En los lugares que he visitado casi nunca perdí la oportunidad de visitar los museos, especialmente los museos de derechos humanos, cuyos mensajes universales nos dan una sensación de respeto y de compromiso para la paz. En estos días tuve la suerte de ser invitada por la Asociación de Museólogos del Paraguay para presentar una ponencia sobre el tema de los museos y los derechos humanos, en el VI Congreso que se realizó en Asunción durante la semana pasada, y aunque no soy museóloga, me animé, acepté el desafío y allí estuve presente en un diálogo de intercambio sumamente agradable sobre el enlace derechos humanos-museos.
En realidad, me había preparado como si fuera la primera vez que iba a la escuela, de modo que, aparte del conocimiento que poseo sobre los museos de derechos humanos en nuestro país, los que visito con frecuencia, leí sobre los museos dedicados al tema en el mundo, y aprendí un montón, visité virtualmente varios museos, guiada de la mano de la web de la Federación Internacional de Museos de los Derechos Humanos. Así pude visitar nuevamente la casa-museo de Ana Frank, que ya lo había hecho presencialmente, el Museo del Genocidio Armenio, el Museo del Apartheid en Johannesburgo, el Museo de Osaka sobre Hiroshima y Nagasaki, todos ellos con el registro de hechos identificados como atrocidades, con el mensaje del “nunca más”, dirigido a los visitantes.
El impacto de los museos en la difusión y el llamado a la conciencia sobre los derechos humanos es incuestionable, ya que la memoria colectiva crea la conciencia colectiva. Cuando visité el Museo de Johannesburgo, en el año 2004, pude sentir que el más fanático racista saldría espantado y avergonzado con la muestra de la historia más cruel de discriminación y racismo contra seres humanos, justificados en el color de la piel, como disfraz que cubriría la política de colonización para la extracción de sus riquezas.
Siguiendo el desarrollo histórico de los museos de los derechos humanos, asumo que a partir del término de la Segunda Guerra Mundial, durante los años sesenta emergen los museos de los derechos humanos, con el nacimiento de un nuevo pensamiento internacional y la adopción de la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Se crean estos museos consagrados en la promoción de los derechos humanos y que se caracterizan por los registros y testimonios de las tragedias, de las injusticias y abusos de poder sufridos en los distintos países. El primer museo histórico con el emblema específico de derechos humanos se instaló en el año 1960 en la casa de Ana Frank en Ámsterdam. Cuando visité la casa en el año 1984, sentí un escalofrío de solo pensar en lo que fue el holocausto y la muerte y los daños ocasionados contra cerca de cien millones de personas, entre soldados y civiles. Más tarde, leyendo el libro de Viktor Frankl, El hombre en busca de sentido, comprendí que el ser humano está dotado de una enorme capacidad para la resiliencia desde la búsqueda del sentido de la vida, y admiré el mensaje del diario de la niña-adolescente Ana como llamado a la conciencia dirigido a la humanidad. Ese es el rol que están cumpliendo los museos de derechos humanos, constituirse en escuela de aprendizaje y sensibilización.
La reflexión sobre la génesis de los derechos humanos, con su emblemática Declaración Universal de los Derechos Humanos, aprobado por las Naciones Unidas en el año 1948, ha llegado a la humanidad con su afirmación de que los derechos humanos pertenecen a todos los seres humanos “sin excepción”, y da un impulso al mundo de la cultura en su artículo 27, el que nos interpela a colocar el tema en los espacios culturales, como fuente de formación de conciencia, tal como expresa la Unesco y el Consejo Internacional de Museólogos en su definición sobre museo.
Este vocablo compuesto, “derechos humanos”, tiene un profundo significado en su utopía en la construcción de la paz en el mundo, la tierra sin mal de los guaraníes. Los museos de derechos humanos son verdaderos centros de formación de conciencia. Esos espacios mágicos pueden, con un abordaje pedagógico y comunicación apropiada, incidir y fortalecer el valor de los derechos humanos en el pensamiento colectivo, y esclarecer sus mitos y realidades.
Estoy segura de que el congreso nos deja una mirada más comprometida sobre la relevancia de la función social de los museos, que aparte de su atracción artística, muchas veces nostálgica, puede conducirnos a una toma de conciencia increíble. Esa es la gran cualidad de los museos, que con una sola mirada nos sumerge en realidades de grupos humanos, de personas, acontecimientos y objetos, a través del tiempo y el espacio, como rincón de vida en la formación de conciencia. Al finalizar estas páginas estoy escuchando las noticias sobre la tragedia en Gaza. Tristeza.