28/16Por su parte, los once discípulos marcharon a Galilea, al monte que Jesús les había indicado.
17Al verlo, lo adoraron, si bien algunos dudaron. 18Jesús se acercó a ellos y les habló así: “Me ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra. 19Id, pues, y haced discípulos a todas las gentes, bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, 20y enseñándoles a guardar todo lo que yo os he mandado. Y estad seguros que yo estaré con vosotros día tras día, hasta el fin del mundo”.
[Evangelio según san Mateo (Mt 28,16-20) - Solemnidad de la Ascensión del Señor]
En este domingo de la “Ascensión del Señor”, el Evangelio propuesto por la liturgia de la Palabra coincide con la perícopa final de la obra de san Mateo (Mt 28,16-20). El texto narra el encuentro final de Jesús con sus discípulos, antes de su partida al Padre. En razón del suicidio de Judas, el colegio apostólico se redujo a “once” miembros. Los Hechos de los Apóstoles testimoniarán la elección de Matías para completar el grupo de “doce discípulos” sobre quienes se edificará la naciente Iglesia, del mismo modo que el antiguo pueblo elegido, Israel, se conformó sobre la base de doce patriarcas y sus doce tribus.
A diferencia de Lucas y de Marcos, en Mateo, Jesús cita a “los Once” en Galilea, a través de María Magdalena y “la otra María” o María la de Santiago (cf Mt 28,1; 27,56; Mc 16,1; Lc 24,10). Galilea, región situada hacia el norte, es el ámbito donde Jesús dio inicio a su ministerio. Allí enseñaba y curaba al pueblo (Mt 4,23-25), conformó la comunidad de discípulos (Mt 16,13.18); en esa región huyó con sus padres, siendo aún niño, del malvado Herodes (Mt 2,22). En el primer Evangelio, Galilea aparece en contraste con Jerusalén. Mientras esta es presentada como peligrosa, ámbito del poder religioso, político y económico, aquella se dibuja como refugio, lugar seguro, de
protección frente a los dirigentes judíos (cf. U. Luz, 560).
El lugar específico del encuentro es “el monte”, pero no se trata de un monte cualquiera, sino “del” monte por excelencia; un monte conocido por ellos, bien ubicado, en razón del empleo del artículo determinativo “el” (griego: tó). El evangelista no menciona el nombre del monte porque lo más probable es que no necesita ser especificado en razón de que era notable. Sin descartar otros “montes”, tal vez podría ser el lugar de la “enseñanza del Monte” (Mt 5,1-7,29), donde Jesús pronunció su discurso inaugural y programático. De hecho, el mismo Jesús, según el evangelista, “lo había indicado” (Mt 28,16), refiriéndose al encargo dado a las mujeres.
El contacto entre Jesús y los suyos se describe mediante el verbo griego horá? que indica la experiencia visual, en primera instancia, pero en un nivel más profundo denota confianza, experiencia y cercanía en relación con el Señor. De inmediato, el evangelista describe dos actitudes de los discípulos, una positiva y otra negativa, respectivamente. La primera reacción de los discípulos es la “adoración” (griego: proskyne?), un gesto reservado solo para Dios en cuanto que implica el reconocimiento de la majestad y la soberanía que le es reservada. Seguidamente, el autor
del Evangelio hace una salvedad, en relación con la “adoración”, indicando que “algunos” dudaron (griego: distaz?). Según parece, “adoración” y “duda” forman “dos polos” o “extremos” que describen la totalidad de la posición de un creyente ante Jesús: Fe y vacilación. A lo largo de la historia de la Iglesia, los seguidores de Jesús se caracterizarán entre estas dos notas.
Con todo, el evangelista narra que Jesús “se acercó a ellos” (Mt 28,18a), se hizo “próximo”, y les dijo que le “...ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra” (Mt 28,18b). El verbo griego edoth? es un “pasivo teológico” que indica que el poder “le ha sido dado”, es decir, Dios le ha conferido. Ese “poder” (otorgado) se plasma mediante el vocablo griego exousía que tiene, en este contexto, el significado de “potestad”, “capacidad”, “facultad”. Pero puede ser comprendido, además, como “señorío” o “imperio”, en términos “políticos”. No es un “poder” cualquiera sino
“plenario” o “universal” en cuanto que se emplea la fórmula “cielos y tierra” como el ámbito extensivo del dominio conferido. En la concepción bíblica, los extremos “cielo” y “tierra” se emplean para referirse al “universo”, es decir, la totalidad de la creación. Desde el Génesis se habla que Dios “creó los cielos y la tierra” (Gn 1,1). Además, no solo es un poder extensivo y universal (“cielo y tierra”) sino totalizante: Todo poder (griego: p?s), en todos los ámbitos.
El poder plenario recibido de parte de Dios faculta a Jesús resucitado a asignar la misión de “hacer discípulos a todas las gentes” mediante el “bautismo” y la “enseñanza”. “Todas las gentes” es una expresión extensiva que parece no excluir a nadie. El “bautismo” -que será el signo de la nueva pertenencia a Cristo- se otorgará en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, es decir, en el nombre del Dios “uno y trino”. La “enseñanza” consistirá en “custodiar” (t?ré?) todo lo que Jesús “ha mandado”: Sus enseñanzas, gestos, actitudes, recomendaciones.
En línea con la teología del Enmanuel (“Dios con nosotros”), Jesús promete permanecer con los discípulos durante toda la experiencia de la vida humana, comunicándoles la certeza de que esa permanencia en medio de ellos tendrá como línea fronteriza “el fin del mundo”, es decir, el fin de la historia presente que se abrirá al nuevo eón o metahistoria.
En fin: Al concluir su obra, Mateo traza el programa de la comunidad creyente. Este programa que está bajo la autoridad y la responsabilidad del Resucitado, consiste en la misión. El proyecto de extensión del anuncio a todas las gentes, sin exclusión alguna, se realiza a través del bautismo, acción salvífica que inserta al creyente en una nueva relación con Dios, y en la enseñanza de la palabra de Jesús. La comunidad de los discípulos está llamada a recordar a todos los hombres la presencia activa y constante del Resucitado que actúa en la historia.