Seis historiadores que conocí (VI)
A menudo no valoramos suficientemente a las personas a quienes vemos casi todos los días, y eso me pasó con Alfredo Seiferheld, quien fue mi compañero de tareas en el periódico ABC y en lo que podría llamarse el mundo literario de la Asunción de 1980. No recuerdo el año, creo que 1986, cuando Alfredo lo trajo a Elvio Romero, exiliado desde 1947 a causa del fracaso de la insurrección de aquel año contra la tiranía de Morínigo. Desde Concepción, donde había sido locutor de la radio rebelde, el poeta de veinte años debió cruzar el Chaco a pie para encontrar asilo en el país que le permitió desarrollar una feliz carrera como escritor.
Sin ser comunista, Alfredo tenía amigos en todos los sectores del espectro político, en particular entre las personas de talento. Por eso gestionó y obtuvo el permiso necesario para que el escritor exiliado volviera a su país, a condición de que fuera por poco tiempo, unos días. En aquella estadía, que no fue la única durante los últimos años de Stroessner, Elvio leyó sus poemas en el Centro Cultural Paraguayo Americano; en el público había un pyrague discreto, que grabó todo lo que dijo el viajero, a quien Humberto Rubín le ofreció una fiesta en su casa.
Yo valoraba todos estos gestos del joven periodista e historiador; lo que no entendía era para qué les dedicaba tanto tiempo a tantas personas tan poco interesantes, como una buena parte de sus entrevistados, los que después ocuparían varias páginas de ABC, y de la compilación de Conversaciones político-militares, y de otros libros de entrevistas. Algunos de sus interlocutores eran vanidosos y autoritarios, y decían cosas cuestionables, por no decir falsas. Me llevó tiempo comprender que todos esos testimonios, con sus contradicciones, ayudaban a comprender la historia reciente, hasta el del ex dictador Higinio Morínigo, que se consideraba un prócer de la patria.
Ortega y Gasset, debo citarlo aquí, se refería al lenguaje humano señalando que todo hablar es exuberante y todo hablar es deficiente; vale decir que todos decimos más de lo que queremos decir y menos de lo que queremos decir. Esto vale para los políticos y militares retirados a quienes el historiador Seiferheld tuvo la paciencia y la agudeza necesaria para hacer hablar y que nos dieron una visión de los hechos, errada pero necesaria para comprender lo que querían los actores políticos de las décadas recientes. Por todo lo que dijeron y todo lo que callaron, aquellos señores nos dejaron un testimonio valioso.
¿Cómo pudo hacer todo eso mi pobre amigo, muerto de cáncer en 1988, un año antes de la caída del régimen? Si hay algo que cuesta en el Paraguay es hacer que la gente hable de una manera espontánea sobre sus propias experiencias, y hablo con conocimiento de causa. Siguiendo su ejemplo, yo traté de realizar una serie de entrevistas a personas que podían considerarse testigos calificados de los años 1947-1954, los de la anarquía que facilitaron o determinaron el surgimiento de Stroessner; algunos eran historiadores, opositores del régimen, personas en cuya palabra se podía confiar; sin embargo, la mayoría no se decidió a hablar, y ni siquiera contestó por escrito las preguntas que les había entregado, las mismas para todas, porque en esto se diferenciaba lo que yo pensaba hacer de lo que había hecho Alfredo: yo me limitaba a los mismos años y al mismo cuestionario. Fracasé, porque la mayoría de los habitantes del país, nacionales o extranjeros, ni habla ni escribe sus memorias, y así se pierde mucha información valiosa para comprender la historia.
Cuando hablaba con él en ABC, yo lo consideraba al historiador un ingenuo, un hombre con ideas demasiado simples. No era ingenuo ni tampoco malicioso; simplemente, él evitaba las discusiones innecesarias y dejaba hablar a los demás, dándoles la posibilidad de demostrar qué sabían y qué no sabían. Era conciliador y se ganaba la simpatía de sus entrevistados interesándose en sus vidas, que algún valor debían de tener y de hecho tuvieron, porque participaron en hechos políticos relevantes. Así pudo grabar metros y más metros de cinta magnetofónica, porque en aquel tiempo no existía el sistema digital, ni mucho menos el que permitiera pasar el sonido a texto. Había que grabar y desgrabar, un trabajo que llevaba mucho tiempo, y después, naturalmente, editar el texto.
Haciéndolo bien, se podía descubrir lo que no se podía encontrar ni en el Archivo Nacional ni en la Biblioteca Nacional, las principales fuentes de material escrito, y donde el investigador pasaba varias horas al día, y recopilaba material para la otra parte de su día, la del periódico. Por entonces no existía tanta distancia entre el periodismo informativo, por no decir comercial, y el periodismo investigativo o de opinión; por eso los artículos podían ser más largos, para decirlo mal y pronto. Hoy resultaría difícil o imposible publicar artículos con la extensión de los de Seiferheld o la otra colaboradora del diario, Josefina Pla, que han pasado a las revistas especializadas.
En 1984 se cerró ABC a causa de su política de enfrentamiento al Gobierno; en el enfrentamiento, había tenido participación el investigador, siempre capaz de ofrecer algún detalle curioso sobre los antecedentes de los hombres del establishment. En una ocasión, Ezequiel González Alsina acusó de ser comunista al periódico en términos algo más violentos que los habituales. La respuesta fue publicar el discurso de González Alsina, donde el estudiante de Derecho pedía a sus compañeros solidarizarse con la Unión Soviética, en 1943. El orador había sido comunista, y el dictador lo ignoró para incorporar a su equipo a izquierdistas redimidos que le daban una retórica socialista al partido de la derecha.
Los periódicos, donde no faltan noticias falsas, nos dicen la verdad cuando se los lee entre líneas; con ellos y sus conversaciones, mi ex colega emprendió una escritura de la historia del Paraguay del siglo XX que de otro modo no hubiera podido avanzar. Los archivos públicos no eran públicos y no había voluntad de organizarlos racionalmente. La censura era otra dificultad aunque, para decir verdad, no eran tan sistemática como la de otros países americanos sometidos a dictadura militar: en la Argentina, la Junta montada en 1976 restringió el vocabulario permitido, prohibiendo palabras como "vector", lo que les creaba problemas a los matemáticos. En el Paraguay de Stroessner no se permitía la venta de los libros de Marx, Engels o Lenin, pero circulaban los de los marxistas Luis Althusser o Marta Harnecker. En un allanamiento de mi casa, confiscaron uno de Ortega y Gasset, La rebelión de las masas. Con las debidas restricciones, se permitió el ingreso de Elvio Romero, aunque no se restringía la venta de sus libros, ni los de Pablo Neruda, prohibidos en Chile.
En 1980, el Paraguay se abría y no se abría: se permitía el regreso de los miembros del MOPOCO, los disidentes del Partido Colorado, pero se cerraba el Banco Paraguayo de Datos, una institución que, publicando y comparando los datos de los periódicos tolerados, daba una visión distinta de la oficial (algunos de sus miembros fueron cruelmente torturados en la Policía).
En aquella incertidumbre, Seiferheld pudo ser periodista y cronista de la historia contemporánea actuando con valor y con prudencia, pues corría riesgos sin provocar innecesariamente al sistema. Suaviter in modo, fortiter in re (suave en el modo, fuerte en la materia).
* Guido Rodríguez Alcalá es escritor, historiador, periodista y crítico literario. Asesor del CCR Cabildo y colaborador en diversos periódicos locales y extranjeros, ha publicado obras en casi todos los géneros, siendo sus novelas más conocidas Caballero (1986), elaborada en torno al personaje histórico, a quien desacraliza a través de su propio discurso, y El peluquero francés, obra sobre la relación entre Elisa Lynch y Solano López con la que obtuvo el Premio de Novela Lidia Guanes en 2008.