatán —un monstruo gigante—, tenía razón;; es dueño del poder y legítimo usuario de la fuerza; nuestras más sagradas libertades dependen de su voluntad y con su fuerza puede aplastarlas. Es una espada de Damocles que pende sobre el pueblo; lo necesitamos para organizarnos, por lo cual es el sirviente de cada ciudadano, pero siempre se vive bajo el peligro de que se convierta en un amo prevaricador que, bajo bellas promesas de protección, termine devorando aquello que debería preservar: la dignidad y autonomía de los ciudadanos.
Y una de las herramientas de las sociedades, para seguir siendo democráticas, es defender ese primer bastión de la libertad: La prensa. Cuando la defendemos y luchamos por ella, lo hacemos por todos nosotros, porque, como bien dijo el Presidente de República Dominicana, Luis Abinader, en la 81.ª asamblea de la SIP: "El gobierno que teme a la prensa, teme a la verdad".