Notas críticas a “La Argentina” de Martín del Barco Centenera

Thomas Whigham
por Thomas Whigham 14 Enero de 2024
14 Enero de 2024
Notas críticas a “La Argentina” de Martín del Barco Centenera
Notas críticas a “La Argentina” de Martín del Barco Centenera

Creo que el lector paraguayo promedio ignora cua?n limitada es la informacio?n histo?rica sobre las primeras etapas de la colonizacio?n en su pai?s: algunos documentos menores de cara?cter ma?s bien formal (copias del requerimiento y varios informes al rey), una relacio?n compilada por el secretario de Alvar Nu?n?ez Cabeza de Vaca, notas y cartas de cara?cter eclesia?stico, y unas memorias un tanto extran?as escritas en un alema?n apenas comprensible por un aventurero ba?varo. Esto es pra?cticamente todo lo que existe hasta que llegamos a la pro?xima generacio?n, con algunos materiales jesuitas tempranos y dos "poemas histo?ricos" o romances de calidad dudosa. Uno de estos u?ltimos, La Argentina, fue escrito por Ruy Di?az de Guzma?n (1559-1629) -nieto del gobernador Domingo Marti?nez de Irala-, para obtener una importante sinecura. El autor fracaso? en su cometido y la obra tampoco tuvo amplia lectura. De hecho, permanecio? ine?dita hasta 1835, cuando el biblio?filo italiano Pedro de Angelis la saco? a la luz en Buenos Aires.

El segundo de los “romances”, tambie?n llamado La Argentina, fue escrito por Marti?n del Barco Centenera casi al mismo tiempo. Fue publicado por Pedro Crasbeeck en Lisboa en 1602 [1]. Desde el principio, los lectores criticaron tanto su calidad literaria como la veracidad de la historia. Sin embargo, a pesar de sus fallas, el poema de Del Barco Centenera es crucial en cualquier estudio de los primeros an?os de la colonizacio?n espan?ola en Paraguay. Y plantea la pregunta de que? hacer cuando la u?nica fuente disponible es una fuente pobre.

Martín del Barco Centenera, emLa Argentina/em, 1602, primera edición. Cortesía
Martín del Barco Centenera, La Argentina, 1602, primera edición. Cortesía

Del Barco Centenera nacio? en Extremadura en 1535. Poco sabemos de su infancia o linaje. Evidentemente, el joven Marti?n si? estudio? teologi?a en Salamanca, aunque no ha salido a la luz ningu?n registro positivo de su presencia en la universidad. Cuando el futuro adelantado Juan Ortiz de Za?rate preparaba su aventura americana, Del Barco Centenera se sumo? a la expedicio?n, obteniendo del Consejo de Indias el ti?tulo de archidia?cono de la Iglesia en Paraguay. Los cinco barcos de la expedicio?n de Za?rate zarparon de Espan?a en octubre de 1572. Meses despue?s, una tormenta empujo? una de las embarcaciones a la bahi?a de Guanabara y los capitanes de los otros navi?os decidieron detenerse en Santa Catarina. La moral habi?a cai?do dra?sticamente y, al partir de este u?ltimo puerto en octubre de 1573, ciento veinte hombres habi?an desertado. Los restantes navegaron hacia el Ri?o de la Plata un mes despue?s, estableciendo un campamento primero en la isla de Marti?n Garci?a y luego uno mucho ma?s chico en la confluencia de los ri?os Uruguay y de la Plata. Desde alli? Del Barco Centenera paso? a Asuncio?n, adonde llego? finalmente en febrero de 1575.

Como muchos de su e?poca (y de la nuestra), el archidia?cono era un hombre ambicioso. No dudo? en incorporarse a la poli?tica para salir adelante, e incluso fue detenido durante un breve tiempo por conspirador. Pero tambie?n comenzo? su labor sacerdotal escuchando confesiones y predicando a los espan?oles residentes en Asuncio?n. Sin embargo, pospuso sus labores con los nativos debido a su de?bil dominio del guarani?. En cambio, en 1579, se unio? a una campan?a contra los indios encabezada por el teniente gobernador Juan de Garay, quien debi?a su autoridad al sucesor de Za?rate.

A principios de 1580, Garay regreso? a Asuncio?n para preparar el restablecimiento de Buenos Aires. Sin embargo, antes de su partida, nombro? protector de los indios a Del Barco Centenera, a pesar de que todavi?a no entendi?a el guarani?. Con esto, parece claro que Garay consideraba al archidia?cono un lacayo u?til, y que podi?a confiar en e?l como aliado en cualquier debate futuro sobre quie?n deberi?a gobernar las provincias rioplatenses. Garay necesitaba todos los aliados que pudiera encontrar. El virrey en Lima se habi?a negado a reconocer su autoridad en el Plata y esto habi?a provocado fricciones tanto en Asuncio?n como en Santa Fe. Entonces, como ahora, habi?a tensio?n poli?tica en varios lados.

Martín del Barco Centenera, emLa Argentina/em, 1602, primera edición. Cortesía
Martín del Barco Centenera, La Argentina, 1602, primera edición. Cortesía

Poco tiempo despue?s Del Barco Centenera obtuvo permiso para ir a Peru? a presionar por el caso de su aliado. Despue?s de su llegada a Chuquisaca, la Audiencia lo nombro? capella?n, cargo que ocupo? so?lo unos meses antes de ser designado vicario en Porco. En agosto de 1581, el arzobispo Toribio Mogrovejo convoco? a sus obispos sufraga?neos a un concilio en Lima, que luego nombro? a Del Barco Centenera uno de los secretarios. Esta nominacio?n lo coloco? en una situacio?n mucho ma?s pole?mica que cualquiera que hubiera visto en Paraguay. Los cle?rigos cuzquen?os, al parecer, habi?an presentado cargos contra su obispo, Sebastia?n de Lartain. El archidia?cono se puso del lado de este u?ltimo en la disputa, provocando asi? la ira de Mogrovejo, quien lo despojo? de sus medios de sustento material. Las autoridades inquisitoriales intervinieron y nombraron a Del Barco Centenera comisario de Cochabamba, pero no tuvo e?xito en el cargo. Juan Ruiz Del Prado, inspector de la Santa Inquisicio?n, llego? poco despue?s a Lima con instrucciones de reformar toda la institucio?n. En consecuencia, en agosto de 1590 destituyo? a Del Barco Centenera, imponie?ndole una multa de doscientos pesos.

Sin base ya en Peru?, el ex archidia?cono opto? por regresar a Asuncio?n tras una ausencia de nueve an?os. Llego? a la ciudad poco despue?s de que un levantamiento popular derrocara al obispo local, lo que dejo? a Del Barco Centenera, de manera bastante inesperada, como el ma?s alto dignatario eclesia?stico de la provincia. Durante un tiempo ejercio? pleno control sobre el obispado, pero nunca se distinguio? en ese puesto. No se conoce la fecha de su salida de Paraguay, ni se tiene informacio?n sobre los u?ltimos an?os de su vida. Ricardo Palma, el coleccionista peruano de ane?cdotas coloniales, repite el rumor de que Del Barco Centenera murio? en Portugal en 1605, habiendo finalmente regresado a Europa despue?s de ma?s de dos de?cadas en ultramar [2].

Teniendo en cuenta todo el tiempo que consagro? a asuntos poli?ticos y eclesia?sticos, puede parecer extran?o que Del Barco Centenera hubiera podido dedicar esfuerzos a la literatura. De hecho, no se sabe mucho sobre sus logros literarios. Como sacerdote debio? conocer el lati?n del Breviario, pero no existe evidencia convincente que demuestre un conocimiento extenso de ese idioma (no ma?s de lo que entendi?a el guarani?). En ningu?n lugar La Argentina sugiere una clara influencia de Ovidio, Virgilio u otros poetas latinos. La debilidad fundamental del poema, que carece de nobleza y elegancia, prueba que el autor no estaba familiarizado (con algunas excepciones) con las modas poe?ticas de su e?poca. Hay, sin embargo, clara prueba en el Canto XXIV de que teni?a en alta estima a Alonso de Ercilla y Zu?n?iga, autor del poema e?pico chileno La Araucana que, por supuesto, estaba escrito en espan?ol.

En el Archivo General de Indias hay una carta, sin firma ni fecha, atribuida a Del Barco Centenera, en la que e?ste, dirigie?ndose al Rey, dice: “He preparado una historia completa del Ri?o de la Plata y del Peru? que, con el favor de Vuestra Majestad, se publicara?.” De hecho, La Argentina describe “provincias tan vastas, pueblos tan belicosos, y animales salvajes, pa?jaros y serpientes tan llamativos, hasta peces en forma humana, como para dejarlos en e?xtasis [a los hombres comunes]”. Los ha?bitos sociales de los indios reciben alguna atencio?n, si no aprobacio?n; y se alude con frecuencia al mestizaje que luego confirmo? a los paraguayos como un pueblo bicultural, bilingu?e. En el Canto II, Del Barco Centenera dio su propia glosa a la historia del mestizaje en Paraguay:

Gran copia de mestizos hay en ella;

Pero ma?s abundancia de mujeres;

Porque la guerra hace en ellos mella,

La cual, sin intere?s y sin haberes,

Con so?lo el fin la sigue de tenella.

Y asi?, lector curioso, si quisieres

El nu?mero saber de las doncellas

De cuatro mil ya pasan como estrellas.

Martín del Barco Centenera, emLa Argentina/em, 1602, primera edición. Cortesía
Martín del Barco Centenera, La Argentina, 1602, primera edición. Cortesía

En el Canto III, el poeta continu?a:

Otra laguna grande ma?s crecida,

de ma?s admiracio?n que aquesta vemos,

que esta la tierra adentro algo metida,

los indios de Acahay en sus extremos

habitan, y ellos dicen que fundi?a

antiguamente fue gente y creo

nos dicen que esta? el diablo atormentado,

aquellos que pecaron en nefando.

Gran grito y alarido, y gran estruendo

alla? dentro parece que resuena,

cuando se alega junto estremeciendo,

el cuerpo queda todo con gran pena,

algunos de temor vuelvan a huir,

pajas se les antoja, y sal arena,

que son diablos que vienen en pos de ellas,

y vuelvan erizados los caballos.

Martín del Barco Centenera, emLa Argentina/em, 1602, primera edición. Cortesía
Martín del Barco Centenera, La Argentina, 1602, primera edición. Cortesía

Desafortunadamente para el lector paraguayo interesado en la historia temprana del pai?s, el poema de Del Barco Centenera ordena una cro?nica de acontecimientos que se desarrollan a lo largo de la costa atla?ntica y en territorios que hoy se encuentran en Peru?, Bolivia y la Repu?blica Argentina. Estos eventos incluyen batallas con los indios charru?as, exploraciones a lo largo de los afluentes del Parana? y los efectos siempre presentes del hambre. Solo esto u?ltimo huele a precisio?n. Del Barco Centenera expone los detalles de la hambruna que vivieron los espan?oles, sen?alando que todos los animales y reptiles, por repugnantes que fueran al principio, finalmente encontraron su lugar en la despensa, para “la gran hambre prestaba salmorejo”.

De la conquista y los conquistadores espan?oles el archidia?cono se ocupo? principalmente. Su poema no presenta grandes personajes de origen guarani? comparables a los incas inmortalizados en el relato del Inca Garcilaso o a los araucanos celebrados por Alonso de Ercilla. Las pocas figuras que Del Barco Centenera menciona han sido embellecidas ma?s alla? del reconocimiento con afirmaciones poco crei?bles. En el Canto XV, por ejemplo, encontramos una evocadora referencia al primer ma?rtir cristiano en Paraguay, un fraile de San Francisco muerto por las flechas de los Agaces. Dice el poema que despue?s, durante muchos an?os, los indios recordaron la muerte del fraile pues habi?an visto a la Virgen descender en forma visible y deslumbrante para recibir al hombre y conducir su alma a la eterna bienaventuranza.

Martín del Barco Centenera, emLa Argentina/em, 1602, primera edición. Cortesía
Martín del Barco Centenera, La Argentina, 1602, primera edición. Cortesía

Tambie?n encontramos en La Argentina un cuento sobre el tra?gico romance que tiene a un cacique Timbu? embelesado con Luci?a Miranda, esposa de un capita?n espan?ol que acompan?o? la expedicio?n de Sebastia?n Gaboto en 1527. Llamada “fa?bula” por el renombrado biblio?grafo argentino Ro?mulo Carbia y muchos otros, esta historia relata co?mo el cacique se apodero? a traicio?n del campamento espan?ol en Sancti Spi?ritus, matando a todos menos cuatro mujeres. E?l mismo murio? en la refriega, y su lugar lo ocupo? su hermano Siripo?, quien tambie?n se enamoro? de Luci?a. Su esposo espan?ol regreso? para intentar salvarla, pero es capturado y liberado gracias a las su?plicas de Luci?a a Siripo?, pero al final todos mueren por amor [3]. Con Del Barco Centenera puede ser difi?cil saber cua?ndo acaba la historia y cua?ndo empieza la ferviente imaginacio?n. Pero no aqui?. Ningu?n erudito serio acepta hoy esta leyenda como un relato veri?dico de los hechos. No estari?amos equivocados, para usar las palabras de Paul Groussac, en censurar la historia como una huida “del disgusto y la molestia que suelen inspirar las largas y prolijas cro?nicas” [4].

Gran parte de lo que vemos en La Argentina esta? igualmente desprovisto de la veracidad histo?rica que Ercilla se enorgulleci?a de ejercitar en su poema de Chile. En esto, podemos sen?alar que Ercilla no era cle?rigo, mientras que Del Barco Centenera habi?a entrado en el Nuevo Mundo para contribuir a la destruccio?n del paganismo. No sorprende que cualquier personaje fuerte entre los indios le pareciera, naturalmente, un defensor del mal. Deseaba transformar a los he?roes paganos en cristianos, no hacerlos disfrutar de la admiracio?n de las generaciones posteriores. Lo que a Ercilla, el caballero, le parecio? tan noble y digno de honor en el comportamiento indio, al archidia?cono le parecio? algo a exterminar.

Del Barco Centenera, para su cre?dito, a veces se preocupaba por agregar florituras sati?ricas a su poesi?a. Relata en el Canto I que dos caciques hermanos se pelearon por la posesio?n de una cacatu?a y se vieron así envueltos desde entonces en una guerra fratricida siendo este el origen de la división entre tupi?es y guarani?es. La Argentina tambie?n intenta ser poe?ticamente sofisticada al imitar a La Araucana en su composicio?n de octava real [5]. Esta fue una unidad muy difi?cil de ocho li?neas de 11 versos sila?bicos unidos por un esquema de rima apretado y adaptado principalmente de precedentes italianos. Lamentablemente, mientras Alonso de Ercilla podi?a presumir de genio, el archidia?cono apenas salio? de la mediocridad.

Martín del Barco Centenera, emLa Argentina/em, 1602, primera edición. Cortesía
Martín del Barco Centenera, La Argentina, 1602, primera edición. Cortesía
La Argentina debe ser vista en dos aspectos paralelos, como poesi?a y como historia. Tampoco ofrece la obra el tipo de satisfaccio?n que los estudiosos y lectores de Argentina y Paraguay deseari?an. Nos encontramos pregunta?ndonos lastimeramente: ¿que? es real y que? es inventado? ¿Que? se dice de buena fe y que? se dice con intencio?n de engan?ar? Del Barco Centenera, por supuesto, escribi?a para su tiempo, no para el nuestro, y seri?amos sabios en no olvidar esta realidad. Si pensamos en su poema como una naranja lista para que la exprimamos, tendremos que hacerlo muy fuerte para obtener los jugos histo?ricos apropiados, separados de la pulpa.

Notas

[1] No esta? claro que Del Barco Centenera y Di?az de Guzma?n fueran conscientes de los esfuerzos del otro en la escritura de la historia del Paraguay y del Plata.

[2] Bernard Moses, Spanish Colonial Literature in South America, Londres, Nueva York, 1922, pp. 222-241; Efrai?m Cardozo, Historiografi?a paraguaya (Me?xico: Instituto Panamericano de Geografi?a e Historia, 1979), pp. 174-185.

[3] Ro?mulo D. Carbia, Historia cri?tica de la historiografi?a argentina (desde sus ori?genes en el siglo XVI), Buenos Aires, 1939, pp. 28-29.

[4] Paul Groussac, Mendoza y Garay, Buenos Aires: Jesu?s Mene?ndez, 1916, pp. 467-469.

[5] Suplemento de La Nacio?n, Buenos Aires, 1 enero 1907.

 

* Thomas Whigham es profesor emérito de la Universidad de Georgia, Estados Unidos.

 

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