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La escritura como hacha y comunión

Sobre "Llevo conmigo a mis muertos", libro de Elías Colmán publicado por Aike Biene Ediciones.

Élian Cabrera
por Élian Cabrera 22 Marzo de 2026
22 Marzo de 2026
Portada de "Llevo conmigo a mis muertos", de Elías Colmán. Aike Biene Ediciones.
Portada de "Llevo conmigo a mis muertos", de Elías Colmán. Aike Biene Ediciones. Cortesía

Fue a principios de diciembre del año pasado; los primeros días, sí, cuando leíste las primeras páginas del libro. Miento. Apenas en la segunda página te quedaste, cerraste el libro, te levantaste y caminaste sin rumbo los metros cuadrados que tu departamento te permitían. Necesitabas una ventana, ¡algo!, para mirar el horizonte cableado, sin más. Algo que mirar, sostenerse. Y la encontraste en la última palabra que leíste del libro: una rana. Tenías que buscar una rana. No necesariamente real, una copia, su espectro. Dijimos que era diciembre, las calles estaban llenas de figuras de arcilla para construir el pesebre. No dijimos que ya era entrada la noche, muy tarde para salir a buscar. Igual tenías que salir, tu cuerpo lo pedía. Era misión autoimpuesta, traída como sortilegio, lo demandaba. Encontraste una única vendedora, pero no tenía la figura que buscabas, esa figura anclada en tu mente, pequeña y verde brillante. "Pea ndoserví", se rio la vendedora cuando le describiste lo que buscabas, insistiéndote en comprar la pareja de enormes ranas a cambio. Compraste tres mariquitas. No volviste al libro en una semana.

Kafka decía que un libro debía pegarte un puñetazo en toda la cara como una desgracia dolorosa. Un libro debe ser el hacha que rompa el mar helado dentro de nosotros. Un libro que te obliga a levantarte y dejarlo como una brasa caliente obligando a enfrentarte con tu propia mitología. Así se presenta Llevo conmigo a mis muertos (Aike Biene Ediciones, 2025) del autor paraguayo Elías Colmán, como esa hacha que nos abre en canal a la vez que corta pedazos de su historia personal y nos ofrece a modo de comunión a sus lectores. El libro se presenta como hibridez que oscila entre la poesía en prosa, la narrativa fragmentaria y el diario íntimo. Compuesto por una serie de textos breves que funcionan como piezas independientes, pero todas vinculadas a los ejes del libro: el duelo y la memoria. Con una estructura no lineal, va moviéndose al ritmo de recuerdos de infancias, reflexiones a varias voces y episodios oníricos.

¿Aunque acaso las memorias de la niñez no son eso? Visitas a un mundo donde las imágenes son palimpsesto de ensueño, encuentros hauntológicos donde lo(s) ausente(s) embruja(n) nuestro presente. El tejido temporal que va creando Elías Colmán en su obra es una compleja red de emociones orgánicas, donde el campo semántico predominante va desde la naturaleza, como conexión con aquello lejos del entendimiento lógico-racional y más ligado a un delirio-ancla que sirve como cosmogonía personal. Pasando por escenas domésticas que rememoran su infancia en la tierra roja del Paraguay, que recuerda la situación migrante del autor: ese duelo perpetuo ante el hogar perdido, entre mate y silla cable, santería y fosforitos.

La voz poética de Colmán invita a un tono confesional, sin dejar de lado un dejo de ironía y un humor sutil, siempre agradecido para descomprimir un tema tan doloroso como el recuerdo de nuestros seres que han partido: "Luego de unas semanas de convivencia, empecé a sospechar -por algunas de sus actitudes- que Musti (la rana) era mi viejo" (pág. 11).

En varias partes de la obra se da a entender que no sólo somos nosotros los vivos quienes arrastramos a nuestros muertos, sino que ellos tienen la tarea de recordarnos. En esa reciprocidad, entre paradojas y desvaríos, también somos nuestras ausencias. Aunque como lectores queremos creer en una literatura que exorciza. Como decía María Negroni en el Corazón del daño,"escribir sería, en tal sentido, enfrentarse a un rostro que no amanece. O, lo que es igual: esforzarse por agotar el decir para llegar más rápido al silencio".

Vaciarse de palabras, el verdadero fin del duelo. ¿Pero qué hacemos cuando nuestros muertos habitan el lenguaje? Colmán no ofrece tregua: "Pero si hablo de mi padre, hablo tanto de su ausencia que me han sugerido amablemente que dé por terminado el duelo. ¿Eso se puede?: terminar el duelo" (pág. 55).

Llevo conmigo a mis muertos es una experiencia conmovedora y sobre todo honesta, explora la pérdida como una presencia constante, pero transformadora. Elías nos muestra que en el ejercicio de la escritura podemos ofrecerle un lugar de cuidado para el recuerdo de nuestros seres que ya trascendieron, un espacio para dialogar con las ausencias, mientras cruzamos el trecho que nos queda para volver a encontrarnos, sea en forma de rana o canción.

 

* Élian Cabrera (Paraguay, 1990) es escritor. Publicó Pulsión de muerte para niñxs (Are you a cop or what, 2024) y Tajo/refugio (AikeBiene Ediciones, 2020). Otros fanzines de su autoría son Seppuku Subtropical, Carne [alrededor del tajo] y Queremos la fuga. Su videopoema "Derrames de una proto-conciencia" fue exhibido en el primer festival de "Art machine", Lima, 2023. Participó en el audiolibro "Me lo llevo a la tumba" (2024), voces de autores latinoamericanos LGBTIQ+. Sus poemas fueron publicados en el número 57 de la revista NACLA Report en su especial "Cuerpos furiosos: travesti-trans politics in revolt" (2025). Sus obras fueron traducidas al francés, inglés y alemán.

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