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La necesidad de una reformulación del modelo UNA: la cátedra docente

Christian Schaerer
por Christian Schaerer 21 Diciembre de 2025
21 Diciembre de 2025
Universidad Nacional de Asunción.
Universidad Nacional de Asunción. Gentileza.

La Universidad Nacional de Asunción ha sido el faro que iluminó el camino de la educación terciaria en Paraguay. En un momento en que el país no contaba con profesionales, especialistas ni científicos, la creación del modelo UNA permitió la formación de una clase media profesional. Fue la piedra angular de ese proceso.

El modelo se basó principalmente en la "cátedra", de modo que profesionales ya formados pudieran desempeñarse en empresas privadas o en el Estado paraguayo y, al mismo tiempo, ejercer la docencia en la UNA. Esto respondió a una necesidad concreta: no existía personal calificado suficiente, ni en calidad ni en volumen, para ejercer la docencia universitaria que la sociedad paraguaya demandaba. En ese contexto, se dieron situaciones relevantes, como la contratación de profesionales extranjeros que se desempeñaron como profesores de tiempo completo y dejaron una huella profunda en la institucionalidad de la UNA y del país. Este aspecto, en particular, merece un análisis específico.

El modelo catedrático actual permite ampliar aún más el número de cargos, posibilitando que una misma persona sea docente en varios programas y universidades al mismo tiempo. Si bien este modelo fue virtuoso en su momento, hoy lo considero profundamente nocivo. Resulta perjudicial porque el docente se dispersa y no dispone del tiempo necesario para focalizarse ni para dedicar una atención adecuada a la formación del estudiante. Tampoco permite ejercer de manera apropiada la tutoría integral del alumno y, en consecuencia, en la coyuntura actual, el sistema educativo se ve seriamente comprometido.

Además, al tener su tiempo fragmentado, el docente tampoco puede dedicarse a la actualización de sus conocimientos ni al desarrollo de sus capacidades creativas y pedagógicas, lo que conduce al estancamiento. Queda atrapado en un sistema que no le permite crecer ni como persona ni como educador. A ello se suma la imposibilidad práctica de cumplir con la triple función universitaria clásica: investigación, docencia y extensión.

Para agravar la situación, a la multiplicidad de funciones que ya debería cumplir el profesor, en el actual modelo universitario global, altamente competitivo, se añade la exigencia de promover la creación de empresas y el manejo de tecnologías.

Todo esto, sin duda, genera un elevado nivel de estrés laboral:

En primer lugar, surge una negación de la situación real. Se intenta que el alumno acepte dócilmente una formación que se encuentra por debajo de los estándares competitivos. El discurso suele ser: "te damos lo mejor que tenemos". Sin duda, esto es cierto, pero lamentablemente no alcanza para responder a las exigencias del mundo moderno.

En segundo lugar, el modelo educativo ha cambiado. El actual es mucho más demandante para el docente, ya que requiere una actualización permanente en la frontera del conocimiento y en técnicas de enseñanza mucho más intensas y dinámicas que las de años atrás. Esto genera un estrés adicional en el profesor, que percibe claramente esta necesidad. En el modelo catedrático, le resulta extremadamente difícil mantenerse al ritmo de esa actualización.

En tercer lugar, el alumno también ha cambiado. Las nuevas generaciones disponen de recursos tecnológicos impensables hace apenas diez años, que les permiten acceder a conocimientos en línea de forma rápida y constante. Esta misma tecnología los vuelve más impacientes: pierden interés con rapidez si el docente no satisface sus expectativas.

En cuarto lugar, la sociedad paraguaya es consciente de que necesita más y, por ello, se escucha con frecuencia en ámbitos juveniles que la enseñanza universitaria clásica ya no les resulta útil.

Todo esto configura un conflicto latente. Cómo se resolverá —o cómo estallará— dependerá, en gran medida, de la forma en que se administren estas tensiones. Sin embargo, resulta evidente que el modelo catedrático ya no es viable y que es necesario transitar hacia otro.

Es claro que el modelo del docente catedrático no permite estar a la altura del desafío actual. Cabe aclarar que esta crítica apunta al sistema, no a la persona del docente, quien, estoy convencido, realiza un esfuerzo sobrehumano para dar lo mejor de sí. No obstante, el propio sistema hoy juega en su contra.

Además, se trata también de una cuestión salarial. La fragmentación y precarización de los ingresos obliga al docente a asumir una cantidad desmedida de responsabilidades para alcanzar un salario digno. Por ello, en la evolución natural del sistema universitario, resulta imperiosa la necesidad de contar con profesores de dedicación completa y exclusiva, en un número adecuado, y de que su salario sea el valor de referencia. Estoy firmemente convencido de que este es un componente central del camino hacia una mejora sustancial en la calidad del egresado.

Hay mucho más por decir. Ojalá este primer ejercicio de reflexión sirva para abrir un debate que nos ayude, colectivamente, a mejorar.

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