Vaya descalabro el que se armó en el Congreso en estos últimos días con la expulsión de la senadora Norma Aquino, más conocida como «Yami Nal». Al final de su intervención, la ciudadanía se enteró de que, supuestamente, posee superpoderes escondidos en unas gafas especiales. ¿Serán acaso las Google Meta Glasses? ¿Publicidad encubierta de esos modernos dispositivos? Vaya uno a saber.
Este sarcasmo sirve de introducción a lo que fue la semana en ese recinto que alguna vez albergó a brillantes legisladores y, más aún, a los constituyentes que elaboraron la actual Constitución Nacional. Su propósito era que los paraguayos reiniciaran sus vidas en democracia y bajo el amparo de la ley.
Hoy, ese Congreso es la columna vertebral del presidente de la República. Durante la campaña electoral de Santiago Peña, muchos medios tradicionales y alternativos (canales independientes, redes sociales y otros) vaticinaron que su eventual gobierno estaría atado a "la aplanadora" legislativa, teledirigido por un comando en las sombras. Y, tal cual: apenas asumió, Peña acudía a una casa en la calle España para informar sobre los asuntos del día. Fue la propia ciudadanía la que le advirtió que eso podía costarle el sillón presidencial. Desde entonces, optó por despachar desde Mburuvicha Róga junto a su equipo político, aunque el Comando Nacional ya no luce tan cohesionado como antes.
Peña llegó con un enorme respaldo y el discurso de gobernar para el pueblo, apoyado en un Congreso de mayoría colorada, principalmente del movimiento Honor Colorado. Eso le permitió, en los primeros dos años, avanzar con reestructuraciones ministeriales y leyes, muchas impopulares para la oposición. Con la aplanadora a su favor, todo proyecto era aprobado sin trabas. Como muestra de gratitud, el presidente aumentó tímidamente las dietas, bajo la lógica de "barriguita llena, corazón contento".
Ser el presidente mimado de Honor Colorado lo fortaleció y lo hizo sentirse estadista. Aprendió a viajar sin ruborizarse con el pretexto de atraer inversores. Sin embargo, hasta ahora, poco o nada de eso dio resultados. Solo el «Dios de Israel» sabrá el motivo de esos viajes recurrentes, especialmente a países lejanos de nuestro contexto regional.
En paralelo, varios opositores —principalmente de Cruzada Nacional— se pasaron al Partido Colorado, al movimiento de moda: Honor Colorado. También se sumaron algunos liberales, bautizados como «liberocartistas». Este descalabro no tiene parangón salvo en tiempos de dictadura, cuando el Congreso estaba repartido entre liberales y colorados, con un pequeño grupo de "geniolitos" que igual le daban dolores de cabeza al régimen.
El leitmotiv de este desorden, según mis apreciaciones, es simple: dinero. Plata, pirapire, soldi, guita, money... ya en varios idiomas, por si acaso. La compra de votos habría quedado expuesta con unos supuestos audios atribuidos a un congresista que confesó que su voto valía 20.000 dólares. Por ignorancia o exceso de confianza, se autodelató. Pero solo recibió una suspensión de 60 días sin sueldo por decisión de la aplanadora.
En contraste, la que recibió el golpe más duro fue la senadora Norma Aquino. Por «boca suelta», como dijo un colega suyo, ni siquiera el presidente del partido pudo salvarla de la expulsión.
Lo que se desprende de este oscuro episodio es que el Congreso se ha convertido en brazo articulador de los allegados al poder: el primer anillo de Honor Colorado y los pseudopositores que siguen endulzándose con las mieles del poder. Lo denunciado por Aquino, si fuera cierto, no puede quedar en la nebulosa. El Ministerio Público debe tomar el toro por las astas e iniciar una investigación seria, ética y patriótica para dilucidar este escándalo.
Porque si bien fue un juicio político a todo trapo, los temas denunciados son extremadamente graves como para pasarlos por alto o ponerse «gafas oscuras» (lente hû) para no ver. La ciudadanía merece saber la verdad: qué fue, a dónde fue y en qué terminó el dinero donado por Taiwán. Y también si es cierto que un voto en el Congreso cuesta 20.000 dólares.
Si el Ministerio Público no investiga - para esclarecer este escabroso caso - será el final de la poca credibilidad que aún ostenta el Congreso paraguayo.
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