Los fariseos simulan ser justos

23 Octubre de 2022
23 Octubre de 2022
Los fariseos simulan ser justos
Los fariseos simulan ser justos

9 A algunos que se tenían por justos y despreciaban a los demás les dijo esta parábola: 10"Dos hombres subieron al templo a orar; uno fariseo, otro publicano. 11El fariseo, de pie, oraba en su interior de esta manera: "¡Oh Dios! Te doy gracias porque no soy como los demás hombres, rapaces, injustos, adúlteros, ni tampoco como este publicano. 12Ayuno dos veces por semana, doy el diezmo de todas mis ganancias”. 13 En cambio el publicano, manteniéndose a distancia, no se atrevía ni a alzar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho, diciendo: "¡Oh Dios! ¡Ten compasión de mí, que soy pecador!" 14 Os digo que este bajó a su casa justificado y aquel no. Porque todo el que se ensalce será humillado; y el que se humille será ensalzado".

[Evangelio según san Lucas (Lc 18,9-14) - 30º domingo del tiempo ordinario] El texto del Evangelio, propuesto para este trigésimo domingo del tiempo ordinario, tomado de san Lucas, aborda, básicamente el tema del mecanismo de la simulación en las relaciones con Dios y con los demás. El planteamiento se realiza mediante el método de la comparación (parábola) que confronta dos tipologías de personajes conocidos en el Nuevo Testamento. El Maestro aborda aquí el tema de la oración de estos dos protagonistas innominados pero

representativos del judaísmo de la época de Jesús: el fariseo y el publicano. El tema está en cierta continuidad con el episodio precedente que trata de la “oración constante, movida por la fe” (18,1-8) de una viuda que, gracias a su perseverancia fue atendida por el juez que “ni temía a Dios ni respetaba a los hombres” (v. 2). También nuestro

tema de hoy se relaciona con Lc 15 que nos presenta tres parábolas sobre la misericordia porque Dios derrama su compasión, y su justicia, sobre un pobre recaudador, contrito y anonadado que reconoce su pecado y su indignidad. Detengámonos ahora en los personajes: “Un fariseo”, dice Lucas (pero no se menciona el nombre): El “fariseo” es una figura representativa del judío observante, escrupulosamente fiel a las prescripciones de la ley mosaica. En los evangelios, Jesús les recrimina su “hipocresía” y su cerrazón al proyecto de Dios. Un gran historiador judío del siglo I de la era cristiana, Yoshef ben Matityahu, conocido por su nombre latino como Flavio Josefo, en su obra “las guerras de los judíos”, describe a los fariseos de esta manera: “Un grupo dentro del judaísmo oficial, que se distinguía particularmente por su estricta observancia de las prescripciones religiosas y por su interpretación formalista de la ley” (Bell. I,5,2, n. 110). En general, en los evangelios, los fariseos -junto con los escribas- se presentan en contraposición a Jesús. Pablo de Tarso fue también un fariseo perseguidor de los cristianos hasta su conversión a la causa del Evangelio.

“Un recaudador” dice también Lucas, mencionando al otro personaje. Los recaudadores tenían la responsabilidad de exigir el pago de los diversos gravámenes que Roma había impuesto sobre las diferentes regiones de Palestina. Los griegos los denominaban tel?n?s porque eran los encargados de exigir el pago de los impuestos indirectos, como aranceles, precios al consumo, comisiones, aduanas, etc., es decir, una persona encargada de exigir tributos o cargas impositivas que iban a parar en las arcas del gobernante romano o de Herodes.

El contraste entre las dos figuras, decididamente antitéticas y contrapuestas, no solo por su respectiva situación en el templo, sino especialmente por los términos de su oración, habla por sí mismo. Incluso antes de llegar a la conclusión (Lc 18,14a), podemos percibir el mensaje de la parábola. El Evangelio no dice expresamente cuál fue el pecado del fariseo o en qué consistió la enmienda del recaudador. Jesús deja esas intimidades al juicio de Dios o a la

fantasía del oyente. Él se limita a declarar que uno “bajó a su casa justificado”, absuelto, y el otro no. El participio perfecto pasivo griego dedikai?ménos (“ha sido justificado”) refleja, claramente, la línea teológica paulina de la “justificación” (griego: dikaió?).

En su oración, que es de acción de gracias, el fariseo pasa revista a sus virtudes, que va desgranando con un aire de complacencia, primero negativamente y a continuación en forma positiva. Él “no es como los demás hombres”: no es un ladrón, no es un injusto, no es un adúltero, no es, ni siquiera -y aquí llega el ápice de su autocomplacencia- “como ese recaudador” (v. 11). Él guarda sus ayunos y paga sus diezmos, incluso por encima de lo prescrito (v. 12). El fariseo se enorgullece no solo de no haber transgredido esos mandamientos, sino incluso de no haber tenido ninguna familiaridad con “pecadores”.

El recaudador, por el contrario, no se atreve a acercarse ni a levantar los ojos al cielo. “Se quedó a distancia” (v. 13). El recaudador no pasa de la puerta al atrio del Templo porque, de hecho, la cercanía al Dios de la misericordia no se mide por las distancias. Él no da gracias, sino que pide misericordia, golpeándose el pecho y susurrando un “yo pecador” (v. 13). No podía hablar ni alzar sus ojos hacia Dios, avergonzado a causa de sus culpas. Y ahí, precisamente, en la confesión de su pecado, es donde encuentra el recaudador el restablecimiento de su justicia, la condición de “justo”, que es exactamente lo que pretendía el fariseo con su rechazo del latrocinio, del adulterio, de la iniquidad y con su observancia de los ayunos y los diezmos.

La conducta del fariseo y su actitud legalista resultan esencialmente desenfocadas, aunque por su condición social nunca ha estado comprometido en una profesión tan odiada como la recaudación de impuestos. A los ojos de sus contemporáneos, el puritano fariseo no es ni un miserable “recaudador” ni un “pecador” depravado; pero en el plano religioso, “a los ojos de Dios”, no consigue la verdadera “rehabilitación” o “condición de justo”. ¿Por qué? Porque se

fía exclusivamente de sí mismo. Este es el problema central: Jesús dice al inicio, en el v. 9: “A algunos que se tenían por justos y despreciaban a los demás les dijo esta parábola”. Es la autocomprensión de sí mismo (“yo no soy como los demás”), la autocomplacencia y el elogio de sí mismo (el estatuto de la “periautología”) que refleja egoísmo e inmadurez espiritual. ¿Qué está en juego en esta parábola? Aquí está en juego no solo la oración que puede ser

manipulada y usada con el fin de proyectar una imagen pública de devoción y de moralidad.

Está en juego, además, la idea de “rectitud moral” ante los ojos de Dios. El fariseo se cree justo, se autoalaba, se autocelebra, es un “pagado de sí mismo”. Practica el “arte” del disimulo, conducta típica de los farsantes. El publicano, en cambio, que se reconoce limitado, un pecador; comprende que el favor de Dios no se obtiene mediante una vana confianza en sus propias capacidades o en prácticas legalistas y escrupulosas, o cumpliendo las ridículas prescripciones de los fariseos. Es auténtico, honesto consigo mismo y ante Dios.

La justificación o justicia de Dios llega solamente mediante la misericordia. Solo aquel que es misericordioso y está abierto a la justicia recibe el perdón de Dios. Jesús termina la parábola con una sentencia lapidaria: “Os digo que este, es decir, el publicano, y no el otro (el fariseo), bajó a su casa justificado a los ojos de Dios. Porque todo el que se exalta será humillado y el que se humilla será enaltecido” (Lc 18,14-15). En esta línea, el profeta Ezequiel (Ez 21,31)

lanza su oráculo: “Así dice el Señor Yahwéh: La tiara se quitará, se depondrá la corona, todo será transformado; lo humilde será elevado, lo elevado será humillado”.

La exhortación final de Jesús nos invita a identificarnos más bien con la actitud del recaudador y no con la actitud del fariseo. No resulta sencillo porque por grande que sea nuestra voluntad de identificarnos con el recaudador, siempre nos quedará un reducto donde, en el fondo, seguiremos siendo fariseos. Hoy, puede parecernos que el fariseo por lo menos es una persona honesta que, a pesar de su pomposa acción de gracias, trata de cumplir con sus

obligaciones y guarda minuciosamente los mandamientos, incluso más de lo establecido, mientras que el recaudador, presumiblemente, no era tan puntilloso ni mucho menos. Por eso, tal vez resulte difícil identificarnos con el recaudador. Sin embargo, la parábola de Jesús es clara: nos invita a imitar la actitud del recaudador que, en clima de fe, reconoce su propia “limitación” y se abre a la acción de Dios, que “exalta a los humildes” (cf. Lc 1,45.48.52). La parábola es una advertencia para quienes emplean el mecanismo de la “simulación”: falsificar

la justicia, fingir humildad, aparentar pobreza, proyectar supuesta misericordia, presentarse como indulgentes y tolerantes, cuando, en realidad, los hechos demuestran lo contrario. Estas falsedades ponen al descubierto la injusticia de los fariseos que los hace indignos de la justificación.

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