"Cuentos raros" de Delfina Acosta
"Cartas prohibidas" me recuerda la correspondencia entre Elena Garro y Bioy Casares. Ese carteo febril que acontece entre dos casi desconocidos, con frases entrecortadas que imitan la agitación del deseo y la urgencia por arder. Es un relato con descripciones osadas y de una sensualidad tan arrolladora, que las letras parecen aprisionadas en medio de la necesidad insatisfecha de dos amantes. Como en las grandes novelas epistolares, lo más intenso ocurre en aquello que apenas se insinúa.
En "El extraño", Delfina nos conduce por la inercia gris de los amores urbanos: vínculos rutinarios, descomprometidos y soporíferos que retratan la cotidianidad en un barrio asunceno. Sin embargo, frente a esa monotonía, surge un amante misterioso y salvaje. En un brillante juego de espejos y metaficción, la narradora nos sugiere que este idilio feroz ocurre entre la alucinación, el deseo y los papeles de una raya.
"Los chespis" es un aguafuerte sobre los ángeles caídos que deambulan por las calles con la edad de la miseria en la mirada; seres que no hallan espacio, en la inmensidad de su dolor, para contemplar siquiera una ranura de redención. Es una historia atravesada por esa humanidad herida que la literatura, a veces, consigue mirar de frente.
"Los albañiles" narra el vínculo fraterno entre un maestro de obras y su aprendiz. Retrata la admiración del muchacho por la eficacia del maestro, el dominio de su trabajo y esa sabiduría elemental que, en ciertos oficios, basta para volverse imprescindible.
En "Los jubilados" nos enfrentamos a una realidad social terrible que debería ocuparnos a todos: la injusticia lacerante que arremete en las instancias postreras de la vida. Esa vulnerabilidad en la vejez, precisamente, proporciona un atajo conveniente a los impíos gobernantes de turno. Sin golpes bajos ni dramatismos innecesarios, Delfina construye una historia que, solo por narrar la realidad, resulta desgarradora.
En "Los raros", la voz de una perspicaz narradora urde una crónica barrial tan hilarante como macabra. A través de un monólogo dramático y rebosante de información, nos devela las singularidades de tres hermanos que parecen habitar al margen de la realidad. La obra plantea una brillante paradoja: los protagonistas absorben la excentricidad del entorno y la utilizan como un escudo protector, pero, al intentar normalizarse, desatan una ola de fatalidades sobre el barrio. Con constantes referencias al paisaje asunceno, la trama fluye entre el realismo mágico urbano y el terror metafísico. Un humor negro impecable y absurdo enmarca una constelación de disparates que llevan a la risa pronta. Sin embargo, a medida que el viento vecinal arrastra profecías apocalípticas y la muerte reclama su espacio, la carcajada se congela en un dilema existencial: ¿cómo saber quiénes son los verdaderos raros y quiénes están realmente vivos?
En "Adiós, adiós, adiós", el narrador se convierte en el testigo ideal de un drama lorquiano contundente, con los aditivos necesarios de una tragedia familiar. A medida que avanzan los acontecimientos, aparece en todo su esplendor la desopilante prosa de Delfina, única e irrepetible, colmada de diálogos inteligentes, profundos y rítmicos. Sucesivos desencuentros amorosos con tintes trágicos conducen al lector hacia un desenlace inesperado donde conviven el desengaño y la ironía.
Finalmente, en "Enseres sensibles", un narrador omnisciente subjetivo observa la caótica situación de los objetos, en apariencia inanimados, que componen un hogar a la deriva. ¿Qué ocurre cuando los enseres deben enfrentar sus días sin dueño a la vista, bajo el desamparo más cruel? No fueron diseñados para existir sin la mano humana, sin la conciencia hacedora de quien los compró. En medio de una devastadora alegoría sobre el desarraigo, nos conmovemos ante su inevitable pérdida de identidad y funcionalidad. La desolación es ahora el único destino en este cuento de realismo fantástico, donde un fino hilado de melancolía atraviesa toda la historia y hace nido en el ánimo del lector.
Cuentos raros representa el tipo de literatura que más disfruto: inusitada, extravagante y sostenida sobre una trama narrativa sólida y estructurada. Delfina escribe historias excéntricas sin perder el pulso narrativo. Leerla es ir sobre seguro. Uno puede comprar el libro tranquilo, sentarse, relajarse, respirar hondo y empezar a pasar las páginas. El disfrute llega pronto y asegurado. No falla, aunque eso ustedes ya lo saben.
Carla Molinas (Asunción, 1970) es escritora y compiladora, miembro de Escritoras Paraguayas Asociadas (EPA) y de la Sociedad de Escritores del Paraguay (SEP). Es egresada de Bellas Artes. Publicó Alma peregrina (2014), Una brizna de fuego (2023) y Baile de letras y Horas cantadas (2025).