"La puerta estrecha"

Pbro. César Nery Villagra Cantero
por Pbro. César Nery Villagra Cantero 24 Agosto de 2025
24 Agosto de 2025
San Lucas (Lc 13,22-30)
San Lucas (Lc 13,22-30) Foto: Recursospastoral

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[Evangelio según san Lucas (Lc 13,22-30) —21º domingo del tiempo ordinario—]

La liturgia de la palabra, para este 21º domingo del tiempo ordinario, nos propone una perícopa del tercer Evangelio que empieza con el planteamiento de uno de los seguidores que desea evacuar su curiosidad sobre la cantidad de los salvados. La formulación de la cuestión soteriológica concede a Jesús la oportunidad de responder sobre el criterio de discriminación final para el acceso al Reino. Por otra parte, el maestro dibuja el destino doloroso de quienes no podrán participar de la comunión con Dios. 

El contexto del planteamiento se da en el marco de la "enseñanza" (didáskō) de Jesús al público que le acompañaba en el camino hacia Jerusalén (Lc 13,22a). San Lucas, en referencia a Jesús, observa: "...iba atravesando ciudades y pueblos enseñando" (Lc 13,22b). Se informa que la actividad de la enseñanza se realizaba en "movimiento", durante la travesía por los poblados y ciudades por el itinerario que conducía a la capital. 

La pregunta del anónimo personaje que aborda a Jesús se formula en los siguientes términos: "Señor, ¿son pocos los que se salvan?" (Lc 13,23). El vocablo plural olígoi es un adjetivo que indica "pocos", o "escasos" en relación con el verbo sōzō, aquí en pasivo, sōzómenoi, es decir, "los salvados". El pasivo teológico es signo de reconocimiento de que la acción salvífica tiene como agente a Dios.

El trasfondo de la pregunta, según parece, radica en una creencia arraigada en el judaísmo por la cual se sostenía que "todo israelita, por el hecho de serlo, entrará a formar parte del mundo futuro". También se sostenía que "según los planes del Altísimo, la edad presente está destinada a muchos, pero la edad futura está reservada para unos pocos" (4Esd 8,1). Jesús no responde directamente a la pregunta optando por contestar de modo indirecto mediante una advertencia de tipo práctico. El maestro plantea una "lucha", un "esfuerzo" (agōnízomai) por entrar en el Reino, pues su único acceso es una "puerta estrecha" (stenē thýra). Se trata de una figura que pone el acento en el "esfuerzo" humano (Lc 13,24a). La plasticidad de la imagen, la de una lucha entre empujones, confiere vigor a la voluntad que hay que desplegar para acceder por la puerta estrecha. Con todo, el intento no asegura el éxito del esfuerzo.

Por otra parte, el tema del número de los salvados es una cuestión de la exclusiva competencia de Dios. Desde el momento en que se piensa en la libertad del hombre y de la mujer, que tienen la capacidad de decidir y de elegir, no se puede, al menos durante el curso de la historia, cuantificar a los elegidos.

Argumentando su enseñanza sobre el empeño que debe ponerse para acceder al Reino, el maestro afirma: "porque os digo que muchos pretenderán entrar y no podrán" (Lc 13,24b). ¿Por qué razón? En los siguientes versículos (Lc 13,25-27) se da la clave de la explicación: Intentarán entrar cuando ya sea muy tarde; y esto se deberá no solo por la cantidad de gente que se agolpe ante la "puerta estrecha", sino también porque puede suceder que, al alcanzar la puerta, se compruebe que se ha cerrado antes de lo que se suponía.

Jesús habla del "dueño de casa" que tiene la facultad de cerrar la puerta. Con más precisión, dice: "Cuando el dueño de la casa se levante y cierre la puerta" (Lc 13,25a). Es decir, el momento para cerrar la puerta depende exclusivamente de la voluntad del dueño ("cuando se levante"). La "puerta estrecha" se transforma, por decisión del dueño de casa, en "puerta cerrada" dejando afuera a los desconocidos, pues cuando los que no pudieron entrar golpeen la puerta y reclamen para poder entrar, el dueño les dirá: "No sé de dónde sois" (Lc 13,25b). Dar largas al esfuerzo y a la oportunidad de entrar por la puerta —mientras esté abierta— es exponerse al fracaso. La salvación solo se alcanza mientras el dueño mantiene abierto el acceso para sus conocidos. Por ardua que sea la insistencia, puede ser que llegue atrasado si se intenta el todo por el todo solo en el último minuto. 

Según parece, el "dueño de casa" se identifica con Jesús porque los que quedaron fuera se reconocen como contemporáneos suyos que "han comido y bebido" con él y recuerdan que él "ha enseñado en 'nuestras' plazas" (Lc 13,26). Pero la respuesta sonará con la misma fuerza anterior: "No sé de dónde sois" (Lc 13,27a). Las observaciones del maestro, en este pasaje, aluden a la idea veterotestamentaria de que Dios conoce a los suyos, a los que él ha elegido (cf. Jer 1,5; Am 3,2; Os 5,3, etc.). La repetición del "desconocimiento" subraya la necesidad de una experiencia de relación con el "dueño de casa" que trascienda lo meramente circunstancial. En lo que sigue, la situación se agrava porque el "dueño" no solo califica de "extraños" a los inoportunos que golpean su puerta, sino que los excluye taxativamente de su casa: "Apartaos de mí todos los que practicáis la injusticia" (Lc 13,27b). 

El texto griego dice: pántes ergátai adikías, expresión que también se puede traducir por "todos los trabajadores de la injusticia", es decir, aquellos que han hecho de la iniquidad y de la arbitrariedad su actividad permanente, su empeño y dedicación. El salmista, que parece inspiró la frase de Jesús, en un pasaje de su "plegaria en la tribulación" ora a Dios, diciendo respecto a sus adversarios: "La insolencia define a mis opresores. ¡Apartaos de mí, criminales!" (Sal 6,8b-9). 

El texto hebreo del salmo emplea el vocablo 'āwen que, en su sentido negativo, tiene un amplio campo significativo: Por un lado, "vanidad", "falsedad", "engaño", "mentira", "fraude", "nulidad"; y, por el otro, "maldad", "crimen", "iniquidad", "perversidad" (cf. L. Alonso Schökel). El salmista, devorado por una dramática aflicción interna, implora la ayuda del Señor; y Dios escucha sus sollozos. La salvación experimentada se traduce en un anatema contra los adversarios. En definitiva, la oración describe las actitudes y acciones malvadas que descalifican a los "opresores" del orante y es figura precursora de los "obreros de la injusticia" de nuestro texto. 

En los versículos que siguen (Lc 13,28-29), el escenario cambia de ambiente: Del cuadro que muestra la puerta cerrada y a los descalificados fuera de la casa del dueño se pasa al interior del recinto en el que se dibuja un banquete. Allí el dueño, junto con los admitidos, en compañía de los grandes patriarcas, Abrahán, Isaac y Jacob, además de todos los profetas, celebran la fiesta en "la mesa del Reino". Los participantes del convite no son todos contemporáneos, pues están los iniciadores de la historia de Israel, todos los profetas —que son posteriores— y un público desconocido venido de distintos puntos: Oriente, Occidente, Norte y Sur. Estos, evidentemente, lograron entrar, a tiempo, por la "puerta estrecha". 

Por tanto, según lo observado en precedencia, se describen dos ambientes totalmente distintos: Por un lado, en el recinto del banquete, se vive un clima festivo, celebrativo, de gozo y alegría; por el otro, afuera de la casa, reina "el llanto y el rechinar de dientes", una atmósfera de desventura de los excluidos. En realidad, en relación al acceso, hay que decir que no se trata de entrar o no entrar, sino es más bien cuestión de "ser admitido" o, al contrario, quedar definitivamente "excluido". 

Por último, la máxima conclusiva enuncia la dialéctica del Reino, que incide en el sistema de las relaciones humanas, provocando una radical inversión de los valores tradicionales: "Pues hay últimos que serán primeros y hay primeros que serán últimos" (Lc 13,30). Jesús enuncia una alteración radical de las previsiones humanas y reproduce, con renovado acento, la profecía del anciano Simeón sobre los efectos discriminatorios de la persona de Jesús: La actuación del niño provocará la ruina o el resurgimiento de muchos en Israel (cf. Lc 2,34). 

En fin: Por un lado, los que se salvarán no se identificarán con una raza, un pueblo o una nación concreta, pues vendrán de los cuatro puntos cardinales. Se desconoce el número de los salvados porque lo que se refiere a la cantidad es una facultad exclusiva de Dios. Estos formarán el nuevo Israel, junto con los elegidos del antiguo pueblo, y gozarán de la "mesa del Reino" en comunión con Jesús —el "dueño de casa"—. Por el otro, los excluidos serán los que, durante su experiencia en el mundo, han hecho de la "injusticia" su sistema de vida. En sus relaciones con los demás se han comportado con vacuidad y frivolidad, falsificando la realidad, engañando, mintiendo, actuando fraudulentamente, siendo inicuos y perversos. 

Sin duda, la enseñanza de Jesús es una clara advertencia a sus contemporáneos y a los cristianos de todos los tiempos sobre la seriedad del compromiso bautismal, el cual no se reduce a un estilo devoto y ritual de relacionarse con Dios sino, más bien apunta a la coherencia con los principios evangélicos, la correcta respuesta a las exigencias de la relación con el prójimo y un comportamiento ético a la altura de la norma suprema del Reino: El amor. 

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