"Los judíos murmuraban de él porque había dicho: “Yo soy el pan que ha bajado del cielo”. Y se preguntaban: “¿No es este Jesús, hijo de José, cuyo padre y madre conocemos? ¿Cómo puede decir ahora: 'He bajado del cielo'? Jesús les respondió: “No murmuréis entre vosotros. Nadie puede venir a mí, si el Padre que me envía no lo atrae; y yo le resucitaré el último día. Está escrito en los profetas: Serán todos enseñados por Dios. Todo el que escucha al Padre y aprende, viene a mí. No es que alguien haya visto al Padre; el único que ha visto al Padre es el que ha venido de Dios. En verdad, en verdad os digo que el que cree, tiene vida eterna. Yo soy el pan de vida. Vuestros padres comieron el maná en el desierto, y murieron; éste es el pan que baja del cielo, para que quien lo coma no muera. Yo soy el pan vivo, bajado del cielo. Si uno come de este pan, vivirá para siempre; y el pan que yo le voy a dar es mi carne para la vida del mundo”.
[Evangelio según san Juan (Jn 6,41-51); 19º Domingo del Tiempo Ordinario]
Como en el relato de Ex 16,2s, el narrador comienza señalando el hecho de la murmuración colectiva para referir a continuación su contenido. En esta ocasión el escándalo está en la distancia existente entre el origen celestial que se atribuye Jesús y la evidencia de su condición humana. Así pues, de los anuncios anteriores de Jesús tan sólo se recoge el que sirve de fundamento a los demás, su bajada del cielo. Para ello, el narrador combina dos afirmaciones sucesivas de Jesús: “Yo soy el pan de la vida” (v. 35) y “he bajado del cielo” (v. 38); luego los judíos citan textualmente la frase: “He bajado del cielo” (v. 42). No reaccionan abiertamente, sino que “murmuran” entre sí, negándose a reflexionar sobre un misterio que les desborda radicalmente. El obstáculo que les impide creer queda subrayado en el hecho de que Jesús tiene unos padres bien conocidos.
Según el evangelista Juan, los judíos chocan con un ser que, sin poner en cuestión su condición humana, declara que ha bajado del cielo que, por tanto, procede de la esfera divina. Asimismo en Juan, no se ha dicho antes nada de la concepción virginal de Jesús ni se ha contado su nacimiento. Pero conviene preguntarse si no será incompatible una paternidad humana con la condición divina; la expresión “hijo de José” significa simplemente que a los ojos de sus contemporáneos Jesús es un hombre como los demás (cf. Jn 1,45).
Con el término “murmurar” (en griego: gongyzein), el evangelista, fiel al relato bíblico del maná que sustituye el horizonte de este capítulo, compara a los oyentes de Jesús con la generación del desierto: “murmuran”, lo mismo que sus antepasados de dura cerviz que, atenazados por el hambre, le echan en cara a Moisés que los ha hecho salir de Egipto. Resulta ciertamente útil precisar el vínculo entre los dos textos y la falta de fe de unos y de otros. En el desierto los hebreos murmuran “contra Moisés”, y éste responde que no es contra él contra quien murmuran, sino “contra Yavhéh”, rectificación que se subraya en tres ocasiones (Éx 16, 7-8). Puede ser que Juan haya conservado el verbo “murmurar” con preferencia a cualquier otro más o menos adecuado, para sugerir que negarse a creer en Jesús (como indica la murmuración) es negarse a aceptar los designios mismos de Dios. Jesús insistió en Jn 6,35-40 en su envío por el Padre, de quien cumple perfectamente la voluntad.
Enfrentado con la objeción de su nacimiento, Jesús mantiene su origen divino explicitando lo que estaba implícito en la bajada del cielo: él está “junto a Dios” y “ha visto al Padre”, a diferencia de todos los demás hombres (v. 46). En particular, a diferencia del pueblo que, según Dt 4,12; 5, 24 y Eclo 17,13, “no vio a Dios” cuando recibió el don de la ley en el Sinaí. Al oír resonar aquí el último versículo del prólogo -“Nadie ha visto nunca a Dios; el Hijo único...., que está en el seno del Padre...”- el lector recuerda el final: el Hijo ha venido a manifestar a los hombres al Padre. Pero la palabra de Jesús va precedida aquí por dos versículos (44-45), en donde el movimiento del pensamiento va en sentido contrario al del prólogo: No es el Hijo que da a conocer al Padre, sino el Padre el que, atrayendo a los hombres, los orienta hacia el Hijo. El Enviado bajado del cielo no vivifica más que haciendo suya la voluntad del Padre (vv. 38-40).
¿Qué entiende el evangelista por “el Padre atrae”? El lector podría sospechar en esta expresión una predestinación arbitraria o el determinismo que niega la libertad humana. Pero la predestinación queda descartada por la manera con que Jesús modifica el tenor de la cita de Is 54,13: no ya “todos tus hijos (de Jerusalén)”, sino “todos (los hombres)”; la perspectiva se hace universal: todos los hombres, sin excepción, están invitados a la fe. En cuanto al determinismo, el tema de la atracción divina es inseparable en la Escritura del tema del amor, del que no es sino una expresión.
En realidad, el v. 44 subraya la necesidad de la intervención del Padre en el origen de la fe: reconocer a Jesús es, para Jn, entrar en el misterio divino, lo cual no puede realizarse sin que Dios abra el acceso a ello.
Si pudiésemos, por nuestra parte, sentir la tentación de pensar en una experiencia totalmente interior, y hasta mística, el v. 45 nos habla de “escuchar” y de “enseñanza recibida”, términos que remiten a la Escritura. Jesús, en virtud de su bajada del cielo, marca el tiempo de la inteligencia plena de la palabra por la que Dios se da a conocer a sí mismo al hombre. De este hecho, el versículo de Isaías que ha citado Jesús: “Serán todos enseñados por Dios”, se refiere, según el contexto, al tiempo del cumplimiento; anuncia que la alianza “eterna” se realizará cuando, para decirlo con Jeremías (con el que se relaciona el oráculo de Isaías), la ley no sólo se proponga desde arriba, sino que esté inscrita en los corazones (Jer 31,33-34).
Así pues, la acción de Jesús y la del Padre son circulares. Todo pasa por Jesús y sin embargo todo procede el Padre y todo acabará en el Padre. Esta primera parte del discurso está dominada por la necesidad de creer que Jesús ha bajado del cielo, que es el Evangelio escatológico de Dios. La metáfora del pan que, en el diálogo inicial, había pasado de la ley al don de Dios, vivificante para el mundo (Jn 6,31-33), indica aquí la persona misma de Jesús. La dificultad de los galileos centra la atención del lector en la paradoja de la palabra que se ha hecho carne, el logos (palabra) que ha pasado a ser un hombre. El secreto de la fe es la docilidad a la acción proveniente del Padre, que se desplegó en la revelación de su alianza con Israel. Para creer, no basta el “socorro de Dios”; entrar en la fe, según el Evangelio, es obra entera de Dios mismo. La metáfora del alimento orienta, por otra parte, hacia la comunión entre el creyente y Dios. Este “pan de Dios”, este pan de la vida, hay que “comerlo”: éste es el tema del párrafo siguiente.
La promesa de la vida dejaba entender la condición mortal de los oyentes; aquí la muerte se menciona expresamente. A pesar de haber comido del maná, “los padres murieron” (Jn 6,49); este alimento (la ley) resultó por tanto ineficaz para comunicar la vida. Pues bien, el pan del cielo que es Jesús suprime para siempre la muerte para los que comen de él. Ya Jesús había dicho en Jn 5,24 “el que escucha mi palabra, ha pasado de la muerte a la vida”.
Pero he aquí una vez más se subrayará la afirmación precedente: lo mismo que en Jn 5,24 iba seguido de “el Hijo tiene la vida en sí mismo” (Jn 5,26), también aquí Jesús modifica la proclamación del comienzo del discurso: él no es solamente el “pan de la vida”, sino “el pan vivo”. Inmediatamente el lector se ve conducido a una revelación nueva: “el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo” (v. 51c). Mientras en otros versículos Jesús dice que es el pan bajado del cielo, es decir, el que Dios da (Jn 6,33), en el v. 51 Jesús se convierte en el donante, tal como se sugería en la segunda parte de Jn 6,33: “el pan que da la vida al mundo”.
Queda ahora decodificada la metáfora del pan; en este nuevo anuncio Jesús la interpreta con claridad. ¿Qué significan precisamente los tres términos: “Carne”, “dar” y “para”?
Por “carne” (sárx), Jesús no entiende la sustancia del organismo humano, sino a sí mismo en su condición mortal. Más probablemente es porque la palabra “carne” caracteriza en el prólogo al modo de presencia del Logos entre nosotros (Jn 1,14); por tanto, se mantiene aquí el pensamiento del misterio de la encarnación, que el discurso ha destacado mediante el tema de la bajada del cielo.
En cuanto a la elección de “dar” (en griego: doûnai) en vez de títh?mi, habitual en Juan, proviene sin duda de su empleo común en este capítulo: en el signo de los panes, luego en labios de los judíos y en el anuncio del alimento celestial. La preposición “para” (hypér) indica regularmente en Juan, en el sentido “a favor de...”, la finalidad del don que Jesús hace de su vida: por (a favor de) sus ovejas, del pueblo, de las naciones, de sus discípulos. Este conjunto significa, en primer lugar, mediante el término griego sárx, el efecto vivificante de la encarnación; y luego, por el futuro “yo daré”, la muerte de Jesús como fuente de vida para el mundo. Este es el don voluntario del Hijo, como se repetirá a manera del leitmotiv en el capítulo 10.
En los versículos introductorios, la invitación a “comer este pan” procede de la metáfora que domina en el discurso para indicar el don de Dios, y debe entenderse, por tanto, como una llamada a adherirse a la persona del Hijo, salvador del mundo. Finalmente, en la medida en que el término griego sárx designa la condición terrena del logos (“palabra”) encarnado/a, no se puede, a nuestro juicio, afirmar prioritariamente en el v. 51c el sentido sacramental, ya que este último implica la presencia de Resucitado. Pero ciertamente los elementos tradicionales y la perspectiva del don pueden evocar la ósmosis joánica del tiempo pasado de Jesús que se enfrenta con la muerte y del tiempo presente de la comunidad cristiana que vive el sacrificio eucarístico.
Formulado de este modo, el anuncio de Jesús parece haberse reducido a un sentido puramente material y absurdo. Se piensa entonces en Nicodemo, que se negaba a concebir que fuera necesario entrar de nuevo en el vientre de la madre para volver a nacer. Pero nuestro texto no sugiere nada de aquel humor rabínico que podía vislumbrarse en el maestro de Israel. Lo que aquí domina es la indignación: los galileos se pusieron a protestar. ¿Qué es lo que habían comprendido?
El contexto se opone a una lectura literal de la objeción. Desde el v. 31 en donde el pan comido por los padres se refiere a la ley, el término “pan” ha sido utilizado exclusivamente como metáfora del don vivificante de Dios; correlativamente “comer” significa asimilar ese don, vivir de él. Este simbolismo se ha mantenido a lo largo del todo el discurso. En la segunda parte, Jesús subrayó además por dos veces (vv. 48 y 51a) que él mismo es el pan del cielo e insistió en la necesidad de que el discípulo coma de él para obtener la “vida eterna”.
En fin: Más que sospechar que Jesús había proferido un anuncio relacionado con la antropofagia, lo que rechazan es que la salvación universal, y ante todo la suya, pudiera provenir de la entrega de sí mismo de un hombre. Se niegan a depender radicalmente, para la vida eterna, de ese Jesús que les habla, dependencia intolerable y hasta sacrílega para los que no conocen más salvador que a Dios. La primera objeción señalaba el rechazo de la encarnación de la “Palabra eterna” (en griego: logos); la segunda niega que la muerte de Jesús sea fuente de vida para todos los hombres. Es el escándalo de la cruz el que aquí asoma.