No pretendo aquí examinar la batalla desde la perspectiva de la historia militar. Ya lo he hecho en otra publicación [1]. En cambio, quiero presentar a mis lectores un artículo poco conocido sobre Cerro Corá publicado en La Opinión. Diario de la Tarde (Asunción) el 8 de abril de 1895. El artículo, que ocupa solo unos pocos párrafos, no es especialmente perspicaz y ofrece poco que no hayamos aprendido ya de los testimonios del general Camara, el coronel Centurión y el coronel Aveiro.
Pero el artículo sí ofrece una especie de solución a lo que se ha convertido en una pregunta obsesiva para muchos paraguayos. En pocas palabras, ¿cuáles fueron las últimas palabras del mariscal López al enfrentarse desafiante a los brasileños al borde del Aquidabán-Nigui? ¿Dijo "¡Muero con mi patria!" o "¡Muero por mi patria!"? Los paraguayos debaten sin cesar sobre este tema, que, desde fuera, parece poco relevante. En Paraguay, sin embargo, la pregunta gira en torno a un momento sublime y existencial, un símbolo de lo que los compatriotas de López desean ver en sí mismos [2]. Por lo tanto, siempre que salga a la luz una nueva fuente que parezca abordar esta cuestión, debemos prestar atención.
De 'El Lector Paraguayo' (La Opinión, 8 de abril de 1895)
Cerro Corá. Nombre de fatal recuerdo. Recuerdo que, al surgir en la memoria, lleva veloz el pensamiento, ante la trágica escena que se desarrolló, cruel y sangrienta, al pie de aquel histórico cerro. Nombre que será eternamente memorable en la historia de la nación [...] inolvidable en que se dobló la última página de aquella guerra apocalíptica, cerrando la epopeya del heroísmo y desventura de un pueblo.
Conmovedor episodio que hiere y hace vibrar el sentimiento patrio, al recordar como noblemente sucumbieron los hijos de la nación combatiendo heroicamente, y en que el alma se detiene absorta contemplando indignada cómo perecieron aniquilados por las armas enemigas los últimos restos gloriosos de aquel valiente ejército.
Al nombre de Cerro-Corá surge el recuerdo sacrosanto de aquellos soldados legendarios que escribieron sus homéricas hazañas con su sangre en los campos de batalla, sustentando el honor de su bandera, cayendo mártires del patriotismo, bravamente peleando por la independencia de su territorio, señalando con sus cadáveres el rumbo de su derrotero.
De aquellos mártires de lealtad que fieles a sus jefes, le acompañaron hasta la muerte y perecieron sin rendirse, defendiendo palmo a palmo, sin otro [...] que el valor y el denuedo que latía en sus pechos, las tumbas de sus padres y el suelo querido donde nacieron.
Combate de honor, en que nuestros compatriotas, aceptaron la muerte de antemano y prontos al sacrificio, transformaron aquel campo del desierto, en monumental anfiteatro de gloria inmarcesible donde quedó cadáver el representante de La Nación, quien en tierra [...] de indomable patriotismo, sucumbió espada en mano peleando, cumpliendo de este modo su palabra, muriendo intrépido y heroico al lado de sus últimos soldados.
Cuadro pavoroso iluminado por las llamas del incendio, con que la soldadesca enemiga abrasó el terreno, obedeciendo a impulsos de sentimientos vengativos, que al ejecutarlos siempre manchan el brillo de las armas en los ejércitos civilizados.
Día inolvidable para el pueblo paraguayo fue aquel Primero de marzo de 1870 en que el Mariscal López montó a caballo antes del amanecer atendiendo a un parte verbal, en que se le dio cuenta de que dos traidores habían guiado a las fuerzas brasileiras, y que estas habían sorprendido a la pequeña guardia avanzada que vigilaba el paso del arroyo de Tacuarás.
Al poco tiempo, el estampido del cañón enemigo confirmó la veracidad de la noticia.
Aquella cobarde traición aceleró el trágico desenlace de la guerra.
Ante situación tan suprema, todos se preparan a la muerte. Y no queda ni remota esperanza de arrancar a las huéspedes invasoras la última victoria.
Momento sublime, grandiosa epopeya en que trescientos hombres entre oficiales y soldados, la mayor pare heridos y enfermos, rodean al Representante de la patria y marchan decididos a la muerte que ambicionan recibir gloriosamente sobre el campo de batalla.
Cuadro espléndido, soberbio y portentoso, en que brillante fulgura, el amor de la patria iluminando el exterminio de un pueblo que, al tratar de encerrarlo en la tumba, surge otra vez de entre las ruinas y escombros de su destrozada nación, varonil y enérgico, sosteniendo aquella misma bandera que tres Estados no pudieron abatir y que nuevamente gloriosa y soberana, representando al Paraguay, flamea al viento.
El choque contra el enemigo se produce terrible, violento, y así como una inundación anega los terrenos, los batallones brasileros arrollan la pequeña columna y empieza la matanza y el exterminio, que termina con el incendio.
Un traidor señala a López y el general brasileño ofrece oro al que le dé muerte; bajo y vergonzoso proceder que no se ejerce ni con el más vulgar asesino, acción que anatematiza y repudia el progreso y la cultura del siglo en que vivimos.
El Mariscal ve caer uno a uno a todos aquellos valientes.
Solo, a caballo, sin más defensa que un débil espadín que brilla desvainado en su mano, le cerca un grupo de brasileños que solo ven en su presa el provecho de la ganancia, que les ofrece su jefe.
López, herido, revuelve su corcel, los combate, la pelea, personalmente vierte su acero sangre enemiga, y cae sobre el campo de batalla gritando "Muero por mi patria y con mi patria", sucumbiendo con honor, fiel a su palabra empeñada.
[...] cumple al Representante de una Nación, cuyo territorio quedó enrojecido con la sangre de sus hijos, surco glorioso que brilla radiante en la historia, recordando al pueblo paraguayo, la época tremenda y gigante del heroísmo y del martirio, y el que les hablara eternamente de los deberes que impone el patriotismo."
***
Aquí, pues, está la respuesta de "el lector paraguayo" a la pregunta de si las últimas palabras del mariscal incluían "con" o "por". Dice que incluían las dos.
Quizás esto resuelva un debate de larga data, si queremos dejarlo ahí. Pero quizás no deberíamos. Para evaluar adecuadamente este breve artículo sobre Cerro Corá y juzgar si podemos alinearnos plausiblemente con ambos argumentos, necesitamos saber más sobre la procedencia del artículo. Desafortunadamente, su autor nos es ocultado por la niebla de un anonimato intencional. ¿"El lector paraguayo" se refiere al seudónimo del autor o a otra publicación? No podemos asegurarlo.
Podemos buscar pistas en la propia publicación. La Opinión apareció entre finales de 1894 y noviembre de 1898. Afiliada vagamente, o quizás estrechamente, al Partido Colorado, la publicación estaba dirigida por Benigno Riveros y publicaba artículos de carácter comercial y político. Aunque La Opinión apoyaba al presidente Juan Bautista Egusquiza y dejó de publicarse tras su salida del cargo en 1898, no era un periódico estatal en el sentido de El Semanario de Avisos y Conocimientos Útiles, que actuaba como portavoz del régimen de López. Dicho esto, La Opinión sí publicaba decretos y comunicados oficiales, presumiblemente a instancias del gobierno. Realizó una labor similar para la Asociación Nacional Republicana e imprimió correspondencia del interior que sugería un vínculo partidista entre ella y todos los correligionarios del país.
Además, el periódico publicaba con frecuencia las obras del joven historiador nacionalista Blas Garay [3]. Sin embargo, no creo que el autor del artículo sea Garay. Siempre favoreció el examen detallado de los acontecimientos históricos y evitó las ruidosas exhortaciones patrióticas tan típicas de los escritos polémicos.
El texto ofrece algunos indicios de que el autor podría ser un joven Juan E. O'Leary. Por un lado, la referencia al término "epopeya" para describir la guerra contra la Triple Alianza ciertamente apunta a O'Leary quien, años después, prácticamente monopolizó el uso de la palabra. Aun así, reconocemos que "epopeya" estuvo presente en el discurso colorado mucho antes de finales del siglo XIX.
Al intentar identificar a "El lector paraguayo", podríamos pensar que se trataba de una figura poco destacable de la generación que vivió la guerra en primera persona, pero no dejó recuerdos. De hecho, esta pieza que compuso en Cerro Corá no fue su única contribución a La Opinión. También escribió breves artículos sobre José Martínez, Francisco Sánchez, José Dolores Molas y la batalla de Itororó [4]. Sin embargo, él mismo sigue siendo un misterio. A falta de pruebas más explícitas, probablemente nunca sabremos más sobre él de lo que estos artículos insinúan. Pudiera haber sido Gregorio Benites. O quizás el autor fue el propio Riveros; simplemente no lo sabemos.
El papel secundario que jugó el lector paraguayo en el debate entre "con" y "por" sin duda merece nuestro reconocimiento hoy. Pero no resuelve el caso. Admito mi sorpresa ante la idea de que las palabras sean a la vez "con" y "por". Parece obvio que Cerro Corá aún tiene mucho que enseñar, incluso a los ancianos como yo.
Notas
[1] Ver Whigham, La Guerra de la Triple Alianza. Volumen III. Danza de muerte y destrucción (Asunción: Taurus, 2013). pp. 465-473.
[2] Las últimas palabras del Mariscal se relatan de diversas maneras. Algunos escritores han añadido "¡y con la espada en la mano!" a la conocida frase "¡Muero con la patria!". Otros (como Centurión, por ejemplo) la registraron como "¡Muero por la patria!". Muchos paraguayos consideran que la diferencia entre ambas expresiones es esencial para comprender el papel de López en la historia nacional y ha generado no pocas polémicas amargas. Los idólatras del mariscal del siglo XX acabaron convirtiendo sus palabras en algo canónico, diseñado, según se nos hace creer, con la posteridad en mente, como si no tuviera otro pensamiento que tocar "una cuerda clara para llegar a los oídos de Dios". Sin embargo, esto parece improbable. Los que se quedan mudos a menudo encuentran la elocuencia en sus últimos momentos, y es perfectamente obvio que López habló improvisadamente. Juan E. O'Leary doró de gloria las palabras del mariscal, pero sería más exacto verlas como precipitadas, humanas y hasta trilladas. Véase El héroe del Paraguay (Montevideo, 1930), pp. 59-75; Henrique Oscar Wiederspahn, "O Drama de Cerro Corá", A Gazeta (São Paulo), 14 de noviembre de 1950; J. B. Godoy, "A enigmática morte de Solano Lopes", Diario Trabalhista (Río de Janeiro), 3,4, 6, 7, 8, 9, 10, 16, 17, 20, 23 y 24 de enero de 1953; Ezequiel González Alsina, A cien años de Cerro Corã (Asunción, 1970); y en un tono algo más teórico, Karl S. Guthke, Last Words. Variations on a Theme in Cultural History (Princeton, 1992), pp. 67-97.
[3] Las publicaciones de Garay en La Opinión incluyen una reseña detallada, publicada durante varias semanas de enero y febrero, de Los límites de la antigua provincia del Paraguay, de Alejandro Audibert. Esta reseña es muy instructiva para los estudiosos de hoy, no sólo por su minuciosa delineación de una compleja historia colonial, sino también por su compromiso casi obsesivo con el método empírico. Garay, sin duda, era un colorado devoto, pero a diferencia de algunos de sus sucesores partidistas a finales del siglo XX y principios del XXI, rara vez jugó rápido y sencillo con los hechos. Ver Liliana M. Brezzo, "Blas Garay: la escritura de la historia a través del epistolario familiar", en Liliana M. Brezzo y Ricardo Scavone Yegros, Cautivados por el pasado. Historiadores y escrituras de la historia en el Paraguay (Buenos Aires: Teseo, 2026). pp. 217-251.
[4] "Recuerdos de la guerra" La Opinión (Asunción), 6 de abril de 1865; "Itororó" La Opinión (Asunción), 9 de abril de 1865.
* Thomas Whigham es profesor emérito de la Universidad de Georgia, Estados Unidos.