¿Qué pasaría si cualquier presidente o presidenta de la República estuviera compelido a informar de forma regular cuánto su gobierno disminuyó la población que vive en situación de pobreza, que hoy es del 27 % en Paraguay; es decir, cerca de 2 millones de personas, teniendo como referencia que, al 2030, la meta es reducirla al 14 %, según el Plan Nacional de Desarrollo (PND 2030)?
¿Qué pasaría si el presidente Mario Abdo Benítez, al finalizar su mandato, estuviera obligado a rendir cuentas sobre la disminución de la tasa de desocupación, que luego de la pandemia del Covid-19 aumentó al 8 % de la población, destacando si su Gobierno logró avances con respecto a la meta de estrecharla al 3 % para el 2030? ¿Qué pasaría si, al respecto, la persona que le sucederá deba proponer una meta de reducción para su periodo de Gobierno, y rendir cuentas sobre los avances de forma anual?
¿O qué pasaría si la próxima presidencia tuviera que aclarar de entrada cuánto disminuirá la tasa de deforestación en el Chaco, que actualmente es una de las más altas del mundo, al finalizar el mandato en el 2028? Consecuentemente, ¿qué medidas tomará y con quiénes? ¿Cuánto invertirá y cómo reportará los avances según metas intermedias?
¿Qué pasaría si todo presidente o presidenta, ministro o ministra, gobernador o gobernadora, intendente o intendenta estuvieran exigidos a reportar resultados de desarrollo, y, en función de estos, aclarar qué caminos están tomando o ajustando sea en términos de planes, leyes, inversión, comunicación o articulación?
¿Qué pasaría si gremios y movimientos sociales, sindicados y periodistas, ONG y centros de estudiantes, académicos y feministas, mientras dialogan sobre temas en los cuales hay disenso, converjan sus esfuerzos para ejercer exigibilidad sobre resultados en temas donde hay acuerdos, como trabajo, educación y salud?
Si esto pasara, o fuera un rasgo generalizado en nuestra práctica política, tendríamos mejores condiciones para superar los diferentes desafíos que afrontamos, la cultura política sería otra y las instituciones estarían funcionando desde una lógica no solo de eficiencia y eficacia, sino de previsión y largo plazo. Si esto pasara, el clientelismo no tendría el alcance y la profundidad que hoy tiene. Pero, sobre todo, estaríamos focalizándonos como sociedad en los asuntos sustantivos y no meramente anecdóticos.
De esto se trata la mentada gestión por resultados, particularmente, los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS), Mejor dicho, de esto debiera tratarse.
La visión estratégica
La Agenda 2030, que comprende los 17 ODS, tiene tres características pertinentes de destacar en este momento de la historia: es estratégica, pues supone el mediano y el largo plazo; alude a cambios estructurales y comporta una doble perspectiva, la del Estado nación y la planetaria. Es el acuerdo internacional más importante desde la creación de las Naciones Unidas, al cual se han comprometido la mayor parte de los Estados miembros, incluyendo Paraguay.
¿Qué implican esas características? Aterrizar, producir evidencias precisas sobre la situación actual y definir metas de corto, mediano y largo plazo, que sean factibles porque están fundadas en estudios y estrategias solventes y creativas. Si de 10 estudiantes que inician el primer grado, 4 culminan el tercer año de la educación media (luego de 12 años), ¿a cuánto aumentará esa proporción al 2030? En función de la meta, ¿qué debemos hacer, quiénes y cuándo?
Hacer referencia a los ODS es prever, planificar y organizar cambios estructurales como los citados. Podemos hablar -o no- de eventos, infraestructura, equipamiento, campañas, capacitaciones o de otro tipo de actividades, pero no podemos dejar de hablar de las transformaciones que se están buscando en un tiempo determinado. Sin ese encuadre, no hay visión estratégica. Sin visión estratégica no hablamos de desarrollo.
La afirmación de que la meta es un asunto técnico es falaz. Se trata de una decisión política que se fundamenta en conocimiento técnico. Que la práctica política haya banalizado el concepto de lo “concreto” es otra cosa.
¿Qué nos dice la ausencia de metas nacionales en el marco de la Agenda ODS?
En Paraguay, la Agenda 2030 o los ODS no cuentan aún con metas nacionales definidas, salvo excepciones, como las que aparecen en el PND 2030 o en algún plan sectorial.
Aquí una digresión: es usual que los planes de desarrollo en el país carezcan de metas en general y estructurales, en particular.
¿Qué nos dice esta omisión?
Qué hay desinterés (la clase política y los gobiernos están -en la práctica- en otra cosa), resistencia (“no me pondré la soga al cuello”) y/u obstáculos para tomar decisiones (carencia de datos y de conocimiento técnico para hacer previsiones, ausencia de condiciones para pensar más allá del presente inmediato, instituciones fagocitadas por el clientelismo).
Pero la omisión de metas también pone en evidencia que la planificación es declarativa o tiene poca fuerza prescriptiva. Si no hay metas, el riesgo de la banalización de la planificación es alto. Ya lo dijo el gato a Alicia en la célebre novela de Lewis Carroll: “Si no sabes dónde vas, poco importa el camino que tomes”. Es más, prima la imprevisión en los asuntos públicos. Las instituciones funcionan a destajo.
La meta permite precisar y delimitar lo que se quiere: cuánto, cuánto y con cuáles atributos. Esa claridad es clave para la gestión y para la rendición de cuentas, así como para el trabajo en equipo entre instituciones, gremios empresariales, movimientos sociales, municipalidades, universidades u otro tipo de actores.
Es cierto que los cambios en un país suponen la participación de todos los sectores. Nadie pone en cuestión la corresponsabilidad. La articulación es condición sine qua non en el tiempo histórico contemporáneo. Pero el liderazgo de la planificación pública y de la gestión de las políticas es una responsabilidad indelegable que tienen los gobernantes y las instituciones. La abdicación genera una grave procrastinación.
El sentido de los ODS pasa por repensar y fortalecer la planificación y la gestión por resultados. En rigor, no debiera hacerse un plan específico ODS, sino fortalecer los que ya existen, en particular el PND 2030. Los planes temáticos (niñez y adolescencia, trabajo, saneamiento ambiental, por citar ejemplos) si dicen estar alineados a la Agenda 2030, no pueden omitir metas que, en ese plazo, se plantean lograr, acompañadas de los argumentos que demuestren su factibilidad.
De lo que se trata es de otorgar a la gestión pública, racionalidad técnica, previsibilidad y medición: si no lo hacemos, la referencia a los ODS es retórica.
En plena coyuntura electoral, los ODS nos invitan a debatir sobre resultados de desarrollo, posibles, potables y medibles. ¿Lo haremos o seguiremos reproduciendo discursos que no se compadecen de las apremiantes condiciones de vida de la mayor parte de la población paraguaya?