El Novecentismo paraguayo, como constructo historiográfico, ha sido narrado bajo una lógica androcéntrica. Esta lógica es una que no solo excluyó a las mujeres, sino que convirtió su ausencia en garantía necesaria de coherencia discursiva. Los estudios de Gómez Lez [1] y Sarah [2] han replanteado críticamente los límites del Novecentismo, interrogando tanto la nómina tradicional de sus integrantes como los criterios que permiten hablar de una sensibilidad compartida. Sin embargo, este trabajo busca profundizar en una dimensión aún más problemática: el lugar marginal —cuando no directamente omitido— de las mujeres dentro de dicho movimiento. Esta aproximación, deliberadamente disruptiva, desafía las categorías canónicas y las jerarquías establecidas, lo que sin duda generará resistencias en sectores académicos anclados en paradigmas rígidos. No obstante, el objetivo es precisamente ese: provocar un cortocircuito epistemológico que obligue a revisar críticamente los mecanismos de exclusión y las dinámicas de género dentro de la historiografía intelectual. Este trabajo no solo evidencia exclusiones, sino que revela cómo el archivo novecentista se construyó a partir de una doble violencia: la omisión de lo femenino —como lo sugiere Derrida en su concepto del mal de archivo [3]— y la negación de su papel constitutivo —en el sentido deleuziano de aquello que funda por diferencia y devenir.
No obstante, en los últimos años, ciertos trabajos —como este ensayo— han comenzado a releer ese archivo desde otros ángulos. Se trata de una corriente crítica que busca visibilizar las voces silenciadas y rastrear los hilos ocultos de una historia que siempre fue más plural de lo que el relato canónico permitió ver [4].
Los nombres que pueblan sus crónicas —Arsenio López Decoud, Ignacio Alberto Pane y otros— conforman una galería de próceres intelectuales que, según la tradición, lideraron la reconstrucción cultural del país tras la devastación de la Guerra de la Triple Alianza (1864-1870) [5]. Esta narrativa, sin embargo, esconde en sus grietas lo que Derrida llamaría huella borrada —es decir, la forma en que la organización del saber presupone exclusiones fundacionales—. El propio término "Novecentismo" encierra una paradoja: mientras evoca modernidad, su genealogía ha sido trazada con tinta excluyente. Raúl Amaral, al titular su obra El Novecentismo paraguayo. Hombres e ideas de una generación fundamental del Paraguay, no solo describe una época, sino que consagra un régimen de visibilidad. La palabra "hombres" no es casualidad, sino síntoma de una voluntad de poder que ha marginado, sistemáticamente, las voces femeninas.

¿Acaso no hubo mujeres en esa refundación cultural? ¿O es que su labor, sus ideas, sus letras, fueron relegadas al silencio de los archivos, al margen de los grandes relatos? La respuesta no es simple, porque su ausencia en los libros de historia no equivale a una ausencia real. Como señala Foucault, implica una "densa serie de prácticas como la pedagogía, el sistema de libros, la edición, las bibliotecas, las sociedades de sabios de antaño", entre otras [6].
Las mujeres participaron activamente en la vida intelectual de la época, pero lo hicieron desde los pliegues, en espacios que la historiografía tradicional ha considerado menores: los magisterios, los talleres de costura, las sociedades de beneficencia, las redacciones de revistas efímeras. Estos espacios no fueron meros refugios, sino laboratorios de epistemologías otras: donde Ramona Ferreira articulaba razón ilustrada y las placeras del Mercado Guazú en la posguerra ejercían una crítica corporal al poder eclesiástico mediante el control del comercio de alimentos. Mientras los hombres debatían en ateneos y publicaban ensayos [7], ellas escribían poemas en cuadernos secretos, fundaban colegios para niñas o articulaban, desde la prensa femenina, un discurso paralelo sobre la nación —como ejemplo, la protesta de las Concepcioneras en 1901 [8]—. Su labor fue menos visible, pero no menos importante.

El problema es el canon. El Novecentismo se construyó como un movimiento de vanguardia, y las vanguardias —incluso aquellas que se pretendían revolucionarias— rara vez cuestionaron los roles de género de su tiempo. La paradoja es cruel: ese "Novecentismo" que se proclamaba faro de modernidad, reproducía en su arquitectura interna las jerarquías más arcaicas. Como en los palimpsestos medievales —aquellos manuscritos en los que se borraban textos antiguos para escribir nuevos sobre ellos—, la cultura paraguaya de fines del siglo XIX reescribió su relato oficial sobre las huellas femeninas, borrándolas o reduciéndolas a silencio. Lo que hoy leemos como discurso fundacional lleva, bajo sus líneas, las marcas de una exclusión cuidadosamente superpuesta.
Así, las mujeres que osaron pensar, crear o publicar fueron relegadas al papel de "residentas", "destinadas" o "traidoras", nunca de protagonistas [9], en sentido pleno de la palabra. Sus textos, cuando sobrevivieron, fueron leídos como curiosidades anecdóticas, nunca como parte fundamental del proyecto cultural novecentista. Pero sería injusto no mencionar el debate que tuvieron Cecilio Báez y Arsenio López Decoud respecto al feminismo, lo que, según se dice, fue el primer debate en este aspecto. Como bien expresan Line Bareiro y Clyde Soto, "a dos hombres les cupo iniciar el debate feminista en el Paraguay, aunque deberíamos hacer un seguimiento de sus otros escritos para saber si fue solamente cosa de un momento o el feminismo pasó a ser un componente de su pensamiento" [10].

Reconstruir este legado exige lo que podríamos llamar una anarqueología material: una búsqueda que no se limite a hallar los textos extraviados, sino que indague en las condiciones sociales, políticas y afectivas que hicieron posible su pérdida. No se trata solo de recuperar documentos, sino de leer las huellas del olvido como síntomas de una exclusión activa. Aunque no nos demoremos en aquellos intelectuales que brillaron con luz propia, es en los márgenes —en esos pliegues apenas visibles de la historia— donde deseamos posar nuestra mirada: las mujeres intelectuales, voces que emergieron entre el silencio y el olvido. Junto a Ramona Ferreira y Serafina Dávalos, otras mujeres tejieron redes intelectuales desde la periferia: Asunción Escalada, quien bajo pseudónimo masculino defendió la Ley de Matrimonio Civil, desafiando el monopolio eclesiástico sobre los cuerpos. Esta resistencia popular dialoga con la labor más visible —pero igualmente marginalizada— de mujeres como las placeras de posguerra, las vendedoras del Mercado Guasú; lejos de ser meras víctimas de la doble marginación (género/clase), ejercieron un contrapoder cotidiano —controlar el flujo de alimentos era, en la posguerra, regular la vida misma—. Sus transacciones no solo sustentaban hogares, sino que fisuraban el dominio clerical sobre los cuerpos: al fijar precios o negar víveres a curas, convirtieron el mercado en una micro-política del disenso.
Como señala Federici [11], el 'trabajo reproductivo' de las mujeres (magisterios, mercados) fue históricamente un campo de batalla invisible —no solo explotación, sino posibilidad de contraeconomías radicales—. Las paraguayas del 1900 lo demostraron: sus redes de cuidado y comercio informal fueron la infraestructura material de su resistencia intelectual. Si bien estas últimas —las placeras y vendedoras— no dejaron un corpus teórico, su presencia en el espacio público —esa 'teoría con los pies en el barro'— cuestionó el mito de un Novecentismo exclusivamente letrado. Así, el archivo se expande: de los libros a las voces anónimas que, como fantasmas en los pliegues del documento oficial, interrogan nuestros límites para definir lo intelectual.
Ferreira y Dávalos no se limitaron a 'participar' en la intelectualidad: la redefinieron. La primera, Ferreira, fundadora del periódico La Voz del Siglo, fue antes, junto a Mercedes de Font, pluma insurgente en El Porvenir. Entre 1902 y 1904, aquella publicación —isla de librepensamiento en un mar de conservadurismo— desató, como señala Beatriz González de Bosio (2001), "una reacción en la sociedad, sufriendo atracos y empastelamientos" [12]. Su tinta fue resistencia, su palabra, un incendio. La segunda, Dávalos, primera abogada mujer, feminista y lesbiana, fue autora del libro Humanismo, donde abogaba por la igualdad de derechos entre hombres y mujeres, siguiendo la línea del sufragismo y del feminismo de corte liberal —como bien lo expresan Schvartzman Muñoz, Bareiro Gaona y Lezcano Bolla [13]—. Aquella "reina de la colmena", al decir de Barrett, que sin miedo discutía con los intelectuales de la época [14].
Hoy, el nombre de Serafina Dávalos comienza a rescatarse de las sombras, aunque aún son solo destellos de un mosaico fracturado, esperando ser restaurado. Y junto a ella, Ramona Ferreira, cuya vida agitada permanece en el mismo limbo, como un manuscrito a medio descifrar, clamando por su lugar en la memoria. Ambas son fragmentos de un relato mayor, uno que aún aguarda, entre archivos polvorientos y ecos desvanecidos, la mano que lo complete.

En el caso paraguayo, lo que Derrida llamó mal de archivo se convirtió en una estrategia bélica del patriarcado letrado: una forma activa de exclusión contra los cuerpos que sabían demasiado. Por eso, las capas raspadas del palimpsesto novecentista (los textos de Ferreira, las voces de las placeras) no son lo Otro de la historia, sino su inconsciente político. El Novecentismo, en este sentido, contiene múltiples temporalidades superpuestas: hay un 1900 oficial (el de los manifiestos y ateneos) y un 1900 subterráneo (el de las aulas y periódicos femeninos) que se niegan a ser sincrónicos.
La tarea crítica hoy consiste en dejar que lo reprimido hable, no para "incluirlo" en el relato existente, sino para mostrar cómo ese relato siempre estuvo agujereado por sus propias exclusiones constitutivas. Es así que proponemos leer a Ferreira siguiendo los hilos filosóficos de su pensamiento. Para ello, recurrimos a Deleuze y su idea de "fenómeno de resonancias" [15]. Este concepto permite trazar conexiones no lineales: el diálogo entre Ferreira y la Ilustración radical, por ejemplo, no es mera influencia histórica. Son vibraciones conceptuales que desbordan cronologías rígidas. Estas resonancias iluminan cómo su pensamiento reactiva preguntas filosóficas persistentes, desbordando los límites cronológicos y las taxonomías disciplinarias.
Ferreira no solo resuena en su época, sino que encarna lo que Gilles Deleuze y Félix Guattari denominan un "personaje conceptual" [16]: una figura que no se reduce a su existencia histórica, sino que se convierte en un operador de pensamiento, un catalizador de ideas que trasciende lo meramente biográfico. En su labor en La Voz del Siglo, Ferreira no se limitó a oponerse al dogma religioso desde una postura ilustrada; redefinió el propio espacio del debate público, transformando las páginas del periódico en un campo de batalla intelectual. Sus editoriales no eran simples críticas, sino actos de reterritorialización: apropiaciones del discurso dominante para subvertirlo, convirtiendo las ideas en armas de cambio.
Deleuze y Guattari sostienen que estos personajes funcionan como "lentes" a través de los cuales los conceptos se despliegan y adquieren sentido. Ferreira cumple este rol a la perfección: su pensamiento no es estático, sino un proceso en constante devenir. En sus textos, lo político se entrelaza con lo literario y lo ético, desdibujando fronteras y generando nuevas formas de interpretación. No es solo una voz crítica, sino un sujeto filosófico en acción, que desestabiliza jerarquías y reconfigura los territorios del saber.
Esta aproximación, lejos de ser un ejercicio "bien pensante" o complaciente, exige una perspectiva anarqueológica —en el sentido foucaultiano más radical—[17]. Se trata de escarbar en lo no-dicho, en lo no-proclamado, como gesto epistemológico que interroga los silencios de la tradición. Aquí, el método deleuziano converge con esta metodología hereje: mientras el "personaje conceptual" desestabiliza las jerarquías del pensamiento, la excavación crítica revela lo que las narrativas hegemónicas han suprimido.
Esta doble operación —la del pensamiento marginal y la de su lectura crítica— desafía el pesimismo nihilista que a veces acompaña los estudios del archivo. Muestra que los pliegues de la historia no son externos al Novecentismo, sino el afuera constitutivo que simultáneamente lo sostiene y lo desestabiliza. Porque el Novecentismo, leído desde sus fracturas, no fue uno ni múltiple, sino una multiplicidad: un campo de batalla donde lo marginal revela su potencia constitutiva.
Notas
[1] Cfr. Gómez Lez, O. (2013). "II Mujeres, exclusión y emancipación en el 900 paraguayo". En Gómez Lez, O. y Zarza, M. (comp.), Pensadores(as) del 900, Centro de Investigaciones en Filosofía y Ciencias Humanas/Secretaría Nacional de Cultura, pp. 205-238.
[2] Cfr. Sarah, D. (2013). "El Novecentismo: sobredimensiones y olvidos". En Gómez Lez, O. y Zarza, M. (Comp.), op. cit., pp.239-269.
[3] Cfr. Derrida, J. (1997). El mal de archivo. Una impresión freudiana, Trotta.
[4] Actualmente, la socióloga, Alma Monges se encuentra investigando el pensamiento de las mujeres a principios del siglo XX en el Paraguay.
[5] Si nos remitimos al índice de El Novecentismo paraguayo, de Raúl Amaral, sobresalen ocho nombres, nacidos entre finales del 1860 hasta 1980. Todos hombres. De Arsenio López Decoud (1887) hasta Ignacio Alberto Pane (1880). Cfr. Amaral, R. (2006). El Novecentismo paraguayo. Servilibro.
[6] Cfr. Foucault, M. (1996). El orden del discurso. La Piqueta.
[7] Se puede corroborar eso, como bien dice Gómez Lez (2013), por el nulo aporte femenino en las revistas del primer Ateneo Paraguayo (1883-1889) y el Instituto Paraguayo (1867-1926). Cfr. Gómez Lez, O. (2013). I Ciencia, saber y verdad en el Paraguay de 1900. En Gómez Lez, O. y Zarza, M. (Comp.), op. cit., pp.161-203. Centro de Investigaciones en Filosofía y Ciencias Humanas/Secretaría Nacional de Cultura.
[8] Cfr. Martínez, O. y, Monte, M. (1999). "Dios proteja destino patria". Las concepcioneras de 1901. Centro de Documentación y Estudios.
[9] Cfr. Monte de López Moreira, M. (2023). Mujeres del XIX. Centro de Documentación y Estudios.
[10] Cfr. Bareiro, L. y Soto, C. (1993). "Intelectuales en defensa de unas rebeldes". En Bareiro, L.; Soto, C.; Monte, M. Alquimistas. Documentos para otra historia de las mujeres. Centro de Documentación y Estudios.
[11] Cfr. Federici, S. (2010). Calibán y la bruja. Mujeres, cuerpo y acumulación originario. Traficantes de sueños.
[12] Cfr. González de Bosio, B. (2001). Periodismo escrito paraguayo. 1845-2001. De la afición a la profesión. CEPUC-Intercontinental Editora.
[13] Cfr. Schvartzman Muñoz, G.; Bareiro Gaona, M. C.; Lezcano Bolla, S. (2024). "Pensamiento político de las mujeres en el Paraguay. Un breve recorrido histórico desde la Colonia hasta el periodo liberal". En Duarte Sckell, J; Soto Vera, A; Taboada Gómez, V. Más que gloriosas. Una historia de las mujeres en el Paraguay. Tomo II. Editorial Tiempo de Historia.
[14] Cfr. Barrett, R. (1990). Obras completas IV. RP ediciones.
[15] Cfr. Deleuze, G. (2019). En medio de Spinoza. Cactus.
[16] Deleuze, G. y Guattari, F. (1993). ¿Qué es la filosofía? Anagrama.
[17] Foucault, M. (2014). Del gobierno de los vivos. Curso en el College de France (1979-1980). Fondo de Cultura Económica.
* Raúl Acevedo es docente e investigador de la Facultad de Filosofía de la Universidad Nacional de Asunción (UNA). Es director del Centro de Investigaciones en Filosofía y Ciencias Humanas (CIF-Paraguay), miembro del comité editorial de la revista Apóstasis, de la Red Iberoamérica Foucault y del Consejo editorial del Celapec (México). Es gestor cultural en Filosofía en movimiento. Su interés gira alrededor de la filosofía contemporánea, los estudios culturales y el pensamiento crítico paraguayo.