La brecha existente entre las realidades latinoamericanas y los paradigmas teóricos y políticos del marxismo solamente podría ser salvada (...), mediante la traducción en clave latinoamericana de estos paradigmas.
Charles Quevedo
Si Barrett sucumbió al tifus de la indiferencia y Dávalos naufragó en el accidente del olvido, Quevedo completó la tríada con una despedida alegórica: la sepsis institucional. Tres modalidades de silencio —el cuerpo vencido, el texto extraviado, la herida infectada—, pero un mismo ecosistema epistemológico que rechaza, como cuerpo extraño, todo pensamiento irreductible a su metabolismo. En Paraguay, las ideas lúcidas no mueren por martirio espectacular, sino por fiebres administrativas: el expediente que se esfuma entre depósitos, el manuscrito que nunca alcanza la imprenta, la memoria que se deshace en el ácido lento de la desidia.
Charles Quevedo —arqueólogo de archivos prohibidos— dedicó su vida a suturar estas fracturas de la memoria. Pero la catedral de los procedimientos —ese organismo cuyos anticuerpos burocráticos neutralizan lo heterodoxo— terminó por expulsarlo. No por decisión manifiesta, sino por la lógica autopoiética de todo sistema que prioriza su homeostasis sobre el pensamiento crítico. Su muerte por sepsis en 2022 no fue un evento médico fortuito, sino síntoma estructural: la materialización involuntaria de una cultura del archivo que, al no custodiar su memoria incómoda, la condena a la necrosis documental. La negligencia hospitalaria no fue aquí causa, sino corolario; no conspiración, sino epifenómeno de un orden donde lo radical padece lo que podríamos nombrar como «muerte por inercia»: no prohibición explícita, sino la suma de omisiones que, como un gas inodoro, asfixia lo vivo.
Quevedo fue un cartógrafo de bordes: su obra no solo cruzaba disciplinas, sino que trazaba mapas alternativos para navegar las grietas del relato oficial. Desde los márgenes —ese espacio incómodo donde lo culto y lo popular chocan—, sus textos desafiaban no solo las narrativas hegemónicas, sino los propios límites de lo decible. Como señaló Ticio Escobar, "el trabajo de Charles se halla inscrito en cruces transversales que subrayan más el carácter de enfoque que las propiedades "sustantivas" que aíslan en feudos los territorios disciplinales varios. Cruzando en diagonal esos territorios, privilegiando los umbrales sobre los límites, ese trabajo puede enriquecer ciertas posiciones de las ciencias sociales con las contribuciones del pensamiento crítico e imaginativo" [1].

En su producción (2002-2011) —desde la estetización del aura hasta las fracturas epistemológicas de Foucault—, Quevedo expuso cómo el poder no solo se ejerce, sino que se metaboliza en lo cotidiano. Basta leer "Los bordes de la representación" (2005) para entender su método: diseccionar lo invisible. En el Seminario Espacio/Crítica —laboratorio de pensamiento dirigido por Ticio Escobar—, Quevedo diseccionó la estetización del aura y los usos de Adorno en el arte. Esas mismas obsesiones resonaron después en el Convivium de Filosofía, donde interrogó a Dussel, Habermas y la Ilustración desde los márgenes.
Si sus primeros trabajos trazaban constelaciones teóricas globales, su etapa final se convirtió en un rescate arqueológico de voces locales sepultadas: como la del socialista paraguayo Mauricio Schvartzman, a quien dedicó estudios reveladores (El Paraguay en la mirada de los de abajo, 2011; Mauricio Schvartzman y la tradición marxista, 2014). Paralelamente, tejía análisis sociológicos finísimos sobre élites culturales y espacios de resistencia durante el stronismo, reconstruyendo la trama oculta de nuestro campo intelectual: "Élites ilustradas, prácticas culturales y espacios de socialización. Arte y ciencias sociales durante el stronismo" (2015), "La travesía de Lívio Abramo: arte, militancia y exilio" (2018) y "La sociología de cátedra en el Paraguay" (2019).
En Viajes alrededor de una isla (2017)[2], Quevedo reunió cuatro ensayos que funcionan como cartografías de lo negado: desde el viaje ideológico de Óscar Creydt (del romanticismo al marxismo) hasta el Museo del Barro como cuerpo extraño en el proyecto modernizador paraguayo. Cada texto era un intento de rescatar lo que la historia oficial había tratado como órganos descartados: las ciencias sociales críticas de Poviña, el exilio militante de Livio Abramo, las fisuras entre lo culto y lo popular.

A excepción de su estudio sobre Creydt —hoy solo accesible en fotocopias escaneadas—, la mayoría de estos textos permanecen accesibles en su perfil de Academia.edu [3], conformando un archivo indispensable para comprender las dinámicas culturales y políticas del Paraguay actual. Sin embargo, la naturaleza fragmentaria de su obra —dispersa en artículos, capítulos de libros, conferencias y diálogos públicos— plantea el desafío de una compilación integral que permita apreciar en su totalidad el alcance de su proyecto intelectual.
De la teoría global a la memoria local: si sus primeros trabajos fueron profilaxis contra el olvido cultural, su etapa final sería una cirugía mayor. Sus primeros trabajos funcionaron como diques contra la erosión del olvido cultural, pero sería en su etapa final donde emprendería su obra más ambiciosa: una reconstrucción minuciosa del Partido Comunista Paraguayo (PCP), ese organismo político que la historiografía oficial había declarado clínicamente muerto y cuyos restos habían sido sepultados bajo capas de narrativa hegemónica.
La historiografía canónica había sellado el acta de defunción del Partido Comunista Paraguayo, relegándolo al panteón de los proyectos políticos fallidos. Sin embargo, Charles Quevedo —con la sensibilidad de un sismógrafo para detectar movimientos subterráneos— percibió los latidos residuales que persistían bajo el peso de los archivos olvidados, las carpetas polvorientas y las memorias censuradas. Armado con paciencia de relojero —esa que permite escuchar el tictac de la historia en sus intervalos más imperceptibles— y precisión de arqueólogo —capaz de reconstruir vasijas completas a partir de fragmentos dispersos—, emprendió una travesía transnacional para rastrear los vasos comunicantes de un partido que la historia canónica había dado por desaparecido: sus conexiones umbilicales con la Tercera Internacional en Moscú, sus intercambios febriles con la Buenos Aires cosmopolita de los años treinta, sus redes clandestinas de supervivencia que tejieron una trama de resistencia invisible.

En su tesis de FLACSO (2020), De "clase contra clase" al Frente Popular. El Partido Comunista del Paraguay y la Internacional Comunista (1928-1937) [4], dirigida por Lorena Soler, Quevedo no se limitó a exhumar documentos inertes: practicó una verdadera resurrección historiográfica. Su investigación fue una transfusión de memoria a un cuerpo político que el relato hegemónico había declarado clínicamente muerto, demostrando que el PCP nunca dejó de existir, sino que entró en un estado de hibernación crítica, mutando en formas subterráneas como esos organismos extremófilos que sobreviven en condiciones aparentemente hostiles. A través de un peregrinaje archivístico por tres capitales —Asunción, con sus archivos fragmentarios; Buenos Aires, nodo vital del exilio paraguayo; Moscú, centro neurálgico de la ortodoxia comunista—, Quevedo demostró cómo el partido había resistido, mutado y persistido contra todo pronóstico oficial, desafiando la narrativa de su desaparición.
Lo verdaderamente revolucionario en el trabajo de Quevedo fue su metodología. El investigador paraguayo desarrolló lo que podríamos denominar una historia forense de lo vivo: a diferencia de los abordajes tradicionales que disecan cadáveres políticos con la frialdad de un patólogo, él trazó las líneas de fuga de un organismo en permanente metamorfosis. Su investigación reconstruyó minuciosamente las tensiones dialécticas entre la ortodoxia del «clase contra clase» —ese mandato kominterniano que durante el Tercer Período (1928-1935) exigía pureza revolucionaria— y las herejías tácticas que emergieron en el terreno concreto de la lucha política paraguaya. Analizó cómo el partido metabolizó el trauma colectivo de la Guerra del Chaco (1932-1935), ese conflicto absurdo que puso a prueba su capacidad para transformar una guerra interimperialista en revolución proletaria a través de los Comités Antiguerreros.
Como el propio Quevedo señala en su trabajo, su investigación "busca reconstruir algunos aspectos de las relaciones entre el Partido Comunista del Paraguay y la Internacional Comunista entre los años 1928 y 1937" [5], centrándose en dos momentos clave: la fase del «clase contra clase» (1928-1935) y el viraje hacia los Frentes Populares (1935-1937). El estudio ilumina cómo el PCP negoció su posición ante el conflicto del Chaco Boreal —donde los Comités Antiguerreros intentaron, bajo el mandato del Tercer Período, convertir la guerra en revolución social— y su posterior adaptación a la nueva línea antifascista tras el VII Congreso de la Komintern (1935). Revela especialmente las tensiones irresueltas entre la sección paraguaya y el centro moscovita durante el gobierno de Rafael Franco (1936-1937), cuando el partido intentó construir una coalición bajo el paradigma de los Frentes Populares, navegando entre la lealtad a la Internacional y las realidades locales.
A diferencia de Barrett —cuya obra quedó interrumpida por la tuberculosis— o Dávalos —cuyo manuscrito se esfumó en un accidente—, Quevedo completó su investigación con una tenacidad que rayaba en lo obsesivo. Testimonios de colegas lo describen revisando compulsivamente cada capítulo, cotejando versiones en archivos distantes, obsesionado con devolverle al PCP su lugar en la historia intelectual paraguaya. Su trabajo no era solo académico: era un acto de justicia epistemológica para con las luchas obreras y populares que el relato oficial había borrado.
Más que un estudio histórico, esta investigación fue un contra-archivo: demostró cómo las ideas comunistas circularon por Paraguay como anticuerpos políticos, adaptándose a las fiebres del Chaco. Quevedo no solo escribía historia: estaba desmontando los mecanismos mismos del olvido institucionalizado. Su obra nos dejó un mapa alternativo donde el PCP ya no aparece como cadáver, sino como organismo resistente que sigue latiendo en las sombras de nuestra memoria colectiva. Quevedo nos legó así una lección metodológica y epistemológica: que la historia no se escribe solo con los hechos visibles, sino también con las ausencias elocuentes, los silencios significativos, los rastros casi imperceptibles de lo que el poder quiso borrar.
Esta tríada —Barrett el patólogo, Dávalos el radiólogo, Quevedo el cirujano— nos deja un diagnóstico común: en Paraguay, las ideas no mueren: las sedan. Pero inclusos sedadas, su pulso persiste bajo la piel del olvido. El manuscrito sobre el PCP es su última historia clínica abierta: un cuerpo que el poder declaró muerto, pero que sigue respondiendo al pellizco de la memoria. Hoy, leer a Quevedo es auscultar esas taquicardias esporádicas —las fotocopias de sus artículos, las tesis no publicadas, los correos electrónicos guardados— que delatan lo que el poder no pudo esterilizar del todo.
Esas páginas inconclusas son como el informe de un médico desaparecido: nadie sabe si el paciente está muerto o solo dormido, pero las anotaciones al margen siguen indicando dónde obtener el pulso. Su manuscrito del PCP es el informe clínico oculto bajo la puerta: nadie firma el certificado de defunción, pero nadie enciende el respirador. Leerlo es auscultar ese cuerpo político que aún tiene taquicardias esporádicas.
¿Cómo leer, entonces, estas fisuras del archivo nacional? No basta con lamentar lo perdido; hay que seguir el rastro de lo que nunca llegó a ser. Barrett, Dávalos y Quevedo nos dejan un método más que un canon: buscar en los márgenes, cuestionar los silencios, escribir con tinta visible y clandestina. Su legado no está en las respuestas que nos faltan, sino en las preguntas que siguen ardiendo bajo el asfalto de la historia oficial.
Notas
[1] Cfr. Escobar, T. (2022). Filosofía, crítica cultural y ciencias sociales: el pensamiento de Charles Quevedo. Recuperado de
[2] Cfr. Quevedo, Ch. (2017). Viajes alrededor de una isla: Cultura, política y sociedad en el Paraguay. Dictus Publishing.
[3] Cfr. https://independentresearcher.academia.edu/CharlesQuevedo
[4] Cfr. Quevedo, C. (septiembre 2020). De clase contra clase al frente popular. El Partido Comunista del Paraguay y la Internacional Comunista (1928-1937). Tesis de maestría. Asunción: FLACSO.
[5] Ídem.
* Raúl Acevedo es docente e investigador de la Facultad de Filosofía de la Universidad Nacional de Asunción (UNA). Es director del Centro de Investigaciones en Filosofía y Ciencias Humanas (CIF-Paraguay), miembro del comité editorial de la revista Apóstasis, de la Red Iberoamérica Foucault y del Consejo editorial del Celapec (México). Es gestor cultural en Filosofía en movimiento. Su interés gira alrededor de la filosofía contemporánea, los estudios culturales y el pensamiento crítico paraguayo.