38Yendo ellos de camino, entró en un pueblo; y una mujer, llamada Marta, le recibió en su casa. 39Tenía ella una hermana llamada María, que, sentada a los pies del Señor, escuchaba su palabra, 40mientras Marta estaba atareada en muchos quehaceres. Al fin, se paró y dijo: "Señor, ¿no te importa que mi hermana me deje sola en el trabajo? Dile, pues, que me ayude”. 41Le respondió el Señor: "Marta, Marta, te preocupas y te agitas por muchas cosas; 42y hay necesidad de pocas, o mejor, de una sola. María ha elegido la mejor parte, que no le será quitada”.
[Evangelio según san Lucas (Lc 10,38-42) - 16º domingo del tiempo ordinario]
El texto evangélico que la liturgia de la Iglesia nos ofrece para nuestra reflexión dominical gira en torno al relevante tema de la tradición religiosa hebrea: “la escucha”. Se trata del famoso “?ema' Israel”, fundamento de la fe. En el presente pasaje de san Lucas (Lc 10,38-42), tradicionalmente, María ha sido juzgada como pasiva y Marta como activa. Ambas mujeres representarían a la contemplación y a la acción respectivamente. Ante esto hay que decir que la “escucha” es una acción porque, en la comunicación, el que escucha hace algo: está aprendiendo. Por eso, no parece acertado considerar “la escucha” como inactividad, como “no acción”, puesto que es la acción de conocer al Maestro, participando de su enseñanza para ponerse al servicio de lo escuchado y aprendido. Dicha actividad comprende la oración pero no como “pasividad” sino como diálogo con el Señor por medio de la Palabra. La contemplación es una acción, es más, es el principio de toda acción enraizada verdaderamente en la voluntad de Dios.
Por eso, en primer lugar, la acción de Marta es rectificada: ¿En qué sentido? Jesús, además de no ceder a su petición y, por tanto, de hacerle rectificar su pretensión sobre su hermana, le dirige a ella una llamada de atención sobre su preocupación, o más bien, sobre su desatención a lo principal. Marta es interpelada por el Maestro, es enseñada por Jesús. Marta debe aprender y participar de manera más cercana y estrecha de la comunicación del Señor para vivir como discípulo. Marta es corregida e impulsada a una conversión. Jesús corrige su visión de la hospitalidad, cambia su orden, su jerarquía de valores. Por tanto, no sería exacto proponerla como modelo de acción. ¿Bajo qué concepto cabría? ¿Cómo se puede poner como modelo una acción no basada en la palabra del huésped, en la palabra del Maestro? En este sentido, también nosotros deberíamos examinar si en qué se basan nuestras motivaciones, nuestros gestos y palabras, nuestras acciones y proyectos, nuestros planes y estrategias. ¿Se basan en las palabras del Señor? ¿o en nuestras comprensiones o pre-comprensiones, en nuestros juicios o pre-juicios, en nuestros modos de ver la realidad, de entender la Palabra de Dios?
En segundo lugar, la acción de María es ratificada: Si Marta escucha al Señor, el efecto de esas palabras provocarán un cambio, una conversión, haciendo que ella recepcione lo escuchado, aprenda la escala de valores y de prioridades del Maestro, enseñadas por él y practicadas por María, su hermana. Marta tiene otras prioridades. De ahí que no es María la que tiene que cambiar -según pretendía Marta-. Quien debe cambiar es Marta. Entrando el Señor en la casa de Marta, entra la salvación, y por lo mismo, él no viene a condenar sino a salvar. Todo apunta a lograr en ella la conversión a la escucha del huésped, que es el Maestro y Señor. Al ser ratificada solo la postura de María, no cabe sino la conversión de Marta, su cambio que al no estar descrita, deja el texto abierto a su respuesta y a la de todo discípulo de todos los tiempos. Estamos ante un texto de conversión y de cambio de mentalidad. La expresión máxima de acogida, de receptividad radica en el ponerse a los pies del Maestro, absorbiendo con avidez sus palabras, actitud que en la antigüedad es propia y característica del discípulo, interesado en las palabras de la Toráh, interesado en escucharlas, aprenderlas, vivirlas y anunciarlas.
Desde esta perspectiva, Lc 10,38-42 se inserta en la corriente de la hospitalidad, vivida desde el ámbito de la comunicación humana y de la comunicación con Dios. Por eso, escucha y hospitalidad no solo no son incompatibles sino que una supone la otra. Se revela, según esto, que la actitud de María es la más profundamente hospitalaria, porque, a los pies del huésped la intercomunicación se hace más estrecha. Y frente a Jesús que es la Palabra, lo prioritario es la escucha, mientras que la acción aparecería en segundo plano. Es cierto que la acción es también un servicio, un modo de ejercer la hospitalidad. Pero el peligro de la acción o del servicio estriba en que puede llevar a centrarse en uno mismo y no en el huésped. Además, en la comunicación, y en todas las experiencias de encuentro, acogida y comunión, siempre es más secundario el dar cosas que el darse.
Los términos que se refieren a Marta adquieren una coloración negativa: Marta estaba distraída, agitada (“impaciente”), ocupada en las cosas del y para el huésped, pero lejos del huésped. María ha optado por la parte mejor que no le será quitada. Entonces: cualquier acción que no tenga su origen y fuente en la acción de escuchar a Dios, está sometida al riesgo de hundirse en el fango de la vaciedad, la inutilidad, la mediocridad y el fracaso de un discípulo disperso e inmaduro. Del mismo modo, una escucha que no se traduce en acción, dejándose guiar por lo escuchado estaría sometida a la más absoluta pérdida de tiempo, abortando el íntegro y total proceso de comunicación que supone: escucha, conocimiento, práctica y anuncio.
En consecuencia, urge en nuestro tiempo crear nuevas casas de Betania o “Bet midra?”, casas de instrucción, en las que alrededor de la Palabra, surgiera siempre más viva la escucha, la fe, la obediencia y el impulso a una nueva evangelización. Es un desafío para nosotros, sobre todo, cuando se erigen hoy modernos areópagos de corrientes ideológicas y pseudorreligiosas desde donde se anuncian múltiples palabras que confunden y engañan. Estos desafíos cuestionan sobre la efectividad de nuestra escucha de la Palabra.
De hecho, es necesario observar que los hombres de todos los tiempos tenemos sed; sed de palabras, si bien son pocas las palabras que apagan nuestra sed. Sin embargo, hoy en nuestras casas cada vez más vivimos a puertas cerradas, sufriendo paradójicamente el síndrome de la incomunicación. Entran pocas palabras que puedan ser absorbidas con sed. Se nos pide que abramos las puertas al peregrino que llega y que seamos hospitalarios. Aunque ser hospitalarios es algo más que abrir las puertas y poner en sus manos las llaves de una habitación, o servirle un plato de comida. Es necesario sentarse y escuchar la palabra del huésped, conocer al que visita el hogar y abrirle las puertas del corazón y de la amistad. El Resucitado dice -en las páginas del Apocalipsis- “Mira que estoy a la puerta y llamo; si alguno escucha mi voz y me abre la puerta, entraré en su casa y cenaré con él y él conmigo” (Ap 3,20).