La publicación, resultado del Premio Impronta a la Trayectoria otorgado por Fundación Itaú en la Feria de Arte Oxígeno 2024, está constituida por dos cuadernos concebidos como dossier y ha sido trabajada a modo de archivo: presenta un rescate de experiencias que pueden ser leídas desde el presente a partir de insumos documentales fragmentarios y, muchas veces, escasos.
La edición ha sido pensada como una caja de memoria con dos volúmenes que condensan el trabajo desarrollado a lo largo de más de tres décadas por Adriana González Brun y Mónica González —dos artistas de una misma generación que constituyen puntos referenciales de la escena contemporánea del arte en Paraguay—. El concepto de "edición para armar" se adscribe al espíritu lúdico y, otras veces, disruptivo que ha caracterizado parte de la producción de ambas artistas.
Esta propuesta editorial debe ser leída como un diagrama, dada la imposibilidad de compendiar procesos tan amplios en una publicación acotada. Por eso asume el formato de dossier que consigna obras-hitos en la carrera de las dos artistas, incluyendo algunas piezas que remiten a desarrollos interrumpidos o apuntan a otros próximos a continuar. Cabe decir que existen, en el caso de ambas, obras que ellas llaman "formales", que han sido excluidas de la presente publicación.
Adriana González Brun y Mónica González tienen en su haber lo que llaman "obras semilla"; es decir, aquellas que permanecen guardadas como concepto a la espera del momento propicio para su realización o bien que se manifestaron como "activismo" para potenciar ciertas preocupaciones a través de lo sensible, pero no se materializaron en piezas concretas.
En el caso de ambas artistas se verifica una práctica de obra abierta, de cuestiones intensas sobre las cuales han vuelto una y otra vez a lo largo de los años. Se trata de investigaciones en torno a temas clave de la realidad social y política del país (o del mundo) que se instalan como mojones de un recorrido que se revisita y reactualiza, pero también obras en torno a los cuidados o a cuestiones personales ligadas a la incerteza, al desarraigo o al extrañamiento. Estas obras aparecen en este trazado como núcleos radiantes en torno a los cuales orbitan versiones de diferentes momentos. El recorrido a través de la producción de ambas artistas no sigue un orden cronológico, sino una cartografía de puntos o argumentaciones.
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Adriana González Brun y Mónica González fueron copartícipes del proceso de actualización en el arte que se produjo luego de la caída de la dictadura de Alfredo Stroessner en Paraguay, en 1989, tras treinta y cinco años de mano férrea en el ejercicio del poder y sistemáticas violaciones a los derechos humanos. Fue la dictadura más larga de Sudamérica, la primera de la segunda mitad del siglo XX y la última en desaparecer. Sin embargo, no fue un fenómeno aislado, ya que el país había conocido sucesivos gobiernos autoritarios. Pero, a diferencia de otros países de la región, que también soportaron dictaduras brutales, en Paraguay el stronismo se consolidó como un régimen longevo que formateó vidas y costumbres, en el marco geopolítico mayor de la Guerra Fría. En este escenario, ambas artistas compartieron preocupaciones y pergeñaron salidas simbólicas para una transición hacia la democracia que no termina aún de cumplirse. Cada una, desde su propio ámbito, reflexionó sobre la situación del país: Adriana, desde la observación macropolítica (las instituciones, la memoria histórica) y Mónica, desde las coordenadas del espacio privado, doméstico, desde lo micropolítico. Si bien, en varias ocasiones, una y otra han desdibujado el límite entre estas dos categorías.


Adriana González Brun proviene de una familia conocida por su militancia política de oposición a la dictadura de Stroessner. Haciendo memoria, la artista recuerda situaciones ominosas vividas en la infancia y la adolescencia que luego se traducirían, consciente o inconscientemente, en insumos de obra. O en cuestiones persistentes sobre las cuales sintió la necesidad de trabajar simbólicamente: opresión, libertad, república, historia nacional, patrimonio.

Mónica González creció en un hogar donde la observación de la naturaleza era una forma de conocimiento. Su padre, médico e investigador, experimentaba con pasturas en el Chaco. Ella evoca con precisión los rituales domésticos de recortar los mapas meteorológicos que se publicaban diariamente en la prensa y pegarlos cuidadosamente en un cuaderno, estudiar las lluvias, registrar el viento y las estaciones, hábitos que darían pie a una metodología artística centrada en las transformaciones del medioambiente.


Mónica lleva el gesto a obra, generando performances espontáneas. La obra de Adriana también presenta los elementos de la convocatoria y del hacer y recibir colectivo, como sucedió con una gran intervención urbana iniciada como experiencia en 2002 —que conoció diversas versiones hasta 2024—, proyectada para sensibilizar a la opinión pública sobre la importancia del patrimonio.
Mónica frecuentó el espacio de experimentación y pensamiento El Aleph, muy activo en los años 90, al que reconoce como motor de una parte importante de su obra, en tanto Adriana llevó adelante su búsqueda en solitario, aunque siempre en comunicación con el entorno cultural. Hoy, cada una da su propio testimonio y puede dar testimonio de la otra.

Mónica González señala la intuición como praxis en su obra, así como la empatía con quienes padecen situaciones desafortunadas. Sus obras tempranas, pioneras en el abordaje con perspectiva de género, nacieron de ese sentimiento que la llevó a procesar artísticamente las pesadas faenas que las mujeres cumplen en el Paraguay desde antiguo y el duro oficio de sostener un hogar en las condiciones más precarias.


Lo biográfico aparece en ambas, como una pulsación que va marcando distintos momentos. La maternidad se infiltró en las preocupaciones de género propias de la obra de Mónica, cuando, en una serie, incluyó grabados en azul añil de las ropas de su hija más pequeña; y en las de Adriana, en una serie de obras —entre ellas una instalación-performance— que aludían a su estado de embarazo.
Podríamos decir, a grandes rasgos, que mientras Adriana ha sido una observadora de los procesos políticos y sociales, Mónica ha estado atenta a procesos personales y naturales, o medioambientales. Aunque, desde luego, sabemos que lo personal y lo ambiental también es político.
Adriana reconoce que el cuerpo principal de su obra nace de ansiedades, molestias, cosas que la golpean. Como la manipulación de la prensa, que ya en los años 90 la llevó a realizar una pieza monumental, en momentos en que Robert Cox, director del conocido periódico Buenos Aires Herald, decía, de visita en Paraguay, que había leído cinco diarios y que cada uno le presentaba un país diferente. O como cuando realizó una gran instalación que exponía la vulnerabilidad del Paraguay frente a los embates de su propia historia y la decepción ante la imposibilidad de encontrar un camino cierto hacia una convivencia democrática duradera. Este sentir dio nacimiento también a obras en las que al desasosiego y la angustia se sumaba la esperanza.

Mónica también abordó el conflicto político y social y mostró una vía paliativa para subsanar las rispideces de la comunicación cotidiana en una obra que reunía sobre una mesa algunos vasos quebrados, incapaces de recibir el agua que reposaba en una jarra de vidrio. A pesar de la presencia de pomos de pegamento para reparar los cristales rotos, la imposibilidad de la convivencia democrática se hacía patente.
"Yo creo que mi mejor obra, en general, es emocional", dice Adriana González Brun, quien en su trabajo obedece a pulsiones como la rabia ante situaciones frente a las cuales se declara impotente, como la imposición del silencio cotidiano que vivió durante la niñez y la adolescencia, cuando, ante el asedio de la dictadura, "no hablar" era la forma obligada de supervivencia. Esa sensación de no tener gobierno sobre la propia vida, así como el no poder expresarse libremente más que entre las paredes de la casa, fueron dos elementos importantes en su trabajo. De ahí su interés por los dispositivos vinculados al sistema de vigilancia y represión utilizados durante el stronismo, y su mayor exponente documental, el Archivo del Terror, descubierto en 1992, a partir del cual realizó una de sus obras emblemáticas.

Hay también en la trayectoria de Adriana piezas que no llegaron al estatus de obra pero que guardan un espesor significativo, como el video que realizó con el testimonio de su madre, quien relata el momento en que allanaron la casa familiar y un oficial de policía levantó con el caño de su fusil el mosquitero para verificar que fuera realmente un bebé (Adriana) lo que estaba en la cuna. Son memorias reprimidas que no se podían compartir, como los golpes a culatazos en la puerta de la casa.

Estas puntadas biográficas también aparecen en una obra de Mónica González dedicada al acto de vigilar con afán de protección, actitud que puede devenir amenaza, especialmente cuando se trata de agentes de policía. Mónica también tiene memoria de agresiones, pues una parte de su familia materna conoció la persecución de la dictadura.

Como dijimos, Mónica es una observadora de los procesos naturales: del paisaje, de los animales, de las plantas. Una obra suya remite al recuerdo infantil de cuando en el Chaco se juntaba agua de lluvia de los techos para beber o cocinar. Entonces, las canaletas de hojalata eran esenciales para la supervivencia y su colocación, una verdadera fiesta. Canaleta, agua, aljibe: tres módulos que se articularían después en diversos momentos de obra. La preocupación por la cuestión climática y sus consecuencias, como la sequía, ya se verifica en obras tempranas, reeditadas en varias ocasiones, como algunas series que aluden a la necesidad de preservar el fresco y la inminencia de lluvia en un país agobiado por el calor.


La cuestión migratoria y de refugio está presente en el trabajo de ambas artistas. Adriana, en su propia condición de migrante sudamericana en Europa y distintos países del primer mundo, encontró en performances y acciones realizadas en conjunto con otros artistas en Basilea, donde reside, una forma de aquilatar su presencia en un escenario hostil las más de las veces. Mónica, por su parte, en una obra expuesta en la Bienal del Mercosur en 2001, trabajó la serie de impedimentos que encuentran las personas en su afán de buscar un lugar mejor para vivir. Asimismo, en 2014, realizó una performance en la estación de tren de Dachau, ciudad alemana que albergó uno de los más funestos campos de concentración nazi, donde compartió una canción de cuna cantada por una refugiada alemana radicada en Paraguay y su hija, su nieta y su bisnieto como una forma de restitución de memoria.

Las dos artistas coinciden en el interés por las culturas ancestrales y su relación con la actualidad. Mientras Mónica confronta formas de las comunidades Ava Guaraní o Pai Tavyterã con la híbrida imaginería popular de sitios como Areguá, Adriana trabajó sobre piezas arqueológicas de la cultura Chorrera en Ecuador, buscando acercar a nuestros días sentidos olvidados; indagó en las múltiples variedades de maíz en América y realizó investigaciones sobre textiles Ayoreo y cosmofonías Mbya Guaraní que se materializaron en instalaciones y videos.


Cabe señalar que esta publicación arranca con un momento compartido: la primera exposición que ambas realizaron en Galería Fábrica, Asunción, en 1987, donde cada una tenía su propia sala. Si bien cada cual desarrollaba su discurso, en ambas era posible encontrar la misma preocupación por el destino del país, que estaba viviendo sus últimos años de dictadura. Mónica presentó en aquella ocasión una instalación con paraguas de colores y espejos, señalando ya la pluralidad política necesaria para cualquier ensayo democrático, en momentos en que el régimen stronista estaba cerca de implosionar.

Por su parte, Adriana presentó una serie de piezas tridimensionales realizadas en madera, acero inoxidable e hilos de cera, que permitían al espectador interactuar con ellas, introduciendo las manos o la cabeza a través de los huecos que las formas dejaban abiertos. Una suerte de ventanas mediante las cuales intentar alguna escapatoria.
Desde ese momento hasta hoy, Adriana González Brun y Mónica González han cumplido un largo trayecto multidisciplinario, cada una realizando sus propias investigaciones y siguiendo sus propios intereses. Y si bien nunca realizaron una obra en común, ambas desarrollaron, a lo largo de cuatro décadas, un diálogo fecundo y una amistad duradera.

Paralelamente a su práctica artística, ambas fueron muy activas en la gestión cultural, la que entendieron como un modo de acción política, o de "política del arte", en un país cuyas instituciones culturales son frágiles e impermanentes. En este campo, sí, desarrollaron proyectos conjuntos, siempre en busca de una sociedad mejor.
Nota de edición: El presente texto es la introducción del libro Adriana González Brun / Mónica González. Archivo, edición en dos volúmenes de 64 páginas cada uno. La publicación corresponde al Premio Impronta 2024 otorgado por Fundación Itaú en el marco de Oxígeno Feria de Arte.
* Adriana Almada es crítica de arte, curadora, editora. Fue vicepresidenta de la AICA Internacional y presidenta de la AICA Paraguay. Es directora artística de la Colección Mendonca de Arte Contemporáneo y editora de El Nacional Cultura.