El presidente argentino Javier Milei elogió recientemente a Paraguay —como ejemplo económico regional— citando medidas como el control de la inflación y por ofrecer un entorno favorable a las inversiones. Analizando el plano macroeconómico: estamos con baja inflación, debajo del 4%, y un crecimiento proyectado de 4,5% del PIB; mirando los indicadores, el país exhibe estabilidad y previsibilidad envidiables en comparación con sus vecinos.
A esta vitrina de estabilidad se suma la reciente inclusión de los bonos soberanos paraguayos en el índice de mercados emergentes de JP Morgan, una de las referencias más importantes para los inversionistas internacionales. Este hito confirma la confianza de los capitales globales en la disciplina fiscal del país y abre la puerta a un mayor flujo de inversiones extranjeras. Sin embargo, al mismo tiempo, nos recuerda que la buena reputación internacional descansa principalmente en la solidez de los números macroeconómicos, más que en la realidad cotidiana de la mayoría de los paraguayos.
Porque lo que desde el exterior se percibe como modelo económico exitoso, internamente no se traduce en crecimiento de las finanzas personales. La contradicción es evidente. Mientras la comunidad internacional nos refiere como modelo económico, en municipios distantes a la capital, pueblos, colonias y barrios —en especial del interior, aunque el cono urbano tampoco se escapa— la realidad cotidiana es otra: el dinero no alcanza, la informalidad laboral llega al 63% y las familias siguen expuestas a la precariedad.
La calidad de los servicios públicos es deficiente, lo que potencia la pobreza entre quienes no pueden costear alternativas privadas. El "Paraguay modelo" es, en gran medida, una vitrina de cifras atractivas, pero que oculta profundas desigualdades culturales, estructurales y una gestión pública deficiente —cuando no— vulnerada por corrupción.
El problema radica en que el modelo económico vigente descansa sobre pilares y criterios que favorecen a lo macroeconómico. No es reciente: es la vieja escuela de economía pública nacional —y lo aplicamos muy bien— desde el tiempo en que a nuestra moneda, el guaraní, la denominaban el dólar 'i.
En el sector agroexportador, las empresas multinacionales o las maquiladoras, la misma inversión extranjera sigue creciendo, afortunadamente; pero la ausencia de un efecto multiplicador que genere distribución y acceso a todos los estamentos económicos y sociales es lo que no se siente ni impacta positivamente. El comercio local, la agricultura campesina, las pequeñas y medianas empresas —que deberían ser el motor económico y el sector mejor cuidado, dado que generan el círculo virtuoso de inversión, comercialización, aumento en la demanda de empleos y el ahorro— se encuentran estancados.
La clase media debería estar en aumento permanente y para ello se requiere de medidas asertivas y gestión pública eficiente. El Presupuesto General de la Nación 2025 deja al desnudo esta debilidad: el gasto en capital humano —educación, salud, nutrición y seguridad social— sigue siendo insuficiente y, por momentos, casi simbólico.
Las inversiones en infraestructura llevan un retraso inadmisible: la ampliación de las rutas, medios de transporte eficientes y seguros, energía eléctrica o alternativa con alcance a todo el territorio, la salud, educación y seguridad pública son algunos ejemplos cuya ausencia se mantiene a pesar de los años y los logros económicos.
Paraguay no necesita únicamente atraer inversiones ni figurar en índices internacionales de prestigio: requiere políticas públicas inclusivas que reduzcan las desigualdades y generen nuevas oportunidades. El desafío está en equilibrar la estabilidad macroeconómica con un desarrollo económico tangible en cada familia y conciudadano.
Lo que falta no es diagnóstico —todos sabemos dónde aprieta el zapato—, sino voluntad política para cambiar lo que se tenga que cambiar. La estabilidad de cifras puede ser útil para conquistar titulares internacionales, pero dentro de casa el termómetro está alto, en especial en el sector rural campesino.
Si queremos que el "modelo paraguayo" deje de ser un espejismo y se convierta en realidad, es hora de pasar del modelo "técnico", que solo se ocupa de la macroeconomía, el aumento de la recaudación y la disciplina fiscal, a otro modelo de desarrollo económico: uno responsable social y ambientalmente, transparente en cuanto a la administración de recursos y participativo en sus decisiones y beneficios.
Crecer es importante, pero crecer con justicia, valores e identidad. Y cuidando criterios de oportunidad a todos los sectores es indispensable.