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Therian: cuando la polémica tapa la pregunta de fondo

Telma Noelia Sanabria
por Telma Noelia Sanabria 22 Febrero de 2026
22 Febrero de 2026
Movimiento urbano Therian.
Movimiento urbano Therian. Gentileza.

En las últimas semanas, el fenómeno Therian generó controversia en Paraguay. Redes sociales, debates públicos y opiniones encontradas oscilaron entre la burla, el alarmismo y la patologización rápida. Sin embargo, gran parte de la discusión se quedó en la superficie, sin preguntarse qué hay detrás de estas expresiones identitarias, especialmente cuando aparecen en la adolescencia.

Lo primero que es necesario aclarar, desde un punto de vista profesional, es que no se trata de un trastorno mental. El fenómeno Therian no figura en el DSM-5, manual diagnóstico utilizado en psicología y psiquiatría. Esto significa que no puede leerse automáticamente desde la patología, ni asociarse de manera directa con enfermedad mental.

Adolescencia e identidad: una etapa de tránsito, no de diagnóstico

La adolescencia es una etapa evolutiva caracterizada por la búsqueda de identidad, la necesidad de pertenencia y la exploración de roles. No se trata de un proceso lineal ni estable, sino de un período transitorio donde el "quién soy" todavía no tiene respuestas definitivas.

Desde este marco, identificarse como Therian puede funcionar como:

  • Una etiqueta provisoria,
  • Un modo simbólico de nombrarse,
  • una forma de diferenciarse del mundo adulto cuando las palabras no alcanzan.

En la práctica clínica, muchos adolescentes no logran expresar con lenguaje emocional lo que sienten. El cuerpo, el símbolo o la identificación con un animal pueden operar como lenguajes alternativos, no necesariamente como señales de trastorno.

Uno de los argumentos más repetidos es que se trata de baja autoestima o de una simple búsqueda de atención. En sesiones recientes, al consultar a adolescentes sobre este fenómeno, la mayoría respondió que lo perciben como falta de identidad, necesidad de llamar la atención o incluso algo "ridículo". Ellos solo verbalizan lo que van escuchando en redes o de los propios adultos. 

Este dato es clínicamente interesante, porque muestra cómo los propios pares también leen el fenómeno desde la fragilidad identificadora. Sin embargo, reducirlo solo a "baja autoestima" es simplificar un proceso más profundo.

En muchos casos, estas identificaciones aparecen asociadas a:

  • Dificultades de pertenencia,
  • Experiencias de rechazo o bullying,
  • Sensación de no encajar,
  • Necesidad de ser visto y reconocido.

"Llamar la atención" no siempre implica manipulación; muchas veces es una forma de pedir mirada cuando no hubo escucha suficiente.

El cruce con lo religioso: cuidado con mezclar niveles

En la investigación sobre el tema aparecen también discursos religiosos que interpretan el fenómeno desde claves espirituales o morales. Estas lecturas forman parte del derecho a la libertad de creencias y reflejan cómo distintas culturas intentan dar sentido a lo que les resulta extraño.

No obstante, es fundamental marcar un límite claro:

 Una interpretación religiosa no equivale a un diagnóstico psicológico.

Cuando se confunden estos niveles, se corre el riesgo de reforzar el miedo, el estigma o la exclusión, especialmente en adolescentes que ya se encuentran en procesos de identidad frágiles.

Las plataformas digitales cumplen un rol central. No crean el fenómeno, pero lo amplifican. Ofrecen:

  • Comunidad,
  • Lenguaje compartido,
  • Validación inmediata,
  • Y un sentido de pertenencia que muchas veces falta en el entorno cercano.

Esto no convierte automáticamente la experiencia en algo patológico. Más bien muestra una necesidad vincular canalizada a través de nuevas narrativas de identidad. 

El verdadero riesgo: dar patologías sin escuchar

Cuando la respuesta social se limita a:

  • "Están enfermos",
  • "Es una locura",
  • "Hay que corregirlos",

Lo que se produce no es prevención, sino silencio, radicalización y mayor distancia generacional. La patologización apresurada bloquea el diálogo y empuja a los adolescentes a refugiarse aún más en identidades rígidas.

Tal vez la pregunta no sea por qué un adolescente dice ser un animal, sino:

¿Qué está intentando decir cuando no encuentra palabras para nombrarse?

Escuchar no implica validar todo, pero sí comprender antes de juzgar. La adolescencia no necesita diagnósticos rápidos, sino adultos capaces de sostener preguntas complejas.

Informar con responsabilidad no es negar el debate, sino elevarlo. El fenómeno Therian no es un trastorno mental, pero sí es un síntoma cultural de una época donde la identidad, la pertenencia y la escucha están en disputa. Mirarlo con seriedad, sin burla ni pánico moral, es el primer paso para una sociedad que pretende acompañar, y no expulsar, a sus adolescentes.

 

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