El Banco Central informa que en octubre de 2025 el Índice de Precios al Consumidor registró una variación mensual negativa, lo que implica un segundo mes consecutivo con deflación. Para todo el año, la inflación acumulada ronda el 3 por ciento y la interanual se mantiene cerca del 4 por ciento, una cifra que el Gobierno considera ordenada y dentro de los márgenes aceptables.
Incluso en meses previos se registraron incrementos moderados y períodos de estabilidad, lo que en el plano técnico da la impresión de una economía equilibrada y sin saltos abruptos en el nivel general de precios.
Pero la comida sigue subiendo: inflación real en la mesa
Esa lectura macroeconómica contrasta con lo que siente la gente en el supermercado y en el mercado barrial. El costo mensual de la canasta de alimentos para una familia de cuatro personas supera los dos millones de guaraníes, una cifra que representa una porción significativa del salario mínimo y que obliga a los hogares a hacer malabares para completar el mes.
Entre los precios que más presión ejercen se encuentran productos básicos como el arroz, que ronda los 6400 guaraníes por kilo, y el fideo tallarín, que supera los 9800 guaraníes por kilo. Comerciantes y consumidores coinciden en que, aunque la venta nominal se mantiene, hoy las familias llevan menos cantidad que antes porque todo resulta más caro.
Los aumentos se observan en carnes, productos lácteos, frutas, verduras, café, huevos y en prácticamente todos los rubros que la familia promedio consume a diario. Esa tendencia, sostenida durante el año, revela un deterioro persistente del poder adquisitivo.
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La carne como termómetro del encarecimiento
El rubro cárnico se convirtió en uno de los más sensibles para los hogares. La carne vacuna absorbió incrementos importantes en la mayoría de los cortes, especialmente en los que forman parte de la dieta cotidiana. El corte conocido como carnaza de primera representa por sí solo una parte considerable del gasto mensal de alimentos en los hogares de ingresos bajos y medios.
Ante estos incrementos, muchas familias optan por comprar menos cantidad, recurrir a cortes de menor calidad o directamente limitar el consumo de carne en la semana. La consecuencia es un cambio silencioso pero profundo en los hábitos de alimentación, que afecta tanto la calidad como la variedad de las comidas.
El contraste que duele: estadísticas vs. realidad cotidiana
La distorsión entre los indicadores oficiales y la experiencia diaria se explica porque el índice de inflación promedia una amplia variedad de bienes y servicios. En el cálculo general, los aumentos concentrados en alimentos —que son el corazón del gasto de la mayoría de los hogares— quedan diluidos.
Para el trabajador común, lo que importa no es el promedio sino lo esencial: arroz, pan, leche, aceite, carne, verduras, productos de limpieza y medicamentos. Cuando esos precios suben, el IPC deja de ser un indicador suficiente para describir la vida real de las familias.
Este desfase alimenta la sensación de que los salarios pierden fuerza cada mes, aun cuando la inflación general no muestre sobresaltos.
Diciembre a la vuelta de la esquina: una tormenta perfecta
Con la llegada de diciembre, la presión sobre el bolsillo aumenta. Las fiestas de fin de año implican reuniones, cenas familiares, compras adicionales, viajes al interior y un consumo estacional que suele generar alivio para algunos rubros. Sin embargo, este año se percibe lo contrario: el aguinaldo ya nace comprometido para muchos hogares, que arrastran meses de precios altos y deudas acumuladas.
Los alimentos especiales de fin de año, como la carne para el asado, las frutas de estación, los lácteos y los ingredientes para la cena navideña, llegan ya con precios elevados. Lo que debería ser un momento de celebración se transforma en un desafío económico para miles de familias.
Una crisis silenciosa de poder adquisitivo
Lo que hoy enfrenta la clase trabajadora no es una percepción aislada, sino una tendencia concreta: el salario rinde menos porque lo esencial encarece más rápido que los ingresos. La estabilidad macroeconómica existe en los indicadores, pero no se refleja en la mesa ni en la vida diaria.
La carne, los alimentos básicos, la leche, el arroz, el pan y los productos de uso cotidiano aumentan con una velocidad que golpea directamente al presupuesto familiar. En este contexto, diciembre se perfila más como un mes de tensión económica que como un período de alivio.
La economía puede aparecer tranquila en los reportes oficiales, pero la cocina y el supermercado muestran un país distinto, donde cada semana el bolsillo alcanza para menos y las fiestas se convierten en una prueba más para la capacidad de compra de las familias.


