OpiniónAnálisis

La corrupción y la preservación de la libertad según Maquiavelo

Mauricio Maluff Masi
por Mauricio Maluff Masi 8 Marzo de 2026
8 Marzo de 2026
La agenda anticorrupción "hace agua"
La agenda anticorrupción "hace agua" Referencia.

La corrupción es, tal vez, el concepto principal que utilizamos para interpretar la realidad paraguaya. Si somos pobres es por causa de la corrupción, si faltan medicamentos será por corrupción, incluso si perdemos en el fútbol hay quien culpa a la corrupción. Los que nos gobiernan son corruptos y los que no nos gobiernan también. Hay corrupción, naturalmente, en la policía; pero también en las escuelas, en la prensa y hasta en las comisiones vecinales. La corrupción es a la vez la causa de nuestros problemas y, tautológicamente, también su propia causa: si ocurre un hecho de corrupción, este se explica simplemente porque los responsables son corruptos. Sin embargo, rara vez nos detenemos a interrogar el significado de la corrupción, ni de por qué cada vez que logramos derrocar a un corrupto este es simplemente reemplazado por otro corrupto. En este ensayo argumentaré que el concepto de corrupción que típicamente utilizamos en Paraguay, entendida como corrupción personal, es más bien un resultado de problemas más profundos, y que por lo tanto el enfoque en la corrupción como causa de todos nuestros males nos conduce a respuestas estériles. En cambio, en el pensamiento de Nicolás Maquiavelo, especialmente en sus Discursos sobre la primera década de Tito Livio (1531/2011), podemos hallar una noción de corrupción más rica y que a la vez provee explicaciones más aptas a los problemas del Paraguay contemporáneo: la corrupción del pueblo que los lleva a perder la libertad. Si bien los remedios a la corrupción que propone el pensador renacentista son tal vez poco convincentes, su mirada más realista que moralizante nos provee un mejor terreno para pensar en cómo renovar las instituciones de un pueblo corrompido. 

La definición de corrupción como el «uso de propiedad o autoridad pública para beneficio privado» (Tulchin & Espach, 2000, p. 4), común entre politólogos, condice con el uso corriente del término en nuestro país. Bajo esta definición, la coima, el desvío de fondos públicos, las licitaciones amañadas y la sobrefacturación de obras o compras públicas son hechos paradigmáticos de corrupción. Llamemos a la corrupción en este sentido «corrupción personal», ya que requiere que un actor o grupo particular actúe para beneficio propio o de un tercero. Maquiavelo, como buen estadista italiano, naturalmente conocía muy bien a la corrupción en este sentido. Sin embargo, al contrario del entendimiento popular paraguayo, para Maquiavelo este tipo de corrupción no era la causa de los problemas de un Estado, sino la consecuencia de un problema más grave: la corrupción del pueblo. En su discusión de la decadencia de la República Romana en los Discursos, describe como varios intentos de cambiar las leyes para prevenir la corrupción personal fallaron en su propósito:

Cambiaron las leyes que refrenaban a los ciudadanos, como la ley de adulterio, las suntuarias, la de soborno y muchas otras, a medida que los ciudadanos iban siendo más corrom­pidos, pero manteniéndose la constitución del Estado, aunque no convenía ya a costumbres relajadas. Las leyes nuevas no eran eficaces para mejorar a los hombres, y lo hubieran sido si, con la reforma de las leyes, se hiciera también la de la constitución. La insuficiencia de esta para las costumbres viciadas se ve clara en dos puntos capitales: en la elección de magistrados y en la formación de las leyes. (1531/2011, p. 313 [cursivas añadidas])

Es posible leer este pasaje bajo el concepto popular de corrupción personal. Así, se entendería que los cambios en las leyes no lograron detener la corrupción porque los hombres ya sufrían una deficiencia moral: sus «costumbres viciadas». Los oficiales aceptaban sobornos porque esa era su costumbre, y ningún cambio de ley lograría una reforma moral que convierta a oficiales corruptos en oficiales virtuosos. Como veremos enseguida, sin embargo, Maquiavelo tenía en mente un concepto bastante más amplio que este. 

En el típico discurso desarrollista tecnocrático, la solución para nuestras costumbres viciadas es la transparencia. Bajo el concepto de corrupción que hemos discutido hasta aquí, esta solución parece natural. Si el acto paradigmático de corrupción es la coima, un acto que necesariamente debe ocurrir a escondidas, la transparencia impediría la corrupción haciendo pública la mayor cantidad de información posible, para minimizar los actos de representantes del Estado que pueden ser realizados fuera del ojo público, y así reducir las oportunidades de corrupción. Como nota el antropólogo Kregg Hetherington, esto supone que existe una verdadera representación del acto que puede ser capturada en documentos públicos, la cual se contrasta con la irrealidad de otros modos de representación de los mismos actos (2011, pp. 152-159). Es esta distancia entre distintos modos de representación la que la transparencia buscaría minimizar, así reduciendo las posibilidades de corrupción. Si pudiéramos lograr la transparencia total, si existiera una representación completa de cada acción de cada representante del Estado plenamente accesible a la ciudadanía, según esta narrativa no quedaría espacio para la corrupción.

Sin embargo, en nuestro país los más grandes actos de corrupción ocurren a plena luz del día y bajo el conocimiento de todos. La transparencia no puede remediar hechos que el Estado no se molesta en ocultar, y que sin embargo, según Maquiavelo, también debemos considerar como actos de corrupción. "Al viciarse los ciudadanos" romanos, continúa:

El sistema de hacer las leyes llegó a ser pésimo, pues solo los poderosos las proponían, no para la libertad común, sino para aumentar su poder; y, por miedo a ello, nadie se atrevía a combatirlas. Así, el pueblo, o enga­ñado o forzado, decretaba su propia ruina. (1531/2011, p. 314)

Aquí ya notamos un concepto de corrupción distinto del de corrupción personal. Lo que hacía corruptas a las leyes de la República Romana tardía es que eran propuestas "no para la libertad común" sino para aumentar el poder de los poderosos, tal como en nuestro país. En Paraguay, los grandes latifundistas que ocuparon tierras malhabidas durante la dictadura acceden a la legalización de sus títulos («Los Invasores VIP Del Paraguay», 2021), mientras que los campesinos sin tierra que reclaman tierras públicas que les corresponden por ley son criminalizados por la Ley Zavala-Riera («Ley Zavala», 2021). Esto ocurre aún con plena transparencia: el pueblo no necesariamente ignora que estas leyes benefician a los poderosos, sino que al igual que en la República Romana, nadie se atreve a combatirlas, o los que se atreven no son suficientes. Consideremos otro ejemplo reciente, el fallo de la Corte Suprema que otorgó una medida cautelar para permitir la construcción de estaciones de servicio a menos de 1.000 metros una de otra («Fallo de Corte da vía libre para la invasión de estaciones de servicio», 2022). En este caso hay un claro conflicto entre los intereses de la mayoría de la ciudadanía, de minimizar la contaminación, el peligro de incendios y el daño al tejido urbano del exceso de estaciones de servicio que pululan en nuestros barrios; contra el interés de los dueños de estaciones de servicio de construir más y más estaciones. La Corte, como suele ocurrir, falló en favor de los menos y en contra de los más. Lo que vale resaltar del caso es que, según el concepto de corrupción de Maquiavelo, este es un claro caso de corrupción incluso si no hubiere coima ni ningún otro hecho punible de por medio. El mero hecho de que la Corte no actúa a favor del pueblo, sino apenas el de algunos poderosos, es suficiente para calificar a su fallo como corrupto. 

            Según la influyente lectura de Quentin Skinner, podemos definir este concepto más amplio de corrupción como «poner a los intereses privados por encima de los de la comunidad» (1983, p. 4).[1] Nótese aquí una diferencia importante de nuestra primera definición: este concepto no se limita a las autoridades públicas, sino que incluye a cualquier ciudadano que pone sus intereses privados por encima de los de la comunidad. Esta teoría maquiaveliana de la corrupción, en contraste con la teoría de la transparencia, nos ayuda a entender cómo pueden ocurrir hechos de corrupción a plena luz del día, sin ninguna necesidad de subterfugio. Todos sabemos que existe corrupción con el dinero de Itaipú, con el de la Municipalidad de Asunción, con las donaciones de Taiwán, con el del fracasado Metrobús. El problema no es que no lo sepamos, sino la falta de acción contraria. El corrupto, según Maquiavelo, no es solo el que roba, sino también el que no se ocupa de los problemas públicos, y así deja que otro robe.

            Un lector moderno inmediatamente se rebela contra este concepto renacentista de corrupción. ¿Por qué sería corrupto un ciudadano honesto, que trabaja sin molestar a nadie y que no se preocupa por política? ¿No atenta contra la libertad individual requerir que cada ciudadano se ocupe de lo público? No sorprenderá que al concepto de corrupción maquiaveliano también corresponda un concepto de libertad bastante distinto al contemporáneo. La libertad, según el concepto moderno de Thomas Hobbes, es la ausencia de impedimentos externos (Hobbes, 1988, p. 261). Este concepto, popularizado por el liberalismo clásico, es hegemónico hasta hoy. Para Maquiavelo, sin embargo, la «devoción» al servicio público es necesaria para mantener la libertad personal (Skinner, 1983, p. 4). Esto se debe a que la libertad no es la mera ausencia de impedimentos, sino que requiere de instituciones libres, es decir, de instituciones que sirvan a la libertad de todos y no a meros intereses privados. La posibilidad de ejercer la libertad requiere que existan leyes justas, que traten a todos los ciudadanos por igual y preserven la libertad común, lo cual es imposible mientras un ciudadano poderoso o adinerado pueda pervertir las leyes e instituciones públicas de acuerdo a su interés privado. Si los señores Lunes y Martes venden empanadas, pero Martes tiene suficiente poder para torcer a las instituciones públicas para que dificulten constantemente las actividades de Lunes, Lunes no es libre, sino que se vuelve en el servidor de Martes. El único remedio es que todos los ciudadanos participen de la vida pública a modo de impedir que exista un Martes capaz de corromper las leyes. El pueblo corrupto es aquel que, por su debilidad o desinterés, permite que un Martes los gobierne. «Si ha penetrado por completo la corrupción», es decir, si los ciudadanos solo se ocupan de sus asuntos privados, «no ya poco tiempo, ni un instante puede vivir libre» (Maquiavelo, 1531/2011, p. 305). 

Este modo de corrupción se relaciona directamente con los modos de corrupción personal que discutimos al principio, y que son su consecuencia directa. Lo opuesto de corrupción es la probidad, como cuando los alemanes, según Maquiavelo, pagan la cantidad de impuestos que deben «sin más testigo que su conciencia» (1531/2011, p. 389). Para que pueda existir dicha probidad, cada ciudadano debe confiar en que los demás actúan de igual manera para el bien común. Nadie quiere ser el único que paga los impuestos que deben cuando todos los demás pagan lo menos posible. Mientras cada uno sepa que las leyes de su pueblo están hechas para beneficiar a unos pocos poderosos, naturalmente concluye que debe hacer lo mismo: buscar su beneficio particular, sin importar el bien común. Quien no lo hace, como dice la sabiduría popular paraguaya, es un vyro. Por otro lado, quien se deja corromper, aunque pareciera estar utilizando su libertad para beneficio propio, no se da cuenta de que el precio que cobra por corromper a la ley es el precio de su libertad. Deja de ser un ciudadano libre que cumple y hace cumplir la ley, y pasa a ser el sirviente del mejor postor, que así compra no solo su libertad, sino también la libertad de todos los ciudadanos que comparten las mismas instituciones. La virtud personal también es necesaria para evitar la corrupción, pero no suficiente.

¿Cómo es posible que un pueblo corrupto recupere la libertad? Maquiavelo ofrece soluciones típicamente dramáticas. Primero, hay que matar a todo aquel que tenga suficiente dinero o armas para corromper las leyes (1531/2011, p. 391). Segundo, un príncipe virtuoso debe tomar el poder por la fuerza y reformar al pueblo a través de «buenas leyes, buenas armas y buenos ejemplos» (2019, pp. 255-257). Las buenas leyes sirven para preservar la libertad de todos los ciudadanos de aquellos más poderosos que quieran corromperlas hacia su voluntad, las buenas armas sirven para preservar al pueblo de enemigos externos y los buenos ejemplos sirven para cultivar la virtud de los ciudadanos, es decir, darles una educación que evite la corrupción (Skinner, 1983, p. 7). El príncipe (2019) está escrito a modo de manual para un príncipe que busque fundar un «principado nuevo» y así poder reformar a un pueblo corrupto. El problema de confiar en un supuesto déspota ilustrado para reformar a un pueblo corrupto es que, según la propia teoría de Maquiavelo, solo es posible prevenir la corrupción promoviendo la participación del pueblo en los asuntos públicos. Como todo latinoamericano bien sabe, una vez que un dictador logra derrotar a sus enemigos y consolidar su poder, su interés principal es precisamente contrario: debe desmovilizar al pueblo y castigar a todo aquel que pueda ser «contrera» y así poner en riesgo a su poder. Una renovación de la república en términos maquiavelianos requeriría de la actividad de cada ciudadano en pos del autogobierno, lo cual sugiere que el mejor método para superar a la corrupción es la revolución popular. Pero dicho método, desarrollado y refinado varios siglos después, ya nos alejaría de las teorías maquiavelianas.

En conclusión, en contraste al concepto común de corrupción personal, Maquiavelo propone pensar a la corrupción en términos más amplios. La corrupción más importante no es la del simple coimero, sino la del pueblo que no se ocupa de autogobernarse, lo cual permite que los poderosos los reduzcan a la dependencia y servidumbre. Como ya había dicho Platón, «el mayor de los castigos es ser gobernado por alguien peor, cuando uno no se presta a gobernar» (Platón, 1986, p. 347c). La libertad no es la mera ausencia de impedimento externo, sino que depende de la existencia de instituciones libres que cada ciudadano se ocupe de preservar. Según Maquiavelo, a la larga todo pueblo tiende a la corrupción, y requiere de frecuentes renovaciones para «restablecer la primitiva pureza de las costumbres públicas» (1531/2011, p. 541). Quien se ocupa meramente de sus intereses privados pronto descubrirá que es sometido al interés de otro, uno que tenga el poder y el deseo de mover a las instituciones del Estado de acuerdo con su voluntad. Escapar de la trampa de la corrupción requiere la voluntad de un pueblo de luchar juntos por la constante renovación de la libertad y soberanía.

Biografía

Mauricio Maluff Masi es magíster y doctorando en filosofía por Northwestern University de Evanston, Illinois, EEUU. Actualmente se desempeña como profesor en la Universidad Columbia del Paraguay. Su tesis doctoral en curso es una reinterpretación de la desobediencia civil como herramienta política. Sus intereses filosóficos son en la filosofía social y política, la teoría crítica y la teoría democrática, así como la filosofía latinoamericana.
 

Referencias

Fallo de Corte da vía libre para la invasión de estaciones de servicio. (2022, diciembre 27). Última Hora. https://www.ultimahora.com/fallo-corte-da-via-libre-la-invasion-estaciones-servicio-n3040694

Hetherington, K. (2011). Guerrilla auditors: The politics of transparency in neoliberal Paraguay. Duke University Press. 

Hobbes, T. (1988). Leviathan (C. B. Macpherson, Ed.; Repr). Penguin Books. 

Ley Zavala: Invasión de tierras pasó a ser un "crimen" - Anuario 2021. (2021, diciembre 19). ABC Color. https://www.abc.com.py/especiales/anuario-abc-2021/2021/12/29/ley-zavala-invasion-de-tierras-paso-a-ser-un-crimen/

Los invasores VIP del Paraguay. (2021, noviembre 3). El Surtidor. https://elsurti.com/oligarquia/especial/los-invasores-vip-del-paraguay/ 

Maquiavelo, N. (2011). Discursos sobre la primera década de Tito Livio. En J. M. Forte Monge, A. Hermosa Andújar, & M. M. Saralegui Benito (Eds.), Maquiavelo (pp. 245-634). Gredos. (Obra original publicada en 1531) 

Maquiavelo, N. (with Inglese, G., Puigdomènech, H., Pocock, J. G. A., & Pardos, J. A.). (2019). El Príncipe (2a edición bilingüe). Editorial Tecnos. 

Platón. (1986). Diálogos: IV (E. Lledó, C. García Gual, M. Martínez Hernández, & C. Eggers Lan, Eds.). Gredos. 

Skinner, Q. (1983). Machiavelli on the maintenance of liberty. Politics, 18(2), 3-15. https://doi.org/10.1080/00323268308401883 

Tulchin, J. S., & Espach, R. H. (2000). Introduction. En J. S. Tulchin & R. H. Espach (Eds.), Combating Corruption in Latin America (pp. 1-12). Woodrow Wilson Center Press. 
 

[1] Esta y todas las traducciones del inglés son del autor.

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