El informe de gestión de estos dos años de gobierno del presidente Santiago Peña — reservado para el Partido Colorado—, es la segunda vez que un presidente constitucional de todos los paraguayos se presenta en primera instancia ante un organismo político partidario. En la primera ocasión en que se inició un nuevo mecanismo de informar la gestión, el presidente recibió una avalancha de críticas de varios sectores como la prensa y organizaciones políticas y civiles. Esta segunda vez tampoco se hicieron esperar las reacciones de diversos sectores que, de alguna manera, no están conformes con la gestión gubernamental del presidente Peña.
En una parte de su discurso, el presidente Peña afirmó: "El Partido Colorado está en el poder y el poder está en el Partido Colorado". Más que un discurso con alto contenido racional, unificador y con espíritu democrático, suena más bien a una amenaza a cualquier intento de criticar al actual gobierno, y sobre todo implica una actitud soberbia y de desprecio hacia los miles de paraguayos que no comulgan con la ideología del partido oficialista. Pues el presidente de una nación se debe, primordialmente, a todos los paraguayos, sin importar el color del pañuelo alrededor del cuello.
Entiendo que con esta frase —muy desafortunada y amenazante— no solo se pone en jaque a la ya frágil transición democrática que, desde el golpe contra la dictadura, Paraguay ha intentado construir, sino que evidencia que existe una élite bien fosilizada que controla la ideología tradicionalista del Partido Colorado y que no deja margen para que otras fuerzas —sean estas antagonistas o incluso afines— emerjan con el fin de lograr un desarrollo sostenible y una convivencia armónica entre los casi 7 millones de habitantes del país.
En un artículo muy bien redactado por Magdalena López, Tradicionalismo en la elite política contemporánea de Paraguay [1] se menciona que esta élite tradicionalista es la encargada de fortalecer esta arraigada —y ya casi folclórica— cultura política nacional. Estimo que vale la pena citar una parte esencial de la conclusión de dicho artículo, pues considero que es clave para tener una visión global del tema:
"Existen conjuntos de familias que permanecen en espacios de poder tanto ejecutivos en diferentes niveles, como legislativos o de autoridad partidaria. El carácter de 'lo heredado' toma fuerza. Si bien la cantidad de partidos con escaños en el Congreso aumentó, la concentración de bancas de los dos partidos tradicionales sigue siendo muy alta y cabe preguntarse si los partidos minoritarios no tienden, también, a la reproducción de ciertos sistemas de reclutamiento y reproducción familiar.
En algunos casos, las élites de gobierno se encuentran en situación de yuxtaposición entre diferentes sectores (políticos, religiosos, militares, económicos), lo cual genera que las élites de facto y las de jure coexistan, se alternen o se encarnen en la misma persona. Mismos actores dentro de los mismos partidos pasan por diferentes cargos políticos circularmente, en muchos casos usando la política como una forma de capitalización financiera y económica personal, y en muchos otros, usando el capital financiero y económico previo para sacar rédito en la vida política".
Coincido con la articulista, pero para estar en sintonía con la realidad y tratar de acercarnos a ella, debemos reconocer que esta élite ha cooptado el andamiaje del sistema político del país, dejando nulas posibilidades a otros grupos sociales para acceder de forma natural y democrática a las esferas de poder. Esta misma élite ha permeado todos los ejes esenciales del Estado, y de esa manera, controla casi completamente al país. Esto sucede actualmente con el gobierno de Santiago Peña, quien no se equivoca —o peor aún, cae como un ingenuo portavoz— al repetir la peligrosa frase "El Partido Colorado está en el poder y el poder está en el Partido Colorado", una variante, quizá, del ya conocido fenómeno del "partido-Estado", característico de la pasada dictadura local y también de otras dictaduras en la región.
Paraguay necesita una pacificación nacional, un perdón colectivo frente a los desvaríos de varias décadas de dominio de esta élite tradicionalista. Lo más triste es que aún no se logran tejer planes racionales que puedan llevar a un desarrollo sostenible de la nación. Si alguna acción va en contra de los intereses de esta élite —como señala la articulista— todo plan se frustra o se acomoda de acuerdo con los intereses de sus miembros.
Desde mi perspectiva, la actual élite política que gobierna el país, bajo el movimiento Honor Colorado, es de muy bajo nivel y macabro. Se evidencia que su objetivo principal no es el bien común ni general de la nación, sino solamente sus propios beneficios.
Ante este panorama, a Paraguay aún le quedan muchos años de lucha y vigilancia hasta que esta élite antipatriota desaparezca. Quizás las nuevas generaciones puedan sorprendernos... aunque, sinceramente, lo dudo mucho.
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Fuente consultada: [1] Tradicionalismo en la élite política contemporánea de Paraguay: https://www.jstor.org/stable/26979874?seq=1