I - Contra la lectura reductiva: hacia una máquina de guerra textual
Cierta historiografía ha caracterizado La Voz del Siglo como mero periódico "abstracto, sin originalidad" [1], reducido a la transcripción pasiva de textos ajenos y a un feminismo tímido. Tal interpretación no solo empobrece su legado, sino que fracasa en captar la potencia rizomática de su proyecto. Este juicio, anclado en una lógica arborescente de la creatividad, desconoce el devenir minoritario que operaba en sus páginas: un esfuerzo por desterritorializar el orden moral, religioso y patriarcal del Paraguay finisecular. El periódico fue menos un medio informativo que una máquina de guerra contra los códigos dominantes, un agenciamiento colectivo de enunciación donde lo femenino, lo crítico y lo disidente se articulaban en una cartografía de resistencias.
La supuesta falta de originalidad ignora que la práctica del recorte y montaje en Ferreira no era déficit, sino estrategia de devenir. Como un rizoma que conecta líneas heterogéneas, la publicación operaba mediante fragmentos recombinados de libros, folletos y periódicos para producir nuevos sentidos. Esta técnica —lejos de ser mera repetición— constituía un archivo que evade la fijeza institucional, un sabotaje a las jerarquías del saber instituido. En un territorio dominado por el dogma, Ferreira no buscaba innovar en las formas canónicas del periodismo, sino deshacerlas: su escritura era un campo de intensidades, un espacio donde los textos ajenos devenían propios al ser lanzados contra el régimen de verdad clerical y estatal.
Tildar de "débil" el feminismo de La Voz del Siglo implica no leerlo desde su potencia molecular. Su crítica a la educación patriarcal, la exclusión pública femenina y la dominación clerical no requería de consignas liberales para ser radical: era una ruptura en acto. Ferreira no escribía: destejía la trama del lenguaje con agujas de librepensamiento. Cada palabra robaba un hilo al manto clerical; cada texto, un punto de fuga en el tejido de lo decible; cada columna, un acto de insubordinación contra el lugar asignado a lo femenino en la intelectualidad paraguaya.

La fusión de géneros —esa borradura deliberada entre noticia y ensayo— no era deficiencia, sino resistencia al régimen significante de la prensa liberal. La Voz del Siglo rechazaba la ilusión de objetividad como dispositivo de control. En su lugar, practicaba un periodismo alquímico: cada texto era un plano de consistencia donde lo político y lo filosófico se imbricaban, donde la información devenía concepto, y la opinión, martillazo a las certezas del orden establecido.
Leer La Voz... con lentes deleuzianos es exhumar sus páginas mutiladas —cicatrices de tinta que hoy reverdecen en cuadernos de profesoras rurales, en panfletos de colectivas urbanas, en susurros de adolescentes que descifran entre líneas lo que el poder tachó de 'peligroso'—. Su derrota fue semilla. Su silencio, un grito transhistórico. Porque las máquinas de guerra no mueren: se repliegan en los intersticios de la historia, aguardando el momento de disparar contra nuevos dogmas. Hoy, cada educadora que subvierte el currículum clerical, cada joven que lee lo prohibido, es la resonancia de ese disparo que Ferreira preparó hace un siglo.
II - Una lectura de La Voz del Siglo [2]
Entre 1902 y 1904, Ramona Ferreira se alza como destello intempestivo en el espesor del pensamiento paraguayo, encarnación de una línea de fuga que corta transversalmente los diagramas de poder. Su irrupción en La Voz del Siglo, periódico librepensador que devino máquina de guerra mental, no fue sólo un gesto escritural: fue un acto ontológico de desvío, un devenir-mujer que conjugó feminismo, anticlericalismo, cosmopolitismo intelectual y crítica social con la violencia de lo que irrumpe sin pedir permiso. En los textos publicados entre agosto de 1902 y marzo de 1903, se compone un agenciamiento heterogéneo que hace de Ferreira una figura rizomática, impensable en los códigos dominantes, imposible de capturar en las estructuras patriarcales de reconocimiento.
Desde el número inaugural, fechado el 3 de agosto de 1902, Ramona Ferreira emerge como signo intempestivo, como singularidad que hiere la superficie del presente con el filo de lo por venir. La tarjeta enviada por el periodista italiano Francisco Gicca no sólo la llama "valiente librepensadora", sino que le ofrece su periódico como arma: "para aplastar a los reptiles negros". Animalización del enemigo clerical y afirmación de una guerra semiótica en la que la pluma deviene espada. La designación de Ferreira como "compañera" y "primera mujer paraguaya cuya fama traspasa las fronteras" traza una línea desde el margen hacia lo transnacional, inscribiéndola en una cartografía disidente que rompe con el centro cultural y los órdenes del clero.
Tres meses más tarde, el 5 de octubre de 1902, el Boletín de la Propaganda Liberal del Uruguay reafirma esta construcción simbólica. La figura de Ferreira es allí una "excepción honrosa" ante la sujeción femenina a la Iglesia, atribuida a la "ignorancia" y la "sensibilidad infantil". Su comparación con Juana de Arco opera como torsión semiótica: si la francesa obedecía "voces misteriosas", Ramona actúa por la fuerza racional de una "clara inteligencia". Secularización de lo heroico femenino, la heroína religiosa es desplazada por la mujer ilustrada. El cuerpo místico es reemplazado por el cuerpo que piensa. La ética del librepensamiento reclama para sí los signos del heroísmo, pero los transmuta, los desequilibra, los libera de su teología.
Ese mismo número incluye un texto anónimo, fechado en Yegros, que prolonga el plano de consistencia de Ferreira como guía y vector de transformación. Se dice de ella que empuña la pluma con "virilidad poco común", pero también que es "una mujer de hermosos pensamientos", portadora de la "antorcha del progreso". La tensión entre atributos tradicionalmente masculinos y virtudes femeninas no se resuelve: se mantiene como un campo de intensidades relacionales. El cuerpo de Ramona no es síntesis ni conciliación, sino multiplicidad: fuerza y dulzura, combate y luz. Al convocar a formar una "compacta falange" en torno a ella, el texto revela tanto su capacidad catalizadora como las tensiones de género que atraviesan la política cultural de la época.
El clímax simbólico de esta construcción aparece en marzo de 1903, cuando el periódico alemán Tagblatt und Wochenblatt la describe como "paloma blanca" en su confrontación con los salesianos y, particularmente, con el obispo Juan Sinforiano Bogarín. Aquí, la figura de Ferreira se pliega y se despliega en una doble inscripción: la paloma, emblema de pureza, convive con la metáfora del granizo que golpea sin tregua. La imagen se torna ambigua, a la vez guerrera y pacífica, racional y pasional. Su pluma "ni se doblega con amenazas ni se deja seducir". Lo femenino se vuelve campo de batalla semiótica, y Ferreira, una zona de intensidad donde se cruzan signos opuestos sin llegar nunca a una identidad cerrada.

Estos textos, leídos en conjunto, configuran una estrategia discursiva de subjetivación política. Ramona Ferreira es proyectada como pionera transnacional (Gicca), excepción ilustrada (Boletín uruguayo), guía moral (Yegros), ícono continental (Tagblatt). Pero esta máquina deseante no opera sin fricciones. Al mismo tiempo que se desmonta el arquetipo femenino tradicional, se recurre a sus residuos simbólicos —pureza, abnegación, maternidad simbólica— para legitimar su figura. He aquí una paradoja fundamental: la crítica de lo femenino instituido no puede, sino pasar por su reconfiguración. ¿Cómo devenir otra sin quedar atrapada en lo mismo? ¿Cómo incendiar el significante "mujer" sin que sus cenizas reaparezcan en forma de elogio?
El lema inglés que cierra el texto firmado como Yegros —"Honi soit qui mal y pense"— funciona como escudo heráldico, pero también como cifra de un deseo sin culpa. Ramona Ferreira no solo desorganiza el dispositivo eclesial y patriarcal, sino que encarna un nuevo régimen de sentido: el de una mujer que piensa, escribe, polemiza, y en ese acto se convierte en anomalía generativa. Su escritura no explica el mundo: lo hiende.
Al lado de esta figura singular, La Voz del Siglo se presenta como un operador discursivo de alta intensidad. En sus primeros números, los textos programáticos "Nuestro propósito" y "¡A la lucha!" configuran un espacio de enunciación donde el librepensamiento se articula como acontecimiento. "Nuestro propósito" despliega una tríada retórica: la metáfora médica de la regeneración nacional, el linaje heroico de Galileo y Colón como mártires de la razón, y la animalización del creyente como "bruto". Se trata de una inversión simbólica que reconfigura el sentido común, transmutando el librepensamiento en obligación evolutiva, en imperativo vital más que en doctrina.
El texto firmado por Octavio introduce un tono de vulnerabilidad que desequilibra el pathos combativo. Habla de una "mujer" protectora (Ramona, seguramente), anticipa los ataques, reconoce la fragilidad. Aquí, el periódico se reconoce no como institución, sino como cuerpo expuesto. La máquina de guerra no se opone a la afectividad, sino que se alimenta de ella: combate porque duele.
Uno de los desplazamientos más radicales operados por La Voz del Siglo es la resignificación del nacionalismo. El viejo lema de la Guerra Grande —"vencer o morir"— se convierte en emblema de la lucha intelectual. Ya no se combate con fusiles, sino con ideas. Los enemigos no son ejércitos, sino dispositivos de captura espiritual. Esta torsión semiótica produce un nuevo campo de batalla: la cultura. El pensamiento como insurrección.
Pero los silencios también hablan. No hay programa económico. No hay lectura de clase. El campesinado no aparece. La lucha es simbólica, sí, pero no por ello menos radical. La Voz del Siglo no busca cambiar estructuras materiales: quiere liberar cerebros. Su revolución es inmanente al lenguaje.
En el texto "A nuestros protectores", publicado en los primeros números, se narra el nacimiento difícil del proyecto. La metáfora de la "cárcel" de ideas, el fuego fatuo de las ilusiones, el ataque de "fanatizados católicos", todo compone un relato de martirio secular. Los "hombres de valer" —masones, librepensadores, donantes— aparecen como aliados de este devenir-revolucionario. La lista de benefactores, encabezada por la Logia Libertad, revela la dimensión transnacional del proyecto. Nombres extranjeros y criollos se mezclan en una red intelectual que sostiene esta micro-máquina de guerra cultural.
En 1904, el periódico intensifica su intervención. Tres textos clave —"El libre pensamiento" (29 de febrero), "Lo que es el Libre-Pensador" (23 de mayo) y "Libre idea" (27 de junio)— constituyen un tríptico de pensamiento insurgente. Primero, el diagnóstico de una sociedad moralmente putrefacta, donde la religión y la política funcionan como dispositivos de sujeción. Luego, el perfil del librepensador como sujeto ético, generoso, incluso con sus adversarios. Finalmente, el método: la discusión abierta, la confrontación razonada de ideas. No hay herejía, hay diferencia.
En este plano, la historia de Ramona Ferreira y La Voz del Siglo se convierte en historia de desterritorialización. Desafiar al clero, al patriarcado, al orden establecido, no fue un gesto heroico más: fue la apertura de una línea de fuga por la que aún resuenan las potencias del pensamiento disidente. Ramona no sólo escribió: fue escrita por una multiplicidad que la excedía. Su pluma, devenido relámpago, incendió un tiempo que no estaba preparado para ella. Pero quizás por eso su figura retorna: porque en su gesto se cifra una posibilidad aún viva de devenir otra cosa, de pensar en otro lugar.
Notas
[1] de López Moreira, M. M. (2013). Ecos de la prensa femenina en la primera mitad del siglo xx. En Universidad de Montevideo. Facultad de Humanidade (Org.). Actas de las III Jornadas Internacionales de Historia del Paraguay -Investigaciones de Historia Social y Política, Paraguay (pp. 209-220). Tiempo de Historia.
[2] Para este apartado utilizamos los documentos que aparecen en Bareiro, L.; Soto, C.; Monte, M. (1993). Alquimistas. Documentos para otra historia de las mujeres. Centro de Documentación y Estudios.
* Raúl Acevedo es docente e investigador de la Facultad de Filosofía de la Universidad Nacional de Asunción (UNA). Es director del Centro de Investigaciones en Filosofía y Ciencias Humanas (CIF-Paraguay). Su interés gira alrededor de la filosofía contemporánea, los estudios culturales y el pensamiento crítico paraguayo.