Perseverar para salvar la vida

13 Noviembre de 2022
13 Noviembre de 2022
Perseverar para salvar la vida
Perseverar para salvar la vida

Como algunos hablaban del Templo, de cómo estaba adornado de bellas piedras y ofrendas votivas, él (Jesús) dijo: “De esto que veis, llegarán días en que no quedará piedra sobre piedra, ni una que no sea destruida”. Le preguntaron: “Maestro, ¿cuándo sucederá eso? ¿Cuál será la señal de que todas estas cosas están para ocurrir?” Jesús respondió: “Mirad, no os dejéis engañar. Porque vendrán muchos usurpando mi nombre y diciendo: 'Yo soy' y 'el tiempo está cerca'. No les sigáis. Cuando oigáis hablar de guerras y revoluciones, no os aterréis. Es necesario que sucedan primero estas cosas, pero el fin no es inmediato”. Y añadió: “Se levantará nación contra nación y reino contra reino; habrá grandes terremotos, peste y hambre en diversos lugares; se verán cosas espantosas y grandes señales del cielo. Pero, antes de todo esto, os echarán mano y os perseguirán; os entregarán a las autoridades de las sinagogas y os meterán en cárceles; y os conducirán ante reyes y gobernadores por mi nombre. Esto os sucederá para que deis testimonio. Pero no os propongáis preparar vuestra defensa, porque yo os comunicaré una elocuencia y una sabiduría a la que no podrán resistir ni contradecir todos vuestros adversarios. Seréis entregados por padres, hermanos, parientes y amigos, y matarán a algunos de vosotros. Todos os odiarán por causa de mi nombre, pero no perecerá ni un cabello de vuestra cabeza. Con vuestra perseverancia salvaréis vuestras vidas.

[Evangelio según san Lucas (Lc 21,5-19) - 33er domingo del tiempo ordinario]

El Evangelio que la liturgia de la Palabra nos propone para este domingo presenta el tema de la “salvación de la vida” como idea convergente del relato del tercer evangelista. El contexto en el que se ambienta la narración se ambienta en el Templo de Jerusalén, la institución religiosa más relevante de la fe judía. Según san Lucas, mientras Jesús impartía su instrucción a su auditorio, “algunos” de los oyentes manifestaron su admiración por la belleza de los ornamentos y la armonía de la estructura del edificio.

El Templo de Yahwéh, el Dios de los israelitas, tiene su historia de gloria y de destrucción. En efecto, cuando regresaron del exilio de Babilonia, los judíos empezaron a reconstruir el Segundo Templo destruido por el emperador Nabucodonosor (año 586 a.C.). Este nuevo Templo sustituía al primero que fuera edificado en tiempos del rey Salomón. El Segundo Templo terminó hacia el año 515 a.C. (cf. Hag 1,4-15). Sin embargo, esta nueva obra arquitectónica no era comparable con la anterior porque era más simple y desprovista de la complejidad que caracterizaba al Templo destruido. Entonces, siglos después, el rey Herodes el Grande, en los años 20 al 19 a.C., tomó la decisión de embellecerlo.

Según Flavio Josefo, esta reforma edilicia consistió básicamente en dos aspectos: estructural y ornamental. Respecto a la estructura se reforzaron los cimientos y se amplió el perímetro hasta el doble de sus dimensiones anteriores. En relación con la ornamentación, el Templo fue recubierto de grandes bloques de piedras blancas; también se colocó, por todas partes, finas planchas de oro que, ante el primer rayo del sol, brillaba con resplandor que deslumbraba a la gente. Desde la distancia, los peregrinos que se acercaban a la ciudad lo divisaban como una montaña coronada de nieve a causa del color blanco y el oro fulgurante. En los tejados se colocaron agujas de oro con el fin de evitar que los pájaros se posaran en ellos y ensuciaran la superficie.

Los “exvotos” (griego: anáth?ma) -“ornamentación del templo”-, manifestaban el lujo del edificio y los diversos “agregados” le daban belleza y majestuosidad. Todo el proceso de reconstrucción se prolongó por varias décadas. El evangelista san Juan habla de “cuarenta y seis años” de trabajo, número que puede tener un valor simbólico porque “cuarenta y seis” en la gematría bíblica coincide con el nombre hebreo “Adam”, es decir, “tiempo humano”, en contraste con los “tres días” que Jesús indica para la “reconstrucción”, expresión aritmética cualitativa que indica “tiempo divino”. El proceso de reconstrucción habría terminado en el año 63 d.C. El autor latino romano Tácito califica el Templo de Jerusalén como de “inmensa opulencia” (Hist. 5.8,1).

En consecuencia, el Templo quedó espléndido apenas 7 años antes de su total destrucción. La predicción de Jesús, según san Lucas, de hecho, subraya su “inminente ruina”. Así, la expresión “no quedará piedra sobre piedra” quiere enfatizar el completo derribamiento de tan imponente y espectacular edificio construido por Herodes que, en el momento del discurso de Jesús, la gente contemplaba con asombro y admiración. Según el historiador judío Flavio Josefo, “desde hacía tiempo, Dios había condenado ese edificio a ser pasto de las llamas; ahora al cabo de los años, ha llegado el día fatídico, el día diez del mes Loüs (29 de agosto del año 70 d.C.), el día en el que, antiguamente, había sido incendiado por el rey de Babilonia” (día 10 del mes hebreo Ab; cf. Jer 52,12-13).

Algunos de los oyentes preguntaron a Jesús: “¿Cuándo va a ocurrir eso?”. Esta pregunta sirve de trampolín para el discurso escatológico propiamente dicho. La respuesta de Jesús, en primer lugar, se centra en las falsas proclamas que tergiversan el “calendario” del anuncio sobre los acontecimientos venideros. ¿Quiénes propagan la falsedad? El maestro señala a los “falsos profetas” o “charlatanes” que cumplen el rol de “extraviar” y “confundir”; y que incitan a la desviación apartando, a sus ingenuas víctimas, de la verdad y de la fidelidad (cf. Jn 7,47; 1Cor 15,33). En segundo lugar, el maestro indica que los “falsos profetas” se atreverán a invocar, incluso, su propio nombre. Con toda seguridad, apunta a gente maliciosa que se presentará en su nombre después de la ascensión. En este sentido, advierte que los verdaderos discípulos (en el sentido de “fieles”) deberán evitar a todo “profeta” (falso) que carezca de legítimas credenciales. Esta “legitimidad” se basará en la recta enseñanza del Evangelio y en el testimonio fehaciente. Hay que tener presente que en Palestina, durante el primer siglo de la era cristiana (siglo I d.C.), proliferaron muchos falsos profetas (cf. Hch 5,36-37; 21,38).

En tercer lugar, la expresión “ese soy yo”, que emplearán los falsos profetas, con el fin de atribuirse la identidad mesiánica, teniendo presente el anuncio de la “segunda venida” de Cristo, será también una estrategia de simulación y de falsedad. Ante esta perspectiva, el maestro invita a “no creerles” y a “no fiarse” de ellos. El discípulo, en consecuencia, deberá madurar en la fe para discernir, según la cristiana sabiduría, para no dejarse sorprender y atrapar por esos “habladores”.

En cuarto lugar, Jesús predice que, en el tiempo de la historia inmediata, la Iglesia naciente será sometida a toda clase de tensiones como consecuencia de la inestabilidad política y el fin del sistema religioso judío (“guerras y revoluciones”). Pero estas circunstancias no marcarán aún el “fin del mundo”. El fin, en este contexto, se refiere únicamente a la destrucción de Jerusalén y del Templo (así como Jesús ha indicado en el v. 6). Entender esta predicción como referencia al “fin del mundo” es sacar el texto fuera de su contexto y mezclar lo que dice san Lucas con las perspectivas de san Marcos y san Mateo.

En quinto lugar, la mención de los eventos apocalípticos, como una “gran carestía”, probablemente se refiera al tiempo del emperador romano Claudio (Hch 11,28). En el marco del mismo horizonte apocalíptico se menciona el “terremoto” (cf. Hch 16,26), imagen propia de ese género literario. Los “grandes portentos del cielo”, un fenómeno de naturaleza simbólica, de orden cósmico, parece coincidir con la descripción que ofrece Flavio Josefo respecto a la “estrella y el cometa” como señales del incendio del Templo de Jerusalén.

Con la expresión que sigue, de estilo adversativo (“...pero antes de que esto ocurra”), Jesús quiere señalar que “el fin no será inmediato”. Con esta advertencia, se deja en claro que habrá muchos acontecimientos que precederán al “fin” de la ciudad de Jerusalén y de su Templo. De inmediato, en sexto lugar, Jesús menciona el tema de la “persecución” (verbo griego: di?kein), una asechanza de connotación religiosa (cf. Lc 11,49; Hch 7,52) que implicaría un hostigamiento social y político por la fidelidad a los principios religiosos. Es lo que se desprende de la afirmación de Jesús: “Os llevarán a las sinagogas y a la cárcel, y os conducirán ante reyes y gobernadores”. Aquí se refiere, probablemente, a la persecución de las autoridades judías como Herodes Agripa (Hch 12,1-11; 25,13-26,32) y gobernantes paganos como el caso de Félix (Hch 23,24-24,27) y Porcio Festo (Hch 24,27-26,32). En este caso, la persecución sufrida por Esteban, Pedro, Santiago y Pablo, según el libro de los Hechos de los Apóstoles, sería una ilustración de los cristianos perseguidos en el periodo de la naciente Iglesia, aún antes de la destrucción de Jerusalén y del Templo.

La “persecución” de la que habla Jesús se refiere no a cualquier persecución sino a aquella que resulta de la consecuencia del seguimiento de Cristo y de la fidelidad a su persona y a su palabra. Permanecer en la adhesión al maestro no acarreará “aplausos” ni “aprobaciones” sino rechazo, hostigamiento e, incluso, la muerte. Las persecuciones son ocasiones para manifestar la adhesión al Mesías cuyo destino está también signado por la pasión y la cruz. Al discípulo fiel no le faltarán ni sabiduría ni elocuencia para defender la causa del Reino como lo hizo el mártir san Esteban que por dar testimonio de Cristo fue brutalmente asesinado. La actuación violenta contra los “embajadores” de Cristo es señal de la “sinrazón” de los oponentes que al no tener manera de refutar la calidad argumentativa y testimonial de los anunciadores del Evangelio optan por el mecanismo de la eliminación física y el asesinato. Así sucedió, por ejemplo, con Santiago, hijo de Zebedeo (Hch 12,1-2). El odio contra Jesús y sus testigos será tal que incluso los parientes y amigos, y todos los demás que no se identifiquen con Cristo crucificado, recurrirán al rechazo y a la violencia.

No obstante la abierta contrariedad contra Jesús y sus enseñanzas, el maestro afirma que “no perderéis ni un pelo de la cabeza” (Lc 21,18), es un modo de decir que Dios protegerá a los suyos en medio de la persecución. Y aquí viene, en el último versículo (Lc 21,19) la enseñanza clave: “Con vuestro aguante conseguiréis la vida” o mejor dicho, literalmente: “Con vuestro aguante, conseguid (en imperativo) la vida”. La condición para conseguir la vida (la verdadera vida, la definitiva) no consiste en tener una simple “paciencia” (griego: hypomon?) entendida como “espera”, “resignación” o “disimulo”, cercano al concepto filosófico del “estoicismo”; sino se trata más bien de “aguante” firme y duradero, tenaz y perseverante. Este es el modo adecuado para conseguir la verdadera vida.

En resumidas palabras: El “mundo”, es decir, el régimen terrenal, basado en postulados meramente antropocéntricos, prescindentes de una adecuada visión de Dios, pone en movimiento ideologías, sistemas y propuestas engañosos. El discípulo, con el fin de permanecer fiel al Evangelio, deberá discernir desde la perspectiva de una correcta teología, basada en las características del único maestro Jesús, con el fin de tomar distancia de los falsos profetas y charlatanes que desvirtúan el contenido de la fe y que condicionan un testimonio fiel y eficaz de Jesús. Esta advertencia supone el crecimiento en la fe y la adquisición de una sabiduría que permita distinguir lo auténticamente cristiano de un “cristianismo falsificado” y “adulterado”.

Últimas noticias