Caminaba con él mucha gente y, volviéndose, les dijo: "Si alguno viene junto a mí y no odia a su padre, a su madre, a su mujer, a sus hijos, a sus hermanos, a sus hermanas y hasta su propia vida, no puede ser discípulo mío. El que no lleve su cruz y venga en pos de mí, no puede ser discípulo mío. "Porque ¿quién de vosotros, que quiere edificar una torre, no se sienta primero a calcular los gastos y ver si tiene para acabarla? No sea que, habiendo puesto los cimientos y no pudiendo terminar, todos los que lo vean se pongan a burlarse de él, diciendo: "Éste comenzó a edificar y no pudo terminar”. O ¿qué rey, antes de salir contra otro rey, no se sienta a deliberar si con diez mil puede salir al paso del que viene contra él con veinte mil? Y si no, cuando el otro está todavía lejos, envía una embajada para pedir condiciones de paz. Pues, de igual manera, cualquiera de vosotros que no renuncie a todos sus bienes no puede ser discípulo mío.
[Evangelio según san Lucas (Lc 14,25-33) - 23º domingo del tiempo ordinario]
El texto bíblico que la Iglesia nos propone para nuestra reflexión dominical pertenece al Evangelio según san Lucas y el tema que se plantea se relaciona con los requerimientos propios del discipulado de Cristo. En realidad, Jesús establece tres condiciones o exigencias para los que quieran seguirle como discípulos. Las obligaciones son las siguientes: renuncia voluntaria a los vínculos afectivos con la familia, aceptación sincera de una renuncia radical al propio interés, renuncia efectiva a las posesiones materiales. Aparte de las condiciones en sí mismas, Jesús exige un serio discernimiento, sin precipitación de ninguna clase, sino con una previa deliberación sobre los costes y los riesgos de un compromiso de tanta envergadura. No se puede asumir a la ligera una tal responsabilidad, más bien, será necesario ponderar con calma las previsibles consecuencias.
La primera de las condiciones (Lc 14,26) exige una actitud de disponibilidad interna para subordinar a la condición y a las demandas de ser discípulo los afectos más fundamentales, como el amor a la familia e incluso la conservación de la propia vida. La presencia del verbo “odiar” (griego: mise?) confiere a la exigencia mayor radicalidad, necesaria para la dedicación del discípulo a la causa del Maestro. Solo el que se ve capacitado para tomar una decisión radical, aun costosa, de abandonar las vinculaciones humanas por el seguimiento de Jesús, hasta afrontar incluso el martirio, puede ser discípulo, en el sentido pleno de la palabra.
La segunda exigencia (Lc 14,27), formulada en clave simbólica -“aceptación de la propia cruz”; “caminar detrás” del Maestro- es de una extrema radicalidad. El “odio”, la renuncia a la propia vida, puede llevar incluso a un destino como el que le aguarda al Maestro: “cargar con la cruz” hasta morir en ella. La última exigencia (Lc 14,33) también implica una radicalidad: la renuncia a “todos” los bienes materiales.
La recomendación esencial que Jesús hace a sus seguidores es que antes de tomar una decisión comprometida ponderen con calma y con serenidad las implicancias de ese paso. No hay que fijarse exclusivamente en las condiciones requeridas, sino considerar, sobre todo, las consecuencias que pueden derivarse de una primera exaltación entusiasta que no vaya a tener suficientes fuerzas para llevar a cabo el proyecto. La posibilidad de hacer el ridículo, o de verse en la tesitura de tener que rendirse sin condiciones, debe prevenir cualquier clase de decisión apresurada e irreflexiva.
En fin: La recomendación de Jesús para quien desee ser su discípulo es de suma claridad: Debe calcular seriamente sus fuerzas y sus capacidades. La tercera exigencia pide una renuncia total a todo lo que se posee. Se puede notar el contraste entre “lo que uno tiene” y la “capacidad para el compromiso”, que es infinitamente más importante que las posesiones materiales de las que debe desprenderse. Lo que uno tiene como capacidad queda indeterminada -puede ser más o puede ser menos-. Pero lo que uno tiene como posesión debe ser objeto de renuncia absoluta y total, simplemente “todo”. Esta última condición que Jesús exige al que aspira a ser discípulo suyo prepara la prospectiva de los Hechos de los Apóstoles y el lado oscuro del compromiso, por ejemplo en el dramático episodio de Ananías y Safira en Hch 5,1-11.