¿Quién cuida el agua?
El agua posee sus propios pulsos. Allí donde la regularidad de sus patrones rítmicos es reconocida, proliferan los latidos. La vida creciente, en medio de ciclos estacionales, entrena la resistencia frente a acontecimientos excepcionales, donde la abundancia de agua o su ausencia, sus cualidades y su accesibilidad implican alguna forma de amenaza. Pero, en verdad, está amenazada también el agua. Cuando la capacidad de extracción excede la de los pulsos estacionales del agua, o la producción genera excedentes que perturban sus propiedades positivas para la sostenibilidad de la vida, se presenta una amenaza que la inteligencia es capaz de identificar. Esa inteligencia, nacida en el corazón de los ciclos regulares y sus interrupciones, se enfrenta de pronto a desafíos inéditos: ¿cómo cuidar el agua?
En tanto saberes especializados ensayan fórmulas para responder a demandas metodológicas relacionadas con la conservación del agua, hay preguntas que pertenecen al orden de las formas de responsabilidad y corresponsabilidad en el ejercicio del cuidado de lo común; y, cuando nos referimos a lo común, aludimos a un espacio de articulación que está más allá de las fronteras de lo humano y dentro de la lógica de lo que Donna Haraway denomina parentesco, y que implica a su vez a otras especies. Estas preguntas aspiran a delimitar roles, funciones, pero también responsabilidades —jurídicas, económicas, éticas— implicadas en la situación actual del agua en los diversos ecosistemas y la subsecuente fragilización de diversas formas de vida, incluida la humana. ¿Quién cuida el agua? es una pregunta que asume una dimensión política y de llamado al co-cuidado de la vida y sus condiciones primordiales.
Los gestos poéticos han sido asiduos en la problematización de la situación de los cursos hídricos. Especialmente las apuestas modernas del siglo XX así como ciertas perspectivas contemporáneas —de rasgo más horizontal respecto a una implicación directa con activismos políticos— han asumido una conversación fluida con agendas conservacionistas locales y globales en las que la problemática del agua, tematizada en estas operaciones artísticas, se expresa contextual e históricamente según especificidades regionales, pero exhibe una integración con una tendencia más amplia y que está relacionada con el sistema de producción dominante cuyo impacto es de escala planetaria.
A nivel local, los discursos históricos y políticos han producido y reproducido una exaltación de la disponibilidad del agua orientada a su instrumentalización capitalista mediante operaciones extractivistas de fauna y flora, desvío de cauces para riego de cultivos, producción de energía (hidroeléctrica) o incluso explotación con fines de ocio o paisajísticos para el disfrute privado. Mientras sectores precarizados y marginalizados de la sociedad enfrentan raudales letales o falta de acceso a agua potable, mientras la infraestructura urbana es insuficiente para garantizar el desarrollo normal de actividades en días de lluvia o el desvío y la explotación de ríos, lagunas y arroyos niega a grandes sectores de la población sus beneficios —especialmente en contextos de sequía—, el agua está siendo privatizada.
Este proceso de deterioro que afecta, como se ha mencionado, la sostenibilidad de la vida implica, a su vez, la sostenibilidad de prácticas y saberes profundamente dependientes de la estabilidad de los cursos hídricos. Las prácticas artesanales constituyen, pues, formas de inteligencias nacidas también del agua y que, así como esta, están comprometidas también. Tal el caso de la cerámica popular paraguaya, práctica artística que depende de la accesibilidad de ciertos materiales, y cuyos territorios de extracción de arcilla coinciden espacialmente con proyectos inmobiliarios que en su afán de instalar espejos artificiales de agua drenan acuíferos o se expanden sobre minas que durante siglos funcionaron como el asiento de una inteligencia manual y colectiva.
Este avance acelerado sobre territorios coincide contemporáneamente con la aceleración de procesos automatizados, generativos y digitales, tales como los ofrecidos por distitnas formas de software denominadas genéricamente como Inteligencia Artificial y que, en ciertos casos de producción simbólica emplean bases de datos que no sólo vulneran derechos autorales sino que suponen una interrupción en el flujo constante de ideas e imágenes que se ha sostenido por milenios entre tradiciones poéticas e innovaciones introducidas, como conversación, y que constituye uno de los aspectos esenciales de la inteligencia humana.
La exposición Viva la Inteligencia Artesanal: ¿Quién cuida el agua? presentada en Fuga Villa Morra plantea una reflexión colectiva a partir de estas dos dimensiones: un llamado al cuidado del agua afectada por procesos de apropiación y deterioro, y la defensa de formas de inteligencia que contestan procesos generativos y automatizados que buscan desplazar las formas de conocimiento que abarca el ejercicio manual. La muestra reúne esencialmente objetos e instalaciones de Trama Colectiva [1], colectivo de alfareras —cuyo nombre significa Territorio Refugio Alfarero de Materialidades Atemporales— y que articula miradas, saberes y experiencias en torno a la cerámica hecha a mano, a partir de colaboraciones, apoyo mutuo y producción artística comunitaria en territorio.
Siguiendo con su programa de colaboraciones, el colectivo ha invitado a esta exposición a artistas populares de Itá y Tobatí —Asteria Giménez, Carolina Noguera, Celso Benítez, Cornelia Giménez, Ediltrudis Noguera, Graciela Quintana, Sandra Ortega, Vicenta Rodríguez—, con quienes busca establecer un diálogo acerca de las inteligencias primordiales que se instituyen en formas resistentes respecto tanto a la alienación del trabajo manual promovido por las empresas de IA, así como la alienación de los cauces hídricos puestos en hake por los capitales privados.
Las artistas de TRAMA presentan serigrafías con tierra colorada sobre placas de arcilla, que conmemoran los linajes materno-filiales vinculados con la transferencia de conocimientos artesanales en el arte popular paraguayo, así como mosaicos que desarrollan motivos acuáticos o la forma de cántaros, que enfatizan desde su dimensión formal su carácter de pixel —en diálogo con las imágenes digitales—; audiovisuales e instalaciones lumínicas completan la propuesta. Por su parte, alfareras de Itá y Tobatí presentan kambuchis confeccionados según sus propias singularidades y tradiciones, en diálogo con los retratos y mosaicos exhibidos en sala. Finalmente, la seña de los vínculos materno-filiales tiene un acento en una pieza en que la figura cerámica de un pecho femenino actúa como filtro de un agua que se deposita en un kambuchi que puede ser bebida por los asistentes.
¿Quién cuida la inteligencia artesanal? Así como el agua, el derecho al trabajo manual, al trabajo artístico, también está expuesto a un territorio de disputas y apropiaciones. ¿Qué pasa si nos quitan las herramientas con las que podemos construir belleza y poesía, discurso, crítica y sentido? El derecho a pensar con las manos participa de una disputa más amplia en que grandes sectores de la población son expuestos al consumo de contenidos producidos con IA, en tanto sectores privilegiados se favorecen del cultivo del arte, los libros o la letra manuscrita. El derecho a la artesanía también se disputa.
La inteligencia implicada en el trabajo manual se asienta en modos de interacción del cuerpo con los materiales, supone ponerse en situaciones que generan experiencias, posicionan el cuerpo en un entorno que adquiere significado a partir de esta disposición y produce potencialidades de instrumentalización de la realidad que de pronto se tornan visibles y accesibles a partir del ejercicio del cuerpo en el acto de expandir fronteras.
Pese a no ser exclusivos, las herramientas son instrumentos distintivos de los humanos: son mediaciones materiales y cognitivas, dispositivos protéticos que ensanchan las posibilidades del cuerpo humano y permiten reconocer las materias de un modo distinto, para su utilización, pero también para su comprensión y, mediante ellas, la comprensión del mundo.
Las manos, y las herramientas que estas sostienen, producen la realidad que nos rodea: miremos alrededor, reconozcamos allí todas las cosas acariciadas por el trabajo. Cuántas manos hay ahí, cuanta inteligencia artesanal creando y recreando el mundo.
Nota
[1] El colectivo está conformado por Ayelén Van Humbeeck, Gabriela Monroy, Jazmín Brizuela, Leila Buffa, Marcelo Constantino, Mati González, Valentina Coscia, Verónica Fernández y Virginia Barberis.
Nota de edición: La exposición Viva la Inteligencia Artesanal: ¿Quién cuida el agua? estará habilitada en la galería Fuga Villa Morra (Seiferheld 5144 c/ De Gaulle) hasta el sábado 28 de marzo.
* Damián Cabrera es escritor, investigador, docente, gestor cultural y curador. Su trabajo se desarrolla en las áreas de lengua, literatura, fronteras, arte, política y cultura. Es miembro de la Asociación Internacional de Críticos de Arte Capítulo Paraguay, y de los colectivos Ediciones de la Ura y Red de Conceptualismos del Sur.