
[Evangelio según san Lucas (Lc 17,3b-10) —27º domingo del tiempo ordinario]
La liturgia de la palabra nos propone, para este 27º domingo del tiempo ordinario, tres temas extraídos de las páginas del Evangelio de san Lucas: La corrección fraterna, la fuerza de la fe y la humildad como criterio fundamental que debe asumirse en el discipulado. Son como "notas de la experiencia cristiana" de vida. La admonición inicial —que podría también formar parte de la conclusión de la perícopa precedente— adquiere, a primera vista, el sentido de una advertencia o llamada de atención: "Andad, pues, con cuidado" (Lc 17,3b). En efecto, el verbo prosechō, en imperativo (proséchete), invita a preocuparse o a poner la atención respecto a un asunto determinado. Conforme con el contexto, aquí parece indicar la necesidad de aplicarse diligentemente respecto a los temas que siguen, en este caso, la "corrección fraterna" (Lc 17,3b-4), "la fuerza de la fe" (Lc 17,5-6) y la nota distintiva del discípulo el cual está llamado a ser "humilde" en el servicio.
La primera enseñanza se presenta como una recomendación que se refiere a un aspecto típico de las relaciones entre cristianos: El perdón recíproco en la convivencia comunitaria. Jesús, en su exhortación, delinea como un "proceso penitencial" de cuatro pasos con el fin de recuperar al infractor: Pecado - reprensión - arrepentimiento - perdón.
"Pecar" (hamartánō) se refiere a un acto moralmente reprobable; puede indicar, además, un "error" cometido o una conducta calificable de "impiedad", es decir, un comportamiento injusto respecto a los demás.
La "reprensión" (epitimáō) es un regaño o reprimenda que adquiere sentido tanto de "reproche" como de "aviso" o "advertencia" por la cual se manifiesta la reprobación de una determinada conducta contra el hermano o hermana, como bien lo dice el texto: "...si tu hermano peca, repréndele" (Lc 17,3c); evidentemente, se refiere a un hermano en la fe, miembro de la misma comunidad. Podríamos decir que se trata de una instancia "correctiva" de tal manera que el pecador adquiera conciencia del delito cometido. No implica aún una sanción sino una llamada de atención sobre la conducta considerada lesiva para las relaciones.
Jesús, a continuación, no presupone la respuesta negativa de la persona cuestionada sino formula únicamente la hipótesis del "arrepentimiento" y si el sujeto manifiesta contrición o remordimiento, corresponde el "perdón". Resulta relevante que el vocablo empleado para indicar el remordimiento es el verbo metanoéō que se emplea, con frecuencia para señalar la "conversión" o "cambio de mentalidad". En su raíz hebrea no se reduce a un simple cambio en el modo de pensar sino involucra a toda la persona mediante el concepto de "cambio del corazón" lo cual implica dar la espalda al pecado y recorrer la vía inversa a la falta cometida.
El "perdón" (aphíēmi), expresado en forma imperativa, adquiere un nivel similar al "mandato". Aquí no es Dios el que perdona —porque no se formula en "pasivo" teológico— sino el hermano que padeció la injusticia. Este es el que, debido al arrepentimiento del infractor, es conminado a dejar sin efecto una eventual punición. Según parece, la expresión griega para el perdón deriva del hebreo yôbēl que quiere decir "jubileo" o del vocablo derôr que significa "remisión". De ordinario, el "jubileo" tiene que ver con la condonación de una deuda en el sentido económico de la palabra o "liberación" de la cautividad. Ahora bien, al hablarse de "perdón del pecado" hay que entenderlo en el sentido de la cancelación de "la deuda de culpabilidad" en la que se ha incurrido por una conducta viciada o extraviada. El acento se pone, en consecuencia, en una suerte de "jubileo espiritual" al restablecerse las relaciones mediante al perdón en razón del remordimiento y la conversión (cf. J. A. Fitzmyer).
La segunda parte de la recomendación va aún más lejos: "Y si peca contra ti siete veces al día, y siete veces se vuelve a ti, diciendo: 'Me arrepiento', le perdonarás" (Lc 17,4). Es decir, el discípulo siempre tiene que perdonar toda vez que haya arrepentimiento y conversión. La expresión "siete veces" es un simbolismo numérico que carece de valor cuantitativo para adquirir el significado cualitativo de "totalidad". Esto implica que la apertura al "perdón" debe ser permanente e ilimitada.
La segunda enseñanza (Lc 17,5-6) no parte de la iniciativa de Jesús sino de los apóstoles que solicitan al Señor que les "aumente la fe" (Lc 17,5). El título "apóstoles", en general, se refiere a "los Doce", es decir los doce varones elegidos por Jesús para que estuvieran con él y enviarlos a predicar (cf. Mc 3,13-14). Se trata del círculo más cercano al maestro. La respuesta de Jesús a la petición de sus principales colaboradores se formula de modo hipotético: "Si tuvierais una fe como un grano de mostaza, habríais dicho a este sicómoro: 'Arráncate y plántate en el mar' y os habría obedecido" (Lc 17,6).
Estas palabras del maestro tienen su contexto en la necesidad del fortalecimiento de un aspecto esencial de la relación de los discípulos con Dios y con él mismo (la "fe"), sobre todo teniendo presente la incapacidad de "los Doce" para expulsar demonios en razón de la "poca fe" (oligopistia), expresión característica de Mateo (cf. Mt 6,30; 8,26; 14,31; 16,8 y 17,20). Jesús no reclama "cantidad de fe" sino "calidad"; en otras palabras, requiere grado de autenticidad. Por eso, aunque la fe no sea mayor que un grano de mostaza —una semilla pequeñísima—, si es verdaderamente genuina, podrá realizar milagros. Dicho esto, no se puede negar que el planteamiento responsorial de Jesús conlleva una sutil crítica a la fe de los apóstoles, pues, según parece sugerir el planteamiento, la fe de sus colaboradores es extremadamente pequeña que ni siguiera llega al nivel de un grano de mostaza.
Sin embargo, esta fe no se refiere a la "fe capaz de trasladar montañas" en relación con otros carismas como el "don de lenguas", el "conocimiento de misterios" y la "inspiración profética" que Pablo de Tarso formula a la comunidad cristiana de Corinto. Pablo habla, más bien, en el sentido "carismático"; el concepto de Jesús, según san Lucas, se refiere, preferentemente, a la "fe de adhesión" a las enseñanzas de Jesús. En nuestro texto, el maestro requiere una "reacción humana" a la predicación. Ahora bien, el "aumento de la fe" puede llegar al nivel de manifestar poderes ilimitados si es genuinamente cristiana; un poder tan ilimitado —según la imagen empleada— que pude "arrancar un sicomoro o morera y plantarla en el mar".
La tercera enseñanza (Lc 17,7-10) se refiere a la condición del discípulo como "siervo" o "sirviente". En realidad, se trata de la exposición de los límites y condicionamientos del servicio cristiano porque el discípulo es como un servidor, cuya obligación es cumplir lo que se le mande; esa es su misión, su destino y su orgullo, sin ulteriores pretensiones. Y así tiene que reconocerlo: "Somos unos meros servidores"; nada más. Las recomendaciones pertenecen exclusivamente al Evangelio de Lucas.
Al distinguir entre la parábola propiamente dicha (Lc 17,7-9) y su aplicación (Lc 17,10) se ve que la primera parte, directamente figurativa, se centra en el personaje "amo", mientras que la segunda, de carácter exhortativo, expresa fundamentalmente la actitud del "criado" o "siervo".
El criado vuelve a casa después de toda una jornada trabajando en la finca; no hay nada que haga suponer que haya estado perdiendo el tiempo, holgazaneando o descuidando sus obligaciones (cf. Lc 15,25). Jesús exhorta que los discípulos hagan lo mismo. El sentido de la aplicación es el siguiente: Si en el mundo de las relaciones humanas un amo puede exigir a su criado que cumpla con sus obligaciones, cuánto más podrá esperar Dios de los discípulos, de los que consagran todo su servicio a la expansión del Reino.
El mensaje de la parábola es claro: el discípulo, en cuanto doulos, es decir, "siervo" o "servidor", después de haber cumplido su obligación, debe considerarse simplemente como lo que es, un "pobre criado". La recomendación de Jesús subraya dos aspectos: Por un lado, la fidelidad del discípulo en el cumplimiento de sus obligaciones no comporta necesariamente una garantía de su salvación. Después de haber realizado todo lo que se espera de él, el discípulo no debe perder de vista que su recompensa es única y exclusivamente pura gracia. En segundo lugar, la vanagloria humana es un sinsentido. Lucas pone en labios de Jesús una idea que Pablo desarrollará con su propia terminología: kauchēsis ("engreimiento", "petulancia", "presunción": cf. Rom 3,27; 1 Co 1,29; Ef 2,9).
La expresión final, a la letra, suena así: "somos meros servidores; hemos hecho lo que teníamos que hacer". Se puede traducir, también, por "servidores inútiles" en el sentido de que Dios no necesita del servicio de los hombres como tampoco se cuestiona la recompensa que Dios otorga al hombre por sus servicios. Dicho de otro modo: El ser humano no puede reclamar a Dios, en justicia, por haber hecho más de lo estrictamente debido. Por mucho que haga una persona en servicio de Dios, siempre será, en algún sentido, "inadecuado", "infructuoso".
En la Mishná, en este sentido, se dice: "No seáis como criados que sirven a su amo para obtener recompensa; sed como criados que sirven a su amo no para obtener una recompensa; y que el temor del cielo os acompañe" (dicho atribuido a Antígono de Sokko: Abot 1,3). También: "Si tus logros en el cumplimiento de la ley son considerables no pretendas merecer una recompensa; en realidad, para eso fuiste creado" (máxima atribuida a Rabí Yohanan ben Zakkai: Abot 2,8).
En fin: Todo discípulo, que se precia de ser cristiano, debe recurrir al método de la corrección fraterna con el fin de restablecer la paz entre las personas y en la vida comunitaria. No se busca la eliminación del adversario sino su recuperación mediante el arrepentimiento y la conversión que supondrá la concesión del "jubileo" del perdón. Hoy más que nunca, es imperioso acudir a esta práctica sobre todo cuando el "irenismo" (por el que se evita abordar los aspectos conflictivos de las relaciones) es conducta corriente en las comunidades; o el ninguneo (por el que se ignora al otro) se ha vuelto un modo frecuente de exclusión del hermano, aún en la convivencia eclesial.
Al mismo tiempo, el creyente está llamado a vivir su experiencia cristiana mediante una fe auténtica y probada, superando el mero "pietismo" o "devocionismo" que no siempre se traduce en conducta ética cristiana. La fe es la base y el fundamento de la vida de los discípulos. Sin fe, o sin una fe genuina, la vida adquiere un "colorido" distinto, pues se puede esgrimir pertenencia a la Iglesia, pero viviendo con criterios paganos indisimulados.
Por último, todo lo que el discípulo hace no es suficiente para su salvación. Es más, el cristiano no adquiere mérito por cumplir bien su misión sino, simplemente, por la gratuidad de un Dios que ama y ejerce su paternidad universal según la justicia superior y el amor. Siempre seremos "meros servidores" o "servidores inútiles"; "mendigos de la misericordia" (Benedicto XVI), ¡nada más!